Que, desde Aragón, el cierzo surque tus bosques de acero y fuego.

Fíjate que, a veces, no escribo. Simplemente vomito palabras. Y cuando hay tanto que decir ordenarlas es, sin duda, complicado.

¿Qué me pides paisano? ¿Qué me detenga a mirar?

Detenerse y mirar, hoy en día, es casi un acto subversivo.

Estas líneas no son un estudio, no son una crítica. Son un sentir, un pensamiento y un mensaje que surge de la conexión de un alma con la burbuja que la oprime, una salida y un agradecimiento.

Hace unos meses tu nombre vino a mi mente, un sonido fugaz que no se frenó y que me paseó, en una ráfaga, por toda la ciudad, Zaragoza, como si no la conociera, como si hubiera mutado. Te has convertido en un espíritu que nos aborda sutilmente, que nos desafía a interpretar, a sentir y pensar. Porque no basta con observar una obra, hay que leerla y esa lectura es simbólica. No puede ser de otra forma.

Consciente de que esa lectura, esa interpretación, será distinta según cada espectador todo lo que hoy me rodea es Orensanz.

Huesca es Orensanz, sangre y tierra. Zaragoza es Orensanz, tierra y raza. Barcelona es Orensanz, tierra y extensión. París es Orensanz, permiso para volar. Nueva York, Londres, Roma, Florencia, Tokio o Moscú. Sin pausa, Orensanz es mundo que asombra, es una esfera con vida propia, con fuego eterno.

He cambiado, o, tal vez, me he redescubierto. El tiempo, la materia, el gesto que desprende tu obra hoy me conecta con una realidad que había alejado de mi persona. No era yo, era la época que me tocó vivir. Una época marcada por la velocidad y la saturación visual que ha alejado el arte de nuestra vida. No cabe otra cosa que pedirte perdón.

Desde Aragón, con añoranza, vamos a hacer un viaje hacia tu obra. No es nostalgia, es impulso. Volaremos hasta Nueva York, no de forma física, sino emocional. Esa obra que ha sido puente entre nuestra ciudad y todas aquellas que te han acogido. Asistiremos con el eco de nuestras montañas, con los silencios del Pirineo, con la obstinación de nuestros ríos y la fuerza de una tierra, a veces desértica, que no olvida a sus hijos y que, como ves, despiertan de cuando en cuando la memoria.

Y no acaba aquí. La imaginación es poderosa, es mágica. Participaremos en un gran disparate que cruce tiempo y luz, desde nuestra tierra hasta todas las que sembraste. Sé Ángel que serás uno de los guías.

Si quisiera hacer poesía soplaría levemente a tu oreja

y te despertaría, sin más.

Como ocasión primera me aventuraría en tus sueños

y con ese ladrón lucharía.

Porque tu fantasía era mía y así la quería, mira con que

egoísta vivías y, pese a ello, respetarías.

Contra ese sobre malvado que cruzó bajo nuestra puerta

yo podría lucirme en tu subconsciente.

Y como una nube volaría sobre tus pensamientos

para hacer de vigía de las sombras que no te acecharían.

Aún con todo pecaría, pues no es enredar hilos lo que debo

sino cortarlos, si hace falta, para que poesía seas tú.

El alma en vilo

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Cuadro de la exposición de fin de año en el claustro de San Francisco (Sorrento- Nápoles)

     Y así estaba, suspendida en el aire, pensando en si llegaría o no ese momento, esa situación que desvelaría el siguiente paso que dar. No quería mostrar una preocupación aparente pero comenzaba a resultarle muy difícil conforme avanzaban los días. Y lo incierto no hacía acto de presencia, no se mostraba, pues podía llegar o no. De ahí su inquietud por conocer el resultado final. Se veía entonces tontamente atrapada, sentíase estúpida por no haber preparado otra alternativa para su fin. ¡Qué incauta!. Las probabilidades de seguir atrapada en aquel claustro aumentaban, así que sin apenas darse cuenta y cuando las monjas no la veían, al llegar el anochecer mientras el sol se ponía tras las arcadas, comenzó a coser las alas. Imitando las de los ángeles del retablo que elevaban a la purísima concepción con el señor, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. Pero las suyas eran mucho más delicadas, la textura de los hilos era tan suave que el tacto evocaba al ave más delicada del firmamento. Su traje de paloma sería blanco como no podía ser de otra manera. No veía el momento de vestirse con aquellas alas. Apenas dormía pues un reloj interno la desperteba al alba, justo antes de que los primeros pájaros trinaran, antes del inicio de sus juegos, cuando el día despertaba y alzaban su vuelo besando al aire, sencillamente viviendo. Ese era su objetivo, por supuesto. Ceñía en esas horas tempranas sus alas cruzando las sujecciones a su cintura, atando sus extremos a sus muñecas, de modo que al levantar los brazos las alas se desplegaran por sí solas. Era prudente, por supuesto, no quería acabar como Ícaro cuando con su padre intentó escapar de la isla de Creta. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo, como la vida misma, así debía ser su vuelo.

     Pasaron los días, lo incierto no llegó y sin embargo sus alas estaban listas. Eran tan bonitas, la llenaban de orgullo, eran su tesoro. Nunca tuvo ninguno, tampoco había tenido secretos. Ahora tenía ambas cosas. La altura desde el campanario era precisa. El viento era cómodo, brisa ligera que la ayudaría en su despegue. Jamás desobedeció una orden, jamás mintió, sí ocultó. Ocultó anhelos, sentimientos que ahora brotarían y que nadie lograría entender. La espera tocaba a su fin. Y una vez más, al alba, los pájaros despertaban y desde allí, en lo alto los vió llegar hasta ella. La saludaban, la invitaban a alzar por fin sus alas y volar juntos. No los hizo esperar ni un solo instante. Así fugaz, como el tiempo, pudo ser feliz.

Thinking Nápoles…

Al final de la meditación había logrado ver el universo dentro de mi propio cerebro. Era negro, lo más oscuro que había visto jamás. De vez en cuando aparecía un punto fugaz e igualmente fugaz brillaba. Suponía las estrellas de aquel universo o quizá mis poco frecuentes ideas. Iban y venían. Intenté con persistencia que desaparecieran del todo. Quería ser engullida en la total masa negra. Fue en ese instante cuando volví a trasladarme a la Nápoles subterránea que había conocido el último fin de año.

Túneles y más túneles bajo la tierra. Acueductos monumentales entre los cimientos de una ciudad milenaria. Habían traído el agua desde las montañas a la colonia griega, también a la romana. Perfeccionados por los aragoneses para poder ganar altura en sus edificios ya que no querían ampliar la muralla y la población no cabía entre sus muros. Piedra que guardaba miles de secretos e historias, entre sus grafiti y mensajes encriptados. Refugio durante la segunda guerra mundial para la ciudad más bombardeada de la contienda. Y entre todos aquellos pasadizos yo había paseado, encogiendo el ombligo, atenta a sus rincones, a sus historias y a sus sensaciones. Podía recordar todavía la impresión causada en el grupo cuando el guía decidió apagar toda la iluminación de las cuevas. Y se hizo el silencio. Y se hizo la oscuridad. Y todos quedamos engullidos en la nada. Tan sutil que podías oír latir tu corazón. Los sentidos  se agudizaban hasta detener el tiempo en un espacio atemporal. No hacía frío, tampoco calor. Sin espacio, sin tiempo, sin luz, sin sonido, sin vida…, la nada. Las almas vagaban a nuestro alrededor y te susurraban sus secretos y su sabiduría.

Arriba, en la superficie, soportaba Nápoles un frío gélido, extraño (muchos no recordaban ver nieve sobre el Vesubio desde hacía años). Pero no importaba, la vida te explotaba en el rostro como un globo reventado con ansia por un niño. Se paseaba, se visitaban exposiciones, se compraba, se vendía, se comía, se regateaba al volante o como peatón, se lanzaban petardos, se iba de concierto, se disfrutaba en extremo del momento, en definitiva, se vivía con intensidad. Como no podía ser de otra manera en un lugar como aquel los pensamientos se desbordan, la mente se enriquece y las piernas andan solas hasta la colina con mejor vista de una bahía irrepetible. Y la oscuridad torna en luz, la luz en agua y todo fluye cual sabiduría eterna.

Sin duda tu existencia merece más de una poesía, pero conservo esta y mis recuerdos.

napoli sotterranea

El abismo

Le daba miedo bajar. La pendiente era enorme para él. Estaba seguro que no era así en la realidad, que sólo existía una leve inclinación. Sin embargo, para él asemejaba la bajada a la laguna Estigia. Pero si Caronte cruzaba por ella, con las almas de los muertos a cualquier hora, qué no podría hacer él. Tal vez le faltaba esa razón de peso. Y es que no le iba la vida en ello. Bajar o no. Descender a ese nivel o no descender, esa era la cuestión. En esta absurda existencia ya nadie se mueve a cambio de nada.

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