La piscina estaba inmóvil, pulida como un vidrio antiguo.
La mujer flotaba boca arriba, con los ojos abiertos, dejándose sostener por el agua. A su alrededor, los tres cipreses vigilaban en silencio, rectos como columnas de un templo olvidado, mientras la higuera inclinaba sus ramas, cargadas de sombra y dulzura.
Pero esa tarde había algo distinto.
En el fondo de la piscina, apenas visible entre el leve vaivén del agua, descansaba un objeto que nunca había visto antes: una llave antigua, de metal oscuro, suspendida como si no obedeciera a la gravedad. No descendía, no subía. Simplemente estaba allí, girando lentamente sobre sí misma.
La mujer la vio.
El reflejo del cielo se rompió, y en su lugar apareció la llave, más nítida, como si la estuviera llamando. Sintió entonces que el silencio se espesaba. Los cipreses se inclinaron casi imperceptiblemente, y la higuera dejó caer un fruto al agua. El sonido fue profundo, demasiado profundo para algo tan pequeño.
La llave giró más deprisa.
Sin pensarlo, la mujer se incorporó y comenzó a descender. El agua no ofrecía resistencia; parecía abrirse a su paso, templada y densa, como si fuera aire líquido.
Cuando sus dedos rozaron la llave, ocurrió.
El metal no estaba frío. Latía.
Y al cerrarse en su mano, la piscina se deshizo.
No hubo superficie ni fondo, solo una luz verde, espesa, que palpitaba al ritmo de su propia respiración. Sintió que caía y, al mismo tiempo, que ascendía. Que estaba dentro del agua… y fuera de todo.
Entonces volvió a pisar suelo.
La piscina seguía allí, pero transformada. El borde ya no era piedra, sino un material suave, casi orgánico. Los cipreses se habían curvado, respiraban lentamente, y sus sombras se movían incluso sin luz. La higuera mostraba frutos negros, brillantes, que iluminaban el aire con una luz tenue.
La mujer abrió la mano.
La llave había cambiado: ahora era translúcida, como hecha de agua sólida, y en su interior se movían pequeñas corrientes, como si contuviera un mar diminuto.
Comprendió, sin que nadie se lo explicara, que no era una llave para abrir puertas…
sino para atravesarlas.
Se giró hacia la piscina.
En su superficie vio su propia imagen flotando, inmóvil, en el otro lado, en el mundo que acababa de abandonar. Aquella otra ella sostenía el mismo silencio, la misma espera.
La mujer apretó la llave.
Los cipreses cerraron su círculo a su alrededor, como guardianes de algo antiguo.
Y la higuera, con un susurro apenas audible, dejó caer otro fruto al agua,
como si marcara el comienzo —y no el final— del camino.
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