INMERSIÓN

Ilustraciones: JOSÉ LUIS ANSÓN GÓMEZ

Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.

          Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.

          Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.

   

       No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar.  También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!

          Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.

          Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.

          “No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.

          Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?

          Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.

          No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.

          El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.

          Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.

          Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.

          La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.

          Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.

          Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.

          Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..

Escapada y memoria

          Escapada breve, pero intensa.

          Hacía tiempo que ya había borrado aquellos recuerdos de la semana en la que había trabajado en la multinacional del petróleo, con sede en Barcelona, reclamando listados de impagos.

          Había acabado horrorizada, pero no por el tamaño o la conflictiva ciudad, sino por la absurda competencia que imperaba en aquel edificio.

          A los dos días ya había decidido que rechazaría esa “oportunidad”. Había sido la primera ocasión, a sus veintiséis años, que había compartido piso con alguien que no fueran sus amigas. El piso de Barcelona lo facilitaba la empresa y estaba muy bien situado, en plena Diagonal y cerca del edificio de las oficinas centrales. El ambiente allí era irrespirable y no podía con esa hipocresía continua, mucho más acentuada entre las mujeres. No había una de ellas que no le hubiera criticado a alguna otra. Por no hablar del tóxico entorno general, cómo se pisaban unos a otros sin ningún escrúpulo con tal de ganar posiciones frente a la jefa de sección.

          Ella había llegado allí enchufada, como se suele decir, porque su vida necesitaba un cambio, aunque no iba a ser ese. La jefa se la llevó a comer, al tercer día, a un carísimo restaurante. Era buena en lo suyo, claro que lo era. Nunca le faltó la autoestima. Sin embargo, no estaba por la labor de dejarse allí la existencia, por cuatro perras e ir pisando cabezas para subir al podio del estatus. Ya sabía, lamentablemente, que la vida era demasiado breve para eso, su futuro no sería así. Los días restantes cumplió con lo justo y disfrutó de la ciudad.

          Volvió a disfrutar de Barcelona cuando una amiga realizó el curso de la escuela judicial, menudas fiestas.

          Y posteriormente, con él, quien le enseñó a vivir, en cada calle, en cada ola, en cada kilómetro, en cada copa de vino y con prisa.

          Estos tres días con el niño habían sido peculiares, siempre lo eran, porque cada instante era único. Cuatro actividades: ilusión, escalada, fútbol y arte. Y una conclusión, ¡diviértete, sueña, pero no olvides quién eres!

Un silencio de años


Este blog ha estado en pausa durante casi una década. No porque faltaran las ganas de escribir, sino porque la vida me llevó por otros caminos: el trabajo, la maternidad y el día a día que, a veces, desborda.

En ese tiempo también me adentré en otra pasión: el estudio de un grado en Historia del Arte. Fue un viaje de descubrimiento que amplió mi mirada sobre la belleza, la cultura y la forma en que el arte dialoga con la vida.

Escribir siempre siguió latiendo dentro, como una voz que espera. Pero hubo años en los que las prioridades me colapsaron, y las palabras tuvieron que quedarse en silencio, aguardando su momento.

Regreso con la misma ilusión con la que un día abrí este espacio, aunque con una mirada distinta, más madura y llena de experiencias. Vuelvo porque las palabras nunca se apagan del todo: solo esperan a que les hagamos un lugar.

El frío mármol y mi pie desnudo…

….o mi frío pie y el mármol desnudo de aquella habitación escondida.

Añoro caminar por tus palacios y la sensación que aquellos paseos me producían. Recordarlo me hace creer que no era yo, que era otra persona. Y quizá lo era si no me reconozco, como una película muy vivida.

Ahora me siento, como aquel día, escondida en el subsuelo con los murciélagos reposando a unos metros de mi cabeza. Puedo sentir la piedra roja en mi espalda y el susurro del agua al correr por los pasadizos. Todo tiembla mientras los elefantes suben la pendiente del fuerte y mi corazón retumba al mismo paso marcial. Físicamente entera y un espíritu intrépido pero prudente.

Sin embargo, me pregunto por qué me paraliza cualquier inconveniente, por qué me duelen las piernas y la cadera como si fuera una abuela, por qué llueve en mi cabeza ese repiqueteo constante que me nubla el juicio y amontona mis quehaceres. Es por todo ello que he vuelto a aquel lugar de piedra, inventado, que nunca lo he abandonado y que reconozco habito por fases intermitentes de sueño. Porque allí, en sus estancias y en sus dominios, vuelvo a ser yo reconociendo la pureza en la oscuridad y tu extraño poder sobre mi libertad.

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Crisis de crecimiento

    Tus ojos como platos, tu boca entreabierta, siempre demandando el contacto con mi piel. Tan grande la sensación de intimidad y tan tremendo el miedo a fallarte. Unos días de existencia que provocan la mayor de mis fragilidades y al mismo tiempo desvelan una fuerza escondida en mi antiguo interior, aquél que creía perdido.

    Tu pasión es desmedida, tu curiosidad suprema. Asustas, aturdes y enamoras. Ya no necesitaría salir para ver mundo porque lo veo reflejado en ti y sin embargo te llevaré hasta mi fin y tu principio por sus intrincados caminos de historia, mentiras y esperanza. Sólo tú decidirás el trayecto final y poco quiero saber de tus motivaciones, sólo respirar el aroma del triunfo de saberte pleno.

    En estos días de crisis en mi crecimiento, que no el tuyo, en los que dudo hasta de mi mejor criterio me basta contemplarte para saber que algo bueno debe salir de todo esto y que, en la mayor de las oscuridades, siempre serás la luz al final del túnel.

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Leyendas de Olhao

    Cuando salió a pasear tras el copioso desayuno el clima todavía era clemente. Hasta el paseo marítimo llegaba la brisa de la marisma y avanzó decidida hacia el centro de Olhao. Estuvo tentada de entrar al mercado. Éste se dividía en dos edificios idénticos con cierta apariencia islámica, no en vano también había sido territorio de Al Andalus y la influencia era notable en muchos edificios. Le fascinaba contemplar cómo descargaban el pescado y el marisco fresco en la multitud de puestos. El otro edificio se reservaba  para fruta, carne y dulces.

    Sin embargo, esta vez optó por introducirse entre las estrechas callejuelas. Era tan temprano que parecía que sólo los gatos las habitaban. Le llamó la atención cómo la mayoría de los pequeños felinos llevaban collar y se acercaban con confianza entre sus piernas si se detenía a observarles. En el portal de una de las casas incluso existía una diminuta construcción para ellos en la que se advertía a todo aquél que pasara por allí que debía respetar el descanso de estos animales. Sí, no había duda de que los felinos estaban mejor atendidos que la mayoría de los perros del municipio.

    El pueblo tenía una infinidad de callejuelas que conformaban un curioso laberinto. Pese a ello, creía que era fácil orientarse dejando siempre en paralelo el mar. Le encantaba la decoración de todos aquellos edificios de apenas dos alturas y cuyo techo acababa en forma de azotea abalaustrada y sus fachadas se adornaban de baldosas de cien mil formas geométricas y colores. Era una pena que hubiera tantas abandonadas. Andaba con aquellas reflexiones cuando un destello plateado llamó su atención. El sol parecía querer amanecer justo en ese punto brillante. Sin dudarlo avanzó hacia él. Era una estatua. Había muchas en el pueblo aunque esta, desde luego, era bastante particular. Ahí plantada como un árbol en medio de una pequeña plaza imponía un respeto complejo. Se agachó para contemplarla mejor y comprobó que, ciertamente, daba miedo. Cualquier imagen de un niño que no inspirara cierta ternura daba miedo. Parecía, por qué no decirlo, el niño de La profecía. Se acercó a comprobar el cartel cercano que la describía, en portugués e inglés. Contaba la leyenda de un niño, fornido y robusto, de grandes ojos negros que se aparecía por las noches y no paraba de llorar. La mayoría de las personas no salían por miedo al encanto, ya que algunos aseguraban que el llanto del niño podía hasta matar a una persona. Pero había marineros que juraban haberlo visto, incluso podían cogerle en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso aumentaba y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Olhão lo recuerda ahora con esta escultura metálica.

    Expectante contemplaba la figura que apenas se dio cuenta que una anciana le agarraba el brazo con fuerza. El susto fue mayúsculo, aunque al instante le recordó a su abuela y el susto se evaporó. Esta abuela, que no la suya, gesticulaba con la mano libre y le hablaba en portugués con una seguridad pasmosa de que ella fuera capaz de entenderla. Por supuesto, esto no era así pero se encontró andando por la calle con la anciana del brazo (como también solía hacer con su abuela, «donde hay hijas y nietas no cabe bastón«) intrigada pensando a dónde la conduciría la buena mujer. Dando por sentado que era buena, madrugadora y se encontraba tan aburrida que no tenía mejor cosa que hacer que explicar las leyendas del municipio a la primera turista que encontró. Y así fue. Un par de callejuelas más y acabaron en otra pequeña plaza adornada también de extrañas siluetas. Otro material, forja quizá, otro color, negro cuervo intenso. Niños, cinco niños jugando a la pelota. Y el cartel informaba que el pequeño Manuel se encontraba jugando con sus amigos a la pelota cuando un niño, desconocido para ellos, les preguntó si podía jugar también y todos aceptaron encantados. Después Manuel acompañó a su nuevo amigo a su casa, donde había infinidad de riquezas y tesoros, pero el misterioso niño le dijo que no podía contarlo a nadie. Pronto se percató Manuel que sólo él podía ver a este niño. Al final, antes de hacer la comunión su madre le obligó a confesar estos hechos al sacerdote y jamás volvió a encontrarle. ¿Demonio pillado in fraganti?. ¿O amistad traicionada?. Contempló de nuevo las negras figuras intrigada, demonio seguro. Mientras la anciana gesticulaba algo que ella claramente entendió como «hija mía, historias de aquellos años«.

    Temerosa de que la abuela, emocionada, la arrastrara hasta la estatua de la sirena que ya conocía, le señaló el reloj de la muñeca y le indicó que debía seguir su paseo. Ahora la abuela portuguesa formaría parte de su particular leyenda.

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Etérea.

    Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

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    Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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Ahhh…lo prohibido.

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             Los días pasaban tan rápido en aquella escapada rural que la fugacidad de las estrellas en ese extraño cielo transparente se le antojaba anécdota. Él llevaba todos esos días contemplándola con una espía serenidad que, sin embargo, había ido creciendo en anhelo material. A la misma distancia pero cada vez visual y mentalmente más cercano a ella, a su cuerpo. Le fascinaba verla leer, tomar sus notas con esa delicadeza innata con la que unía sus pensamientos al folio en blanco. Él tomaba su café tan despacio como ella su té, casi sorbiendo al mismo intervalo. Había llegado a sincronizar sus movimientos de una forma natural. Ella, en cambio, seguía ajena a su persona. Pero, al menos, quedaba el consuelo evidente de que ella era ajena a todo lo que la rodeaba. Su libro y su libreta como preciosas antigüedades frente al último modelo de portátil. Su té y su perro a los pies, vigilante, como ente que la hacía viva. Todos ellos conformaban una especie de burbuja cerrada cuya llave se custodiaba sólo desde el interior de la misma. Tan sólo imaginar que accedía a esa dependencia privada hacía que un cosquilleo nervioso subiera por todo su cuerpo. De inmediato lo controlaba porque no era bueno que nadie, absolutamente nadie, le hiciera perder el control de sí mismo. Al menos allí, en público.

Inquietud temporal

    Siempre parece faltar el tiempo. Tiempo para leer, para escribir, para hablar, para ponerse al día con las noticas, esa media hora de redes sociales, ese tiempo para la compañía, de dos, de más de dos. Y ese, que a veces valoramos tan poco, ese tiempo para uno mismo. Esa calle que no anduve, ese libro que todavía no he comenzado, esa meditación pendiente. Todo falta en tu vida pues no hay conocimiento extremo ni verdad absoluta. De normal, sin ser conscientes, todos perdemos el tiempo en un noventa y nueve por ciento del transcurso del día.

    Hoy, ante la ventana que nunca tuve el valor de asomar, veo las hojas volar, los perros correr, la gente encoger sus hombros, no sé si de frío o miedo a … esa incertidumbre que trasladan las nubes. De pronto el frío atraviesa el cristal y te eriza el vello. Un extraño sentir, momentáneo pero común, a esas personas que atraviesan la calzada. Podría ser yo aquél que mira, no dos sino en tres ocasiones, a su alrededor. ¿Acaso le persigue alguien?. No lo parece pero ahí está, es su propia sombra. Le acompaña ese elemento formado entre el cielo y la tierra. Explicado científicamente pero siniestro. Su sombra no es alargada como la de los libros de misterio, no parece suya, pero no le deja ir. Acelera y lo pierdo en la esquina del edificio de en frente. Instantes antes de desaparecer la sombra parece girar en absurdo saludo hacia mi ventana y por tanto hacia mi persona. Provocadora oscuridad andante que impide que el frío desaparezca en mí.

    Me percato de que ese tiempo, que siempre falta, pasa ante la ventana de la vida (esa a la que no tenemos costumbre de asomarnos). Ahí está, circula veloz y resulta imposible aprehenderlo. Intentar detener el tiempo es perderlo en sí mismo. Un segundo, dos… cada instante escapa. Escapa sin leer ese libro, sin decir lo que realmente pensabas, sin mirar las vidrieras de cada calle que encierran el tiempo ajeno. Pisamos tiempo, pisamos la vida y la consumimos. Esa lágrima que no quisiste dejar caer, la perdiste por siempre, el tiempo que no corrió con ella te hizo dilapidar un sentimiento que podía crear instantes adicionales. El tiempo es, sin duda, el mayor de los misterios. Es el secreto que dicen, que cuentan, todavía no hemos desvelado las personas. Esas cuyas sombras no parecen propias. ¿Qué sombra viste encajar a la perfección con su dueño@?. No me mientas, pierdes el tiempo.

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Winter is coming…

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    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.

Melodía de existencia

    Musica é…. lalallalalala lala….

    Llevaba una semana danzando al son de distintas melodías… Había descubierto a Louane en La familia Belier y a los dos días me había descargado todas sus canciones, la banda sonora y más… Tenía talento sí, la chiquilla, aunque quizá había influido el hecho de que nunca (hasta ese momento) me había llamado la atención la música francesa. Era, sin duda, un bonito idioma. No como otros que, sin que nadie se moleste, parece que hablan con un plátano dentro de la boca.  Y como ya decía Carlos I de España (V emperador): «Hablo español con Dios, italiano con las mujeres, francés con los hombres y alemán con mi caballo«. Por algo sería, seamos honestos.

     Hice limpieza general contorneando la aspiradora al ritmo de Smooth Criminal y mi caminata diaria con los lereles de la familia Flores. El jueves nos invitaron a un musical. No me gustan nada, para que nos vamos a engañar. En cambio, me pilló receptiva. Sister Act  es divertido y tiene un derroche de color, vestuario y escenarios que bordan la magnífica actuación de sus artistas.También, el pasado sábado, en un arranque juvenil y recuerdos de la Habana me encontré como una loca bailando salsa en un club. A la mañana siguiente me estallaba la cabeza, fue culpa de los mojitos seguro, no pudo ser mi insensatez. O quizá sí.

    En conclusión, he vuelto a sentir la música en mí, si es que alguna vez se marchó. Y he vuelto a comprobar su tremenda influencia. La música es alegría, es pasión, es pesar y melancolía, es una virtud que poseen unos pocos y a través de ellos nos permiten mostrar la más amplia gama de sentimientos que escondemos las personas. A través de la música y desde niña he vivido mis mayores fantasías y anhelos. Sola, encerrada en mi cuarto como cualquier adolescente. A veces aislada, sin que nadie, sólo y únicamente la música te comprenda. A ella contarle todos tus secretos sin vergüenza. Todavía hoy no sé arreglarme sin la compañía de la radio, la música me activa, la música es vida. Siempre hay una melodía paseando por la cabeza. Espero que también en la tuya.

La ciudad en la laguna.

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     La impresión de una ciudad cambia siempre con el tiempo. Dependerá de la compañía, incluso del clima con que la visites. Pero será, en todo caso, tu percepción personal ya que la ciudad en sí, sobre todo Venecia, lleva siglos igual. Ahora un foco de explotación artística y comercial con el turismo, pero desde antaño, un concepto de vida diferente. Y en el fondo un tesoro que esperemos no se nos escape nunca.

     En mi tercera vez en Venecia busqué el olor desagradable y los mosquitos de los que tanto protesta la gente y yo nunca he conocido. Encontré un mosquito traidor y ningún olor extraño. Nada fuera de lo normal en mí recibir, de cuando en cuando, un buen picotazo. Quizá yo planifico demasiado los viajes y nada suele escaparse. Ubicación perfecta pero tranquila, pintoresca pero fuera de lo típico, sin excesos. Así que, de nuevo, fue magnífico perderse entre sus callejuelas y callejones (ojo que no es lo mismo), laberintear y evitar caer al agua. Me sigue fascinando el barrio judío y la zona vecina del Arsenal (este año Bienale), para mí poseedoras hoy de un encanto superior al resto, con algo de la antigua pureza entre sus puentes y escalones. Tampoco desprecio el resto.

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     Con el reto de no estar acompañada por las amigas con ganas de fiesta o con la pareja en busca de ese momento romántico que hay que evitar por devenir forzado (te deberías enamorar antes de navegar o mal te irá), sino por un padre que no se deja sorprender con facilidad y una madre que se apunta a cualquier proposición. Hay que perder el equilibrio en el traghetto (no hace falta pagar ochenta euros por subir en una góndola, vuélvete veneciana@ e investiga las que ellos usan), sí o sí, beber lo que no debes y buscar a La Vieja de Giorgone allá donde inexplicablemente te la han escondido los responsables de la Gallería. Y pasear sola durante un largo rato, impregnarte tú y sólo tú de la esencia del tiempo que todavía recorre las calles y canales (sorteando a las compradoras compulsivas venidas de Oriente, sí aquella tierra a donde los mercaderes venecianos navegaban jugándose el tipo para traer a Europa las telas, los perfumes y los colores más exóticos, ah…el codiciado púrpura).

      La ciudad en la laguna, hoy por hoy, sigue siendo un milagro. Quizá conviene leer un poco de su historia antes de visitarla y saber de antemano que fue antaño un estado poderoso. Poder que con el tiempo pasó y sin embargo la vida continuó en ella sabiéndose eterna. Sobre el agua o bajo ella, Venecia siempre será única.

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Igual opino…

    Se nos ha ido la cabeza, al menos a algunos. O lo que es peor, a muchos. Jamás hablo de política, futbol o confrontación alguna de según qué opiniones. Respeto todas y son temas que me aburren soberanamente. Pero la relevancia que adquieren algunas barbaridades me asombra cada día más. ¿Es incultura, prepotencia o creencia en esa falsa prosperidad que les venden?. Quizá es responsabilidad de todos que, durante años, hemos dejado evolucionar esas ideas absurdas sin decir ni «mu». De igual forma que (no se nos olvidé) se permitió pasear a Hitler sobre Europa para luego llevarse las manos a la cabeza. También él vendía esa idea de «somos mejores», «más buenos», «irrepetibles», etc… No concretaré, ya que no es cosa de unos pocos. Pero lo que más llama la atención es la tergiversación y apropiación de la historia que hacen según qué personas. Lo han hecho desde la base, desde las escuelas, han cambiado los libros, los nombres de los antiguos reinos, escudos, banderas e incluso las fronteras. Lo han hecho a izquierda y a derecha de mi maravillosa parcela de tierra. Eso, amigos, lo hemos permitido ya que no se frenó a tiempo. Y ahora nos encontramos con distintas generaciones que creen, firmemente, que esa es la realidad. Es su realidad, desde luego, no la nuestra. Ello lleva a pensar que o son tontos, o  muy listos. Cualquiera de las dos opciones asusta. Son tontos porque se basan en hechos falsos y a día de hoy para todos es accesible la verdad, al menos la histórica. Basta lanzarse a la aventura y sana práctica de la investigación. Sobran las fuentes históricas, legales,… Cierto es que muchos de los que «abanderan» (sin saber o no querer saber que ni es su bandera, ni su patrón) estas ideas probablemente no saben leer una ley de presupuestos, ni examinar las competencias cedidas a ciertas comunidades para interpretar quién es el responsable o repartidor de culpas. Pero buff… en este caso el poder de la ignorancia deviene amplio, ya que les convierte en una masa más y más manejable (listos entonces). Para muestra un botón, es decir, la sarta de gilipolleces que tenemos que tragarnos si vemos los noticiarios del día o seguimos twiter al minuto (agotador por otra parte). Hace tiempo ya que se concluyó que la disgregación no lleva a grandes metas y es en la unidad donde está la fuerza. Es esto, de nuevo, cuestión histórica. Son precisamente los que nunca tuvieron su propia identidad (por depender siempre del vecino) quienes más la desean. Causa hilaridad, mucha. Probablemente no se dan cuenta que a muchos nos importa un pito semejante agitación. El problema es que se han convertido en cansinos, mucho. Sino te gusta tu país, vete. Pero no seas tan ridículo de inventar uno que nunca existió. Ojo, pero pudiera darse. Todo es posible en esta vida. Es mucho más simple y sencillo utilizar las propias armas que te da la legislación para clarificar e incluso, por qué no, para cambiar situaciones «estancadas». Adaptarse o morir pero, dejen de dar el coñazo, aburren mintiendo y pierden nuestro respeto. En cualquier caso, fuera de las fronteras (por ahora comunes para disgusto de algunos) igualmente hemos dejado «hacer» al estado islámico, y a algún otro, lo que ha querido o ha interesado (tontos también si nos engañamos). De poco sirvió llorar por aquellas ruinas que apenas reflejaban lo que quedaba de raciocinio en un valle de dudas y turbantes. Ahora (y como en las grandes guerras que todos olvidan) nos llevamos, de nuevo, las manos a la cabeza ante el desfile de pueblos enteros por mar y carretera (el avión parece inaccesible).

    Estos mínimos ejemplos (de tantos) de incoherencia de la humanidad me llevan a pensar que, sin casi darnos cuenta, estamos ante el preludio de un nuevo cataclismo mundial. Dentro y fuera de cada país. Y ya sabemos (o no, para los que olvidan el pasado) cómo suelen acabar estos acontecimientos. Me veo inmersa de repente en una gran «pliegue» del tiempo, ya no tanto espectadora sino participante. Por ello, hoy me desahogo. Resulta utópico pensar que sólo un virus que nos convierta en zombies, un asteroide que se estrelle en el planeta o una invasión alienígena haría que nos uniéramos en una misión común de supervivencia. Pero no, casi he perdido la fe, probablemente, sería el fin ya que nos destruiríamos antes entre nosotros. Nos hemos cargado el mundo, la naturaleza, los animales, la historia y por tanto la vida. Avísenme cuándo recuperemos el sentido común. Estaré hibernando entre antiguos cuadros y documentos con polvo de siglos mientras todavía sigan expuestos y existiendo. Ahora bien, que nadie venga a molestarme a mi propia casa (y este es un concepto amplio de frontera) porque se llevará un «soberano» puñetazo.

Indiscreto vecindario

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      El viento entraba ligero por la ventana ondeando las cortinas cual banderas en edificio oficial. Mucho menos ligeras y más impertinentes llegaban hasta él las voces de los chiquillos del vecindario que parecían ponerse de acuerdo en reunirse siempre bajo sus muros. Pero ¿qué podía decir?, se suponía que era una zona común. A los quince minutos le aturdían tanto los gritos de los juegos infantiles que no le quedaba más remedio que ponerse de fondo algo de música. Encontrar melodías que acompañaran su trabajo sin distraer tampoco era cosa sencilla. Por tanto, a esas alturas  su punto de concentración era bajo o nulo. Se preguntaba cómo era eso de dejar la mente en blanco. A él le resultaba imposible, no sabía si debía ir precedida de una relajación para lo que tenía una incapacidad total o si, simplemente, su cerebro tenía una actividad superior a la media. Esto último denotaría una inteligencia que no poseía por lo que había que deducir que era un completo inútil para controlar sus pensamientos. Esto, sin duda, era preocupante.

     A mitad de tarde continuaba la fiesta continua de niños y padres en la calle peatonal. Le parecía increíble la forma en que los padres llegaban a hacerse insensibles a la ruptura de la barrera del sonido provocada por sus hijos. Y apenas sin inmutarse mantenían las conversaciones entre sí como si el griterío que les acompañaba fuera un eco lejano en un valle imaginario de la tierra media. Lejos, lejos de la realidad. Pero él, ni era padre, ni vivía en la tierra media, ni estaba sordo. Fue en ese instante de mayor indignación, fruto, en el fondo no de los niños, sino de su propia convicción de que no haría ya en el resto del día, que comenzó a dar vueltas por la casa ingiriendo un melocotón y regando las plantas al mismo tiempo.

     Tuvo que pasar tres veces por la cocina para percatarse que la sombra de las cortinas sobre la mesa no era la correcta. Se detuvo y vio brotar los rayos de sol de repente en el original mantel de la Torre Effeil. Se giró hacia la puerta pero antes de salir volvió con rapidez la cabeza hacia el mismo punto y esta vez sí los vio esconderse. Sus cabecitas modificaban las sombras habituales del día. Como felinos en época de caza… ahí estaban los típicos niños que, cansados de los juegos habituales, habían decidido ponerse a explorar el territorio en busca de aventuras e historias inventadas. ¡Qué mejor que espiar al vecino friki!, ósea a él.

      Una sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que se escondía en el pasillo y dejaba con cuidado la regadera en el suelo. Quizá también él pudiera divertirse un rato. Al fin y al cabo hacía meses que no veía una buena peli de miedo. De repente por arte de magia, sus pensamientos se pusieron en orden, maquinando… Dejó caer el hueso del melocotón y dejó de sonreír.

Platanias: primera línea.

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   El hombre de la mesa de la izquierda se rascaba entre los dedos de los pies mientras acababa su segunda jarra de cerveza. En la segunda línea del chiringuito, donde empezaba una fila de hamacas, una pareja recolocaba las mismas orientándolas al sol. No se habían dirigido la palabra en las dos horas que llevaban allí. Él concentrado en su libro y ella en su smartphone. El diálogo entre la madre e hija que tenían situadas detrás no era mucho mayor. La pareja más joven de las hamacas de la derecha también se hallaban enfrascados en sus individuales quehaceres. Ella leía la historia de los Banu Qasi y él no dejaba el smartphone ni en sueños. Pero ellos, al menos de cuando en cuando, intercambiaban entre sí una sonrisa y un pequeño diálogo que parece les ponía al tanto de sus impresiones del momento. Ella, además, tenía una pequeña libreta en la que a ratos realizaba una serie de anotaciones.

   A Sofía le llamó la atención el hecho de que aún utilizarán el clásico libro y la clásica libreta fuera de cualquier connotación tecnológica. Pero sabía que sí, que todavía había extranjeros que disfrutaban del antiguo placer del tacto de la hoja y el bolígrafo. Sofía disfrutaba igualmente de analizar a todos ellos escrutando hasta el mínimo detalle de tal forma que casí (en pocas horas) llegaba a tener una idea bastante aproximada de la personalidad de cada uno de aquellos huespedes temporales. La que había estrenado bañador, la que estrenaba retoque en el rostro, el que estaba a dieta, los que estaban al borde de la ruptura, los recien enamorados, los ancianos bien avenidos, las amigas juerguistas… Todos, sin saberlo, se desnudaban por dentro y fuera para la discreta camarera del chiringuito. Una sonrisa dulce cuando entregaba el cambio escondía otra secreta y mordaz. Esa gente eran su entretenimiento, vivía a través de ellos la mayor parte de las horas del día. Con ellos y por lo que evidenciaban con total simpleza, ella traspasaba las costas de la isla. Mientras esos inocentes turistas se relajaban hasta el punto de olvidar sus verdaderos «yo», Sofía se apropiaba mentalmente de sus ansiedades, de sus preocupaciones, de sus miserias y anhelos. Los veía levantar sus miradas, contemplar el mar en el horizonte y era capaz de descifrar cada uno de sus pensamientos. Lo que luego hacía con ellos, cual ladrona de guante blanco, sólo lo sabía ella. Fantasías al fin y al cabo.

   Ella no se creía tan vulnerable como ellos. Pero desde el chiringuito vecino Sofía era tan observada como el resto. Entre unas cortinas que escondían la camilla para masajes del resort, un rostro frío y sereno la contemplaba en silencio. No era por curiosidad, no era por conocer gente, no era por dejar volar los pensamientos. Él sabía lo que quería y la quería a ella. En aquel pequeño espacio no entraba el sol, ni el mar, ni el horizonte, sólo la oscuridad de la desdicha. Oh, pequeña.

Ese momento del día.

  

Castillos en la arena

  image    No hay dos sin tres y después de cuatro días estoy convencida que volveré a Grecia. A la sombra de un castillo milenario que defendió a la cristiandad de los turcos y ayudó a la independencia del pueblo griego contra los otomanos, contemplo una bellísima y tranquila playa donde el espíritu de lo auténtico pasea entre las hamacas e invita a reflexionar. Ante sus firmes murallas desfilaron los nazis en su intento frustrado de conquistar el mundo. No llegarían mucho más allá. Las islas griegas, también su península, son y han sido la puerta de Europa. Paso, pero también freno. Es por ello que estos días en los que el pueblo griego se ha convertido en protagonista de la crisis económica, debiéramos echar una mirada al pasado y pedir respeto a la verdad. Todas las grandes crisis económicas de la historia se han solucionado con guerras que dejaban de nuevo la cuenta a cero. Y volvía a empezar el ciclo. De nosotros dependerá cuánto nos dejamos provocar en una era en la que el poder y la soberanía ya no residen en los estados que antaño conocimos.

Caminos sin salida

    Estoy pensando (decía yo) y es de pensar (añadía mi madre)… si tendrá mi novio con que mear (culminaba mi abuela que no tenía pelos en la lengua). En ese instante aquel pensamiento de mis años juveniles de introversión quedaba en el olvido y se iniciaba una serie seguida de dichos y refranes, siendo la rima la que perdía importancia a la vez que avanzaba la serie. Durante años mi abuela fue perdiendo memoria pero siempre recordaba sus «dichos». Sin embargo llegó el día que los iniciaba decidida y nos miraba buscando en nuestros labios la frase final de los mismos. Entonces comenzamos a preocuparnos. Entró en un camino sin salida y si existía alguna nadie deseábamos que la encontrara.

    Estoy pensando (nada que ver con lo anterior) que…, por llevar la contraria, Grecia allá vamos de nuevo. Concediendo a su gente el beneficio de la duda y deseando disfrutar de todas sus maravillas. Buscaré la cueva de Zeus y el laberinto del Minotauro en Creta, pero también me encontraré a mi misma y espero, es más, deseo y necesito que mi mente vuelva de nuevo a sus caminos sin salida pero llenos de fantasía. La realidad diaria (ni mala ni buena, realidad sin más) los obstruye como roca pesada. Al menos (eso seguro) podré narrar un nuevo viaje. Así que nos vamos encontrando en alguno de esos caminos amig@s. Esperemos salir del laberinto. …;)