EL LABORATORIO DEL ARTE

Ironía disfraza realidad. Solo una mujer podría crear vida y, para no ofender, se convirtió en lechuza en aquella ocasión. El ave de la diosa Atenea se adaptó a su cuerpo, dejó libres sus extremidades y absorbió la dulzura de su rostro para que contrastara con su plumaje.

Naturaleza crea naturaleza, sentimiento produce música, música produce alma, alma crea vida y vida tiene aire, aire y luz. Luz y aire crean colores. Colores y música crean vida. La vida vuela, como las aves, en tiempo y espacio que se escapan y chocan en el subconsciente.

La lechuza reluce, la lechuza brilla, está llena de energía humana. Energía y sabiduría mezclan sus potenciales, tocando la realidad con los pies desnudos en las frescas baldosas.

¿Quién lo sabe? El laboratorio de arte es secreto, pero la lechuza sonríe. Las lechuzas siempre sonríen, son las vigilantes del orden. Las lechuzas nunca se equivocan y toda la vida, pronto, se creará en esos laboratorios.

Hay a quien le gusta escribir con tinta fina como a la lechuza pintar sus trazos de azul, amarillo y rojo: los colores primarios no mienten. La tinta vulgar sí lo hace.

La lechuza es la única que puede interconectar los diferentes planos de la realidad y eso es, casi también, un secreto. Pero es débil, y alguna vez se deja acompañar por un corazón puro y curioso. Esos inocentes niños (no podría ser de otra manera) ven, una vez en su vida (creerán de adultos que fue un sueño), la separación de materia y espíritu, comprueban también que la magia existe en la imaginación de cada uno de ellos.

Los humanos son los únicos del mundo animal que se engañan y traicionan así mismos. Los únicos que abandonan sus verdaderos impulsos, sus intuiciones, su naturaleza. Esa pérdida de la inocencia les aleja de la verdadera realidad, se mienten con otra versión del mundo y pierden la posibilidad de crear. Destrozan el planeta que les fue concedido y olvidan la materia prima de la vida: música y luz. Y aun así ansían descifrar los misterios del universo.

Las personas, así llamadas por ellas mismas, son el único animal que niega su propio ser. Por ello, la lechuza nunca deja de sonreír, porque el desorden que causan esos seres, dibujado en un pergamino, provoca curvas, espirales y sombras. Entonces las sombras comienzan a latir. Algo se agita bajo la superficie del papel, como si un sueño quisiera abrirse camino hacia el mundo. Y mientras el resto del mundo cree que las aves han existido siempre, la lechuza prepara nuevos frascos de sueños para la noche siguiente

Remedios Varo, La creación de las aves (1957). Óleo sobre masonita. Colección del Museo de Arte Moderno, Ciudad de México.


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