LA PARTIDA

¡Qué no caiga la reina!¡Qué no caiga!

Sin embargo, su máscara cayó.

Era un ritual extraño el de esas fiestas. Él contemplaba la escena atónito. Todos desfasaban. Rondaban los cuarenta, pero mentalmente no parecían haber salido de su adolescencia. Era un juego ¿o no? La duda le corroía. ¿Cuál era la apuesta? ¿Cuál era el premio?

Unos hablaban inglés, otros francés, alemán, italiano, ruso, chino y castellano, por supuesto. Pero ¿cómo se entendían? Eso sí, escapaba a su entendimiento, valga la redundancia.

Desde la primera casilla a la cima del mundo. Un mundo exclusivo, hecho a la medida de los inútiles que creían dominarlo. Claro, ese era su idioma. El idioma del dinero, del poder.

¿Dónde había quedado la conexión con la naturaleza? Los seres humanos pertenecían a ella, maldita sea, eran seres vivos. Seres vivos que se creían dioses. Esa prepotencia, esa altivez, para con el resto del mundo natural, del universo conocido, al fin y al cabo, los llevaría a perder la partida.

Le sorprendió su propia serenidad. Era, sin duda, la serenidad del peón que se sabía desertor y que contemplaba lo excesivo del desafío de apostar contra el todo. El todo, que contiene la energía transformada por el caracol y también la vertida por la ballena. El todo contiene toda la fuerza y toda la verdad, incluso la que oculta el alfil, traicionero.

Pero ¿y por qué le habían invitado? ¿A él? Él no era nadie o eso creía. Dio una patada a uno de los dados. Salió el seis y rio, era una risa de trastornado. Él nunca había tenido suerte en la vida. Quiso escupir sobre el seis, falló. A esas alturas nadie ya le engañaba, ni el alcohol, ni la marihuana, que era lo más nimio que corría entre los invitados. Todo tenía una edad y él ya había pasado la que podía excusar ese consumo.

El ordenador y los libros habían sido bastante para cubrir la necesidad de desconexión familiar y escolar. Allí no había niños. ¿Qué hubieran pensado contemplando en ese estado a sus progenitores?

Él estaba seguro de que llegaría un día en que las mujeres, por decisión propia, dejarían de reproducirse. Sí, se negarían a ello. Para muchos los niños eran un capricho, como una mascota y llevaban bastante mal que esas mascotas con neuronas dieran problemas. Y los niños, tarde o temprano, daban algún problema a menos que les cortaran las alas. Unas alas que se cortaban ya en la etapa escolar.

Su madre no había consentido el corte. Vivió libre, sin ataduras. Y desde esa libertad vio venir el fin. Los caprichos podían fabricarse en laboratorios. Los humanos podían crear, podían clonar, ya podían hacer todo lo que soñaran. Se creían dioses y se figuraban que podían, por ello, ganar la partida.

Hasta que un día pasó, dejaron de soñar. Primero los adultos, luego los niños, sin aliciente alguno, moldeados al gusto acordado, sin capacidad para aburrirse, con ayuda para crear todo. Y el todo se colapsó.

La naturaleza superior, en ese mismo instante, dio un jaque a la civilización más engreída que había pisado el planeta Tierra.

Ilustración de Gyra Lohmüller que representa un globo terráqueo sobre un tablero de ajedrez inundado.

Sobre las nubes o entre ellas

Las nubes flotaban extrañas bajo el avión, como si cargaran en sus espaldas todos los sueños que hombres y mujeres habían olvidado. Ella las observaba desde su ventanilla y jugaba, como hacía de niña, a descifrar sus formas. Una de ellas se alzó en el horizonte como una pirámide dorada y creyó ver el desierto extendiéndose hasta el infinito, la sombra de las esfinges y el eco antiguo de caravanas que avanzaban bajo un sol impasible

Una turbulencia transformó aquella visión. La pirámide se deshizo y, en su lugar, surgieron cúpulas y minaretes flotando entre velos de algodón. Era Estambul. Volvió a ver el brillo del Bósforo, el aroma del café y las voces que cruzaban puentes tendidos entre dos continentes y mil historias.

Las nubes seguían cambiando, pero ella comprendió que no eran simples formas caprichosas. Eran la fantasía de las personas elevándose al cielo, un inmenso álbum de deseos donde convivían ciudades soñadas, recuerdos nunca vividos y lugares lejanos que llamaban desde la imaginación.

Cuando el crepúsculo borró las últimas figuras, sonrió. Sabía que Egipto y Estambul seguían allí, suspendidos en algún rincón de las nubes, esperando a que otra mirada los descubriera y volviera a soñar con ellos.

En las nubes, de una manera u otra, qué más da cómo. My summer.

Tú

Si quisiera hacer poesía soplaría levemente a tu oreja

y te despertaría, sin más.

Como ocasión primera me aventuraría en tus sueños

y con ese ladrón lucharía.

Porque tu fantasía era mía y así la quería, mira con que

egoísta vivías y, pese a ello, respetarías.

Contra ese sobre malvado que cruzó bajo nuestra puerta

yo podría lucirme en tu subconsciente.

Y como una nube volaría sobre tus pensamientos

para hacer de vigía de las sombras que no te acecharían.

Aún con todo pecaría, pues no es enredar hilos lo que debo

sino cortarlos, si hace falta, para que poesía seas tú.

El frío mármol y mi pie desnudo…

….o mi frío pie y el mármol desnudo de aquella habitación escondida.

Añoro caminar por tus palacios y la sensación que aquellos paseos me producían. Recordarlo me hace creer que no era yo, que era otra persona. Y quizá lo era si no me reconozco, como una película muy vivida.

Ahora me siento, como aquel día, escondida en el subsuelo con los murciélagos reposando a unos metros de mi cabeza. Puedo sentir la piedra roja en mi espalda y el susurro del agua al correr por los pasadizos. Todo tiembla mientras los elefantes suben la pendiente del fuerte y mi corazón retumba al mismo paso marcial. Físicamente entera y un espíritu intrépido pero prudente.

Sin embargo, me pregunto por qué me paraliza cualquier inconveniente, por qué me duelen las piernas y la cadera como si fuera una abuela, por qué llueve en mi cabeza ese repiqueteo constante que me nubla el juicio y amontona mis quehaceres. Es por todo ello que he vuelto a aquel lugar de piedra, inventado, que nunca lo he abandonado y que reconozco habito por fases intermitentes de sueño. Porque allí, en sus estancias y en sus dominios, vuelvo a ser yo reconociendo la pureza en la oscuridad y tu extraño poder sobre mi libertad.

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