¿Por qué no nos contaban nada?

¿Por qué? Eso se preguntaban mis padres y mis tíos tras una reunión familiar. Y es ciertamente curioso. Mis dos lados familiares, paterno y materno, comparten esa misteriosa similitud.

La generación nacida entre los años 40 y 50, los de la posguerra, a sus 75, 80 ó más años, se siguen haciendo muchas preguntas sobre sus ascendientes. Sus dudas me hacen pensar que, realmente, no conocían a sus padres. Esos padres eran mis abuelos y puedo asegurar que cierta sombra siempre cubrió preguntas incómodas y éstas quedaban sin respuestas. Las evasivas siempre llegaban oportunas.

La familia, la familia… Mi abuela estaba lúcida todavía cuando me negaba haberse casado embarazada, pese a tener en mis manos un certificado del Registro Civil que indicaba lo contrario. A veces, niegas algo tantas veces que te aferras a la mentira como si fuera real. Creer que te valoraran menos por ser sincera puede ser la explicación. Sin embargo, si eso ocurriese, ¿no sería perfecto para filtrar a las personas que verdaderamente merecen estar a tu lado?

Por el otro lado parental también había mucha negación, por no decir ocultación. Ocultar lo que todo el pueblo sabía a tus propios descendientes tiene mucha miga. A mí tía, la mayor, no entraré en detalles, pero casi le da un parraqué. ¿Por qué? ¿Por qué no nos lo contaban? ¿Era vergüenza lo que se arrastraba en silencio?

Esto me lleva a otro punto, ¿De qué manera llegamos a conocer a nuestros padres? ¿Realmente los conocemos? Su esencia humana seguramente se diluye de forma importante el día que la generación siguiente ve la luz. Y es así porque, en el mismo momento que uno tiene un hijo o una hija, tu percepción del mundo cambia. No sólo entiendes a tus padres, incluso los compadeces. Dejas de remar hacia aquella orilla para darte cuenta de que igual conviene quedarse en esa otra isla del camino, lo que sea para mantenerse a flote.

¿Cuáles eran sus sueños? ¿Tenían ambiciones? ¿Se imaginaban ese devenir de acontecimientos? ¿Hubieran cambiado algo? ¿Qué esconden?

Todos escondemos algo. Ni la persona más leal que te acompañe en algún momento de tu vida será absolutamente sincera. Y no debe serlo, ¿por qué debería? Ese pensamiento, esa aspiración, que es sólo eso, mental es, sin embargo, un gran tesoro, nuestro propio ser.

Todos guardamos secretos. No siempre son grandes ni oscuros; a veces son pensamientos callados o deseos que no nos atrevemos a nombrar. Estas inquietudes viven en silencio, como habitaciones cerradas dentro de nosotros, a las que rara vez dejamos entrar a alguien más.

La personalidad que mostramos al mundo suele ser una versión cuidada, aceptable, segura. Desde niños vemos qué partes de nosotros encajan y cuáles conviene ocultar. Sonreímos cuando toca, asentimos cuando dudamos, e incluso decimos “estoy bien” aunque por dentro algo no lo esté. Muchas veces es simple defensa.

Esta personalidad escondida no desaparece nunca. Observa, espera, se adapta. Es la voz que habla cuando estamos a solas, cuando nadie nos exige ser fuertes, valientes o coherentes. En ella habitan nuestras contradicciones, nuestras inseguridades y también talentos que nunca mostraremos.

No es cobardía, es prudencia, incluso amor propio. Exponer lo más íntimo requiere confianza, y no todos los espacios ni todas las personas la merecen. Callar puede ser una forma de proteger lo que todavía estamos intentando entender.

Quizá el verdadero conflicto no esté en tener una personalidad escondida, sino en olvidar que existe. Cuando negamos esa parte de nosotros, el silencio pesa más y nos traicionarnos a nosotros mismos.

Si los abuelos callaron sus razones tendrían.

Escapada y memoria

          Escapada breve, pero intensa.

          Hacía tiempo que ya había borrado aquellos recuerdos de la semana en la que había trabajado en la multinacional del petróleo, con sede en Barcelona, reclamando listados de impagos.

          Había acabado horrorizada, pero no por el tamaño o la conflictiva ciudad, sino por la absurda competencia que imperaba en aquel edificio.

          A los dos días ya había decidido que rechazaría esa “oportunidad”. Había sido la primera ocasión, a sus veintiséis años, que había compartido piso con alguien que no fueran sus amigas. El piso de Barcelona lo facilitaba la empresa y estaba muy bien situado, en plena Diagonal y cerca del edificio de las oficinas centrales. El ambiente allí era irrespirable y no podía con esa hipocresía continua, mucho más acentuada entre las mujeres. No había una de ellas que no le hubiera criticado a alguna otra. Por no hablar del tóxico entorno general, cómo se pisaban unos a otros sin ningún escrúpulo con tal de ganar posiciones frente a la jefa de sección.

          Ella había llegado allí enchufada, como se suele decir, porque su vida necesitaba un cambio, aunque no iba a ser ese. La jefa se la llevó a comer, al tercer día, a un carísimo restaurante. Era buena en lo suyo, claro que lo era. Nunca le faltó la autoestima. Sin embargo, no estaba por la labor de dejarse allí la existencia, por cuatro perras e ir pisando cabezas para subir al podio del estatus. Ya sabía, lamentablemente, que la vida era demasiado breve para eso, su futuro no sería así. Los días restantes cumplió con lo justo y disfrutó de la ciudad.

          Volvió a disfrutar de Barcelona cuando una amiga realizó el curso de la escuela judicial, menudas fiestas.

          Y posteriormente, con él, quien le enseñó a vivir, en cada calle, en cada ola, en cada kilómetro, en cada copa de vino y con prisa.

          Estos tres días con el niño habían sido peculiares, siempre lo eran, porque cada instante era único. Cuatro actividades: ilusión, escalada, fútbol y arte. Y una conclusión, ¡diviértete, sueña, pero no olvides quién eres!

Winter is coming…

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    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.

Sepulcros

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Leyendo y leyendo a veces una se queda con los sesos agua. Esto es así sólo por una razón y es que ya me lo decía mi abuela. Hay otra más poderosa y es que, en definitiva, no se puede llegar a entender todo. Y en esas estaba, ampliando mis conocimientos de escultura barroca fuera de Italia y España. En un manual bastante mediocre, hablando de los sepulcros franceses, se comenta que éstos no caen en exageraciones dramáticas como ocurre en Inglaterra. Sin embargo, posteriormente hablando de los sepulcros ingleses dice que conducen a la exaltación humanista del difunto por lo que no suelen ser demasiado dramáticos. Entonces … ¿Hay unos más dramáticos que otros? ¿En ambos países son poco dramáticos?…
Y por otro lado, con el fondo del asunto entre ceja y ceja, ¿existe un sepulcro que no sea dramático?. Porque lo que es evidente es que, sin muerto, no hay sepulcro, ni tumba, ni jardín de cenizas que valga. Sepulcro igual a muerte. ¿Quién se quiere morir?. El que lo desee sin más no tiene, desde luego, una mente muy equilibrada.
Por otro lado está la fe, esa que desde siempre nos conduce a una muerte serena. Sea la fe del Samurai, la de los antiguos egipcios, la de los mártires cristianos o la de cualquiera que, a día de hoy, confía en que estamos aquí de paso. Bien, sólo la tumba de estos «creyentes» de diversos signos puede no ser dramática por esperada y deseada. El resto miente y su sepulcro es una pura petición de socorro, hasta el del monarca con el panteón mas bello. Oh qué lujo de tumba, qué bella lápida, qué materiales preciosos, qué interesante recuerdo del que se creía estar por encima de los demás. ¡Estás muerto chaval!. Y ahora eres un espectáculo para el resto de la humanidad. Gracias por esa concesión.

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