
Ilustración: José Luis Ansón (padre)
No debería bastar el sonido de su voz, o tan solo unas líneas de un mensaje, para que su día se tornara gris. Dónde quedaba su equilibrio, dónde su personal apuesta de superviviencia. Por qué se lo permitía, la rabia debía salir de su conciencia, tenía que encontrar el modo.
La vió morir, depositaron sobre ella tres coronas. Una en la frente que recordaba a la que lució el día de su primera comunión. Otra sobre el vientre, que un día se hinchó de vida y al tiempo lo hizo de muerte. La tercera colgaba de sus pies, del izquierdo más concretamente ya que con el movimiento, al trasladarla, se descolgó de su par. Ella detestaba las flores, le daban alergia, así que quien había optado por tal despligue la conocía poco o nada. Sin embargo, la imagen evocaba aquellos cuadros de los románticos que tanto le gustaban. Una cosa por otra, al fin y al cabo.
Sumido en aquellos pensamientos le pareció, por un momento, que ella se alzaba tirando dos de las coronas y manteniendo la de la cabeza como una reina, le miro y la vio mover los labios. Un susurro del viento le trasnmitió un mensaje claro: es más tarde de lo que piensas.
Era imposible, cerró los ojos y recuperó la visión real del cortejo. Tuvo que sostenerse en una de las columnas del portico mareado. Ni muerta desaparecía de su mente aquella mujer. Era pronto sin duda, había que dar tiempo. Si existía el asesinato perfecto ese era el suyo.
La había matado, sí, máldita mujer. Si alguna vez se había preguntado si una persona, un ser humano vulgar, uno más del rebaño, podía transformar su rutinaria existencia en un episodio de true crime , la respuesta era sí.
Ese vulgar especimen, él por si quedaba alguna duda, llegó a su límite de ira acumulada hacía unas dos semanas. Bastaba de intrigas, bastaba de dejarle en evidencia delante de cualquiera y, sobre todo, bastaba ya de victimismo. ¿Quería ser una víctima? Ya lo era.
Le humilló, se rió de él, pasó por encima de sus sentimientos, incluso conociéndo cada uno de ellos. ¿Era maldad o estupidez? A esas alturas ambas opciones merecían el mismo final. Sin embargo, no había desaparecido todavía de su mente. Eran los recuerdos los que ahora le atormentaban. El delito, por tanto, había sido inutil y tic, tac… era más tarde de lo que pensaba.
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