Fíjate que, a veces, no escribo. Simplemente vomito palabras. Y cuando hay tanto que decir ordenarlas es, sin duda, complicado.
¿Qué me pides paisano? ¿Qué me detenga a mirar?
Detenerse y mirar, hoy en día, es casi un acto subversivo.
Estas líneas no son un estudio, no son una crítica. Son un sentir, un pensamiento y un mensaje que surge de la conexión de un alma con la burbuja que la oprime, una salida y un agradecimiento.
Hace unos meses tu nombre vino a mi mente, un sonido fugaz que no se frenó y que me paseó, en una ráfaga, por toda la ciudad, Zaragoza, como si no la conociera, como si hubiera mutado. Te has convertido en un espíritu que nos aborda sutilmente, que nos desafía a interpretar, a sentir y pensar. Porque no basta con observar una obra, hay que leerla y esa lectura es simbólica. No puede ser de otra forma.
Consciente de que esa lectura, esa interpretación, será distinta según cada espectador todo lo que hoy me rodea es Orensanz.
Huesca es Orensanz, sangre y tierra. Zaragoza es Orensanz, tierra y raza. Barcelona es Orensanz, tierra y extensión. París es Orensanz, permiso para volar. Nueva York, Londres, Roma, Florencia, Tokio o Moscú. Sin pausa, Orensanz es mundo que asombra, es una esfera con vida propia, con fuego eterno.
He cambiado, o, tal vez, me he redescubierto. El tiempo, la materia, el gesto que desprende tu obra hoy me conecta con una realidad que había alejado de mi persona. No era yo, era la época que me tocó vivir. Una época marcada por la velocidad y la saturación visual que ha alejado el arte de nuestra vida. No cabe otra cosa que pedirte perdón.
Desde Aragón, con añoranza, vamos a hacer un viaje hacia tu obra. No es nostalgia, es impulso. Volaremos hasta Nueva York, no de forma física, sino emocional. Esa obra que ha sido puente entre nuestra ciudad y todas aquellas que te han acogido. Asistiremos con el eco de nuestras montañas, con los silencios del Pirineo, con la obstinación de nuestros ríos y la fuerza de una tierra, a veces desértica, que no olvida a sus hijos y que, como ves, despiertan de cuando en cuando la memoria.
Y no acaba aquí. La imaginación es poderosa, es mágica. Participaremos en un gran disparate que cruce tiempo y luz, desde nuestra tierra hasta todas las que sembraste. Sé Ángel que serás uno de los guías.
Zdzislaw observó al joven que tenía frente a él, puñal en mano. Lo reconoció de inmediato. No vio en él al hijo de su vecino, al hijo del portero o al niño que apenas unos años atrás jugaba con su nieto. Vio a su ejecutor. Con claridad supo que aquel era el llamado a equilibrar la balanza de la justicia, si es que ésta existía. Además, los ojos del joven le certificaron la evidencia que le faltaba para cuadrar la muerte de su propio hijo seis años atrás. Por fin, comprobó sus sospechas. Sabía que su hijo no se podía haber suicidado, no daba el perfil. La vieja costumbre de subir a fumar a la azotea le costó la vida. Siempre tuvo la certeza de que alguien le había empujado, pero nadie le creyó ni siguieron investigando, dando por causa de la muerte el suicidio.
Vio el odio reflejado en las pupilas de aquel chico y, como un reflejo fugaz, le vio a él. Vio a su amigo Nahum. ¿Cómo no había sido capaz de reconocerle hasta ahora si la genética no había podido ser más evidente?
Intentó pensar rápido. Ese chaval tenía un padre y un abuelo de su misma quinta. Llevaban unos cinco años en el edificio, pero él los había ignorado, tal y como se suele ignorar a los conserjes. Entonces él seguía muy centrado en la evolución de su trabajo. Sus obras estaban más influenciadas por la imagen y la manipulación por ordenador. Había dado un giro de ciento ochenta grados y la exposición había sido gratamente acogida por crítica y público. Poco quedaba ya de su época de devastación y tenebrismo, aparcada levemente en su cerebro.
Nahum volvió a su vida a través de aquellos ojos. Sin duda, había logrado escapar, pero no habría logrado olvidar el sufrimiento causado a toda su familia y estirpe. Habría transmitido el odio y la búsqueda de venganza a sus descendientes. Aquel chico creía vengar a su familia atacando a quien, irónicamente, les había permitido seguir existiendo. Esa ironía que cruzó sus pensamientos causó en Zdzislaw una sonrisa que desconcertó a su asesino, pero no le detuvo.
Zdzislaw no intentó detenerlo, se preparó para recibir la primera puñalada pensando en su hijo, en todos los aciertos de su vida y en nada más.
Cuando sintió la tercera puñalada, en un costado, su mente se trasladó a Sanok, corría el año 1977 y Zdzislaw observaba el humo que ascendía oscuro entre las pocas luces que iluminaban el patio trasero. Se sorprendió al comprobar cómo aquellos paneles de aglomerado, que él mismo preparaba para sus pinturas al óleo, prendían a tal velocidad. El fuego abrasaba y el humo elevaba hasta el infinito sus obras más personales y también las más insatisfactorias para que fueran entendidas por cualquier público. También se llevaba, por qué no reconocerlo, las obras que le delataban, que le desnudaban el alma y que su subconsciente había escupido en una tela como flemas atascadas en su cerebro. Eran desagradables, excesivamente postapocalípticas, escenas putrefactas y, sin embargo, constituían su propio ser. Sólo él tenía derecho a destruirlas. Sólo él. Así, poco quedaría ya del niño que nunca existió y del adolescente que otros crearon.
En aquella época, llevaba doce años como líder absoluto del arte contemporáneo polaco, pero no podría escudarse mucho tiempo bajo la etiqueta de pintor surrealista. Tenía que alejar de alguna manera el pasado, aunque indirectamente le debiera su bienestar actual. Tenía que dejar los cadáveres en el lugar de donde procedían, aquellos paisajes, la muerte sin fin…
Zdzislaw tuvo un periodo artístico fantástico que le dio la fama y encumbró hasta lo más alto entre los pintores de su generación. Él se negó siempre a dar una explicación sobre su trabajo que justificara la serie de imágenes perturbadoras que constituían sus exposiciones: paisajes con calaveras, figuras deformadas, temas constantemente sombríos y fantasmas desnudos. Según él pintaba como si fotografiara. Nadie sabía que poseía una serie de fotografías fijas, grabadas en la memoria. Nunca puso un título a sus pinturas y dibujos, no quería pistas ni interpretaciones.
Una puñalada casi letal le hizo sacudir el torso como una marioneta, como todos los que, en 1944, desfilaban hacia el pabellón C del campo de concentración de Treblinka mientras Zdzislaw los contemplaba absorto. No quedaba nada que les identificara, pero él todavía podía reconocer en aquellos rostros consumidos a muchos de sus antiguos vecinos.
“Ya no eres un niño y, en cualquier caso, los niños puros también saben cumplir con su obligación para con la nación aria, los niños también matan”. No había más explicación ni tampoco la quería, venía de su padre y no era discutible. Su padre había anhelado la invasión de Polonia y colaborado activamente con los alemanes para lograrlo. Todavía recordaba aquel momento, un paseo por su pueblo de las masivas fuerzas del Tercer Reich. Él sólo tenía diez años y el despliegue le pareció un espectáculo fabuloso. Su padre lucía orgulloso junto a los más destacados oficiales.
En la fila hacia el pabellón faltaba un adolescente que, como él, tenía quince años. Nadie pareció percatarse de ello.
— ¿Recuerdas cuando de niños jugábamos al despiste?, ¿recuerdas cuando decíamos alguna cosa y realmente queríamos decir la contraria? — le dijo Zdzislaw a Nahum el día anterior, con la mayor seriedad que pudo. Quería que le prestara atención, normalmente esa gente tenía la mente fuera del campo físico, hacía mucho que ya habían volado de la realidad.
Nahum asintió temeroso y desconfiado.
— A las ocho de la mañana, os pediremos que vayáis en fila hasta el pabellón C. Eso es lo que deberéis hacer todos sin rechistar. — le indico en tono autoritario, pero mirándole más fijamente de lo que había hecho con nadie en mucho tiempo.
Llegado el momento, esperaba que su antiguo compañero de juegos hiciera lo contrario y no se pusiera en la fila. Podía esconderse bajo las maderas de los catres, estaban hacinados, apenas hacían ya recuentos oficiales y nadie dudaría al ver aquel pabellón vacío. Él mismo se encargaría de certificar que habían salido todos. Era el momento idóneo para arrastrarse hasta las verjas. Todos se concentraban en el traslado de los presos hasta las cámaras con el fin de que nadie se saliera de la fila o tuviera un repentino brote de ansiedad ante la duda del destino al que le conducían. ¿En serio dudaban?, pensaba Zdzislaw. Era tan evidente, ninguno regresaba y, aun así, algunos hablaban con esperanza.
Él, en el fondo, no tenía por qué hacer esa excepción. Acataba siempre lo que le ordenaban sin cuestionarlo, podía tener problemas. Nahum era especial. Al principio, cuando lo veía vagar por el campo, no sabía explicar la causa. Ahora entendía, sin embargo, que Nahum era el único recuerdo de una época que asociaba a su madre, una época de sentimientos puros en la que se sentía querido. Nahum, aún sin sonrisa, sin iniciativa, sin expresión, le evocaba aquellas tardes de chocolate, adivinanzas y risas en la vieja cocina. Por aquella época, por aquellos recuerdos, necesitaba que Nahum escapara de allí, que algo de esa inocencia perdurara de alguna manera. Sabía que, aunque lo lograra, no le iba a convertir en mejor persona. Él era lo que era, eso no podía cambiarse ya.
Cuando, en septiembre de 1946, entró en el taller del conocido pintor polaco Strzeminski mintió sobre su nombre, su familia y hasta su edad. Empezó una vida de la nada y corrió una cortina mental y sutil para sí mismo. Descubrió su don. Aprendió a mezclar colores, a confeccionar perspectivas, a mirar la realidad desde ángulos múltiples. Se creó a sí mismo, resucitó.
Y en ese recuerdo su alma voló.
Epílogo.-
Zdzislaw Beksinski era, en realidad, un pintor polaco nacido en 1.929 y fallecido en 2.005. Lo encontraron muerto en su apartamento de Varsovia con diecisiete puñaladas. Se declaró culpable el hijo adolescente del conserje del edificio. Algunos datos, como el suicidio de su hijo en 1.999 o la destrucción de parte de su trabajo en 1.977 son ciertos, pero el resto del relato es ficticio y, por supuesto, alejado absolutamente, de la realidad de unos hechos que sólo han servido de inspiración para jugar con el tiempo.
Se nos ha ido la cabeza, al menos a algunos. O lo que es peor, a muchos. Jamás hablo de política, futbol o confrontación alguna de según qué opiniones. Respeto todas y son temas que me aburren soberanamente. Pero la relevancia que adquieren algunas barbaridades me asombra cada día más. ¿Es incultura, prepotencia o creencia en esa falsa prosperidad que les venden?. Quizá es responsabilidad de todos que, durante años, hemos dejado evolucionar esas ideas absurdas sin decir ni «mu». De igual forma que (no se nos olvidé) se permitió pasear a Hitler sobre Europa para luego llevarse las manos a la cabeza. También él vendía esa idea de «somos mejores», «más buenos», «irrepetibles», etc… No concretaré, ya que no es cosa de unos pocos. Pero lo que más llama la atención es la tergiversación y apropiación de la historia que hacen según qué personas. Lo han hecho desde la base, desde las escuelas, han cambiado los libros, los nombres de los antiguos reinos, escudos, banderas e incluso las fronteras. Lo han hecho a izquierda y a derecha de mi maravillosa parcela de tierra. Eso, amigos, lo hemos permitido ya que no se frenó a tiempo. Y ahora nos encontramos con distintas generaciones que creen, firmemente, que esa es la realidad. Es su realidad, desde luego, no la nuestra. Ello lleva a pensar que o son tontos, o muy listos. Cualquiera de las dos opciones asusta. Son tontos porque se basan en hechos falsos y a día de hoy para todos es accesible la verdad, al menos la histórica. Basta lanzarse a la aventura y sana práctica de la investigación. Sobran las fuentes históricas, legales,… Cierto es que muchos de los que «abanderan» (sin saber o no querer saber que ni es su bandera, ni su patrón) estas ideas probablemente no saben leer una ley de presupuestos, ni examinar las competencias cedidas a ciertas comunidades para interpretar quién es el responsable o repartidor de culpas. Pero buff… en este caso el poder de la ignorancia deviene amplio, ya que les convierte en una masa más y más manejable (listos entonces). Para muestra un botón, es decir, la sarta de gilipolleces que tenemos que tragarnos si vemos los noticiarios del día o seguimos twiter al minuto (agotador por otra parte). Hace tiempo ya que se concluyó que la disgregación no lleva a grandes metas y es en la unidad donde está la fuerza. Es esto, de nuevo, cuestión histórica. Son precisamente los que nunca tuvieron su propia identidad (por depender siempre del vecino) quienes más la desean. Causa hilaridad, mucha. Probablemente no se dan cuenta que a muchos nos importa un pito semejante agitación. El problema es que se han convertido en cansinos, mucho. Sino te gusta tu país, vete. Pero no seas tan ridículo de inventar uno que nunca existió. Ojo, pero pudiera darse. Todo es posible en esta vida. Es mucho más simple y sencillo utilizar las propias armas que te da la legislación para clarificar e incluso, por qué no, para cambiar situaciones «estancadas». Adaptarse o morir pero, dejen de dar el coñazo, aburren mintiendo y pierden nuestro respeto. En cualquier caso, fuera de las fronteras (por ahora comunes para disgusto de algunos) igualmente hemos dejado «hacer» al estado islámico, y a algún otro, lo que ha querido o ha interesado (tontos también si nos engañamos). De poco sirvió llorar por aquellas ruinas que apenas reflejaban lo que quedaba de raciocinio en un valle de dudas y turbantes. Ahora (y como en las grandes guerras que todos olvidan) nos llevamos, de nuevo, las manos a la cabeza ante el desfile de pueblos enteros por mar y carretera (el avión parece inaccesible).
Estos mínimos ejemplos (de tantos) de incoherencia de la humanidad me llevan a pensar que, sin casi darnos cuenta, estamos ante el preludio de un nuevo cataclismo mundial. Dentro y fuera de cada país. Y ya sabemos (o no, para los que olvidan el pasado) cómo suelen acabar estos acontecimientos. Me veo inmersa de repente en una gran «pliegue» del tiempo, ya no tanto espectadora sino participante. Por ello, hoy me desahogo. Resulta utópico pensar que sólo un virus que nos convierta en zombies, un asteroide que se estrelle en el planeta o una invasión alienígena haría que nos uniéramos en una misión común de supervivencia. Pero no, casi he perdido la fe, probablemente, sería el fin ya que nos destruiríamos antes entre nosotros. Nos hemos cargado el mundo, la naturaleza, los animales, la historia y por tanto la vida. Avísenme cuándo recuperemos el sentido común. Estaré hibernando entre antiguos cuadros y documentos con polvo de siglos mientras todavía sigan expuestos y existiendo. Ahora bien, que nadie venga a molestarme a mi propia casa (y este es un concepto amplio de frontera) porque se llevará un «soberano» puñetazo.
No hay dos sin tres y después de cuatro días estoy convencida que volveré a Grecia. A la sombra de un castillo milenario que defendió a la cristiandad de los turcos y ayudó a la independencia del pueblo griego contra los otomanos, contemplo una bellísima y tranquila playa donde el espíritu de lo auténtico pasea entre las hamacas e invita a reflexionar. Ante sus firmes murallas desfilaron los nazis en su intento frustrado de conquistar el mundo. No llegarían mucho más allá. Las islas griegas, también su península, son y han sido la puerta de Europa. Paso, pero también freno. Es por ello que estos días en los que el pueblo griego se ha convertido en protagonista de la crisis económica, debiéramos echar una mirada al pasado y pedir respeto a la verdad. Todas las grandes crisis económicas de la historia se han solucionado con guerras que dejaban de nuevo la cuenta a cero. Y volvía a empezar el ciclo. De nosotros dependerá cuánto nos dejamos provocar en una era en la que el poder y la soberanía ya no residen en los estados que antaño conocimos.
Aprovecho para decir que… Sí, los días pasan, pasan y pasan. Yo también me doy cuenta.
Os dejo un relato a colación de la fabulosa exposición del Greco en este año del IV Centenario de la muerte del pintor. Algo es algo. Y siempre quedará Toledo. El capricho de unas damas
De nuestra última visita a Cantabria debo destacar Lebeña. No esperábamos encontrar a nadie, pero ahí estaba ella soportando el frío y la soledad, la «custodiadora» del tesoro. Y es que en sí misma, la Iglesia mozárabe de Lebeña es un tesoro que arrastra historias muy bonitas. Y más si vienen contadas por su encantadora vigía que, con tanta pasión, las revive para sus visitantes.
Dicen que allá por el año 925 quiso el Conde de Liébana Don Alfonso fundar esta Iglesia para custodiar los restos de Santo Toribio. En aquella época una iglesia no era nada sin, al menos, alguna reliquia significativa. Pero los frailes que los conservaban en el monasterio no estaban dispuestos a prescindir de los restos del santo así que, con cincuenta hombres de apoyo, decidió el conde ir a robarlos para su nueva iglesia. Pero en nada quedó aquella aventura ya que, iluminado por la gracia de Dios, algo le hizo desistir y a día de hoy todavía se conserva la carta que escribió a los frailes implorando su perdón por la atrevida afrenta.
Poco imaginaba el conde que, pese a no contar con reliquia alguna, su iglesia quedaría de igual modo en la memoria de un pueblo y como un tesoro del arte mozárabe y naciente románico. Pues en ella se vieron los primeros arcos mozárabes, con forma de herradura, tras los lógicos avances de la reconquista y su espacio interior con un juego de alturas exquisito quedó bellamente dibujado. Y aunque sin reliquia, a la iglesia quedo unida la historia del conde, su propia vida. Un conde del norte que se había casado con Doña Justa, una dama del sur. Ella añoraba su tierra por lo que él, para su consuelo, decidió plantar un olivo (árbol del sur y atípico de aquella zona) junto a la bella iglesia. Don Alfonso tenía ya su tejo luciendo con orgullo junto a la misma y ahora ambos contemplarían el paso del tiempo y de la historia juntos.
El tejo y el olivo han permanecido durante siglos junto a Santa María de Lebeña, cuidados y mimados por los habitantes del municipio. Estos habitantes no han dejado de gozar y de sufrir con su monumento. El tejo y el olivo vieron llegar, en el siglo XV, una exquisita talla de la virgen que venía para quedarse. Sin embargo esta talla fue objeto de un robo en 1.993 que ocupó algún espacio en los noticiarios, pero sobre todo ocupó las lágrimas de sus lugareños. La virgen se había perdido. Gracias a dios, la guardia civil la recuperó años más tarde en un chalet de Alicante. Sobran los comentarios ante el expolio.
Disfrutando aun estaban todos del reencuentro con la virgen cuando, en 2.007, una terrible y fatídica tormenta fue a dar con uno de sus rayos al tejo del Conde Don Alfonso dejando desvalido al pobre olivo. Tal y como la «custodiadora» nos contó mientras unos lloraban sin remedio esta pérdida, otro lugareño decidió, pese al disgusto, intentar poner remedio y recogiendo uno de los brotes del tejo volvió a replantarlo. De esta forma, el tejo volverá un día junto al olivo, junto a la virgen y junto a su iglesia. Y seguirán en la historia y memoria de mucha gente a la espera de nuevas y si es posible menos accidentadas historias.
Corría el año 1215 d.c. cuando el Papa Inocencio III, tras el concilio de Letrán, instituyó la confesión obligatoria de los pecados al sacerdote, al menos una vez al año. Villard con quince años era un joven aplicado, siempre lo había sido. Por eso sabía que la Biblia ordenaba que confesáramos nuestros pecados directamente a Dios por medio de Jesucristo. Sin embargo, si ahora había que hacerlo al sacerdote, así lo haría. La Iglesia proveía más que los señores. Su padre le había enseñado cómo manejarse entre unos y otros. La cesión de su ser tendría sólo el límite que el mismo marcara, siempre adecuado a la diócesis, siempre oportuno.
A los cinco años, Villard con veinte, era ya un hombre y además un maestro. La adoración a la hostia fue decretada por el papa Honorio. Todo era acostumbrarse. Observaba como el abad intentaba llegar hasta el final de la estructura encargada a Villard. No llegaría, la luz no tenía límites y tampoco los encontraría en su catedral. La catedral de Willard. Aunque la Iglesia considerara que era suya, era él quien permitía ese pensamiento. No había noche que durmiera sin un objetivo para la mañana siguiente. Hacía tiempo que anotaba todo con precisión. Sólo un hombre de Dios le había dado un consejo certero; la sabiduría no debe quedar en el aire ni en la vida de un vulgar maestro. Vaucelles, Reims, Chartres… en todas sus jornadas itinerantes dejaba su impronta, pero esta podía ser efímera. Su hermano menor se había manifestado inútil para el oficio familiar y tenía la necesidad de dejar una herencia útil, pues no en vano se dedicaba a la mayor de las artes.
Ahora que el Abad le había procurado buen material y pergamino para sus escritos comenzó a ponerlos en orden. «Villard de Honnecourt os saluda y recomienda a todos aquellos que se sirvan de las instrucciones que se encuentran en este libro de rezar por su alma y de acordarse de él, pues en este libro se puede encontrar una ayuda válida para el gran arte de la construcción y de algunas instrucciones de carpintería y encontraréis el arte del retrato y sus elementos tal como lo requiere y lo enseña el arte de la geometría.» Dibujaba todo lo que veía y también lo que imaginaba acompañándolo de textos que pudieran facilitar la interpretación. No se publicó hasta 1858 y hoy se conserva como un tesoro en la Biblioteca Nacional de París.
Si alguna vez supo Villard que su nombre pasaría por equivaler al mejor de los canteros, arquitectos, escultores o ingenieros, es difícil saberlo. Si alguna vez imaginó que su simple maestría, su afán de aprender, mejorar o enseñar, inspiraría una novela de éxito siglos después a su muerte hay que dudarlo ya que ni ese género literario existía. Pero quizá su inteligencia le deparó algún probable poema de trovador.
Quién conservó aquel cuaderno de viajes, como lo llamaba Willard, es a día de hoy un misterio. Quién lo escondió de los vándalos e incultos no se sabe. Quién lo protegió del deterioro del tiempo y quién se encargó de transmitir sus saberes es una incógnita. Se sabe que este manual se usó hasta el siglo XV y que sus distintos propietarios hacían añadidos en sus espacios libres. También sabemos que ha llegado mutilado hasta nosotros. ¿Qué más secretos se escondían en aquellas páginas desaparecidas?. ¿Qué habrá sido de ellas?. ¿Y por qué Villard, tan centrado en los detalles, olvidó conscientemente a las protagonistas de ese estilo gótico al que perteneció?. ¿Dónde están las vidrieras de Villard?. Quizá, sólo quizá, él no necesitó de aquella luz distorsionada.
Intentando estudiar la puerta monumental de lo que fue la Abadía de Lorsch. Buscando la explicación de la versión cristiana del arco del triunfo romano. Mitad del siglo VIII y volviendo a caer en los defectos y en las virtudes humanas. Sin duda todo vuelve y es curioso como a veces no somos capaces de ver lo repetitivos que somos. Y caemos. Y volvemos a caer. Nacemos y morimos. Y nos seguimos sorprendiendo por morir, como si no fueramos capaces de asimilar el hecho más evidente de nuestra existencia; estamos aquí de paso. Así que deberíamos pasar con orgullo por esta puerta de la vida y buscar lo más bello en lo más simple. Dejar atrás el arco de la amargura y aprovechar cada instante al máximo pisoteando los burdos ataques ajenos de distorsionar el trayecto vital. Buscar las soluciones al problema antes de crear otro. Dar color a los pensamientos como los primeros medievales lo hiceron con sus muros. Pasar por el arco sin respirar y pedir un deseo. Porque todo lo que tú desees se hará realidad sólo si crees que así será. Cada persona tiene un arco que atravesar, un reto que cumplir. Eludirlo te hará vivir la vida de otros y la tuya volará por el torreón lateral, de defensa. ¿De defensa de quién?. Cobarde.
Se ha sacudido el polvo del camino, se ha quitado el sombrero del viaje y se ha humedecido los pocos cabellos que le quedan apartándolos del rostro. Pero el tiempo de espera le ha hecho perder las ganas de causar una buena impresión al abad. Cuánta desidia, cuánto orgullo disfrazado de pobreza y humildad. Esos capiteles desnudos de ornamentación, esas rudas paredes, esa aparente sencillez no pueden ocultar la monumentalidad del edificio. No le engañan, a él no. Y se rie para sí de esa estúpida regla benedictina llevada al extremo. Cansado de dar vueltas al claustro no se arrepiente de no haberse dejado arrastrar por los ideales de su hermano. Sin duda, ahora se lo hace pagar demorándose en atenderle mientras su padre agoniza en el lecho. La familia ya no es su prioridad, la iglesia es ahora su casa y Dios su único padre. Así pues, sabe que su viaje ha sido en vano.
Le ve llegar envuelto en un harapo blanco, amago de hábito. Sabe sin mirarlo que sus pensamientos son certeros. El hombre de Dios no le mira a los ojos cuando le habla, no le sonrie, ni tampoco le hace mueca alguna. No le escucha. Ese hombre que le evita pero aconseja sin pudor ya no es su hermano. Le invita a orar en su iglesia donde la luz del señor iluminará sus pensamientos. Pero el señor ilumina más allá de esos muros que al abad ciegan de realidad y de verdad. Él le entrega un paquete al que acompaña un sobre y cumple su misión. Abandona el monasterio con menos peso y mayor honor. Se coloca el sombrero y emprende su regreso.