EL ÁRBOL

Aquel árbol formaba parte de su album mental de la infancia. Hoy reconocía que había dejado tantos recuerdos volar, que resultaba significativo sentir algunos impregnados, de tal manera y con tanta intensidad, que sabía con certeza que nunca desaparecerían. Formaban ya parte de ella hasta el punto de que, en su día, fueron forjando su propia naturaleza, definiendo su carácter y esencia.

El árbol adornaba el centro del vestíbulo de la primera planta con orgullo. Cada Navidad contaba las horas que restaban para empreder con sus padres el camino hasta aquel pueblo, que no era el de ellos sino de forma indirecta, pues era el de su tío. En una casa inmensa, señorial, en la misma cuesta que subía a la preciosa iglesia románica, allí siempre encontraba la paz y alegría que, a veces, en el día a día, dejaba escapar tontamente. No había una sola estancia que no le gustara de esa casa. Desde la puerta de entrada, al patio inmenso que cruzaba hasta una especie de pasadizo que desembocaba en el jardín, y de allí al huerto. Adoraba inspeccionar con sus primos todas aquellas cerradas y sucias habitaciones que, en tiempos, habían pertenecido a la servidumbre. Restos de épocas y vivencias pasadas que regresaban con mil historias ante los ojos de unos niños empachados de una fantasia bestial, de aquella que se nutría de una imaginación que no daba tregua al aburrimiento en unos años en los que no existía internet, ni excesos de pantallas.

Antiguos retratos, casi ya fantasmales, viejas casas de muñecas y mobiliario de otro siglo. Sí, era fascinante vivir allí. Hasta las ratas que corrían por el tejado sonaban con cierta absurda melodía. En los dos pisos habitados se habían dividido las dos familias que quedaban, los abuelos en el primero y arriba su hijo, con su loca mujer y los dos nietos que les habían dado. La loca mujer, la hermana pequeña de su madre y su madrina, era el espejo al que ella le gustaba mirarse. Su inocencia no le permitía juzgar con criterio una personalidad como la de su tía, no todavía. En esos años ella era perfecta, guapa, alegre, divertida sin límites, la mujer que le permitía realizar todo lo que su madre le impedía. Sería por siempre, pese a acontecimientos lamentables posteriores, la persona que le enseñó a depilarse las cejas, a maquillarse fina y a plantarse una buena minifalda que mostrara sus perfectas piernas. Ella sí sabía vivir la vida, sin pensar en los daños colaterales, eso sí.

Por eso, adornar aquel árbol con su tía y sus primos, era un momento feliz. La mimaba de tal modo que incluso la anteponía a sus propios hijos. Le hacía sentir especial, ella y también el resto. Tenía una familia privilegiada sin duda. O eso creía ella, ya que aún restaban años para percatarse de que «en todas las familias cuecen habas». El viaje, el adorno del árbol, la compañía, eran ya, con diez años, fotos permanentes en su cerebro. Navidad, blanca navidad, porque siendo como era perfecto ese bucle en su conjunto, allí, en ese pueblo, también nevaba. Y el día de Reyes, bajo el árbol, ante los ojos de todos los niños al despertar, sin pereza, aparecían los paquetes perfectamete envueltos y coloridos, con sus nombres, provocando una emoción sin límites que duraba horas.

Hoy, ella mira el árbol de su salón orgullosa y retrata a su hijo y a sus gatos con él de fondo. Es un árbol blanco, como aquel árbol, aunque pocos sepan por qué.

INMERSIÓN

Ilustraciones: JOSÉ LUIS ANSÓN GÓMEZ

Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.

          Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.

          Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.

   

       No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar.  También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!

          Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.

          Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.

          “No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.

          Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?

          Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.

          No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.

          El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.

          Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.

          Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.

          La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.

          Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.

          Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.

          Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..

PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.

Escapada y memoria

          Escapada breve, pero intensa.

          Hacía tiempo que ya había borrado aquellos recuerdos de la semana en la que había trabajado en la multinacional del petróleo, con sede en Barcelona, reclamando listados de impagos.

          Había acabado horrorizada, pero no por el tamaño o la conflictiva ciudad, sino por la absurda competencia que imperaba en aquel edificio.

          A los dos días ya había decidido que rechazaría esa “oportunidad”. Había sido la primera ocasión, a sus veintiséis años, que había compartido piso con alguien que no fueran sus amigas. El piso de Barcelona lo facilitaba la empresa y estaba muy bien situado, en plena Diagonal y cerca del edificio de las oficinas centrales. El ambiente allí era irrespirable y no podía con esa hipocresía continua, mucho más acentuada entre las mujeres. No había una de ellas que no le hubiera criticado a alguna otra. Por no hablar del tóxico entorno general, cómo se pisaban unos a otros sin ningún escrúpulo con tal de ganar posiciones frente a la jefa de sección.

          Ella había llegado allí enchufada, como se suele decir, porque su vida necesitaba un cambio, aunque no iba a ser ese. La jefa se la llevó a comer, al tercer día, a un carísimo restaurante. Era buena en lo suyo, claro que lo era. Nunca le faltó la autoestima. Sin embargo, no estaba por la labor de dejarse allí la existencia, por cuatro perras e ir pisando cabezas para subir al podio del estatus. Ya sabía, lamentablemente, que la vida era demasiado breve para eso, su futuro no sería así. Los días restantes cumplió con lo justo y disfrutó de la ciudad.

          Volvió a disfrutar de Barcelona cuando una amiga realizó el curso de la escuela judicial, menudas fiestas.

          Y posteriormente, con él, quien le enseñó a vivir, en cada calle, en cada ola, en cada kilómetro, en cada copa de vino y con prisa.

          Estos tres días con el niño habían sido peculiares, siempre lo eran, porque cada instante era único. Cuatro actividades: ilusión, escalada, fútbol y arte. Y una conclusión, ¡diviértete, sueña, pero no olvides quién eres!

¡Qué pereza!

El desayuno era su mejor momento del día. Incluso se levantaba antes de hora para disfrutar del café largo, con leche y dos tostadas con miel. De fondo, siempre las noticias. Aquellos instantes solían ser sagrados, constituían parte de su equilibrio diario, un pedazo de paz mental que le permitía afrontar la jornada.

Ahí, de forma indirecta, reflejada con un protagonismo subyacente, en primera plana nacional, estaba ella misma. La noticia, o más bien, la forma de dar la noticia la señalaba a ella como responsable.

Una desgracia, una calamidad, consecuencia del pésimo funcionamiento del sistema. Muertes, niños de por medio, fuego y sensacionalismo. Nada nuevo en el día a día que vivía, tras veinticuatro años, como jueza. El destino era indiferente. Cambiaba de lugar, de paisaje, de compañeros, pero el sistema no funcionaba. Podía darle la razón a un demandante en un desahucio, pero pasarían al menos diez meses hasta que pudiera recuperar la posesión de su propiedad, por no hablar del estado de habitabilidad en que la recuperaría. Podía estimar la pretensión económica de otra parte litigante, pero de nada le serviría, en la mayor parte de los casos, para recuperar lo perdido. Alguna excepción quizá, a veces…

Ella misma había paralizado el desalojo de aquella familia por la situación de vulnerabilidad, pero esa situación no era, ni podía permitirse que fuera, eterna. La razón moral no siempre iba acompañada de la razón legal. Y ella aplicaba la ley, ni más ni menos.

Entre esos pensamientos, y las imágenes desoladoras del incendio, sintió su presencia. Percibió su olor al mismo tiempo que el gato rotaba la oreja hacia la puerta. Notó su respiración, pero no se giró hacía él. Sin duda, él escuchaba la noticia sin decir nada. Se preguntó cuánto tardaría en pronunciarse. ¡Dios, qué tremenda pereza! Siempre lo mismo.

Sabía que había sido un error dejar que durmiera en su piso. ¿Por qué había sido tan débil? Había roto sus propias reglas y ahí estaban las consecuencias. Era una señal clara.

Para empezar, no había podido descansar y lo había sabido de antemano. Necesitaba su espacio, la soledad habitual (no contaba el gato). El sexo ocasional no estaba mal, pero cualquier otra relación más estable estaba descartada. A sus casi cincuenta años se conocía sobradamente. No sólo había repetido cita en tres ocasiones con él, sino que, además, se había dejado convencer para permitir que se quedara. La noche en vela y ahora a digerir la noticia. No tenía ni que mirarlo para sentirse cuestionada.

¡Qué pereza, volver a explicar todo! ¡Qué pereza! El café empezó a adquirir un extraño sabor similar al jarabe que le obligaba a tomar su madre, en vano, hasta que la operaron de anginas. La tostada se había quedado blanda, como su cerebro. Lo que menos le apetecía era conversar, matizar, como tantas veces en su vida, que ella sólo era una pieza más de un sistema que no engranaba, que se descomponía. Sólo los profesionales inmersos en la vorágine judicial podían entender que no había responsables directos de acontecimientos como aquel.

— Tranquila, no tienes culpa. No hay una relación de causalidad evidente. Sólo buscan un chivo expiatorio. Voy a ducharme — dijo él.

¿En serio? La voz había sonado firme, sin apenas una agitación de duda. No era su padre, tampoco un amigo realmente. No necesitaba explicarse, tampoco necesitaba consejos, ni ánimos. Ella sólo tenía un problema (si es que lo era), no quería lidiar con nadie, amaba su paz, su soledad, tanto que era adictiva. Los problemas con los que batallaba eran siempre ajenos y por ello evitaba en su vida personal cualquier alteración fuera de lo común.

No era miedo a sentirse vulnerable delante de nadie, nada más lejos. Era asocial por naturaleza, elegía y disfrutaba su espacio y le había costado mucho lograrlo.

Ella explotaba siempre sin quemarse. Fue al vestidor, eligió un traje neutro y unas Dr. Martins, iría paseando hasta el despacho. Aplicó el protector solar con un tono de color ligero, labial combinado con el traje y toque suave de máscara en las pestañas. Avanzó decidida hacia la salida y con un volumen acorde a la estancia y a su pereza dijo:

— Escucha, no quiero que te siente mal, no hay una causalidad evidente, pero no quiero volver a verte. Asegúrate de que la puerta quede cerrada al salir.

Ilustración: José Luis Ansón

Un silencio de años


Este blog ha estado en pausa durante casi una década. No porque faltaran las ganas de escribir, sino porque la vida me llevó por otros caminos: el trabajo, la maternidad y el día a día que, a veces, desborda.

En ese tiempo también me adentré en otra pasión: el estudio de un grado en Historia del Arte. Fue un viaje de descubrimiento que amplió mi mirada sobre la belleza, la cultura y la forma en que el arte dialoga con la vida.

Escribir siempre siguió latiendo dentro, como una voz que espera. Pero hubo años en los que las prioridades me colapsaron, y las palabras tuvieron que quedarse en silencio, aguardando su momento.

Regreso con la misma ilusión con la que un día abrí este espacio, aunque con una mirada distinta, más madura y llena de experiencias. Vuelvo porque las palabras nunca se apagan del todo: solo esperan a que les hagamos un lugar.

Crisis de crecimiento

    Tus ojos como platos, tu boca entreabierta, siempre demandando el contacto con mi piel. Tan grande la sensación de intimidad y tan tremendo el miedo a fallarte. Unos días de existencia que provocan la mayor de mis fragilidades y al mismo tiempo desvelan una fuerza escondida en mi antiguo interior, aquél que creía perdido.

    Tu pasión es desmedida, tu curiosidad suprema. Asustas, aturdes y enamoras. Ya no necesitaría salir para ver mundo porque lo veo reflejado en ti y sin embargo te llevaré hasta mi fin y tu principio por sus intrincados caminos de historia, mentiras y esperanza. Sólo tú decidirás el trayecto final y poco quiero saber de tus motivaciones, sólo respirar el aroma del triunfo de saberte pleno.

    En estos días de crisis en mi crecimiento, que no el tuyo, en los que dudo hasta de mi mejor criterio me basta contemplarte para saber que algo bueno debe salir de todo esto y que, en la mayor de las oscuridades, siempre serás la luz al final del túnel.

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Etérea.

    Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

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    Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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Melodía de existencia

    Musica é…. lalallalalala lala….

    Llevaba una semana danzando al son de distintas melodías… Había descubierto a Louane en La familia Belier y a los dos días me había descargado todas sus canciones, la banda sonora y más… Tenía talento sí, la chiquilla, aunque quizá había influido el hecho de que nunca (hasta ese momento) me había llamado la atención la música francesa. Era, sin duda, un bonito idioma. No como otros que, sin que nadie se moleste, parece que hablan con un plátano dentro de la boca.  Y como ya decía Carlos I de España (V emperador): «Hablo español con Dios, italiano con las mujeres, francés con los hombres y alemán con mi caballo«. Por algo sería, seamos honestos.

     Hice limpieza general contorneando la aspiradora al ritmo de Smooth Criminal y mi caminata diaria con los lereles de la familia Flores. El jueves nos invitaron a un musical. No me gustan nada, para que nos vamos a engañar. En cambio, me pilló receptiva. Sister Act  es divertido y tiene un derroche de color, vestuario y escenarios que bordan la magnífica actuación de sus artistas.También, el pasado sábado, en un arranque juvenil y recuerdos de la Habana me encontré como una loca bailando salsa en un club. A la mañana siguiente me estallaba la cabeza, fue culpa de los mojitos seguro, no pudo ser mi insensatez. O quizá sí.

    En conclusión, he vuelto a sentir la música en mí, si es que alguna vez se marchó. Y he vuelto a comprobar su tremenda influencia. La música es alegría, es pasión, es pesar y melancolía, es una virtud que poseen unos pocos y a través de ellos nos permiten mostrar la más amplia gama de sentimientos que escondemos las personas. A través de la música y desde niña he vivido mis mayores fantasías y anhelos. Sola, encerrada en mi cuarto como cualquier adolescente. A veces aislada, sin que nadie, sólo y únicamente la música te comprenda. A ella contarle todos tus secretos sin vergüenza. Todavía hoy no sé arreglarme sin la compañía de la radio, la música me activa, la música es vida. Siempre hay una melodía paseando por la cabeza. Espero que también en la tuya.

El alma en vilo

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Cuadro de la exposición de fin de año en el claustro de San Francisco (Sorrento- Nápoles)

     Y así estaba, suspendida en el aire, pensando en si llegaría o no ese momento, esa situación que desvelaría el siguiente paso que dar. No quería mostrar una preocupación aparente pero comenzaba a resultarle muy difícil conforme avanzaban los días. Y lo incierto no hacía acto de presencia, no se mostraba, pues podía llegar o no. De ahí su inquietud por conocer el resultado final. Se veía entonces tontamente atrapada, sentíase estúpida por no haber preparado otra alternativa para su fin. ¡Qué incauta!. Las probabilidades de seguir atrapada en aquel claustro aumentaban, así que sin apenas darse cuenta y cuando las monjas no la veían, al llegar el anochecer mientras el sol se ponía tras las arcadas, comenzó a coser las alas. Imitando las de los ángeles del retablo que elevaban a la purísima concepción con el señor, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. Pero las suyas eran mucho más delicadas, la textura de los hilos era tan suave que el tacto evocaba al ave más delicada del firmamento. Su traje de paloma sería blanco como no podía ser de otra manera. No veía el momento de vestirse con aquellas alas. Apenas dormía pues un reloj interno la desperteba al alba, justo antes de que los primeros pájaros trinaran, antes del inicio de sus juegos, cuando el día despertaba y alzaban su vuelo besando al aire, sencillamente viviendo. Ese era su objetivo, por supuesto. Ceñía en esas horas tempranas sus alas cruzando las sujecciones a su cintura, atando sus extremos a sus muñecas, de modo que al levantar los brazos las alas se desplegaran por sí solas. Era prudente, por supuesto, no quería acabar como Ícaro cuando con su padre intentó escapar de la isla de Creta. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo, como la vida misma, así debía ser su vuelo.

     Pasaron los días, lo incierto no llegó y sin embargo sus alas estaban listas. Eran tan bonitas, la llenaban de orgullo, eran su tesoro. Nunca tuvo ninguno, tampoco había tenido secretos. Ahora tenía ambas cosas. La altura desde el campanario era precisa. El viento era cómodo, brisa ligera que la ayudaría en su despegue. Jamás desobedeció una orden, jamás mintió, sí ocultó. Ocultó anhelos, sentimientos que ahora brotarían y que nadie lograría entender. La espera tocaba a su fin. Y una vez más, al alba, los pájaros despertaban y desde allí, en lo alto los vió llegar hasta ella. La saludaban, la invitaban a alzar por fin sus alas y volar juntos. No los hizo esperar ni un solo instante. Así fugaz, como el tiempo, pudo ser feliz.

Esa calle que respira…

          Hacía tanto tiempo que no visitaba el barrio que, al girar la esquina y contemplar el inicio de la calle, se quedó estupefacta. La calle escupía vitalidad.  Apenas podía ver su final. Seguía siendo una arteria principal de la ciudad, antigua, vieja, pero todavía relevante. Inmigrantes y gente de toda la vida le imprimían ese carácter auténtico. Pudo comprobar que las más importantes franquicias tenían sede en la vía, peatonal por fuerza. Entre empujones y escrupuloso análisis de carteles comenzó a sentirse de nuevo en casa. Habían pasado más de treinta años pero todavía podía verse correteando tras sus primos, entrar en el mercado saludando (de niña era más simpática) tras su madre, acompañar al estanco a su padre… Incluso pasó por el lugar donde escuchó la palabra «puta» por primera vez en su vida. Ella desconocía su significado, sólo había defendido a su primo de otro niño que quería arrebatarle su juguete de soltar burbujas, pero por el tono de la palabra en cuestión se consideró altamente ofendida. Y ahí estaba, ahora había una floristería donde antaño era la mejor pastelería que conoció jamás. Recordar aquellas palmeras de chocolates, esas brevas (que sólo le permitían tomar en los paseos del domingo), casi podía volver a saborearlas. Lástima, por un momento creyó que podía volver a probarlas. En el fondo había acudido a hacer un recado tonto y se estaba deseando llevar por absurdos recuerdos. Pero era un hecho que aquel paseo le estaba inyectando una buena dosis de ánimo. La calle palpitaba por sí misma, las ventanas de los edificios respiraban y la gente interactuaba con todo ese entorno de tal forma que cualquiera que pasaba por allí debería integrarse o morir.

Mi yoga.

Aire. Dentro, fuera, aire. Ladridos, pasos, aire. Zumbido de abeja, de mosca, de moscardón, de mosquitos. Siseo de araña. Repta la babosa, salta la rana. Aire, respiro, vida. Naturaleza. Tierra. La rompe el sonido del tren. Camino, avanzo entre las rocas, piso las hojas caídas. Siento el viento, siento la vida. Gotas de agua caen, suenan, vida. La gruta, mi interior, la oscuridad. Aire, luz, agua. Siento el calor, la vida. La roca erosionada de siglos forma la media luna y el océano se retira para que sienta el agua y la tierra. Me hundo en la arena, en la tierra, nazco y muero. Donde todo empieza y acaba. El zumbido quiere despertarme. Vivo en esa tierra. La naturaleza lucha por sobrevivir a mi presencia. Lucha con los hombres, conmigo, contigo. La siento. Las plantas de mis pies abiertas en contacto con la tierra. El sol en mi rostro. El viento moviendo mi pelo. Bebiendo ese agua. Está dentro, soy parte de ella. Debería saberlo, no soy más que eso. Como la vaca, la abeja, el perro o la rana. Para ella no soy más. Sólo destaco por mi destrucción. Cierro los ojos, conecto con ella. La siento y vivo. Desato mi cuerpo.

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