INMERSIÓN

Ilustraciones: JOSÉ LUIS ANSÓN GÓMEZ

Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.

          Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.

          Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.

   

       No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar.  También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!

          Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.

          Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.

          “No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.

          Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?

          Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.

          No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.

          El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.

          Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.

          Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.

          La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.

          Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.

          Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.

          Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..

INVISIBLE

Ilustraciones: José Luis Ansón Gómez

Siempre lo he sido, invisible.

No tengo noción de ser otra cosa, otro ente, otro ser. Tampoco tengo más memoria desde el naufragio, hacia el pasado, todo es negro. Mi existencia comenzó allí, en ese barco a la deriva. Bien es cierto que tardé en percatarme de que yo no era nada, nadie, para el resto de los seres, personas se llamaban, que habitaban ese barco.

Curiosamente, en ese nacimiento oscuro, se me dio el don de la sabiduría y con ésta me refiero a que yo sabía donde estaba, donde me ubicaba, con quien me acompañaba en ese espacio etéreo sólo mío y a donde me dirigía. También era consciente de lo que ellos llamaban “tiempo”, su época, oscura (más incluso que mi existencia). No tenía añoranza de nada anterior, de ese pasado o inexistencia que no poseía.

Así que allí me hallaba, con aquella gente, desgraciada, preguntándome si sobreviviríamos a la tormenta y llegaríamos a la costa. Entre algunos anidaba la esperanza y tenían fe en el que llamaban capitán, quien manejaba el timón, más por intuición que por experiencia. Diría que los astros le habían abandonado a su merced, pero en él se concentraba con la responsabilidad de llevar a aquel grupo a un mejor puerto.

Desposeídos, descreídos y marginados que habían hurtado el barco a la luz de la luna llena para escapar de su destino. Acusados de robar, de mendigar y la mayoría de las mujeres, de brujería. Simplemente unos desdichados que nacieron en un lugar y momento inoportunos. Como yo, que aparecí ahí sin más, en mi invisibilidad, conociéndolos uno a uno, sin ser visto ni juzgado.

Ser invisible no implicaba no tener sentimientos y los niños fueron mi debilidad.

Entre rayo y trueno, entre ola y viento, las llamé soplando sin más al aire.

Y las sirenas llegaron, empujadas por los sonidos de los delfines, para equilibrar el movimiento que agitaba la nave, para estabilizar el barco.

Sólo yo las veía, o eso creía hasta que vi a Leonard estupefacto contemplar a la sirena mayor dirigir los sonidos al cielo, sonidos que él tampoco debería escuchar. Ninguna persona normal podía hacerlo.

Y los sonidos bailaron, bailaron como sólo ellos saben. Danzaron bajo las estrellas y calmaron la tormenta. Los rayos desaparecieron y los truenos cesaron. Y el mar se calmó como si de un lago se tratara. El viento cesó, tanto, que algunos dudaban siquiera de respirar, pasmados como estaban del suceso.

Y yo reía, cual héroe sin capa.

Me debían la vida aquella pandilla de insensatos. Daban gracias a un Dios inexistente, sin intentar acaso palpar mi presencia.

Hasta que vieron tierra y los agradecimientos, hasta para el Dios imaginario, quedaron en el olvido. Las personas, que son muy egoístas, enseguida pasan página sin precaución. Confiados avanzaron con vela y remos, con coraje y ansia, sin ver el peligro. Fascinado, como estaba yo, con Leonard por sus capacidades sensoriales, tampoco me percaté. Nunca dejes tu destino en manos de terceros. Las rocas se incrustaron en la proa como las uñas de un gato en la piel de aquel que se acerque a sus posesiones.

El agua entró más rápido de lo imaginado y la mayoría de aquella gente no sabía nadar. El arrecife inesperado estaba, al menos, muy cerca de la arena y todos se lanzaron a ella. Pocos llegaron, para que les voy a engañar.

Había creído que mi invisibilidad era un poder y que con él podía manejar el destino a mi antojo. Pero no. Nada se cambia porque sí. Lo que ha de suceder, sucede, sin más.

En tanto muchos morían, por la simple torpeza de no sujetarse a una de las maderas rotas o alguna roca saliente y detenerse a pensar, yo recibía una amenaza letal:

¡no vuelvas al mar o la tormenta te tragará!.

Sin embargo, no hice mucho caso. Ya vería si volvía al mar o no. Concentré todo mi esfuerzo en que Leonard llegara a la orilla. Gracias al Dios inexistente, no a mí, su madre también llegó. Conté unos nueve.

La playa no estaba tan desierta como pudiera parecer, dos colinas la franqueaban y desde ambas se erguían dos castillos que, al momento se comunicaron con antorchas y tambores. Todos empapados, muertos de hambre y atemorizados se quedaron sin habla. Yo intenté estudiar la situación desde mi invisibilidad. Dos reinos, dos reyes, dos poderes y mucha ambición.

Ambos dirigentes bajaron a negociar a quién pertenecían los nuevos súbditos. A ambos pueblos les convenía aumentar su ciudadanía, ya que una amenaza se cernía desde el interior. No se preguntaron qué hacían allí ni a qué se dedicaban antes esos náufragos. Y como, tal parecí entender, habían hecho en otras ocasiones, los dividieron y repartieron equitativamente entre los dos pueblos.

Atónito contemplé como separaban a las pocas familias que quedaban y rompían lo que la aventura había unido, una fuerza contra natura que ataría a aquellas personas toda su vida.

Leonard hábilmente se agarró con tal fuerza a la pierna de su madre que no pudieron separarlos. Yo también me vi en la tesitura de tomar una decisión. ya que, aunque soy invisible, no puedo desdoblarme. En consecuencia, me fui con Leonard y su grupo con el que denominaré Rey 1.

Fue una sabia decisión, ya que ese reino imperaba una convivencia pacífica. Atendieron a todos con mimo y cuidado. Les alimentaron y les dieron vestimentas apropiadas. Así mismo, les otorgaron seis viviendas para que se organizaran como ellos mismos consideraran. A Leonard aquello no parecía devolverle las ganas de sonreír. Fue entonces cuando me percaté que era el único niño. Un pueblo sin niños.

En aquella reflexión una voz me sorprendió.

  • Al fin llegas, me vendrás bien. Te oí llamar a las sirenas desde aquí, eres algo escandaloso para ser invisible.
  • ¿Puedes verme? – estaba maravillado de poder ser alguien.
  • Claro que no, nadie puede, tampoco me hace falta – comentó quitando importancia a mi entusiasmo. Soy un Dios, pero aquí me consideran un bufón.

  • Vaya – acerté a decir perplejo. Vaya Dios, pensé para mí.
  • He oido tu pensamiento – zas, y continuó – . Igual que ayudaste al niño, ayudarás a los pueblos. Ambos deben dejar a un lado su terquedad y unirse para afrontar lo que viene.

Leonard, como has comprobado, tiene la capacidad necesaria para ser el nuevo líder de este territorio, pero no lo podrá hacer solo. Debe crecer, madurar y controlar sus dones. Mientras habrá que luchar. Te daré visibilidad, irás al otro reino y convencerás al Rey 2 de todo lo que cede el Rey 1 por la unión. A la vuelta, vendrás con sus vestimentas y haciéndote pasar por uno de ellos, conversarás con el Rey 1 hablando de las cesiones del Rey 2.

Aún intentaba asimilar aquella loca misión cuando pude ver mis formas físicas.

No es que me convenciera mucho mi imagen, pero qué le vas a discutir a un Dios que se identificaba con el antiguo Horus (egipcio nada menos, pasado que yo no conocía y acate sin discutir), todo por Leonard y su sonrisa.

Hice bien mi labor, supongo que nadie lo duda. Conté, sin duda, con ayuda de pociones y encantamientos varios. De tal modo, ni el Rey 1, ni el Rey 2, llegaron a cuestionar lo que se suponía que cedía uno y otro. E incluso pronto llegaron a la conclusión que, si en vez de discutir, unían su sabiduría y fuerza, quizá podrían detener al enemigo que acechaba. Además, ambos ya tenían una edad y no podían dejar a los

pueblos con un futuro incierto. El mar era una vía de escape, pero también podía ser una trampa (bien lo sabía yo que no pensaba volver a él).

Los caballeros de sus ejércitos unieron destrezas y fuerza.

Pasaron años, guerreando y engañando al enemigo. El bufón- Dios se convirtió en el mejor asesor del DOBLE REY a los que ayudaba en la sombra de los hechizos y yo, antes invisible, me convertí en bufón. Leonard encontró amigos y recuperó la sonrisa.

Creció y cuando fue elegido nuevo gobernante llegó la rendición del invasor y la paz. Yo fallecí como bufón, recuperé mi invisibilidad que tanto añoraba y que ya no he vuelto a sacrificar por nada ni nadie. El Dios, antes Horus, en esta historia no sabemos, se buscó otro pueblo que creyera en él. Cosa difícil lo que mueve las creencias de estas llamadas personas que sólo se ven a ellas mismas en todo el universo.

  • ¿Qué es eso? – me preguntó Leonard por última vez, antes de perder mi físico, al verme dibujar.
  • El futuro – le dije yo.

Porque yo de pasado no sé, pero lo demás si lo veo.

Si quisiera hacer poesía soplaría levemente a tu oreja

y te despertaría, sin más.

Como ocasión primera me aventuraría en tus sueños

y con ese ladrón lucharía.

Porque tu fantasía era mía y así la quería, mira con que

egoísta vivías y, pese a ello, respetarías.

Contra ese sobre malvado que cruzó bajo nuestra puerta

yo podría lucirme en tu subconsciente.

Y como una nube volaría sobre tus pensamientos

para hacer de vigía de las sombras que no te acecharían.

Aún con todo pecaría, pues no es enredar hilos lo que debo

sino cortarlos, si hace falta, para que poesía seas tú.

El frío mármol y mi pie desnudo…

….o mi frío pie y el mármol desnudo de aquella habitación escondida.

Añoro caminar por tus palacios y la sensación que aquellos paseos me producían. Recordarlo me hace creer que no era yo, que era otra persona. Y quizá lo era si no me reconozco, como una película muy vivida.

Ahora me siento, como aquel día, escondida en el subsuelo con los murciélagos reposando a unos metros de mi cabeza. Puedo sentir la piedra roja en mi espalda y el susurro del agua al correr por los pasadizos. Todo tiembla mientras los elefantes suben la pendiente del fuerte y mi corazón retumba al mismo paso marcial. Físicamente entera y un espíritu intrépido pero prudente.

Sin embargo, me pregunto por qué me paraliza cualquier inconveniente, por qué me duelen las piernas y la cadera como si fuera una abuela, por qué llueve en mi cabeza ese repiqueteo constante que me nubla el juicio y amontona mis quehaceres. Es por todo ello que he vuelto a aquel lugar de piedra, inventado, que nunca lo he abandonado y que reconozco habito por fases intermitentes de sueño. Porque allí, en sus estancias y en sus dominios, vuelvo a ser yo reconociendo la pureza en la oscuridad y tu extraño poder sobre mi libertad.

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Leyendas de Olhao

    Cuando salió a pasear tras el copioso desayuno el clima todavía era clemente. Hasta el paseo marítimo llegaba la brisa de la marisma y avanzó decidida hacia el centro de Olhao. Estuvo tentada de entrar al mercado. Éste se dividía en dos edificios idénticos con cierta apariencia islámica, no en vano también había sido territorio de Al Andalus y la influencia era notable en muchos edificios. Le fascinaba contemplar cómo descargaban el pescado y el marisco fresco en la multitud de puestos. El otro edificio se reservaba  para fruta, carne y dulces.

    Sin embargo, esta vez optó por introducirse entre las estrechas callejuelas. Era tan temprano que parecía que sólo los gatos las habitaban. Le llamó la atención cómo la mayoría de los pequeños felinos llevaban collar y se acercaban con confianza entre sus piernas si se detenía a observarles. En el portal de una de las casas incluso existía una diminuta construcción para ellos en la que se advertía a todo aquél que pasara por allí que debía respetar el descanso de estos animales. Sí, no había duda de que los felinos estaban mejor atendidos que la mayoría de los perros del municipio.

    El pueblo tenía una infinidad de callejuelas que conformaban un curioso laberinto. Pese a ello, creía que era fácil orientarse dejando siempre en paralelo el mar. Le encantaba la decoración de todos aquellos edificios de apenas dos alturas y cuyo techo acababa en forma de azotea abalaustrada y sus fachadas se adornaban de baldosas de cien mil formas geométricas y colores. Era una pena que hubiera tantas abandonadas. Andaba con aquellas reflexiones cuando un destello plateado llamó su atención. El sol parecía querer amanecer justo en ese punto brillante. Sin dudarlo avanzó hacia él. Era una estatua. Había muchas en el pueblo aunque esta, desde luego, era bastante particular. Ahí plantada como un árbol en medio de una pequeña plaza imponía un respeto complejo. Se agachó para contemplarla mejor y comprobó que, ciertamente, daba miedo. Cualquier imagen de un niño que no inspirara cierta ternura daba miedo. Parecía, por qué no decirlo, el niño de La profecía. Se acercó a comprobar el cartel cercano que la describía, en portugués e inglés. Contaba la leyenda de un niño, fornido y robusto, de grandes ojos negros que se aparecía por las noches y no paraba de llorar. La mayoría de las personas no salían por miedo al encanto, ya que algunos aseguraban que el llanto del niño podía hasta matar a una persona. Pero había marineros que juraban haberlo visto, incluso podían cogerle en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso aumentaba y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Olhão lo recuerda ahora con esta escultura metálica.

    Expectante contemplaba la figura que apenas se dio cuenta que una anciana le agarraba el brazo con fuerza. El susto fue mayúsculo, aunque al instante le recordó a su abuela y el susto se evaporó. Esta abuela, que no la suya, gesticulaba con la mano libre y le hablaba en portugués con una seguridad pasmosa de que ella fuera capaz de entenderla. Por supuesto, esto no era así pero se encontró andando por la calle con la anciana del brazo (como también solía hacer con su abuela, «donde hay hijas y nietas no cabe bastón«) intrigada pensando a dónde la conduciría la buena mujer. Dando por sentado que era buena, madrugadora y se encontraba tan aburrida que no tenía mejor cosa que hacer que explicar las leyendas del municipio a la primera turista que encontró. Y así fue. Un par de callejuelas más y acabaron en otra pequeña plaza adornada también de extrañas siluetas. Otro material, forja quizá, otro color, negro cuervo intenso. Niños, cinco niños jugando a la pelota. Y el cartel informaba que el pequeño Manuel se encontraba jugando con sus amigos a la pelota cuando un niño, desconocido para ellos, les preguntó si podía jugar también y todos aceptaron encantados. Después Manuel acompañó a su nuevo amigo a su casa, donde había infinidad de riquezas y tesoros, pero el misterioso niño le dijo que no podía contarlo a nadie. Pronto se percató Manuel que sólo él podía ver a este niño. Al final, antes de hacer la comunión su madre le obligó a confesar estos hechos al sacerdote y jamás volvió a encontrarle. ¿Demonio pillado in fraganti?. ¿O amistad traicionada?. Contempló de nuevo las negras figuras intrigada, demonio seguro. Mientras la anciana gesticulaba algo que ella claramente entendió como «hija mía, historias de aquellos años«.

    Temerosa de que la abuela, emocionada, la arrastrara hasta la estatua de la sirena que ya conocía, le señaló el reloj de la muñeca y le indicó que debía seguir su paseo. Ahora la abuela portuguesa formaría parte de su particular leyenda.

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Inquietud temporal

    Siempre parece faltar el tiempo. Tiempo para leer, para escribir, para hablar, para ponerse al día con las noticas, esa media hora de redes sociales, ese tiempo para la compañía, de dos, de más de dos. Y ese, que a veces valoramos tan poco, ese tiempo para uno mismo. Esa calle que no anduve, ese libro que todavía no he comenzado, esa meditación pendiente. Todo falta en tu vida pues no hay conocimiento extremo ni verdad absoluta. De normal, sin ser conscientes, todos perdemos el tiempo en un noventa y nueve por ciento del transcurso del día.

    Hoy, ante la ventana que nunca tuve el valor de asomar, veo las hojas volar, los perros correr, la gente encoger sus hombros, no sé si de frío o miedo a … esa incertidumbre que trasladan las nubes. De pronto el frío atraviesa el cristal y te eriza el vello. Un extraño sentir, momentáneo pero común, a esas personas que atraviesan la calzada. Podría ser yo aquél que mira, no dos sino en tres ocasiones, a su alrededor. ¿Acaso le persigue alguien?. No lo parece pero ahí está, es su propia sombra. Le acompaña ese elemento formado entre el cielo y la tierra. Explicado científicamente pero siniestro. Su sombra no es alargada como la de los libros de misterio, no parece suya, pero no le deja ir. Acelera y lo pierdo en la esquina del edificio de en frente. Instantes antes de desaparecer la sombra parece girar en absurdo saludo hacia mi ventana y por tanto hacia mi persona. Provocadora oscuridad andante que impide que el frío desaparezca en mí.

    Me percato de que ese tiempo, que siempre falta, pasa ante la ventana de la vida (esa a la que no tenemos costumbre de asomarnos). Ahí está, circula veloz y resulta imposible aprehenderlo. Intentar detener el tiempo es perderlo en sí mismo. Un segundo, dos… cada instante escapa. Escapa sin leer ese libro, sin decir lo que realmente pensabas, sin mirar las vidrieras de cada calle que encierran el tiempo ajeno. Pisamos tiempo, pisamos la vida y la consumimos. Esa lágrima que no quisiste dejar caer, la perdiste por siempre, el tiempo que no corrió con ella te hizo dilapidar un sentimiento que podía crear instantes adicionales. El tiempo es, sin duda, el mayor de los misterios. Es el secreto que dicen, que cuentan, todavía no hemos desvelado las personas. Esas cuyas sombras no parecen propias. ¿Qué sombra viste encajar a la perfección con su dueño@?. No me mientas, pierdes el tiempo.

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Winter is coming…

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    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.

El caballero y el amor.

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     Desde que la conoció la evitaba. No la soportaba. No era ella sino lo que todo su ser representaba. De dónde venía y de quién había nacido. Sólo imaginar de quién era hija le producía dolor de estómago. Él quedó maldito, precisamente por su gente. Con todas y las mayores virtudes de un caballero, de un príncipe, pero maldito para sentir. Sin saber qué es amar, qué significa compartir la vida, los deseos, los anhelos, con otra persona. A él todo aquello no le estaba permitido.

     Y por fin podía culpar a alguien. Durante años se había centrado en ser el mejor guerrero, un líder querido pero también respetado. Había pasado por encima de su maldicion con indiferencia, disfrutando del sexo, de un encanto que sabia atraía y provocaba por igual. ¿Qué más daba?. Era consciente que eran muchos los que morían sin conocer el amor, luego no debía ser algo imprescindible en la vida.

      Sin embargo, llegó ella y todo el rencor, toda la rabia contenida, afloró a él con una intensidad de la que el mismo no daba crédito. No podía amar pero podía odiar, o al menos eso así lo sentía. No era de muchas palabras pero había procurado hacerle ver a ella su desdén, su desprecio. La misión había reunido a multitud de representantes de las distintas zonas y pueblos en peligro, juntos contra un mal mayor que sus propias diferencias. Las discusiones y los encontronazos a la semana del viaje eran tales que el sabio mayor les había prohibido a ambos dirigirse la palabra, siquiera mirarse en la medida de lo posible pues perturbaban la paz del grupo y el ánimo de la gente. Debían entender que, les gustara o no, estaban juntos en ese momento.

       Y él lo entendía, pero no podía evitar buscarla. Y ella era capaz de provocarle con solo mirarle, con solo levantar una ceja o torcer con ironía sus labios. Todo su equilibrio, todo su raciocinio, parecían perderse ante la presencia de aquella mujer. Llegó un momento que sintió hasta vergüenza de sí mismo por encontrarse pensando en ella en todo momento cuando debía estar organizando la defensa, planeando algún ataque o buscando alguna pista. Ella siempre estaba allí, en su mente. Y entonces levantaba la mirada y la buscaba. El poder de ella era grande, controlaba importantes aptitudes, sobre todo con la naturaleza y los animales, pero no dominaba la brujería así que era imposible que lo hubiera hechizado. Tanto la observaba que no tardó en percatarse de que no era el único. Sin duda era bella, cautivadora. Había que entender, por tanto, que tuviera admiradores. La deseaban, claro. Enfundada en trajes masculinos que dibujaban sus curvas y con colores tan oscuros que contrastaban con su ondulada melena rubia. Esos ojos azules brillaban con intensidad y destacaban en su tez morena. Los hombres se volvían torpes cuando la tenían delante, la adulaban ridículos y la respetaban. Cuando lo miraban a él esos ojos no brillaban, diría que podían abrasarlo con la misma potencia que unos de los tres soles de primavera.

      Hacía días que uno de los señores del Sur no desplegaba sus tonterías ante ella y por ese motivo él lo vigilaba aún más. Ni él ni los suyos le inspiraban confianza. Entonces se percató, ¿dónde estaba él?. ¿Y dónde estaba ella?. Tiró de su fiel compañero y fueron hacia las tiendas. Los vieron salir por atrás. La llevaba atada, medio desvanecida quizá por alguna droga y al verles puso la daga en el cuello de ella a modo de amenaza. Sabía que, sin ella, la misión no tendría sentido. Y a él se le heló la sangre, no podía perderla. No así. Todo pasó muy rápido, tanto que las décimas de segundo que él tardó en atravesar con su flecha la cabeza del traidor no fueron desperdiciadas por sus compañeros para reducir al resto de los cómplices. Cuando quiso darse cuenta la tenía en brazos, ella tenía sus miembros paralizados por algún motivo pero le miraba sin quemarle, con dulzura, agradecida suponía.  Se fue reponiendo y le susurrró «yo no soy mi madre, yo no soy ellos, yo soy yo y tú no me conoces».  Volvió la calma, llegaron las lamentaciones y los ajustes al grupo. Y él seguía pensando en ella. Estúpido, la deseaba. Deseaba volver a tocarla. Y poseerla, hacerla suya. Creyó perder la cordura.

      Nunca lo había hecho, jamás se lo había planteado ni preguntado a nadie. Una jornada, al alba mientras vigilaba con su leal amigo lo hizo. «¿Qué dirías tú que es el amor?», le preguntó. Y el otro rió tan sonoro que temió despertara al resto. Lo miro sorprendido. «Tú ya lo sabes», le contestó. «Las maldiciones se vuelven contra aquellos que las lanzan. Ella la ha desecho. Amor, amigo mío, es levantarse pensando en una persona y acostarse también con ella en la cabeza. Vamos, una verdadera tortura que va pasando a medida que sacias el deseo que ella te produce. Hay quien aventura que dura toda la vida. Pero no siempre es así. Esperaré a que tú me lo cuentes».

     Entonces era cierto, la amaba.

La conversa

E.Blair Leighton

Si por él hubiera sido seguiría ahogada en la ignorancia. Si de él hubiera dependido sería no más que una sombra alargada y torcida que avanzaría con temor tras los cuerpos orgullosos de sus hermanos. Porque para él, para su padre, ella era prescindible. Necesitaba varones que gobernaran con mano dura sus feudos y aplastaran a los infieles ante el menor indicio de rebeldía. Ella era un error, una complicación. No era tampoco su padre amigo de hacer lazos innecesarios con otras casas señoriales así que su mejor destino sería “gobernar” las tareas del hogar. No pasaría de decidir la comida del día o el orden de las provisiones en el almacén. No estaba en sus planes enamorarse ni salir del castillo. Le estaba prohibido.
Pero desde que el Prior necesitó ayuda en la biblioteca el mundo para ella había cambiado. Contaba entonces con nueve años. Los hombres estaban fuera luchando, dos de sus cinco hermanos ya habían muerto. Ante las noticias su madre se había sumido en un letargo absurdo. Por quedar bien, su padre la autorizó desde niña a ayudar en el priorato dejando claro a la iglesia que ninguno de sus otros hijos se uniría al clero y que la “prescindible” podía ocuparse de esas menudencias.
Ella no tenía acceso a ninguna estancia que no fueran los archivos del prior. No veía a nadie de la congregación y cuando su crecimiento y físico comenzó a ser un problema el prior le aconsejó acudir camuflada en una capa. Ante su sorprendente interés y avidez de conocimiento, aquel hombre le enseñó toda su administración que, en poco tiempo, ella llegó a controlar. Anales, Crónicas… todo lo clasificaba, identificaba y lo peor, si hubiera llegado a oídos de su padre, lo leía. Ambos sabían que no hacían bien pero no vieron mal alguno. Pronto aprendió a leer y escribir latín y a interpretar muchos escritos de los infieles.
En secreto comenzó a admirar tanta sabiduría. Había en aquellas crónicas más poesía que en cualquier canto de estúpidos juglares. A los trece años supo con certeza que había más mundo que el escaso territorio que les rodeaba y por el que su padre se jugaba la vida y la de sus hermanos. Y ella quería verlo y conocerlo. Se negaba a ser un mueble más del castillo como lo era su madre, resignada a esa vida inútil. Pero jamás desveló sus deseos a nadie, ni siquiera al prior porque ese hombre de Dios no podría entender que admirara a ese pueblo hostil e infiel que, sin embargo, les aventajaba en tantos aspectos de la vida.
Una reunión de altos señores se celebró en el castillo. Su padre hizo de anfitrión perfecto, y aun en duelo por su hermano menor, festejó con banquetes y juegos. Todos parecían tener algo importante que decidir cuando borrachos de alcohol y prepotencia, ella los observó danzar en torno a un documento que llamaba su atención. Contuvo la risa en la medida que le fue posible pero uno de sus hermanos, quizá la única persona que la conocía de corazón, advirtió su ironía en el rostro.
– ¿Qué ocurre hermana?. – le inquirió preocupado de que su padre detectará la mirada burlona de su hermana teniendo constancia de que buscaba cualquier excusa para mandarla al convento.
– Lo están leyendo al revés, si es que lo que pretenden es leerlo.
A solas con su hermano y el documento ella le facilitó la información que ansiaban. Eran órdenes detectadas a un grupo invasor. Pero su padre pronto cayó en la cuenta que sólo había una persona que, como una rata, hubiera sido capaz de adquirir conocimientos de clero e infieles. Y antes hubiera perdonado saber que se revolcaba en la cama del viejo prior que le avergonzará así ante los otros señores. Obvió la ayuda que ella les procuraba porque no podía aceptar que supiera más, que resultara más útil que cualquiera de los que allí se alojaban esa semana dentro de sus muros, que esa chiquilla que no debió nacer les dijera cómo debían atacar al adversario. Por ello, decidió mandarla a la frontera con un mensaje de amenaza y reto al enemigo. Sabía muy bien lo poco que duraría una mujer en esas tierras. Pensó que, como haría él, no sería respetada.
La hizo la más feliz del mundo. Saldría de allí con el mensaje de su padre y una vez más cumpliría lo ordenado. Sería la última ocasión que lo obedecía, sabía que no volvería. Así lo tenía decidido. Se despidió de su hermano, el único caballero que ella había conocido prometiéndole que, si era posible, le haría saber de su existencia y marchó sólo con un escudero a ver nuevos mundos. A los pocos meses su padre perdió dos feudos y un hijo más. A otro de sus hijos le perdonaron la vida por un solo motivo y le devolvieron un mensaje. Las nuevas fronteras estaban fijadas y lo estarían por años.
Cuentan en crónicas que una cristiana conversa, rica en sabiduría, conocimientos y ciencia, conquistó tierras musulmanas y decidió no devolverlas a sus semejantes sino gobernarlas en paz, honestidad y armonía entre hombres y mujeres de distintas razas y religiones.

La no bailarina de Degas

Me dolía la espalda hacía ya bastante rato pero era incapaz decir nada. No osaba protestar ni alzar la voz con queja alguna. Se suponía que mi esfuerzo era compensado con creces y era, además, un honor perder las horas en aquel cuarto. Yo no sabía sí sería un honor o no, si después iba a sentirme orgullosa de aquella osadía. Sólo sabía que había empezado a arrepentirme. Aparte de la molesta postura, sentía vergüenza, bastante. Si bien mi situación no era óptima me daba la sensación de haberme rebajado como mujer.
Allí estaba, desnuda. Sentada dando la espalda y, porque no decirlo, también el culo a un maduro pintor. Yo no le conocía y había pasado por la palabra de unas vecinas que, años atrás en sus tiempos de bailarinas, habían posado para él. La idea era retratarme tras salir del baño, secándome con la toalla los pies inclinada con el pelo cayendo sobre mi rostro. Lo que suponía que nadie sabría jamás que era yo porque mi cara no iba a verse. Aún así decidí disimular mis pechos como pude pese a la protesta del artista. Parece que mi brazo tapando los senos no daba a la postura un aire muy natural, pero eso a mí me importaba bien poco. Al final había resultado que no se me iba a reconocer, con lo cual de honorable para mí esa situación ya no lo era tanto. Podrían pensar que la imagen era la de cualquier prostituta o cualquier otra mujer. Qué más daba si ya no era yo. Al principio me importaba ser yo y ahora me molestaba que no pareciera que era yo. Maldita sea, esa posición me estaba volviendo loca, ya no sabía ni lo que pasaba por mi cabeza mientras el antipático hombre se dedicaba a jugar con sus pinturas de pastel sin rematar nunca el dichoso cuadro. Según él los detalles estaban inconclusos y estaban transcurriendo con creces los días pactados del posado sin que sugiriera pagarme nada más. Hasta las manos me habían tornado rígidas de sostener la toalla y fingiendo secar mis pies casi había conseguido perder la suavidad de mi piel.
Odiaba ese cuadro y todo lo que suponía. Y lo peor es que después de ese supuesto momento de gloria no me quedaría nada. Nada tenía ya tras haber usado el pago del pintor para saldar deudas que poco a poco volvería a acumular. Mis días perdidos desnuda ante ese hombre no implicaban otra cosa que volver de nuevo al mismo círculo de donde no podía salir. ¿Admiraría alguien esta imagen en el futuro?. ¿Se expondría aquel cuadro como algún otro de ese hombre?. ¿Qué interpretarían al contemplarlo?. No sabía lo que él pretendía mostrar o transmitir con esa escena. Pero no me verían a mí ni por fuera ni por dentro. No verían más allá de lo que yo veía en ese instante, mis pies.

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La gitana

He pasado muchos años cumpliendo con las reglas. Acatando siempre las normas de la sociedad, los mandamientos de Dios, los artículos de la asociación, los consejos de mi familia, las costumbres de los gremios y las leyes de la milicia de San Jorge. Todo ese tiempo sintiendo que no vivía, viendo que no amaba a la mujer que se acostaba a mi lado, comprobando que ella tampoco me deseaba. Disimulando ante los demás porque… Qué dirán. Cubriendo mi indecencia, tapando mis vicios como si no fuera humano.
Y todo eso sin darme cuenta que tenía en mis manos el poder de darle la vuelta a esa existencia. En mis manos, en mi trabajo. Cumpliendo las pretensiones finales en todos mis retratos, perfectos los individuales, sublimes los colectivos. Tardé en percatarme lo fácil que podía resultar disimular también en ellos.
Y fue entonces cuando empecé a retratar la realidad, la vida cotidiana de los que de verdad se enfrentan a ella día tras día. Los que, de verdad, a su manera nos movían a la independencia de los españoles, a la guerra. El pueblo. Un pueblo del que no quería huir, que conocí por ti. Ahora también mi gente. Podía engañar al resto pero no a mi mismo.
Pintarte es lo más dulce y provocador que he hecho en mucho tiempo. Porque tú eres mi realidad, la única en mi vida, por encima incluso de mis propios hijos. Serás la gitanita para los tontos, la prostituta para aquellos con mente lúcida que sepan ver más allá de la luz en tu escote y boca entre abierta. Pero serás mi amor, sólo aquí, ahora en este instante.
Me sobran los detalles y me basta el pincel rápido y certero. Las manchas dibujan tu expresión intensa y tu alegría bohemia. Se capta en segundos. Porque eres natural, eres sensual. Porque tu mirada y tu gesto pícaro desvela esa personalidad que no se avergüenza de ser quien es, de vivir. Porque eres todo lo que yo no soy, mi pena y mi devoción. Sin gremios ni juicios morales que decidan si este retrato, si esta obra de mi amor, cruza o no los cánones de la decencia.
Por ser prostituta, por ser gitana, por ser la luz de mi túnel, por ser el deseo más próximo y más real que un hombre como yo pueda tener… Mi mano es tuya y con ella lo mejor de mí.

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La niña que se peinaba

   Hasta no hace mucho creía que sólo a través de los paisajes podía reflejar un estado de ánimo, un anhelo, una frustración o un destello de esperanza. Pero contemplando a la niña, al mismo tiempo que comenzaba a ejecutar los colores, se percató que ella era todo eso y más. Y ahora, antes incluso de dejar que se marchara, por un momento dudó si durante toda su vida había errado.
No, suspiró pausadamente. No había sido así. Él toda su vida había hecho y obrado como bien le había parecido sin dar cuenta a nadie. Liberado de la primera oposición de su padre, quien nunca lo había valorado, se dedicó a pintar por vocación, pura vocación. Desde una pronta juventud supo que quería pintar. Y lo hizo sin presiones ni sujeción a los acontecimientos políticos, sociales y revolucionarios de su época. Camille Corot fue ajeno a todo aquello. Ni siquiera tenía que trabajar para vivir porque podía hacerlo a costa de su acaudalada familia. Fue, de ese modo, como pudo permitirse un lujo que pocos podían llegar a tener pero que él nunca dejó de valorar.
Vivir del aire, hacer sólo aquello con lo que disfrutaba. Recorrer el mundo, viajar y plasmar en un lienzo los distintos paisajes que la vida le ofrecía. Sin fantasía alguna reflejando todos los volúmenes y detalles tal cual eran en la realidad.
Sólo en los últimos años, y básicamente porque la salud ya no se lo permitía, se había dedicado a estudiar y pintar la figura femenina. Pero nunca le habían atraído los retratos y si los había realizado era para agradar a algún familiar o amigo. Hoy, sin embargo, que concluía el cuadro de la niña peinándose, al mirar a su modelo a los ojos pudo ver a través de ella toda una vida, pasada y futura pendiente. Miles de paisajes que él, jamas ya, podría disfrutar.
Y una vez más se llenó con lo que se le ofrecía galante. Y ejecutó rápido y eficaz dando a la niña el mismo halo dulce, bello y sereno que ofrecía la naturaleza, con las luces y sombras que otorgaba un atardecer. Porque, ya lo vio claro, la humanidad formaba parte de esa naturaleza, cambiante día a día. Y él aún tenía tiempo, algo de tiempo para transmitirlo así.

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Teodora

           

        La diadema, el collar, todas las joyas que la engalanan nos muestran a Teodora en su máximo esplendor. Vestida con una túnica púrpura bordada en su parte inferior con las figuras de los Reyes Magos sostiene un cáliz de oro mientras se hace acompañar por los cortesanos y un cortejo de damas ricamente ataviadas. Ella y su marido Justiniano, en otro mosaico, se retratan con corona y halos de santidad, ataviados con sus atributos de realeza pero representándose también como las cabezas de la iglesia. En ellos se unen los poderes temporales y espirituales, una vez rotos los lazos con la iglesia católica de Roma. Es el cesaropapismo. Ellos son ahora los que evocan los suspiros del antiguo Imperio Romano.

                No sabemos si la emperatriz sale de palacio o se encuentra en un interior eclesiástico ya que las referencias  al interior donde se desarrolla la escena son escasas. Un dosel que se abre y una pequeña fuente de la que mana agua. Los pliegues de las túnicas y las figuras alargadas nos dan una sensación  de grandeza y lejanía. Pese a la reiteración de las posturas y la falta de realismo apreciamos un intento de individualizar los personajes. Pero lo que interesa al artista es la abstracción. Bajo un fondo dorado multitud de teselas de colores nos alegran la vista y esa riqueza cromática que transmite fulgor y brillo evidencian que el mosaico es el símbolo más poderoso a través del cual el emperador manifiesta su poder. Esta práctica artística heredada del Imperio Romano llega a sus cotas más altas de maestría con el arte bizantino.

        Y ¿qué veo yo?. La veo a ella, a Teodora. En el papel de su vida, la mujer más importante del imperio secundando a su esposo en la labor de gobierno. Gloria y esplendor de una época en la que se hundía occidente ante las invasiones godas mientras ellos contruían un imperio, a veces menospreciado por la historia, que sobrevivió siglos hasta su caída en 1.453 por los turcos. Pero ella se sigue alzando solemne y majestuosa ante nosotros.

      Su padre era entrenador de osos y su madre bailarina y actriz de la época. Dicen que ella trabajó en un burdel además de actriz. En su representación de Leda y el Cisne cuentan que se desnudó más de lo que la ley permitía. Cuando abandonó esa vida entró como hilandera en el palacio de Constantinopla hasta que su carácter, alegría, ingenio y belleza llamaron la atención de Justiano que tuvo que esperar que cambiara la ley para poder contraer matrimonio con ella. Fue una valiosa y apta gobernante, tanto en sus discursos como en sus disposiciones. Controló rebeliones. Expandió los derechos de las mujeres en general y para los casos de divorcio. Prohibió el asesinato de las mujeres que cometían adulterio, creo conventos y prohibió la prostutición forzosa. Sin ella, seguramente, la historia de este imperio y la nuestra hubiera sido otra. Y ahora… vuelve a mirarla.

Embriagado de dudas…

  3 de octubre de 1.608

        Aborrecía ese aroma campestre. No debería ser así ya que había nacido y crecido entre esa aura floreal, pero de forma inevitable el olor intenso del polen revoloteando al viento penetraba por sus orificios nasales, suficientemente amplios por herencia paterna, y le llegaba casi de inmediato hasta los pulmones atravesando con terrible quemazón la garganta. Le repelía y el estornudo de después, le repelía todavía más. Cadena de movimientos corporales que escapaban a su control, como tantas otras cosas.

            Michelangelo Merisi da Caravaggio atravesaba la pequeña y escasa campiña de la isla de Malta, huyendo de la capital, entre rabia y humillación, con la ira contenida a fuerza de un aprendizaje forjado y forzado con los años. Una vez más, incomprendido y despreciado salía de La Valetta.

            Si creía Alof de Wignacourt que sería más listo él que sus también perseguidores en Roma, estaba muy equivocado. Algo innato en Michelangelo le hacía estar alerta ante situaciones extrañas. Y extraña había sido la cita que había recibido. Podía sentir el plan, la conspiración, querían atraparle. Pero no lo lograrían. Volvería a huir. Ya se había acostumbrado a no tener hogar, a ocupar las vidas ajenas, a vivir sólo para la pintura y a sobrevivir de su obra. Cierto era, sin embargo, que no había sospechado hasta hacía bien poco, de la ingratitud de Alof. De buen grado se llegaría hasta su palacio y rajaría con el filo de su daga su propia tela. Sí, eso sería en verdad una empresa difícil, pero quizá no lo sería tanto acceder a la Concatedral de San Juan y cumplir su objetivo sobre “San Jerónimo escribiendo”. Y así, borrar la cara del pretencioso Alof de su propia obra, de su creación, ahora mancillada por la imagen del engreído maestre sustituyendo a la del santo.

            De repente se detuvo. No era una buena idea regresar a La Valetta. Pero…¿Y si lo que le habían insinuado del Gran Maestre no era cierto?. ¿Por qué dudaba de él, a priori, tan alegremente?. Hacía poco más de un mes que le había nombrado Caballero de la Orden. Había hecho lo imposible para que Michelangelo recibiera ese honor, ese sueño tan anhelado. Ese gran hombre había rogado al Papa por él. Recuperó por momentos el raciocinio perdido en el altercado de una hora antes, se detuvo y pensó.  Pensó que antes de destrozar su propia obra, debería conceder a Alof, el Gran Maestre, el beneficio de la duda. Y regreso a La Valetta, al palacio. Si bien, en esta ocasión, no entraría por la  puerta habitual, daría un pequeño rodeo. Debía saber quién estaba de su parte en aquella isla que comenzaba a antojársele una prisión a cielo abierto.

            La historia, de nuevo, se repetía.

El paseo en bicicleta

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    Se  arrojó por una pendiente de dieciocho metros con la mochila y el rifle a cuestas.  La posición correcta era fundamental a la hora de rodar. No podía fallar delante de sus chicos. Ellos debían rodar tras él y querían hacerse una justa idea de cómo hacerlo. No podía exigirles que realizaran un ejercicio sin demostrar ante sus ojos que él era capaz de ejecutarlo.

Aquellos recuerdos fluían en su memoria todavía frescos mientras el sudor se deslizaba por la sien como en los antiguos tiempos. Pedaleaba sin pausa y también sin destino, pero esto último sólo lo sabía él y no quienes le acompañaban en lo que prometía ser simplemente una agradable jornada primaveral. Sus hijas, su hermano, su cuñada y su “nueva amiga” le seguían ya con desasosiego y la diversión había pasado a rallar un extraño punto de sufrimiento. Entre tanto, el paisaje de la ribera del Ebro se sucedía cada vez a más velocidad sin apenas tener la posibilidad de contemplarlo. Los fresnos habían dado paso a los olmos pero nadie pudo reparar en ellos ni en la crecida del río que avanzaba sigilosa ganando, en cada choque, un poco más de terreno hacia la senda natural por la que avanzaban al paso firme y marcial que marcaba el hombre que marchaba primero. En un momento inesperado una de las niñas se fue al suelo. Sabía que mostrar su dolor sería un error para su padre pero le palpitaba la rodilla del golpe y las lágrimas habían comenzado a brotar sin control.

–          A la bici, no pares. Ahora no, será peor. – le dijo. Y no era una sugerencia ni una opinión, era una orden.

Todos la contemplaban mudos mientras su padre emprendía de nuevo la marcha. No merecía la pena desperdiciar siquiera saliva argumentando razones para detenerse, al menos, unos minutos. Nadie osaba llevarle la contraria. Pero, durante unos segundos, vio como la “nueva amiga” se mordía el labio inferior reflexiva y la niña supo al instante que no volvería a verla. Sin embargo, no era la autoridad paterna lo que preocupaba a la “amiga” sino el cambio súbito del tiempo. Las nubes y el viento se habían apoderado, en apenas media hora, de aquel paseo. Observó como el río circulaba de forma violenta por el cauce. Y ya no fue asombro o curiosidad lo que sintió, sino temor. Los patos que, hasta ese momento, veían de cuando en cuando junto a la orilla la habían abandonado levantando el vuelo hacía otra zona lejana. El agua llegaba ya hasta el camino y lo hacía con tal oleaje que el Ebro asemejaba al revuelto mar Cantábrico.

–          No deberíamos seguir. – dijo señalando al río.

–          No podemos abandonar, hay que hacer los quince kilómetros y llegar hasta La Alfranca. – Él nunca abandonaba, nunca se rendía. Luchaba hasta consigo mismo.

En esta ocasión, sus soldados no le siguieron y el río no dio tregua a sus objetivos.

El Monasterio (1.101 d.c)

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Se ha sacudido el polvo del camino, se ha quitado el sombrero del viaje y se ha humedecido los pocos cabellos que le quedan apartándolos del rostro. Pero el tiempo de espera le ha hecho perder las ganas de causar una buena impresión al abad. Cuánta desidia, cuánto orgullo disfrazado de pobreza y humildad. Esos capiteles desnudos de ornamentación, esas rudas paredes, esa aparente sencillez no pueden ocultar la monumentalidad del edificio. No le engañan, a él no. Y se rie para sí de esa estúpida regla benedictina llevada al extremo. Cansado de dar vueltas al claustro no se arrepiente de no haberse dejado arrastrar por los ideales de su hermano. Sin duda, ahora se lo hace pagar demorándose en atenderle mientras su padre agoniza en el lecho. La familia ya no es su prioridad, la iglesia es ahora su casa y Dios su único padre. Así pues, sabe que su viaje ha sido en vano.

Le ve llegar envuelto en un harapo blanco, amago de hábito. Sabe sin mirarlo que sus pensamientos son certeros. El hombre de Dios no le mira a los ojos cuando le habla, no le sonrie, ni tampoco le hace mueca alguna. No le escucha. Ese hombre que le evita pero aconseja sin pudor ya no es su hermano. Le invita a orar en su iglesia donde la luz del señor iluminará sus pensamientos. Pero el señor ilumina más allá de esos muros que al abad ciegan de realidad y de verdad. Él le entrega un paquete al que acompaña un sobre y cumple su misión. Abandona el monasterio con menos peso y mayor honor. Se coloca el sombrero y emprende su regreso.

“HACIA LA HABITACIÓN NÚMERO DIECISÉIS”

PARA LEER EL RELATO PINCHA EN: cuervo gris