PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.

Escapada y memoria

          Escapada breve, pero intensa.

          Hacía tiempo que ya había borrado aquellos recuerdos de la semana en la que había trabajado en la multinacional del petróleo, con sede en Barcelona, reclamando listados de impagos.

          Había acabado horrorizada, pero no por el tamaño o la conflictiva ciudad, sino por la absurda competencia que imperaba en aquel edificio.

          A los dos días ya había decidido que rechazaría esa “oportunidad”. Había sido la primera ocasión, a sus veintiséis años, que había compartido piso con alguien que no fueran sus amigas. El piso de Barcelona lo facilitaba la empresa y estaba muy bien situado, en plena Diagonal y cerca del edificio de las oficinas centrales. El ambiente allí era irrespirable y no podía con esa hipocresía continua, mucho más acentuada entre las mujeres. No había una de ellas que no le hubiera criticado a alguna otra. Por no hablar del tóxico entorno general, cómo se pisaban unos a otros sin ningún escrúpulo con tal de ganar posiciones frente a la jefa de sección.

          Ella había llegado allí enchufada, como se suele decir, porque su vida necesitaba un cambio, aunque no iba a ser ese. La jefa se la llevó a comer, al tercer día, a un carísimo restaurante. Era buena en lo suyo, claro que lo era. Nunca le faltó la autoestima. Sin embargo, no estaba por la labor de dejarse allí la existencia, por cuatro perras e ir pisando cabezas para subir al podio del estatus. Ya sabía, lamentablemente, que la vida era demasiado breve para eso, su futuro no sería así. Los días restantes cumplió con lo justo y disfrutó de la ciudad.

          Volvió a disfrutar de Barcelona cuando una amiga realizó el curso de la escuela judicial, menudas fiestas.

          Y posteriormente, con él, quien le enseñó a vivir, en cada calle, en cada ola, en cada kilómetro, en cada copa de vino y con prisa.

          Estos tres días con el niño habían sido peculiares, siempre lo eran, porque cada instante era único. Cuatro actividades: ilusión, escalada, fútbol y arte. Y una conclusión, ¡diviértete, sueña, pero no olvides quién eres!

Que, desde Aragón, el cierzo surque tus bosques de acero y fuego.

Fíjate que, a veces, no escribo. Simplemente vomito palabras. Y cuando hay tanto que decir ordenarlas es, sin duda, complicado.

¿Qué me pides paisano? ¿Qué me detenga a mirar?

Detenerse y mirar, hoy en día, es casi un acto subversivo.

Estas líneas no son un estudio, no son una crítica. Son un sentir, un pensamiento y un mensaje que surge de la conexión de un alma con la burbuja que la oprime, una salida y un agradecimiento.

Hace unos meses tu nombre vino a mi mente, un sonido fugaz que no se frenó y que me paseó, en una ráfaga, por toda la ciudad, Zaragoza, como si no la conociera, como si hubiera mutado. Te has convertido en un espíritu que nos aborda sutilmente, que nos desafía a interpretar, a sentir y pensar. Porque no basta con observar una obra, hay que leerla y esa lectura es simbólica. No puede ser de otra forma.

Consciente de que esa lectura, esa interpretación, será distinta según cada espectador todo lo que hoy me rodea es Orensanz.

Huesca es Orensanz, sangre y tierra. Zaragoza es Orensanz, tierra y raza. Barcelona es Orensanz, tierra y extensión. París es Orensanz, permiso para volar. Nueva York, Londres, Roma, Florencia, Tokio o Moscú. Sin pausa, Orensanz es mundo que asombra, es una esfera con vida propia, con fuego eterno.

He cambiado, o, tal vez, me he redescubierto. El tiempo, la materia, el gesto que desprende tu obra hoy me conecta con una realidad que había alejado de mi persona. No era yo, era la época que me tocó vivir. Una época marcada por la velocidad y la saturación visual que ha alejado el arte de nuestra vida. No cabe otra cosa que pedirte perdón.

Desde Aragón, con añoranza, vamos a hacer un viaje hacia tu obra. No es nostalgia, es impulso. Volaremos hasta Nueva York, no de forma física, sino emocional. Esa obra que ha sido puente entre nuestra ciudad y todas aquellas que te han acogido. Asistiremos con el eco de nuestras montañas, con los silencios del Pirineo, con la obstinación de nuestros ríos y la fuerza de una tierra, a veces desértica, que no olvida a sus hijos y que, como ves, despiertan de cuando en cuando la memoria.

Y no acaba aquí. La imaginación es poderosa, es mágica. Participaremos en un gran disparate que cruce tiempo y luz, desde nuestra tierra hasta todas las que sembraste. Sé Ángel que serás uno de los guías.

Crisis de crecimiento

    Tus ojos como platos, tu boca entreabierta, siempre demandando el contacto con mi piel. Tan grande la sensación de intimidad y tan tremendo el miedo a fallarte. Unos días de existencia que provocan la mayor de mis fragilidades y al mismo tiempo desvelan una fuerza escondida en mi antiguo interior, aquél que creía perdido.

    Tu pasión es desmedida, tu curiosidad suprema. Asustas, aturdes y enamoras. Ya no necesitaría salir para ver mundo porque lo veo reflejado en ti y sin embargo te llevaré hasta mi fin y tu principio por sus intrincados caminos de historia, mentiras y esperanza. Sólo tú decidirás el trayecto final y poco quiero saber de tus motivaciones, sólo respirar el aroma del triunfo de saberte pleno.

    En estos días de crisis en mi crecimiento, que no el tuyo, en los que dudo hasta de mi mejor criterio me basta contemplarte para saber que algo bueno debe salir de todo esto y que, en la mayor de las oscuridades, siempre serás la luz al final del túnel.

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Leyendas de Olhao

    Cuando salió a pasear tras el copioso desayuno el clima todavía era clemente. Hasta el paseo marítimo llegaba la brisa de la marisma y avanzó decidida hacia el centro de Olhao. Estuvo tentada de entrar al mercado. Éste se dividía en dos edificios idénticos con cierta apariencia islámica, no en vano también había sido territorio de Al Andalus y la influencia era notable en muchos edificios. Le fascinaba contemplar cómo descargaban el pescado y el marisco fresco en la multitud de puestos. El otro edificio se reservaba  para fruta, carne y dulces.

    Sin embargo, esta vez optó por introducirse entre las estrechas callejuelas. Era tan temprano que parecía que sólo los gatos las habitaban. Le llamó la atención cómo la mayoría de los pequeños felinos llevaban collar y se acercaban con confianza entre sus piernas si se detenía a observarles. En el portal de una de las casas incluso existía una diminuta construcción para ellos en la que se advertía a todo aquél que pasara por allí que debía respetar el descanso de estos animales. Sí, no había duda de que los felinos estaban mejor atendidos que la mayoría de los perros del municipio.

    El pueblo tenía una infinidad de callejuelas que conformaban un curioso laberinto. Pese a ello, creía que era fácil orientarse dejando siempre en paralelo el mar. Le encantaba la decoración de todos aquellos edificios de apenas dos alturas y cuyo techo acababa en forma de azotea abalaustrada y sus fachadas se adornaban de baldosas de cien mil formas geométricas y colores. Era una pena que hubiera tantas abandonadas. Andaba con aquellas reflexiones cuando un destello plateado llamó su atención. El sol parecía querer amanecer justo en ese punto brillante. Sin dudarlo avanzó hacia él. Era una estatua. Había muchas en el pueblo aunque esta, desde luego, era bastante particular. Ahí plantada como un árbol en medio de una pequeña plaza imponía un respeto complejo. Se agachó para contemplarla mejor y comprobó que, ciertamente, daba miedo. Cualquier imagen de un niño que no inspirara cierta ternura daba miedo. Parecía, por qué no decirlo, el niño de La profecía. Se acercó a comprobar el cartel cercano que la describía, en portugués e inglés. Contaba la leyenda de un niño, fornido y robusto, de grandes ojos negros que se aparecía por las noches y no paraba de llorar. La mayoría de las personas no salían por miedo al encanto, ya que algunos aseguraban que el llanto del niño podía hasta matar a una persona. Pero había marineros que juraban haberlo visto, incluso podían cogerle en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso aumentaba y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Olhão lo recuerda ahora con esta escultura metálica.

    Expectante contemplaba la figura que apenas se dio cuenta que una anciana le agarraba el brazo con fuerza. El susto fue mayúsculo, aunque al instante le recordó a su abuela y el susto se evaporó. Esta abuela, que no la suya, gesticulaba con la mano libre y le hablaba en portugués con una seguridad pasmosa de que ella fuera capaz de entenderla. Por supuesto, esto no era así pero se encontró andando por la calle con la anciana del brazo (como también solía hacer con su abuela, «donde hay hijas y nietas no cabe bastón«) intrigada pensando a dónde la conduciría la buena mujer. Dando por sentado que era buena, madrugadora y se encontraba tan aburrida que no tenía mejor cosa que hacer que explicar las leyendas del municipio a la primera turista que encontró. Y así fue. Un par de callejuelas más y acabaron en otra pequeña plaza adornada también de extrañas siluetas. Otro material, forja quizá, otro color, negro cuervo intenso. Niños, cinco niños jugando a la pelota. Y el cartel informaba que el pequeño Manuel se encontraba jugando con sus amigos a la pelota cuando un niño, desconocido para ellos, les preguntó si podía jugar también y todos aceptaron encantados. Después Manuel acompañó a su nuevo amigo a su casa, donde había infinidad de riquezas y tesoros, pero el misterioso niño le dijo que no podía contarlo a nadie. Pronto se percató Manuel que sólo él podía ver a este niño. Al final, antes de hacer la comunión su madre le obligó a confesar estos hechos al sacerdote y jamás volvió a encontrarle. ¿Demonio pillado in fraganti?. ¿O amistad traicionada?. Contempló de nuevo las negras figuras intrigada, demonio seguro. Mientras la anciana gesticulaba algo que ella claramente entendió como «hija mía, historias de aquellos años«.

    Temerosa de que la abuela, emocionada, la arrastrara hasta la estatua de la sirena que ya conocía, le señaló el reloj de la muñeca y le indicó que debía seguir su paseo. Ahora la abuela portuguesa formaría parte de su particular leyenda.

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Etérea.

    Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

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    Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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El abismo

Le daba miedo bajar. La pendiente era enorme para él. Estaba seguro que no era así en la realidad, que sólo existía una leve inclinación. Sin embargo, para él asemejaba la bajada a la laguna Estigia. Pero si Caronte cruzaba por ella, con las almas de los muertos a cualquier hora, qué no podría hacer él. Tal vez le faltaba esa razón de peso. Y es que no le iba la vida en ello. Bajar o no. Descender a ese nivel o no descender, esa era la cuestión. En esta absurda existencia ya nadie se mueve a cambio de nada.

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Brussels

Empezar el año fuera de tu casa y más de tu país tiene cierto encanto. Volar, volar, acontecimientos pasados y futuros, volar. Ver la cara de la gente cuando sacas tu puñado de doce uvas en una plaza extraña y cosmopolita no tiene precio, aunque el comportamiento ante la festividad no varía mucho de un lugar a otro del mundo. Deseos y más deseos, volar… Este año he cambiado el hábito, no pedir nada significa recibir siempre algo. Rodeada de tanta gente contemplando esas maravillas arquitectónicas llenas de tanta, tanta historia hace volar la imaginación.
Si fuera rica (cual cuento de la vaca lechera) me gustaría pasar unos cuatro meses (periodo medio) en un ciudad distinta. Alquilar un apartamento bucólico pero viejo y ver qué podía escribir en él, qué me inspiraba cada ciudad. Pasear por sus calles y descubrir los misterios y leyendas de cada rincón. Ser capaz de descubrir quién tiene la tabla robada del políptico del cordero místico. O, de lo contrario, inventar una historia sobre su posible paradero que fascinara a algún editor. Bah, quizá muy visto ya. Así que… Por ahora no.
Sin embargo, a alguien tal vez interese saber a la velocidad a la que circulan los carros de caballos por Brujas, veloces como rayos. Me pregunto si el turista de turno es capaz de ver la ciudad y sacar la foto del monumento al mismo tiempo que bota en el carruaje. Tal vez a alguien interese saber que en diciembre hace aquí mejor tiempo que en España, nos tienen engañados con eso del… norte de Europa. Ante todo lo más importante para cualquier potencial visitante a Bruselas es este consejo: no pierda una hora de su tiempo haciendo fila para probar las patatas de Antoine. Sí, esas que dicen son las mejores de la ciudad y que nadie se debe perder. Por el amor de Dios, patatas fritas normales con bastante resaca a freidora con aceite gastado. En cambio, aunque no le guste la cerveza, no se resista a probarlas, todas y de distintos sabores, cereza, melocotón… Eso sí es algo que no encontrará a la vuelta. Y los gofres sin añadidos, no gaste más de dos euros. Los mejillones como en Francia, acompañados de nuevo con más y absurdas patatas fritas. No es de extrañar que adoren nuestra cocina. Y nuestros mejillones ni punto de comparación. Pero donde fueres haz lo que vieres y… Juzga. Foto al Manneken, a la Janneken, al atomium y a disfrutar la ciudad del parlamento europeo.
Pero, sin duda, en Bélgica hay mucho más. Hay historia, borgoñesa, española, austriaca y muchos periodos más hasta llegar a su ansiada independencia. Y donde hay historia, hay arte y por tanto fantasía. Y lo hay allá donde uno quiera dejarse llevar. Puede ser una calle antigua en la que dibujes aquel Flandes pero también una exquisita farmacia o una pastelería. Y sobre todo la hay en las iglesias, testigos mudos de tanto cambio social y de tanta sabiduría. Y de tanto secreto. Entre sus pilares y sus bóvedas, en las criptas y en las capillas. Las que ves y las que no ves. Y en sus museos donde cada cuadro esconde una verdad no revelada y distinta para cada espectador. Pregúntale a Magritte.

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EXTRAÑA VENTANA

No hay nada como detenerse una mañana en una cafetería extraña de una calle extraña a tomar un cortado. Sentarse en una mesa apartada y contemplar el mundo dentro del local y el que se vislumbra tras sus ventanas. Es una forma, también extraña, de recogimiento interior pero hacia fuera. Es decir, con tus pensamientos pero observando a personas extrañas que exhiben, de alguna manera, su vida ante ti. No resulta pues extraño que tantos literatos de tiempos pasados y también recientes encuentren inspiración a sus obras en los cafés de sus barrios.
Pero este no es mi barrio, aunque un tiempo lo fue. Por lo cual podría ser yo la que conversará alegremente con la china que trabaja de camarera. La invasión del oriental, mundo exterior en recinto interior. Pudiera ser un familiar mío el que se estuviera dejando los cuartos y parte de su vida (aunque él no sea consciente) en la máquina tragaperras. También pudiera ser un vecino mío el que, cual chimenea andante (y dejándose también la vida), fuma fuera todavía con el cachirulo al cuello pasado ya un mes desde las fiestas del Pilar.
Desde la soledad y la observancia el mundo gira distinto. El placer de leer el periódico en un bar cualquiera no tiene precio. Bueno sí, el euro del cortado. Las noticias me llegan más y mejor. Y además miro, miro alrededor y compruebo con certeza la realidad… Me pregunto cuántos artistas estarán trabajando en este momento puntual en cada rincón del planeta para abrirnos los ojos. Cuántos estarán pensando que, sin ellos, la vida no tiene sentido; que sólo ellos poseen la razón y la verdad. Uff… En un justo momento en que todo vale, en un momento en que TODO PUEDE SER ARTE. Es justo en ese momento donde me encuentro yo, en una edad ya difícil para abrir mi mente, intentando entender esa lluvia de propuestas.
Ahora el arte centrado en la lucha contra los poderes (que son muchos), en abrirnos los ojos contra la política, la prensa, los medios de masas, los bancos, la tecnología… ¿Acaso los tenemos cerrados?. Igual es porque nos conviene o mejor (o peor para algunos) es que nos gusta vivir así. Quizá ya sabemos que se cometen violaciones, discriminaciones, expropiaciones y abuso de derechos, quizá ya lo sabemos. Quizá no necesite verle el culo a un artista para entenderlo. Quizá sepa también que hay muchos más materiales aparte de los lienzos. Pero quizá, señores, a mí lo que me agrada es ver la sonrisa de aquel retrato, esa armonía y perfección de formas que no me dan sus absurdas ideas.
Y quizá no es que no las entienda sino que, sin más, no me parecen necesarias. Y lo peor es que estas obras actuales no pueden ser entendidas por la mayoría, no por gente que no tenga unos mínimos conocimientos culturales y muchos más artísticos. Entonces no deja de ser irónico que, precisamente, esta gente que no puede llegar a esas obras son los que más absorbidos están por la masa de capitalismo y consumo y por tanto, a ellos no les pueden abrir los ojos. Y a los que pueden entender su significado, a ese grupo de élite con una adecuada formación, curioso me resulta saber a dónde quieren llegar… ¿qué les roban?. ¿Dos minutos de reflexión que no hayan podido tener en la ducha o sentados ante un café solitario?. ¿Creen ver algo que los demás nos vemos?. Esa obra sólo cobraría sentido si provoca una reacción, sea política, económica, social o ideológica… Pero sino provoca una reacción y además es efímera es redundar en lo sabido, en lo consentido. Y sí, duele pero es así. Todavía agrada recorrer los museos y galerías tradicionales porque el concepto de belleza clásica sigue existiendo, sólo cambia con la moda, pero sigue estando ahí y por ello gusta. Objetiva o subjetiva pero existente. Sin belleza no hay obra de arte. Y la suya señor no me gusta, ni me remuerde la conciencia ni me motiva a cambiar el mundo. Quiero ver ese mundo a través de una nueva ventana, de su ventana, dibújela para mí. Pero hágala con gusto porque no me va a contar nada que yo no sepa, sólo quiero verla desde otra perspectiva, desde otro color, desde otra luz, su luz. Pero que esa luz exista, aunque sea extraña, o no me SIRVE.
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Pause

El sonido de las gaviotas no ha dejado de acompañarnos desde hace días. No en vano nuestra ruta es en la mayoría costera. Llega un momento en que te haces a ese sonido, no lo distingues, forma parte de la banda sonora de tu día. Entre la historia y mi propia vida, sumergida en tantas experiencias, cada vez me cuesta más hacer apartados de ella. Ahora escribe, ahora estudia, ahora vive… Durante un tiempo seguiré viviendo y estudiando, lo que implica que esto último me va a recortar el tiempo que pudiera dedicar a escribir. Además a veces ese tiempo resulta absurdo porque nunca debe ser buscado, sólo llega cuando menos lo esperas…así qué abro un tiempo de paréntesis esperando a las musas mientras aprovecho en otros objetivos. Seguiré aquí pero en modo pausa. Los diarios de viajes pueden seguirlos mis seguidores vía Facebook, además de modo más gráfico. Nos leemos. Salgo hacia Santiago con sensación de naufragio.

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Noche blanca en Zaragoza

Madre mía, no tengo vergüenza. Quizá os preguntéis dónde me he metido este tiempo o por qué no tenía nada que contar. Más simple que todo eso, estaba viviendo. Trabajo, exámenes y ante todo personas. Incluso mi perro (el macarra del barrio) necesita de mi atención diaria. El ritmo de los tiempos actuales se apodera de nosotros casi sin darnos cuenta. Intentas llegar a todo y sobre todo a todos. Y mientras, inevitablemente, pasa el tiempo. Basta ver las fechas de las entradas del blog para comprobarlo. En todo caso, mea culpa, mala organización y para compensar hoy os contaré algo:

«No era una noche propicia ya que, tras toda la jornada fuera y una semana intensa, lo que más me apetecía era tumbarme en mi sofá. Sin embargo me dejé convencer y salí a pasear unas horas por mi ciudad con nocturnidad y alevosía. La primera parada fue el Museo Pablo Serrano. No había estado desde la rehabilitación del edificio (larga) y me encantó el resultado. Los antiguos muros como arranque a una escalada hacia el cielo con invitaciones a la contemplación. Si hay algo que me fascina del arte contemporáneo es «mirar al que mira», escudriñar lo que otro ve o pretende ver. Las sonrisas. Esta pasada noche me detuve únicamente en una figura y era la de la artista: Juana Francés. Y lo hice porque lo merecía, porque incluso aquí ha sido relegada a un segundo plano. Una marginación que tuvo toda su vida y de la que no dudo que fue consciente. Una mujer revolucionaria en su tiempo a la que Francia supo valorar otorgándole una beca para sus estudios en 1.951. Pero aquellos tiempos (como tantos otros) no eran buenos para la mujer. Ella supo adaptarse y llegó a formar El Paso con otros artistas como Miralles o Pablo Serrano. Curiosamente es la única artista española que expone obras en el extranjero por aquella época pero su matrimonio con Serrano le hace estar, aún hoy, a su sombra. Ambos abandonan el grupo cuando otros artistas cuestionan la presencia femenina en el mismo. Por ello, Juana Francés es la gran desconocida, incluso tras su muerte en 1.990, la menos expuesta.
Una pena que nos impide a muchos conocerla o hacerlo tarde. Parte de su obra podéis contemplarla en Zaragoza, navega entre la abstracción y la figuración de forma complementaria. Podemos apreciar una búsqueda constante y una gran versatilidad enriquecida con la investigación con distintos materiales. No hay duda que Juana, con su arte, se reafirmaba como mujer y como artista. Así qué aún estáis a tiempo de descubrirla y contarme qué veis a través de ella.
No podréis copiar mi recorrido siguiente por la ciudad ya que no se repetirá. En la azotea se disfrutó de una vista increíble del Pilar iluminado y un espectáculo de luz y sonido. El tapeo necesario por la calle Azoque y desembocar en la gran plaza atravesando otras menores, cada una de ellas, con una invitación a la novedad. Curioso debate frente a La Seo del arte actual en todas sus facetas y finalizar brindando con un mojito por ser quien somos y estar donde estamos, pese a todo.»

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Hablando de todo un poco…

Tal vez alguien piense que aquí se escribe del pasado, con fantasía, de historia, de arte y de mucho sentimiento, pero no de actualidad. La que suscribe es muy consciente de la vida, de la realidad que nos toca vivir. Pero a posta no la aborda ya que no es su intención convertir el blog en crítica social continúa. Me consta que el sistema se nos desmorona. Doy fe por mi trabajo que los poderes públicos no responden a las necesidades, ya básicas, de muchos. Veo a mi alrededor a gente que sufre, que no llega. También veo muchos que se esfuerzan, que no se rinden. Me involucro en lo que puedo y no consiento zancadillas. Lo importante es mantener tu grupo unido y consta de dos secciones, la familiar y la de las amistades. No me importa la ideología política siquiera de los que me rodean mientras no pretendan que la asuma, de ahí que no gaste ni una línea en criticar a quienes nos representan y a día de hoy deberían estar unidos en un frente común. La historia es cíclica y la humanidad tiende a repetir los errores. Por eso es bueno, de vez en cuando, dar un vistazo al pasado. Lo hago de rato en rato. Sin objetivos claros. Si tan sólo por unos instantes de lectura alguien consigue desconectar de su realidad, buena o mala, a mi me basta. Porque esta fantasía, es la mía y también tiene algo de real.

El Arco

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     Intentando estudiar la puerta monumental de lo que fue la Abadía de Lorsch. Buscando la explicación de la versión cristiana del arco del triunfo romano. Mitad del siglo VIII y volviendo a caer en los defectos y en las virtudes humanas. Sin duda todo vuelve y es curioso como a veces no somos capaces de ver lo repetitivos que somos. Y caemos. Y volvemos a caer. Nacemos y morimos. Y nos seguimos sorprendiendo por morir, como si no fueramos capaces de asimilar el hecho más evidente de nuestra existencia; estamos aquí de paso. Así que deberíamos pasar con orgullo por esta puerta de la vida y buscar lo más bello en lo más simple. Dejar atrás el arco de la amargura y aprovechar cada instante al máximo pisoteando los burdos ataques ajenos de distorsionar el trayecto vital. Buscar las soluciones al problema antes de crear otro. Dar color a los pensamientos como los primeros medievales lo hiceron con sus muros. Pasar por el arco sin respirar y pedir un deseo. Porque todo lo que tú desees se hará realidad sólo si crees que así será. Cada persona tiene un arco que atravesar, un reto que cumplir. Eludirlo te hará vivir la vida de otros y la tuya volará por el torreón lateral, de defensa. ¿De defensa de quién?. Cobarde.

SON

      Liberada del velo de la somnolencia el viento golpea mi rostro despertando las ideas. Me gustaría volar como un pájaro, como el mejor de los pájaros, correr como una gacela, la mejor de ellas…Querría poder ver en la oscuridad, caminar sobre las aguas o nadar entre las celulas de mi propio cuerpo y saltar a las de seres ajenos. Desearía rejuvenecer doce años con la sabiduría de los próximos diez. Pagaría porque mis días contarán con seis horas más en las que poder hacer todo lo que la prisa y la tontería se llevan. Y aunque a veces lo mataría, otorgaría a mi perro la inmortalidad de un huargo de novela. Querría amar más de lo que amo, a todos, a mi pareja, a mis amigas y a mi familia y sobre todo querría que ellos lo notaran, me notaran a su lado, siempre… Seguiría pensando eternamente que la felicidad es posible sin entender a los que se esfuerzan por obstaculizarla y golpearía a tantas personas, inútiles a esta existencia común y compartida, que la prudencia me impide confesar. Zarandearía al planeta en una coctelera gigante con la esperanza de que cayeran los microbios. Debería ser capaz de gritar al mundo que luche por sus sueños intentando no abandonar los míos. Pero sobre todo amiga va por ti y por tus pensamientos metáfisicos y filosóficos de estos días, porque no son malos, simplemente SON. Continuaré con ellos y soñando y ……ustedes lectores perdonen que, casi mes y medio después, todavía ande descubriendo como se «justifican» estos textos.