EL ÁRBOL

Aquel árbol formaba parte de su album mental de la infancia. Hoy reconocía que había dejado tantos recuerdos volar, que resultaba significativo sentir algunos impregnados, de tal manera y con tanta intensidad, que sabía con certeza que nunca desaparecerían. Formaban ya parte de ella hasta el punto de que, en su día, fueron forjando su propia naturaleza, definiendo su carácter y esencia.

El árbol adornaba el centro del vestíbulo de la primera planta con orgullo. Cada Navidad contaba las horas que restaban para empreder con sus padres el camino hasta aquel pueblo, que no era el de ellos sino de forma indirecta, pues era el de su tío. En una casa inmensa, señorial, en la misma cuesta que subía a la preciosa iglesia románica, allí siempre encontraba la paz y alegría que, a veces, en el día a día, dejaba escapar tontamente. No había una sola estancia que no le gustara de esa casa. Desde la puerta de entrada, al patio inmenso que cruzaba hasta una especie de pasadizo que desembocaba en el jardín, y de allí al huerto. Adoraba inspeccionar con sus primos todas aquellas cerradas y sucias habitaciones que, en tiempos, habían pertenecido a la servidumbre. Restos de épocas y vivencias pasadas que regresaban con mil historias ante los ojos de unos niños empachados de una fantasia bestial, de aquella que se nutría de una imaginación que no daba tregua al aburrimiento en unos años en los que no existía internet, ni excesos de pantallas.

Antiguos retratos, casi ya fantasmales, viejas casas de muñecas y mobiliario de otro siglo. Sí, era fascinante vivir allí. Hasta las ratas que corrían por el tejado sonaban con cierta absurda melodía. En los dos pisos habitados se habían dividido las dos familias que quedaban, los abuelos en el primero y arriba su hijo, con su loca mujer y los dos nietos que les habían dado. La loca mujer, la hermana pequeña de su madre y su madrina, era el espejo al que ella le gustaba mirarse. Su inocencia no le permitía juzgar con criterio una personalidad como la de su tía, no todavía. En esos años ella era perfecta, guapa, alegre, divertida sin límites, la mujer que le permitía realizar todo lo que su madre le impedía. Sería por siempre, pese a acontecimientos lamentables posteriores, la persona que le enseñó a depilarse las cejas, a maquillarse fina y a plantarse una buena minifalda que mostrara sus perfectas piernas. Ella sí sabía vivir la vida, sin pensar en los daños colaterales, eso sí.

Por eso, adornar aquel árbol con su tía y sus primos, era un momento feliz. La mimaba de tal modo que incluso la anteponía a sus propios hijos. Le hacía sentir especial, ella y también el resto. Tenía una familia privilegiada sin duda. O eso creía ella, ya que aún restaban años para percatarse de que «en todas las familias cuecen habas». El viaje, el adorno del árbol, la compañía, eran ya, con diez años, fotos permanentes en su cerebro. Navidad, blanca navidad, porque siendo como era perfecto ese bucle en su conjunto, allí, en ese pueblo, también nevaba. Y el día de Reyes, bajo el árbol, ante los ojos de todos los niños al despertar, sin pereza, aparecían los paquetes perfectamete envueltos y coloridos, con sus nombres, provocando una emoción sin límites que duraba horas.

Hoy, ella mira el árbol de su salón orgullosa y retrata a su hijo y a sus gatos con él de fondo. Es un árbol blanco, como aquel árbol, aunque pocos sepan por qué.

INMERSIÓN

Ilustraciones: JOSÉ LUIS ANSÓN GÓMEZ

Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.

          Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.

          Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.

   

       No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar.  También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!

          Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.

          Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.

          “No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.

          Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?

          Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.

          No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.

          El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.

          Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.

          Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.

          La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.

          Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.

          Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.

          Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..

PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.

Indiscreto vecindario

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      El viento entraba ligero por la ventana ondeando las cortinas cual banderas en edificio oficial. Mucho menos ligeras y más impertinentes llegaban hasta él las voces de los chiquillos del vecindario que parecían ponerse de acuerdo en reunirse siempre bajo sus muros. Pero ¿qué podía decir?, se suponía que era una zona común. A los quince minutos le aturdían tanto los gritos de los juegos infantiles que no le quedaba más remedio que ponerse de fondo algo de música. Encontrar melodías que acompañaran su trabajo sin distraer tampoco era cosa sencilla. Por tanto, a esas alturas  su punto de concentración era bajo o nulo. Se preguntaba cómo era eso de dejar la mente en blanco. A él le resultaba imposible, no sabía si debía ir precedida de una relajación para lo que tenía una incapacidad total o si, simplemente, su cerebro tenía una actividad superior a la media. Esto último denotaría una inteligencia que no poseía por lo que había que deducir que era un completo inútil para controlar sus pensamientos. Esto, sin duda, era preocupante.

     A mitad de tarde continuaba la fiesta continua de niños y padres en la calle peatonal. Le parecía increíble la forma en que los padres llegaban a hacerse insensibles a la ruptura de la barrera del sonido provocada por sus hijos. Y apenas sin inmutarse mantenían las conversaciones entre sí como si el griterío que les acompañaba fuera un eco lejano en un valle imaginario de la tierra media. Lejos, lejos de la realidad. Pero él, ni era padre, ni vivía en la tierra media, ni estaba sordo. Fue en ese instante de mayor indignación, fruto, en el fondo no de los niños, sino de su propia convicción de que no haría ya en el resto del día, que comenzó a dar vueltas por la casa ingiriendo un melocotón y regando las plantas al mismo tiempo.

     Tuvo que pasar tres veces por la cocina para percatarse que la sombra de las cortinas sobre la mesa no era la correcta. Se detuvo y vio brotar los rayos de sol de repente en el original mantel de la Torre Effeil. Se giró hacia la puerta pero antes de salir volvió con rapidez la cabeza hacia el mismo punto y esta vez sí los vio esconderse. Sus cabecitas modificaban las sombras habituales del día. Como felinos en época de caza… ahí estaban los típicos niños que, cansados de los juegos habituales, habían decidido ponerse a explorar el territorio en busca de aventuras e historias inventadas. ¡Qué mejor que espiar al vecino friki!, ósea a él.

      Una sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que se escondía en el pasillo y dejaba con cuidado la regadera en el suelo. Quizá también él pudiera divertirse un rato. Al fin y al cabo hacía meses que no veía una buena peli de miedo. De repente por arte de magia, sus pensamientos se pusieron en orden, maquinando… Dejó caer el hueso del melocotón y dejó de sonreír.