LOS NIÑOS TAMBIÉN MATAN

Varsovia, 2.005

          Zdzislaw observó al joven que tenía frente a él, puñal en mano. Lo reconoció de inmediato. No vio en él al hijo de su vecino, al hijo del portero o al niño que apenas unos años atrás jugaba con su nieto. Vio a su ejecutor. Con claridad supo que aquel era el llamado a equilibrar la balanza de la justicia, si es que ésta existía. Además, los ojos del joven le certificaron la evidencia que le faltaba para cuadrar la muerte de su propio hijo seis años atrás. Por fin, comprobó sus sospechas. Sabía que su hijo no se podía haber suicidado, no daba el perfil. La vieja costumbre de subir a fumar a la azotea le costó la vida. Siempre tuvo la certeza de que alguien le había empujado, pero nadie le creyó ni siguieron investigando, dando por causa de la muerte el suicidio.

          Vio el odio reflejado en las pupilas de aquel chico y, como un reflejo fugaz, le vio a él. Vio a su amigo Nahum. ¿Cómo no había sido capaz de reconocerle hasta ahora si la genética no había podido ser más evidente?

          Intentó pensar rápido. Ese chaval tenía un padre y un abuelo de su misma quinta. Llevaban unos cinco años en el edificio, pero él los había ignorado, tal y como se suele ignorar a los conserjes. Entonces él seguía muy centrado en la evolución de su trabajo. Sus obras estaban más influenciadas por la imagen y la manipulación por ordenador. Había dado un giro de ciento ochenta grados y la exposición había sido gratamente acogida por crítica y público. Poco quedaba ya de su época de devastación y tenebrismo, aparcada levemente en su cerebro.

          Nahum volvió a su vida a través de aquellos ojos. Sin duda, había logrado escapar, pero no habría logrado olvidar el sufrimiento causado a toda su familia y estirpe. Habría transmitido el odio y la búsqueda de venganza a sus descendientes. Aquel chico creía vengar a su familia atacando a quien, irónicamente, les había permitido seguir existiendo. Esa ironía que cruzó sus pensamientos causó en Zdzislaw una sonrisa que desconcertó a su asesino, pero no le detuvo.

          Zdzislaw no intentó detenerlo, se preparó para recibir la primera puñalada pensando en su hijo, en todos los aciertos de su vida y en nada más.

          Cuando sintió la tercera puñalada, en un costado, su mente se trasladó a Sanok, corría el año 1977 y Zdzislaw observaba el humo que ascendía oscuro entre las pocas luces que iluminaban el patio trasero. Se sorprendió al comprobar cómo aquellos paneles de aglomerado, que él mismo preparaba para sus pinturas al óleo, prendían a tal velocidad. El fuego abrasaba y el humo elevaba hasta el infinito sus obras más personales y también las más insatisfactorias para que fueran entendidas por cualquier público. También se llevaba, por qué no reconocerlo, las obras que le delataban, que le desnudaban el alma y que su subconsciente había escupido en una tela como flemas atascadas en su cerebro. Eran desagradables, excesivamente postapocalípticas, escenas putrefactas y, sin embargo, constituían su propio ser. Sólo él tenía derecho a destruirlas. Sólo él. Así, poco quedaría ya del niño que nunca existió y del adolescente que otros crearon.

          En aquella época, llevaba doce años como líder absoluto del arte contemporáneo polaco, pero no podría escudarse mucho tiempo bajo la etiqueta de pintor surrealista. Tenía que alejar de alguna manera el pasado, aunque indirectamente le debiera su bienestar actual. Tenía que dejar los cadáveres en el lugar de donde procedían, aquellos paisajes, la muerte sin fin…

          Zdzislaw tuvo un periodo artístico fantástico que le dio la fama y encumbró hasta lo más alto entre los pintores de su generación. Él se negó siempre a dar una explicación sobre su trabajo que justificara la serie de imágenes perturbadoras que constituían sus exposiciones: paisajes con calaveras, figuras deformadas, temas constantemente sombríos y fantasmas desnudos. Según él pintaba como si fotografiara. Nadie sabía que poseía una serie de fotografías fijas, grabadas en la memoria. Nunca puso un título a sus pinturas y dibujos, no quería pistas ni interpretaciones.

          Una puñalada casi letal le hizo sacudir el torso como una marioneta, como todos los que, en 1944, desfilaban hacia el pabellón C del campo de concentración de Treblinka mientras Zdzislaw los contemplaba absorto. No quedaba nada que les identificara, pero él todavía podía reconocer en aquellos rostros consumidos a muchos de sus antiguos vecinos.

          “Ya no eres un niño y, en cualquier caso, los niños puros también saben cumplir con su obligación para con la nación aria, los niños también matan”. No había más explicación ni tampoco la quería, venía de su padre y no era discutible. Su padre había anhelado la invasión de Polonia y colaborado activamente con los alemanes para lograrlo. Todavía recordaba aquel momento, un paseo por su pueblo de las masivas fuerzas del Tercer Reich. Él sólo tenía diez años y el despliegue le pareció un espectáculo fabuloso. Su padre lucía orgulloso junto a los más destacados oficiales.

En la fila hacia el pabellón faltaba un adolescente que, como él, tenía quince años. Nadie pareció percatarse de ello.

— ¿Recuerdas cuando de niños jugábamos al despiste?, ¿recuerdas cuando decíamos alguna cosa y realmente queríamos decir la contraria? — le dijo Zdzislaw a Nahum el día anterior, con la mayor seriedad que pudo. Quería que le prestara atención, normalmente esa gente tenía la mente fuera del campo físico, hacía mucho que ya habían volado de la realidad.

Nahum asintió temeroso y desconfiado.

— A las ocho de la mañana, os pediremos que vayáis en fila hasta el pabellón C. Eso es lo que deberéis hacer todos sin rechistar. — le indico en tono autoritario, pero mirándole más fijamente de lo que había hecho con nadie en mucho tiempo.

Llegado el momento, esperaba que su antiguo compañero de juegos hiciera lo contrario y no se pusiera en la fila. Podía esconderse bajo las maderas de los catres, estaban hacinados, apenas hacían ya recuentos oficiales y nadie dudaría al ver aquel pabellón vacío. Él mismo se encargaría de certificar que habían salido todos. Era el momento idóneo para arrastrarse hasta las verjas. Todos se concentraban en el traslado de los presos hasta las cámaras con el fin de que nadie se saliera de la fila o tuviera un repentino brote de ansiedad ante la duda del destino al que le conducían. ¿En serio dudaban?, pensaba Zdzislaw. Era tan evidente, ninguno regresaba y, aun así, algunos hablaban con esperanza.

Él, en el fondo, no tenía por qué hacer esa excepción. Acataba siempre lo que le ordenaban sin cuestionarlo, podía tener problemas. Nahum era especial. Al principio, cuando lo veía vagar por el campo, no sabía explicar la causa. Ahora entendía, sin embargo, que Nahum era el único recuerdo de una época que asociaba a su madre, una época de sentimientos puros en la que se sentía querido. Nahum, aún sin sonrisa, sin iniciativa, sin expresión, le evocaba aquellas tardes de chocolate, adivinanzas y risas en la vieja cocina. Por aquella época, por aquellos recuerdos, necesitaba que Nahum escapara de allí, que algo de esa inocencia perdurara de alguna manera. Sabía que, aunque lo lograra, no le iba a convertir en mejor persona. Él era lo que era, eso no podía cambiarse ya.

          Cuando, en septiembre de 1946, entró en el taller del conocido pintor polaco Strzeminski mintió sobre su nombre, su familia y hasta su edad. Empezó una vida de la nada y corrió una cortina mental y sutil para sí mismo. Descubrió su don. Aprendió a mezclar colores, a confeccionar perspectivas, a mirar la realidad desde ángulos múltiples. Se creó a sí mismo, resucitó.

          Y en ese recuerdo su alma voló.

          Epílogo.-

          Zdzislaw Beksinski era, en realidad, un pintor polaco nacido en 1.929 y fallecido en 2.005. Lo encontraron muerto en su apartamento de Varsovia con diecisiete puñaladas. Se declaró culpable el hijo adolescente del conserje del edificio. Algunos datos, como el suicidio de su hijo en 1.999 o la destrucción de parte de su trabajo en 1.977 son ciertos, pero el resto del relato es ficticio y, por supuesto, alejado absolutamente, de la realidad de unos hechos que sólo han servido de inspiración para jugar con el tiempo.

Winter is coming…

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    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.

Platanias: primera línea.

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   El hombre de la mesa de la izquierda se rascaba entre los dedos de los pies mientras acababa su segunda jarra de cerveza. En la segunda línea del chiringuito, donde empezaba una fila de hamacas, una pareja recolocaba las mismas orientándolas al sol. No se habían dirigido la palabra en las dos horas que llevaban allí. Él concentrado en su libro y ella en su smartphone. El diálogo entre la madre e hija que tenían situadas detrás no era mucho mayor. La pareja más joven de las hamacas de la derecha también se hallaban enfrascados en sus individuales quehaceres. Ella leía la historia de los Banu Qasi y él no dejaba el smartphone ni en sueños. Pero ellos, al menos de cuando en cuando, intercambiaban entre sí una sonrisa y un pequeño diálogo que parece les ponía al tanto de sus impresiones del momento. Ella, además, tenía una pequeña libreta en la que a ratos realizaba una serie de anotaciones.

   A Sofía le llamó la atención el hecho de que aún utilizarán el clásico libro y la clásica libreta fuera de cualquier connotación tecnológica. Pero sabía que sí, que todavía había extranjeros que disfrutaban del antiguo placer del tacto de la hoja y el bolígrafo. Sofía disfrutaba igualmente de analizar a todos ellos escrutando hasta el mínimo detalle de tal forma que casí (en pocas horas) llegaba a tener una idea bastante aproximada de la personalidad de cada uno de aquellos huespedes temporales. La que había estrenado bañador, la que estrenaba retoque en el rostro, el que estaba a dieta, los que estaban al borde de la ruptura, los recien enamorados, los ancianos bien avenidos, las amigas juerguistas… Todos, sin saberlo, se desnudaban por dentro y fuera para la discreta camarera del chiringuito. Una sonrisa dulce cuando entregaba el cambio escondía otra secreta y mordaz. Esa gente eran su entretenimiento, vivía a través de ellos la mayor parte de las horas del día. Con ellos y por lo que evidenciaban con total simpleza, ella traspasaba las costas de la isla. Mientras esos inocentes turistas se relajaban hasta el punto de olvidar sus verdaderos «yo», Sofía se apropiaba mentalmente de sus ansiedades, de sus preocupaciones, de sus miserias y anhelos. Los veía levantar sus miradas, contemplar el mar en el horizonte y era capaz de descifrar cada uno de sus pensamientos. Lo que luego hacía con ellos, cual ladrona de guante blanco, sólo lo sabía ella. Fantasías al fin y al cabo.

   Ella no se creía tan vulnerable como ellos. Pero desde el chiringuito vecino Sofía era tan observada como el resto. Entre unas cortinas que escondían la camilla para masajes del resort, un rostro frío y sereno la contemplaba en silencio. No era por curiosidad, no era por conocer gente, no era por dejar volar los pensamientos. Él sabía lo que quería y la quería a ella. En aquel pequeño espacio no entraba el sol, ni el mar, ni el horizonte, sólo la oscuridad de la desdicha. Oh, pequeña.