INVISIBLE

Ilustraciones: José Luis Ansón Gómez

Siempre lo he sido, invisible.

No tengo noción de ser otra cosa, otro ente, otro ser. Tampoco tengo más memoria desde el naufragio, hacia el pasado, todo es negro. Mi existencia comenzó allí, en ese barco a la deriva. Bien es cierto que tardé en percatarme de que yo no era nada, nadie, para el resto de los seres, personas se llamaban, que habitaban ese barco.

Curiosamente, en ese nacimiento oscuro, se me dio el don de la sabiduría y con ésta me refiero a que yo sabía donde estaba, donde me ubicaba, con quien me acompañaba en ese espacio etéreo sólo mío y a donde me dirigía. También era consciente de lo que ellos llamaban “tiempo”, su época, oscura (más incluso que mi existencia). No tenía añoranza de nada anterior, de ese pasado o inexistencia que no poseía.

Así que allí me hallaba, con aquella gente, desgraciada, preguntándome si sobreviviríamos a la tormenta y llegaríamos a la costa. Entre algunos anidaba la esperanza y tenían fe en el que llamaban capitán, quien manejaba el timón, más por intuición que por experiencia. Diría que los astros le habían abandonado a su merced, pero en él se concentraba con la responsabilidad de llevar a aquel grupo a un mejor puerto.

Desposeídos, descreídos y marginados que habían hurtado el barco a la luz de la luna llena para escapar de su destino. Acusados de robar, de mendigar y la mayoría de las mujeres, de brujería. Simplemente unos desdichados que nacieron en un lugar y momento inoportunos. Como yo, que aparecí ahí sin más, en mi invisibilidad, conociéndolos uno a uno, sin ser visto ni juzgado.

Ser invisible no implicaba no tener sentimientos y los niños fueron mi debilidad.

Entre rayo y trueno, entre ola y viento, las llamé soplando sin más al aire.

Y las sirenas llegaron, empujadas por los sonidos de los delfines, para equilibrar el movimiento que agitaba la nave, para estabilizar el barco.

Sólo yo las veía, o eso creía hasta que vi a Leonard estupefacto contemplar a la sirena mayor dirigir los sonidos al cielo, sonidos que él tampoco debería escuchar. Ninguna persona normal podía hacerlo.

Y los sonidos bailaron, bailaron como sólo ellos saben. Danzaron bajo las estrellas y calmaron la tormenta. Los rayos desaparecieron y los truenos cesaron. Y el mar se calmó como si de un lago se tratara. El viento cesó, tanto, que algunos dudaban siquiera de respirar, pasmados como estaban del suceso.

Y yo reía, cual héroe sin capa.

Me debían la vida aquella pandilla de insensatos. Daban gracias a un Dios inexistente, sin intentar acaso palpar mi presencia.

Hasta que vieron tierra y los agradecimientos, hasta para el Dios imaginario, quedaron en el olvido. Las personas, que son muy egoístas, enseguida pasan página sin precaución. Confiados avanzaron con vela y remos, con coraje y ansia, sin ver el peligro. Fascinado, como estaba yo, con Leonard por sus capacidades sensoriales, tampoco me percaté. Nunca dejes tu destino en manos de terceros. Las rocas se incrustaron en la proa como las uñas de un gato en la piel de aquel que se acerque a sus posesiones.

El agua entró más rápido de lo imaginado y la mayoría de aquella gente no sabía nadar. El arrecife inesperado estaba, al menos, muy cerca de la arena y todos se lanzaron a ella. Pocos llegaron, para que les voy a engañar.

Había creído que mi invisibilidad era un poder y que con él podía manejar el destino a mi antojo. Pero no. Nada se cambia porque sí. Lo que ha de suceder, sucede, sin más.

En tanto muchos morían, por la simple torpeza de no sujetarse a una de las maderas rotas o alguna roca saliente y detenerse a pensar, yo recibía una amenaza letal:

¡no vuelvas al mar o la tormenta te tragará!.

Sin embargo, no hice mucho caso. Ya vería si volvía al mar o no. Concentré todo mi esfuerzo en que Leonard llegara a la orilla. Gracias al Dios inexistente, no a mí, su madre también llegó. Conté unos nueve.

La playa no estaba tan desierta como pudiera parecer, dos colinas la franqueaban y desde ambas se erguían dos castillos que, al momento se comunicaron con antorchas y tambores. Todos empapados, muertos de hambre y atemorizados se quedaron sin habla. Yo intenté estudiar la situación desde mi invisibilidad. Dos reinos, dos reyes, dos poderes y mucha ambición.

Ambos dirigentes bajaron a negociar a quién pertenecían los nuevos súbditos. A ambos pueblos les convenía aumentar su ciudadanía, ya que una amenaza se cernía desde el interior. No se preguntaron qué hacían allí ni a qué se dedicaban antes esos náufragos. Y como, tal parecí entender, habían hecho en otras ocasiones, los dividieron y repartieron equitativamente entre los dos pueblos.

Atónito contemplé como separaban a las pocas familias que quedaban y rompían lo que la aventura había unido, una fuerza contra natura que ataría a aquellas personas toda su vida.

Leonard hábilmente se agarró con tal fuerza a la pierna de su madre que no pudieron separarlos. Yo también me vi en la tesitura de tomar una decisión. ya que, aunque soy invisible, no puedo desdoblarme. En consecuencia, me fui con Leonard y su grupo con el que denominaré Rey 1.

Fue una sabia decisión, ya que ese reino imperaba una convivencia pacífica. Atendieron a todos con mimo y cuidado. Les alimentaron y les dieron vestimentas apropiadas. Así mismo, les otorgaron seis viviendas para que se organizaran como ellos mismos consideraran. A Leonard aquello no parecía devolverle las ganas de sonreír. Fue entonces cuando me percaté que era el único niño. Un pueblo sin niños.

En aquella reflexión una voz me sorprendió.

  • Al fin llegas, me vendrás bien. Te oí llamar a las sirenas desde aquí, eres algo escandaloso para ser invisible.
  • ¿Puedes verme? – estaba maravillado de poder ser alguien.
  • Claro que no, nadie puede, tampoco me hace falta – comentó quitando importancia a mi entusiasmo. Soy un Dios, pero aquí me consideran un bufón.

  • Vaya – acerté a decir perplejo. Vaya Dios, pensé para mí.
  • He oido tu pensamiento – zas, y continuó – . Igual que ayudaste al niño, ayudarás a los pueblos. Ambos deben dejar a un lado su terquedad y unirse para afrontar lo que viene.

Leonard, como has comprobado, tiene la capacidad necesaria para ser el nuevo líder de este territorio, pero no lo podrá hacer solo. Debe crecer, madurar y controlar sus dones. Mientras habrá que luchar. Te daré visibilidad, irás al otro reino y convencerás al Rey 2 de todo lo que cede el Rey 1 por la unión. A la vuelta, vendrás con sus vestimentas y haciéndote pasar por uno de ellos, conversarás con el Rey 1 hablando de las cesiones del Rey 2.

Aún intentaba asimilar aquella loca misión cuando pude ver mis formas físicas.

No es que me convenciera mucho mi imagen, pero qué le vas a discutir a un Dios que se identificaba con el antiguo Horus (egipcio nada menos, pasado que yo no conocía y acate sin discutir), todo por Leonard y su sonrisa.

Hice bien mi labor, supongo que nadie lo duda. Conté, sin duda, con ayuda de pociones y encantamientos varios. De tal modo, ni el Rey 1, ni el Rey 2, llegaron a cuestionar lo que se suponía que cedía uno y otro. E incluso pronto llegaron a la conclusión que, si en vez de discutir, unían su sabiduría y fuerza, quizá podrían detener al enemigo que acechaba. Además, ambos ya tenían una edad y no podían dejar a los

pueblos con un futuro incierto. El mar era una vía de escape, pero también podía ser una trampa (bien lo sabía yo que no pensaba volver a él).

Los caballeros de sus ejércitos unieron destrezas y fuerza.

Pasaron años, guerreando y engañando al enemigo. El bufón- Dios se convirtió en el mejor asesor del DOBLE REY a los que ayudaba en la sombra de los hechizos y yo, antes invisible, me convertí en bufón. Leonard encontró amigos y recuperó la sonrisa.

Creció y cuando fue elegido nuevo gobernante llegó la rendición del invasor y la paz. Yo fallecí como bufón, recuperé mi invisibilidad que tanto añoraba y que ya no he vuelto a sacrificar por nada ni nadie. El Dios, antes Horus, en esta historia no sabemos, se buscó otro pueblo que creyera en él. Cosa difícil lo que mueve las creencias de estas llamadas personas que sólo se ven a ellas mismas en todo el universo.

  • ¿Qué es eso? – me preguntó Leonard por última vez, antes de perder mi físico, al verme dibujar.
  • El futuro – le dije yo.

Porque yo de pasado no sé, pero lo demás si lo veo.

El caballero y el amor.

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     Desde que la conoció la evitaba. No la soportaba. No era ella sino lo que todo su ser representaba. De dónde venía y de quién había nacido. Sólo imaginar de quién era hija le producía dolor de estómago. Él quedó maldito, precisamente por su gente. Con todas y las mayores virtudes de un caballero, de un príncipe, pero maldito para sentir. Sin saber qué es amar, qué significa compartir la vida, los deseos, los anhelos, con otra persona. A él todo aquello no le estaba permitido.

     Y por fin podía culpar a alguien. Durante años se había centrado en ser el mejor guerrero, un líder querido pero también respetado. Había pasado por encima de su maldicion con indiferencia, disfrutando del sexo, de un encanto que sabia atraía y provocaba por igual. ¿Qué más daba?. Era consciente que eran muchos los que morían sin conocer el amor, luego no debía ser algo imprescindible en la vida.

      Sin embargo, llegó ella y todo el rencor, toda la rabia contenida, afloró a él con una intensidad de la que el mismo no daba crédito. No podía amar pero podía odiar, o al menos eso así lo sentía. No era de muchas palabras pero había procurado hacerle ver a ella su desdén, su desprecio. La misión había reunido a multitud de representantes de las distintas zonas y pueblos en peligro, juntos contra un mal mayor que sus propias diferencias. Las discusiones y los encontronazos a la semana del viaje eran tales que el sabio mayor les había prohibido a ambos dirigirse la palabra, siquiera mirarse en la medida de lo posible pues perturbaban la paz del grupo y el ánimo de la gente. Debían entender que, les gustara o no, estaban juntos en ese momento.

       Y él lo entendía, pero no podía evitar buscarla. Y ella era capaz de provocarle con solo mirarle, con solo levantar una ceja o torcer con ironía sus labios. Todo su equilibrio, todo su raciocinio, parecían perderse ante la presencia de aquella mujer. Llegó un momento que sintió hasta vergüenza de sí mismo por encontrarse pensando en ella en todo momento cuando debía estar organizando la defensa, planeando algún ataque o buscando alguna pista. Ella siempre estaba allí, en su mente. Y entonces levantaba la mirada y la buscaba. El poder de ella era grande, controlaba importantes aptitudes, sobre todo con la naturaleza y los animales, pero no dominaba la brujería así que era imposible que lo hubiera hechizado. Tanto la observaba que no tardó en percatarse de que no era el único. Sin duda era bella, cautivadora. Había que entender, por tanto, que tuviera admiradores. La deseaban, claro. Enfundada en trajes masculinos que dibujaban sus curvas y con colores tan oscuros que contrastaban con su ondulada melena rubia. Esos ojos azules brillaban con intensidad y destacaban en su tez morena. Los hombres se volvían torpes cuando la tenían delante, la adulaban ridículos y la respetaban. Cuando lo miraban a él esos ojos no brillaban, diría que podían abrasarlo con la misma potencia que unos de los tres soles de primavera.

      Hacía días que uno de los señores del Sur no desplegaba sus tonterías ante ella y por ese motivo él lo vigilaba aún más. Ni él ni los suyos le inspiraban confianza. Entonces se percató, ¿dónde estaba él?. ¿Y dónde estaba ella?. Tiró de su fiel compañero y fueron hacia las tiendas. Los vieron salir por atrás. La llevaba atada, medio desvanecida quizá por alguna droga y al verles puso la daga en el cuello de ella a modo de amenaza. Sabía que, sin ella, la misión no tendría sentido. Y a él se le heló la sangre, no podía perderla. No así. Todo pasó muy rápido, tanto que las décimas de segundo que él tardó en atravesar con su flecha la cabeza del traidor no fueron desperdiciadas por sus compañeros para reducir al resto de los cómplices. Cuando quiso darse cuenta la tenía en brazos, ella tenía sus miembros paralizados por algún motivo pero le miraba sin quemarle, con dulzura, agradecida suponía.  Se fue reponiendo y le susurrró «yo no soy mi madre, yo no soy ellos, yo soy yo y tú no me conoces».  Volvió la calma, llegaron las lamentaciones y los ajustes al grupo. Y él seguía pensando en ella. Estúpido, la deseaba. Deseaba volver a tocarla. Y poseerla, hacerla suya. Creyó perder la cordura.

      Nunca lo había hecho, jamás se lo había planteado ni preguntado a nadie. Una jornada, al alba mientras vigilaba con su leal amigo lo hizo. «¿Qué dirías tú que es el amor?», le preguntó. Y el otro rió tan sonoro que temió despertara al resto. Lo miro sorprendido. «Tú ya lo sabes», le contestó. «Las maldiciones se vuelven contra aquellos que las lanzan. Ella la ha desecho. Amor, amigo mío, es levantarse pensando en una persona y acostarse también con ella en la cabeza. Vamos, una verdadera tortura que va pasando a medida que sacias el deseo que ella te produce. Hay quien aventura que dura toda la vida. Pero no siempre es así. Esperaré a que tú me lo cuentes».

     Entonces era cierto, la amaba.