Las nubes flotaban extrañas bajo el avión, como si cargaran en sus espaldas todos los sueños que hombres y mujeres habían olvidado. Ella las observaba desde su ventanilla y jugaba, como hacía de niña, a descifrar sus formas. Una de ellas se alzó en el horizonte como una pirámide dorada y creyó ver el desierto extendiéndose hasta el infinito, la sombra de las esfinges y el eco antiguo de caravanas que avanzaban bajo un sol impasible
Una turbulencia transformó aquella visión. La pirámide se deshizo y, en su lugar, surgieron cúpulas y minaretes flotando entre velos de algodón. Era Estambul. Volvió a ver el brillo del Bósforo, el aroma del café y las voces que cruzaban puentes tendidos entre dos continentes y mil historias.
Las nubes seguían cambiando, pero ella comprendió que no eran simples formas caprichosas. Eran la fantasía de las personas elevándose al cielo, un inmenso álbum de deseos donde convivían ciudades soñadas, recuerdos nunca vividos y lugares lejanos que llamaban desde la imaginación.
Cuando el crepúsculo borró las últimas figuras, sonrió. Sabía que Egipto y Estambul seguían allí, suspendidos en algún rincón de las nubes, esperando a que otra mirada los descubriera y volviera a soñar con ellos.
En las nubes, de una manera u otra, qué más da cómo. My summer.
