Aquel árbol formaba parte de su album mental de la infancia. Hoy reconocía que había dejado tantos recuerdos volar, que resultaba significativo sentir algunos impregnados, de tal manera y con tanta intensidad, que sabía con certeza que nunca desaparecerían. Formaban ya parte de ella hasta el punto de que, en su día, fueron forjando su propia naturaleza, definiendo su carácter y esencia.
El árbol adornaba el centro del vestíbulo de la primera planta con orgullo. Cada Navidad contaba las horas que restaban para empreder con sus padres el camino hasta aquel pueblo, que no era el de ellos sino de forma indirecta, pues era el de su tío. En una casa inmensa, señorial, en la misma cuesta que subía a la preciosa iglesia románica, allí siempre encontraba la paz y alegría que, a veces, en el día a día, dejaba escapar tontamente. No había una sola estancia que no le gustara de esa casa. Desde la puerta de entrada, al patio inmenso que cruzaba hasta una especie de pasadizo que desembocaba en el jardín, y de allí al huerto. Adoraba inspeccionar con sus primos todas aquellas cerradas y sucias habitaciones que, en tiempos, habían pertenecido a la servidumbre. Restos de épocas y vivencias pasadas que regresaban con mil historias ante los ojos de unos niños empachados de una fantasia bestial, de aquella que se nutría de una imaginación que no daba tregua al aburrimiento en unos años en los que no existía internet, ni excesos de pantallas.
Antiguos retratos, casi ya fantasmales, viejas casas de muñecas y mobiliario de otro siglo. Sí, era fascinante vivir allí. Hasta las ratas que corrían por el tejado sonaban con cierta absurda melodía. En los dos pisos habitados se habían dividido las dos familias que quedaban, los abuelos en el primero y arriba su hijo, con su loca mujer y los dos nietos que les habían dado. La loca mujer, la hermana pequeña de su madre y su madrina, era el espejo al que ella le gustaba mirarse. Su inocencia no le permitía juzgar con criterio una personalidad como la de su tía, no todavía. En esos años ella era perfecta, guapa, alegre, divertida sin límites, la mujer que le permitía realizar todo lo que su madre le impedía. Sería por siempre, pese a acontecimientos lamentables posteriores, la persona que le enseñó a depilarse las cejas, a maquillarse fina y a plantarse una buena minifalda que mostrara sus perfectas piernas. Ella sí sabía vivir la vida, sin pensar en los daños colaterales, eso sí.
Por eso, adornar aquel árbol con su tía y sus primos, era un momento feliz. La mimaba de tal modo que incluso la anteponía a sus propios hijos. Le hacía sentir especial, ella y también el resto. Tenía una familia privilegiada sin duda. O eso creía ella, ya que aún restaban años para percatarse de que «en todas las familias cuecen habas». El viaje, el adorno del árbol, la compañía, eran ya, con diez años, fotos permanentes en su cerebro. Navidad, blanca navidad, porque siendo como era perfecto ese bucle en su conjunto, allí, en ese pueblo, también nevaba. Y el día de Reyes, bajo el árbol, ante los ojos de todos los niños al despertar, sin pereza, aparecían los paquetes perfectamete envueltos y coloridos, con sus nombres, provocando una emoción sin límites que duraba horas.
Hoy, ella mira el árbol de su salón orgullosa y retrata a su hijo y a sus gatos con él de fondo. Es un árbol blanco, como aquel árbol, aunque pocos sepan por qué.
Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.
Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.
Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.
No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar. También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!
Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.
Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.
“No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.
Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?
Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.
No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, dô y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.
El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.
Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.
Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.
La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.
Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.
Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.
Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..
No tengo noción de ser otra cosa, otro ente, otro ser. Tampoco tengo más memoria desde el naufragio, hacia el pasado, todo es negro. Mi existencia comenzó allí, en ese barco a la deriva. Bien es cierto que tardé en percatarme de que yo no era nada, nadie, para el resto de los seres, personas se llamaban, que habitaban ese barco.
Curiosamente, en ese nacimiento oscuro, se me dio el don de la sabiduría y con ésta me refiero a que yo sabía donde estaba, donde me ubicaba, con quien me acompañaba en ese espacio etéreo sólo mío y a donde me dirigía. También era consciente de lo que ellos llamaban “tiempo”, su época, oscura (más incluso que mi existencia). No tenía añoranza de nada anterior, de ese pasado o inexistencia que no poseía.
Así que allí me hallaba, con aquella gente, desgraciada, preguntándome si sobreviviríamos a la tormenta y llegaríamos a la costa. Entre algunos anidaba la esperanza y tenían fe en el que llamaban capitán, quien manejaba el timón, más por intuición que por experiencia. Diría que los astros le habían abandonado a su merced, pero en él se concentraba con la responsabilidad de llevar a aquel grupo a un mejor puerto.
Desposeídos, descreídos y marginados que habían hurtado el barco a la luz de la luna llena para escapar de su destino. Acusados de robar, de mendigar y la mayoría de las mujeres, de brujería. Simplemente unos desdichados que nacieron en un lugar y momento inoportunos. Como yo, que aparecí ahí sin más, en mi invisibilidad, conociéndolos uno a uno, sin ser visto ni juzgado.
Ser invisible no implicaba no tener sentimientos y los niños fueron mi debilidad.
Entre rayo y trueno, entre ola y viento, las llamé soplando sin más al aire.
Y las sirenas llegaron, empujadas por los sonidos de los delfines, para equilibrar el movimiento que agitaba la nave, para estabilizar el barco.
Sólo yo las veía, o eso creía hasta que vi a Leonard estupefacto contemplar a la sirena mayor dirigir los sonidos al cielo, sonidos que él tampoco debería escuchar. Ninguna persona normal podía hacerlo.
Y los sonidos bailaron, bailaron como sólo ellos saben. Danzaron bajo las estrellas y calmaron la tormenta. Los rayos desaparecieron y los truenos cesaron. Y el mar se calmó como si de un lago se tratara. El viento cesó, tanto, que algunos dudaban siquiera de respirar, pasmados como estaban del suceso.
Y yo reía, cual héroe sin capa.
Me debían la vida aquella pandilla de insensatos. Daban gracias a un Dios inexistente, sin intentar acaso palpar mi presencia.
Hasta que vieron tierra y los agradecimientos, hasta para el Dios imaginario, quedaron en el olvido. Las personas, que son muy egoístas, enseguida pasan página sin precaución. Confiados avanzaron con vela y remos, con coraje y ansia, sin ver el peligro. Fascinado, como estaba yo, con Leonard por sus capacidades sensoriales, tampoco me percaté. Nunca dejes tu destino en manos de terceros. Las rocas se incrustaron en la proa como las uñas de un gato en la piel de aquel que se acerque a sus posesiones.
El agua entró más rápido de lo imaginado y la mayoría de aquella gente no sabía nadar. El arrecife inesperado estaba, al menos, muy cerca de la arena y todos se lanzaron a ella. Pocos llegaron, para que les voy a engañar.
Había creído que mi invisibilidad era un poder y que con él podía manejar el destino a mi antojo. Pero no. Nada se cambia porque sí. Lo que ha de suceder, sucede, sin más.
En tanto muchos morían, por la simple torpeza de no sujetarse a una de las maderas rotas o alguna roca saliente y detenerse a pensar, yo recibía una amenaza letal:
¡no vuelvas al mar o la tormenta te tragará!.
Sin embargo, no hice mucho caso. Ya vería si volvía al mar o no. Concentré todo mi esfuerzo en que Leonard llegara a la orilla. Gracias al Dios inexistente, no a mí, su madre también llegó. Conté unos nueve.
La playa no estaba tan desierta como pudiera parecer, dos colinas la franqueaban y desde ambas se erguían dos castillos que, al momento se comunicaron con antorchas y tambores. Todos empapados, muertos de hambre y atemorizados se quedaron sin habla. Yo intenté estudiar la situación desde mi invisibilidad. Dos reinos, dos reyes, dos poderes y mucha ambición.
Ambos dirigentes bajaron a negociar a quién pertenecían los nuevos súbditos. A ambos pueblos les convenía aumentar su ciudadanía, ya que una amenaza se cernía desde el interior. No se preguntaron qué hacían allí ni a qué se dedicaban antes esos náufragos. Y como, tal parecí entender, habían hecho en otras ocasiones, los dividieron y repartieron equitativamente entre los dos pueblos.
Atónito contemplé como separaban a las pocas familias que quedaban y rompían lo que la aventura había unido, una fuerza contra natura que ataría a aquellas personas toda su vida.
Leonard hábilmente se agarró con tal fuerza a la pierna de su madre que no pudieron separarlos. Yo también me vi en la tesitura de tomar una decisión. ya que, aunque soy invisible, no puedo desdoblarme. En consecuencia, me fui con Leonard y su grupo con el que denominaré Rey 1.
Fue una sabia decisión, ya que ese reino imperaba una convivencia pacífica. Atendieron a todos con mimo y cuidado. Les alimentaron y les dieron vestimentas apropiadas. Así mismo, les otorgaron seis viviendas para que se organizaran como ellos mismos consideraran. A Leonard aquello no parecía devolverle las ganas de sonreír. Fue entonces cuando me percaté que era el único niño. Un pueblo sin niños.
En aquella reflexión una voz me sorprendió.
Al fin llegas, me vendrás bien. Te oí llamar a las sirenas desde aquí, eres algo escandaloso para ser invisible.
¿Puedes verme? – estaba maravillado de poder ser alguien.
Claro que no, nadie puede, tampoco me hace falta – comentó quitando importancia a mi entusiasmo. Soy un Dios, pero aquí me consideran un bufón.
Vaya – acerté a decir perplejo. Vaya Dios, pensé para mí.
He oido tu pensamiento – zas, y continuó – . Igual que ayudaste al niño, ayudarás a los pueblos. Ambos deben dejar a un lado su terquedad y unirse para afrontar lo que viene.
Leonard, como has comprobado, tiene la capacidad necesaria para ser el nuevo líder de este territorio, pero no lo podrá hacer solo. Debe crecer, madurar y controlar sus dones. Mientras habrá que luchar. Te daré visibilidad, irás al otro reino y convencerás al Rey 2 de todo lo que cede el Rey 1 por la unión. A la vuelta, vendrás con sus vestimentas y haciéndote pasar por uno de ellos, conversarás con el Rey 1 hablando de las cesiones del Rey 2.
Aún intentaba asimilar aquella loca misión cuando pude ver mis formas físicas.
No es que me convenciera mucho mi imagen, pero qué le vas a discutir a un Dios que se identificaba con el antiguo Horus (egipcio nada menos, pasado que yo no conocía y acate sin discutir), todo por Leonard y su sonrisa.
Hice bien mi labor, supongo que nadie lo duda. Conté, sin duda, con ayuda de pociones y encantamientos varios. De tal modo, ni el Rey 1, ni el Rey 2, llegaron a cuestionar lo que se suponía que cedía uno y otro. E incluso pronto llegaron a la conclusión que, si en vez de discutir, unían su sabiduría y fuerza, quizá podrían detener al enemigo que acechaba. Además, ambos ya tenían una edad y no podían dejar a los
pueblos con un futuro incierto. El mar era una vía de escape, pero también podía ser una trampa (bien lo sabía yo que no pensaba volver a él).
Los caballeros de sus ejércitos unieron destrezas y fuerza.
Pasaron años, guerreando y engañando al enemigo. El bufón- Dios se convirtió en el mejor asesor del DOBLE REY a los que ayudaba en la sombra de los hechizos y yo, antes invisible, me convertí en bufón. Leonard encontró amigos y recuperó la sonrisa.
Creció y cuando fue elegido nuevo gobernante llegó la rendición del invasor y la paz. Yo fallecí como bufón, recuperé mi invisibilidad que tanto añoraba y que ya no he vuelto a sacrificar por nada ni nadie. El Dios, antes Horus, en esta historia no sabemos, se buscó otro pueblo que creyera en él. Cosa difícil lo que mueve las creencias de estas llamadas personas que sólo se ven a ellas mismas en todo el universo.
¿Qué es eso? – me preguntó Leonard por última vez, antes de perder mi físico, al verme dibujar.
El futuro – le dije yo.
Porque yo de pasado no sé, pero lo demás si lo veo.
Zdzislaw observó al joven que tenía frente a él, puñal en mano. Lo reconoció de inmediato. No vio en él al hijo de su vecino, al hijo del portero o al niño que apenas unos años atrás jugaba con su nieto. Vio a su ejecutor. Con claridad supo que aquel era el llamado a equilibrar la balanza de la justicia, si es que ésta existía. Además, los ojos del joven le certificaron la evidencia que le faltaba para cuadrar la muerte de su propio hijo seis años atrás. Por fin, comprobó sus sospechas. Sabía que su hijo no se podía haber suicidado, no daba el perfil. La vieja costumbre de subir a fumar a la azotea le costó la vida. Siempre tuvo la certeza de que alguien le había empujado, pero nadie le creyó ni siguieron investigando, dando por causa de la muerte el suicidio.
Vio el odio reflejado en las pupilas de aquel chico y, como un reflejo fugaz, le vio a él. Vio a su amigo Nahum. ¿Cómo no había sido capaz de reconocerle hasta ahora si la genética no había podido ser más evidente?
Intentó pensar rápido. Ese chaval tenía un padre y un abuelo de su misma quinta. Llevaban unos cinco años en el edificio, pero él los había ignorado, tal y como se suele ignorar a los conserjes. Entonces él seguía muy centrado en la evolución de su trabajo. Sus obras estaban más influenciadas por la imagen y la manipulación por ordenador. Había dado un giro de ciento ochenta grados y la exposición había sido gratamente acogida por crítica y público. Poco quedaba ya de su época de devastación y tenebrismo, aparcada levemente en su cerebro.
Nahum volvió a su vida a través de aquellos ojos. Sin duda, había logrado escapar, pero no habría logrado olvidar el sufrimiento causado a toda su familia y estirpe. Habría transmitido el odio y la búsqueda de venganza a sus descendientes. Aquel chico creía vengar a su familia atacando a quien, irónicamente, les había permitido seguir existiendo. Esa ironía que cruzó sus pensamientos causó en Zdzislaw una sonrisa que desconcertó a su asesino, pero no le detuvo.
Zdzislaw no intentó detenerlo, se preparó para recibir la primera puñalada pensando en su hijo, en todos los aciertos de su vida y en nada más.
Cuando sintió la tercera puñalada, en un costado, su mente se trasladó a Sanok, corría el año 1977 y Zdzislaw observaba el humo que ascendía oscuro entre las pocas luces que iluminaban el patio trasero. Se sorprendió al comprobar cómo aquellos paneles de aglomerado, que él mismo preparaba para sus pinturas al óleo, prendían a tal velocidad. El fuego abrasaba y el humo elevaba hasta el infinito sus obras más personales y también las más insatisfactorias para que fueran entendidas por cualquier público. También se llevaba, por qué no reconocerlo, las obras que le delataban, que le desnudaban el alma y que su subconsciente había escupido en una tela como flemas atascadas en su cerebro. Eran desagradables, excesivamente postapocalípticas, escenas putrefactas y, sin embargo, constituían su propio ser. Sólo él tenía derecho a destruirlas. Sólo él. Así, poco quedaría ya del niño que nunca existió y del adolescente que otros crearon.
En aquella época, llevaba doce años como líder absoluto del arte contemporáneo polaco, pero no podría escudarse mucho tiempo bajo la etiqueta de pintor surrealista. Tenía que alejar de alguna manera el pasado, aunque indirectamente le debiera su bienestar actual. Tenía que dejar los cadáveres en el lugar de donde procedían, aquellos paisajes, la muerte sin fin…
Zdzislaw tuvo un periodo artístico fantástico que le dio la fama y encumbró hasta lo más alto entre los pintores de su generación. Él se negó siempre a dar una explicación sobre su trabajo que justificara la serie de imágenes perturbadoras que constituían sus exposiciones: paisajes con calaveras, figuras deformadas, temas constantemente sombríos y fantasmas desnudos. Según él pintaba como si fotografiara. Nadie sabía que poseía una serie de fotografías fijas, grabadas en la memoria. Nunca puso un título a sus pinturas y dibujos, no quería pistas ni interpretaciones.
Una puñalada casi letal le hizo sacudir el torso como una marioneta, como todos los que, en 1944, desfilaban hacia el pabellón C del campo de concentración de Treblinka mientras Zdzislaw los contemplaba absorto. No quedaba nada que les identificara, pero él todavía podía reconocer en aquellos rostros consumidos a muchos de sus antiguos vecinos.
“Ya no eres un niño y, en cualquier caso, los niños puros también saben cumplir con su obligación para con la nación aria, los niños también matan”. No había más explicación ni tampoco la quería, venía de su padre y no era discutible. Su padre había anhelado la invasión de Polonia y colaborado activamente con los alemanes para lograrlo. Todavía recordaba aquel momento, un paseo por su pueblo de las masivas fuerzas del Tercer Reich. Él sólo tenía diez años y el despliegue le pareció un espectáculo fabuloso. Su padre lucía orgulloso junto a los más destacados oficiales.
En la fila hacia el pabellón faltaba un adolescente que, como él, tenía quince años. Nadie pareció percatarse de ello.
— ¿Recuerdas cuando de niños jugábamos al despiste?, ¿recuerdas cuando decíamos alguna cosa y realmente queríamos decir la contraria? — le dijo Zdzislaw a Nahum el día anterior, con la mayor seriedad que pudo. Quería que le prestara atención, normalmente esa gente tenía la mente fuera del campo físico, hacía mucho que ya habían volado de la realidad.
Nahum asintió temeroso y desconfiado.
— A las ocho de la mañana, os pediremos que vayáis en fila hasta el pabellón C. Eso es lo que deberéis hacer todos sin rechistar. — le indico en tono autoritario, pero mirándole más fijamente de lo que había hecho con nadie en mucho tiempo.
Llegado el momento, esperaba que su antiguo compañero de juegos hiciera lo contrario y no se pusiera en la fila. Podía esconderse bajo las maderas de los catres, estaban hacinados, apenas hacían ya recuentos oficiales y nadie dudaría al ver aquel pabellón vacío. Él mismo se encargaría de certificar que habían salido todos. Era el momento idóneo para arrastrarse hasta las verjas. Todos se concentraban en el traslado de los presos hasta las cámaras con el fin de que nadie se saliera de la fila o tuviera un repentino brote de ansiedad ante la duda del destino al que le conducían. ¿En serio dudaban?, pensaba Zdzislaw. Era tan evidente, ninguno regresaba y, aun así, algunos hablaban con esperanza.
Él, en el fondo, no tenía por qué hacer esa excepción. Acataba siempre lo que le ordenaban sin cuestionarlo, podía tener problemas. Nahum era especial. Al principio, cuando lo veía vagar por el campo, no sabía explicar la causa. Ahora entendía, sin embargo, que Nahum era el único recuerdo de una época que asociaba a su madre, una época de sentimientos puros en la que se sentía querido. Nahum, aún sin sonrisa, sin iniciativa, sin expresión, le evocaba aquellas tardes de chocolate, adivinanzas y risas en la vieja cocina. Por aquella época, por aquellos recuerdos, necesitaba que Nahum escapara de allí, que algo de esa inocencia perdurara de alguna manera. Sabía que, aunque lo lograra, no le iba a convertir en mejor persona. Él era lo que era, eso no podía cambiarse ya.
Cuando, en septiembre de 1946, entró en el taller del conocido pintor polaco Strzeminski mintió sobre su nombre, su familia y hasta su edad. Empezó una vida de la nada y corrió una cortina mental y sutil para sí mismo. Descubrió su don. Aprendió a mezclar colores, a confeccionar perspectivas, a mirar la realidad desde ángulos múltiples. Se creó a sí mismo, resucitó.
Y en ese recuerdo su alma voló.
Epílogo.-
Zdzislaw Beksinski era, en realidad, un pintor polaco nacido en 1.929 y fallecido en 2.005. Lo encontraron muerto en su apartamento de Varsovia con diecisiete puñaladas. Se declaró culpable el hijo adolescente del conserje del edificio. Algunos datos, como el suicidio de su hijo en 1.999 o la destrucción de parte de su trabajo en 1.977 son ciertos, pero el resto del relato es ficticio y, por supuesto, alejado absolutamente, de la realidad de unos hechos que sólo han servido de inspiración para jugar con el tiempo.
Y de repente se ve de nuevo entrando en el Templo de los monos de Jaipur. En esta ocasión sin la compañía de su pareja, pero en las mismas condiciones. Vuelve a esconderse el sol y el guía apremia a que entre antes de que la noche se apodere de la jornada. Titubeante, como aquella vez, pasa junto a la vaca que bloquea la entrada vigilante y traspasa la verja.
La naturaleza gana, día a día, la batalla a ese viejo recinto sagrado y se apodera de los antiguos edificios donde la humedad ha hecho perder la intensidad de sus colores. Pasea solo buscando alguna cara amable entre los habitantes vestidos de telas naranjas. Esas personas extrañas que cuentan se retiran a esos edificios salvajes a meditar pero que sabe saldrán a pedirle dinero por una foto o por entrar a cualquier estancia. Y entonces se percata que no lleva cámara, ni móvil, ni dinero, ni cartera, ni siquiera bolsillos. Camina, como el resto, con unos pantalones holgados y una camisa de color naranja. Ligero, camina ligero. Comienza a ver los primeros monos. Se asoman entre arcadas lanzando pequeños gritos que parecen burlarle. Es consciente de que ningún falso budista aparecerá por allí. También sabe que el guía le ha dejado allí, abandonado. Y sabe que no podrá volver a Jaipur solo en la noche. Empieza a tener frío e intenta serenarse. Ese lugar, ese templo, va a ser ahora su casa.
La celda asemejaba una de esas estancias sin sentido del templo. Sin sentido porque eran tan pequeñas que él nunca les encontró una clara utilidad. Pero debían tenerla y quizá era la misma utilidad que le daba él a la celda. Pensar. Sentarse allí y sentir pasar las horas del día, una tras otra sin nada mejor que hacer que meditar sobre lo acontecido a lo largo de su vida. Las causas, las consecuencias, los errores, la probabilidad de un cambio, de esperar algo mejor.
Casi sentía vergüenza de sentirse tan sereno. Habían pasado tres meses ya y cada día se encontraba más tranquilo, más seguro de sí mismo. Y es que resultaba verdaderamente vergonzoso sentirse bien en la cárcel. Allí nada tenía. Había recuperado su libertad en vez de perderla. El supuesto castigo se había tornado en extraña bendición.
Jamás había tenido tanto tiempo para sí mismo ni para pensar. Su existencia siempre había transcurrido como un huracán de acontecimientos precipitados, uno tras otro, desde la infancia. Sólo los viajes le aplacaban el ánimo. Ver otros lugares, otras personas y otras culturas. Por ello, servía locuazmente a su trabajo como un esclavo durante todo el año para permitirse esa evasión vacacional.
Y de repente el tiempo se había detenido. Mientras todo el proceso judicial sí había resultado un calvario, incluso podía afirmar que había sido la verdadera condena, por fin la ejecución de su pena, lo tan temido, era un bálsamo de serenidad.
Y uno a uno había ascendido los peldaños del templo, rodeado por cientos de monos que, como los presos, contemplaban y algunos amenazaban en silencio, pero permitían el acceso. Un templo al que todo el mundo tenía derecho a entrar e incluso, en algunos casos, como sería el suyo, derecho a salir. Sin embargo ya no sería la misma persona. Ahora era alguien más fuerte, más sabio, sin miedos, sin vacilaciones. Nunca más un puñetazo tembloroso al aire.
Era cierto que había discutido con aquel hombre. Y más cierto que se había enfurecido. Mucho más cierto que le hizo perder los nervios. Le seguía pareciendo la peor de las personas ya que, era evidente, podía llevar al límite a cualquiera y sabía como hacerlo. Jugó con él. Pero bien cierto era también que él y sólo él fue quien agredió físicamente al otro. Ni siquiera fue un empujón o un puñetazo certero. Su mano había quedado en el aire. El muy estúpido perdió el equilibrio al intentar esquivarle y cayó. Pero cayó muy mal, tan mal que perdió un ojo. Cada miembro del cuerpo tiene un coste, una indemnización y una pena. Todo es valorable. Y ahora él cumplía con esa valoración. Allí en su particular templo de los monos.
Sí, la sensación era parecida. Tumbarse en la cama e imaginar el cielo estrellado sobre ella al tiempo que el lecho se elevaba con él en el aire. Y empezar a volar. Sí, una vez tumbado en la cama todo era posible. No había lugar al que no pudiera viajar. No era necesario que fuera dentro del mismo planeta. Existían mundos paralelos increíbles donde poder pasar las horas. Se alimentaban de fábulas, libros, historias, de sus propias fantasías y sobre todo de su soledad. No había peor sensación que descender de la cama, volver a la realidad y tener la certeza de que esa felicidad soñada estaba allí, no “aquí”, en el templo.
Volvió a contemplar las láminas del libro de arte, aquellas que le habían hecho volar. Los grabados de Piranesi le habían fascinado. Él con un libro de arte, sonaba tan ridículo, sin embargo era una de las cosas “extrañas” que sucedían en el templo. Giovanni BattistaPiranesi era un personaje curioso de la historia del arte. Mientras todos los de su tiempo se dedicaban a copiar y reproducir fielmente las antiguas ruinas griegas y romanas, Piranesi se dedicaba a fantasear con ellas. En una época en que la razón, como tal, comenzaba a influir en los personajes más relevantes de la sociedad, empezaron también las preocupaciones por mejorar la salubridad e higiene de las personas y de los lugares que ocupaban esas personas. Ya en el siglo XVIII preocupaba también la salud moral. Por ello comenzaba a pensarse que la situación de las cárceles no era la más adecuada para regenerar la moral de aquellos que, por desvíos en su conducta, habían acabado allí. Y Piranesi dedicó una tirada completa de grabados a las cárceles. Desconocía si este artista había estado encarcelado alguna vez, pero lo que estaba claro es que había sido una persona que no rehuía los problemas de la gente. Sus invenciones de caprichos de cárceles eran un canto a la libertad. Hoy cualquier parecido con la realidad era mera coincidencia. Pero aquellas imágenes eran fabulosas. Cualquiera hubiera delinquido a posta sólo por habitar durante algún tiempo envuelto por esa arquitectura de fantasía. Sintió que, cientos de años atrás, Piranesi (como había hecho él forzado por las circunstancias) había creado sus propios templos. Templos que sanaban la moral de los hombres perdidos, sin control. Pero,… ¿y qué sería de la sociedad sin aquellos hombres?. ¿No eran acaso parte imprescindible de la misma?. Sí, filosofar sobre la vida y sus misterios era otra de las cosas “extrañas” que sucedían en el templo.
El templo eran sensaciones y sentimientos. Era el tiempo para él, cual sacerdote budista, sin más distracción que encaminar su espíritu a lo correcto. Sabía que si no lo aprovechaba se perdería de nuevo, pero él no. Al salir le devolvieron sus zapatos como ocurrió en Jaipur y también en Agra o Delhi. Y era cierto que eran sus zapatos. Pero esta vez los llevaría por un camino diferente y sería el bueno, siempre y sólo bajo su criterio, pues era ya un superviviente de la naturaleza. Lo demás se le antojaba minúsculo en una perspectiva amplia e infinita de posibilidades.
Aprovecho para decir que… Sí, los días pasan, pasan y pasan. Yo también me doy cuenta.
Os dejo un relato a colación de la fabulosa exposición del Greco en este año del IV Centenario de la muerte del pintor. Algo es algo. Y siempre quedará Toledo. El capricho de unas damas
Me desperté sudando. Tenía la camiseta del pijama pegada al cuerpo y me hizo sentir sucia. Con apenas seis años de edad no podía entender qué me sucedía. La opresión que sentía en el pecho me asustaba y desconcertaba. Deseaba saltar de la cama y acudir en busca de mis padres pero una fuerza superior parecía impedírmelo. El temor se había apoderado de mí, estaba inmóvil. Todos mis instintos me sugerían una presencia extraña en la habitación. Esa presencia, ese ser, debía ser sin duda el causante del sofocante calor que invadía el cuarto.
Sabía que lo mejor era no mirar pero algo me impulsaba a hacerlo. En el fondo de mi mente infantil algo me decía que debía analizar la situación. Concentré todas mis fuerzas en girar la cabeza hacia la derecha pues hacia la izquierda sólo tenía pared. La impresión fue indescriptible. Entre la ventana que daba al tejado del viejo mercado y mi armario una enorme bola de fuego se hallaba suspendida en el aire. No era capaz de gritar. Tampoco podía llorar. Y en cualquier caso, la habitación de mis padres estaba tan lejos que, a lo que me hubieran oído, la bola de fuego me habría abrasado.
No se mueve, pensé. No se mueve. Y si lo hace…, ¿vendrá hacia mí?. En mi mente de niña esa esfera de luz cegadora no era sólo eso. Era algo más y era malo. Claramente era una bruja que había venido a por mí para llevarme a su mundo. Tenía que actuar antes que lo hiciera ella como fuera. La puerta estaba frente a la ventana y la bola todavía seguía suspendida junto a ella, en el mismo lugar. Tenía poco margen pero lo vi claro. Debía saltar, correr, atravesar la puerta y salir de mi cuarto antes de que la esfera fuera consciente que yo ya estaba despierta.
Fue el único momento en mi vida en el que, con toda probabilidad, no pensé dos veces lo que iba a hacer. Aparté con brusquedad la ropa de cama y salté. En el justo instante que llegaba a la puerta la esfera se movió. Fue la única vez que la mire de frente. Y vi su cara, su pelo, sus ojos y en ellos su rabia. Me quería atrapar. Salí temblando de la habitación pero, gracias a Dios, las pequeñas piernas respondieron y corrí lo más rápido que pude. Con toda probabilidad, esta ha sido la única ocasión en mi vida que he corrido con ganas. Pero no tenía alternativa. Mi habitación era la última de aquella casa de mi infancia que nunca olvidaré. Tenía que cruzar el comedor y tras él, un larguísimo pasillo que conducía a la primera habitación, la de mis padres.
Recuerdo que gritaba «mamá» en mi trayecto y sé muy bien que la bola estuvo a punto de atraparme al estirarse cual serpiente. Sentí su fuego y sus garras. Cuando llegué al umbral de la puerta mi madre ya había encendido la luz de su mesilla y la esfera, al girarme y señalar, había desaparecido. «Fue sólo una pesadilla» me dijo mamá. Yo sé que no lo fue. A día de hoy sigo con la certeza de que no fue un sueño.
Años después, con casi diez años, me dejaron ver aquella serie titulada «El misterio de Salem’s Lot». No soy capaz de recordad ninguna escena de la misma salvo una. Ese horrible niño muerto llamando a su hermano por la ventana, rascando con sus uñas el cristal. Fue un trauma difícil de superar para muchos de mi generación según he comprobado en los comentarios del facebook de una página que, de forma ocurrente, rememora aquellos años de la EGB.
No me pregunten ya por qué no soporto el ruido de una persiana golpeada por el viento contra el cristal. Una ventana ha de estar siempre bien cerrada por la noche. De igual modo conviene dormir siempre tapado, no ser de fácil acceso para los espíritus errantes. Importante es, también, cubrir tu cuello con una mano durante el sueño de forma que, si un vampiro atacara, tuvieras tiempo de reaccionar al sentir su mordisco en la mano.
Nada…, que esta semana he oído decir que los escritores siempre escriben de sus miedos. No sé yo si será cierto este dato ni tampoco sé el motivo claro de por qué adoro, en la actualidad, las pelis de terror. Pero, por mí, que no queden los miedos escondidos.
Si por él hubiera sido seguiría ahogada en la ignorancia. Si de él hubiera dependido sería no más que una sombra alargada y torcida que avanzaría con temor tras los cuerpos orgullosos de sus hermanos. Porque para él, para su padre, ella era prescindible. Necesitaba varones que gobernaran con mano dura sus feudos y aplastaran a los infieles ante el menor indicio de rebeldía. Ella era un error, una complicación. No era tampoco su padre amigo de hacer lazos innecesarios con otras casas señoriales así que su mejor destino sería “gobernar” las tareas del hogar. No pasaría de decidir la comida del día o el orden de las provisiones en el almacén. No estaba en sus planes enamorarse ni salir del castillo. Le estaba prohibido.
Pero desde que el Prior necesitó ayuda en la biblioteca el mundo para ella había cambiado. Contaba entonces con nueve años. Los hombres estaban fuera luchando, dos de sus cinco hermanos ya habían muerto. Ante las noticias su madre se había sumido en un letargo absurdo. Por quedar bien, su padre la autorizó desde niña a ayudar en el priorato dejando claro a la iglesia que ninguno de sus otros hijos se uniría al clero y que la “prescindible” podía ocuparse de esas menudencias.
Ella no tenía acceso a ninguna estancia que no fueran los archivos del prior. No veía a nadie de la congregación y cuando su crecimiento y físico comenzó a ser un problema el prior le aconsejó acudir camuflada en una capa. Ante su sorprendente interés y avidez de conocimiento, aquel hombre le enseñó toda su administración que, en poco tiempo, ella llegó a controlar. Anales, Crónicas… todo lo clasificaba, identificaba y lo peor, si hubiera llegado a oídos de su padre, lo leía. Ambos sabían que no hacían bien pero no vieron mal alguno. Pronto aprendió a leer y escribir latín y a interpretar muchos escritos de los infieles.
En secreto comenzó a admirar tanta sabiduría. Había en aquellas crónicas más poesía que en cualquier canto de estúpidos juglares. A los trece años supo con certeza que había más mundo que el escaso territorio que les rodeaba y por el que su padre se jugaba la vida y la de sus hermanos. Y ella quería verlo y conocerlo. Se negaba a ser un mueble más del castillo como lo era su madre, resignada a esa vida inútil. Pero jamás desveló sus deseos a nadie, ni siquiera al prior porque ese hombre de Dios no podría entender que admirara a ese pueblo hostil e infiel que, sin embargo, les aventajaba en tantos aspectos de la vida.
Una reunión de altos señores se celebró en el castillo. Su padre hizo de anfitrión perfecto, y aun en duelo por su hermano menor, festejó con banquetes y juegos. Todos parecían tener algo importante que decidir cuando borrachos de alcohol y prepotencia, ella los observó danzar en torno a un documento que llamaba su atención. Contuvo la risa en la medida que le fue posible pero uno de sus hermanos, quizá la única persona que la conocía de corazón, advirtió su ironía en el rostro.
– ¿Qué ocurre hermana?. – le inquirió preocupado de que su padre detectará la mirada burlona de su hermana teniendo constancia de que buscaba cualquier excusa para mandarla al convento.
– Lo están leyendo al revés, si es que lo que pretenden es leerlo.
A solas con su hermano y el documento ella le facilitó la información que ansiaban. Eran órdenes detectadas a un grupo invasor. Pero su padre pronto cayó en la cuenta que sólo había una persona que, como una rata, hubiera sido capaz de adquirir conocimientos de clero e infieles. Y antes hubiera perdonado saber que se revolcaba en la cama del viejo prior que le avergonzará así ante los otros señores. Obvió la ayuda que ella les procuraba porque no podía aceptar que supiera más, que resultara más útil que cualquiera de los que allí se alojaban esa semana dentro de sus muros, que esa chiquilla que no debió nacer les dijera cómo debían atacar al adversario. Por ello, decidió mandarla a la frontera con un mensaje de amenaza y reto al enemigo. Sabía muy bien lo poco que duraría una mujer en esas tierras. Pensó que, como haría él, no sería respetada.
La hizo la más feliz del mundo. Saldría de allí con el mensaje de su padre y una vez más cumpliría lo ordenado. Sería la última ocasión que lo obedecía, sabía que no volvería. Así lo tenía decidido. Se despidió de su hermano, el único caballero que ella había conocido prometiéndole que, si era posible, le haría saber de su existencia y marchó sólo con un escudero a ver nuevos mundos. A los pocos meses su padre perdió dos feudos y un hijo más. A otro de sus hijos le perdonaron la vida por un solo motivo y le devolvieron un mensaje. Las nuevas fronteras estaban fijadas y lo estarían por años.
Cuentan en crónicas que una cristiana conversa, rica en sabiduría, conocimientos y ciencia, conquistó tierras musulmanas y decidió no devolverlas a sus semejantes sino gobernarlas en paz, honestidad y armonía entre hombres y mujeres de distintas razas y religiones.
Cuando despertó le dolía tanto el cuello que llegó a pensar que se lo había roto. Suponía que no debía ser así. Al fin y al cabo era una sensación que se repetía todos los días.
Acababa su jornada de trabajo en la Cafetería 84 a las siete de las mañana. Podía dar gracias a que la distancia entre la cafetería y su casa la recorría en veinte minutos con la vieja bicicleta de su hermano. Apenas el tiempo justo para refrescarse, saludar a mamá, tomar algo sólido y coger de nuevo la bicicleta para llegar a su trabajo “legal” a las ocho y media de la mañana.
Había luchado mucho por aquel puesto en el Templo de Confucio. Durante casi un año, día y noche, había estudiado historia, política y diplomacia para examinarse y lograr el aprobado. Su lugar estaba en una de las salas de exposiciones. Concretamente la que narraba la historia de los primeros discípulos que siguieron al pensador.
Su labor, como la de las otras dos muchachas, era escasa. Nula. Tenían sus asientos detrás de un gran mostrador y nadie apenas se dirigía a ellas. Cada lámina o figura expuesta tenía su leyenda, primero en chino y después en inglés. En este último idioma sólo algunas, no todas y ya era demasiada concesión al extranjero. Los turistas, escasos, tampoco se molestaban en preguntarles. Probablemente, cuando todos ellos llegaban al Templo de Confucio, ya se habían percatado a través de otras visitas o experiencias que, en Pekín, nadie hablaba inglés. ¿Para qué?.
Lin aprovechaba esas tranquilas primeras horas en su puesto de la misma manera que sus compañeras. Dormían. Dos, tres horas al menos caían muertas. Para los turistas debían ser unas figuras más de la exposición. Pero dormían en unas toscas butacas y la posición era difícil. Bueno, en realidad sólo existía una posición posible; sentarse, cerrar los ojos y dejar que la cabeza cayera aleatoriamente.
Al abrir los ojos Lin lo primero que vio fue su ombligo o la altura de su ombligo. Se limpió la baba que casi colgaba de su barbilla e incorporó el cuello poco a poco. Le dolía horrores. Pero no lo pensó, no le importó. Su primer pensamiento fue para él.
Y era para él día sí y día también desde hacía ya un mes.
La primera vez que le vio fue a los quince días de haberse incorporado al turno de noche en la cafetería. Estaba muerta. Se paseaba como una peonza entre los mostradores de los bollos y pastelitos. Era su única misión. Llevar una bandeja a aquel cliente que quisiera algo y acompañarle hasta la caja para que lo abonara o, si lo deseaba, sugerirle que pidiera allí algún café. La mayoría de los clientes conocían el sistema así que la ignoraban, igual que le sucedía en el Templo. No le importaba, lo prefería. Siempre se sentía más a gusto si pasaba desapercibida.
Él también la ignoraba. Esto, en cambio, le hubiera gustado que no fuera así. Sin embargo, se sentía incapaz de poder cambiar esa situación.
Cuando lo vio entrar la primera vez le llamó la atención su olor. Pasó junto a ella rozándole con su cartera de mano como si ella no existiera. Vestía con traje, fino, elegante. Casi como un occidental de película. Había esperado un perfume embriagador de marca pero hasta ella llegó un aroma fresco, puro. Y le recordó a su padre, a su hermano también. Y se sintió estúpida. Se colocó al inicio del mostrador donde él estudiaba detenidamente los pasteles. No iba repeinado, ni engominado. Simplemente su pelo caía natural y gracioso sobre su rostro, un rostro sereno abierto por unos enormes y rasgados ojos negros.
Le observó estudiar cada categoría de pastel, de bollo, de bizcocho. Parecía no decidirse y dio varias vueltas. Al final regresó al primer mostrador. Ella seguía en el mismo lugar con la bandeja en la mano. Su turno debía estar a punto de acabar pero, por una vez, no tenía prisa. El hombre cogió un bollo, lo depositó en la bandeja que ella le acercó sin saber cómo y se dirigió a la caja. Pidió un café para llevar y se marchó. A Lin le quedaban quince minutos de jornada.
Para su sorpresa él volvió al día siguiente. También al otro y al otro. Le veía desde hacía un mes. Él no la veía a ella. Estaba segura que jamás había reparado en su presencia. Podía ser ella o cualquiera otra con el uniforme negro y la cofia blanca. Él repetía todos los días el estudio de los mostradores, pero acababa siempre comprando el mismo bollo. En alguna ocasión ella se había sentido tentada de sugerirle su pastel preferido pero sabía que era incapaz de dar un solo paso hacia él.
Él no era como los demás. Era un hombre hecho y derecho. Tendría cerca de treinta años y era evidente que no estaban al mismo nivel. Sus trajes, sus maletines. Era un hombre culto, con un trabajo serio. Soltero, eso sí. Se había fijado bien. Pero ¿y ella?. ¿Por qué habría de fijarse en una pobre chica de veintidós años como ella?. Había tenido que dejar sus estudios, aunque le encantaban, para poder mantener su mini casa en un hutong sin nombre, a su madre y a ella misma. Tras la muerte de su padre y hermano, en aquel tren maldito, su madre había entrado en un letargo y pasividad absoluta. A ella también la ignoraba.
No había recibido las ayudas prometidas por el gobierno pese a que había cumplimentado todas las instancias y solicitudes posibles. Y no podía permitirse perder los únicos metros que ella tenía como hogar. Esa casa no era nada, pero era mucho y tenía que mantenerla. Por ello, se vio obligada a coger dos trabajos continuos.
Veía pasar a las chicas de su edad por la cafetería, por la calle. Las veía vivir. Poco o mucho, vivían.
Con todo, sabía y era consciente de que él estaba fuera de su alcance. Porque, aunque fuera otro tipo de chica, de esas que no tienen vergüenza ni miedo a nada o de esas capaces de conquistar a cualquier hombre con un movimiento de pestañas. Aunque fuera de esas, Lin no tenía tiempo para él, ni para intentar aproximarse a él.
Había tenido como un triunfo aprobar el examen para el Templo. Se había sentido resuelta al ser capaz de combinar dos trabajos. Había conseguido aquellas metas. Pero, ¿Y ahora qué?. ¿Aquello era todo?. ¿Así sería siempre su vida?.
No había nada que pareciera indicar que algo iba a cambiar. No podía abandonar a su madre. No podía perder la casa. En definitiva, no podía permitirse el lujo de dejar de hacer lo que hacía. Si tenía un momento tenía que ser o para comer o para dormir. Incluso a veces tenía que optar por una u otra alternativa. No podía ver la tele, la vendió. No podía leer, ni viajar. No tenía ni tiempo para ver a sus amigas a las que ya consideraba perdidas.
Sin embargo, tenía tiempo para pensar en él. Tenía tiempo para dejar volar la imaginación con él. De soñar que paseaban de la mano por una gran avenida franqueada de rosales o por mitad de un desierto. Con él. ¿Por qué parecía tener tiempo para eso?. Soñar era libre y gratuito, sí. Pero se sentía tan ridícula, tan tonta. Deseaba hacer volar y desaparecer todos esos absurdos pensamientos antes de que se convirtieran en sentimientos. Y dolieran.
Pero dolían ya. No era el cuello, era su pecho que la oprimía. Se incorporó asustada al comprobar que las lágrimas caían por su rostro. Se sentía tan desgraciada. Miró alrededor. No había nadie y sus compañeras seguían durmiendo. Tenía que recuperar la compostura, se jugaba mucho. Se jugaba la única vida que conocía.
RENACER_EN_NAPOLES -_SANDRA_DOMINGUEZ_REY
GANADORA DEL CONCURSO DE RELATOS 8 DE MARZO DE 1.999 ORGANIZADO POR EL AYUNTAMIENTO DE ZARAGOZA (CASA DE LA MUJER)
CONSEJO: AL LEER EL PDF IR A LAS OPCIONES DE «VER» Y ROTAR A LA DERECHA…
2011- SEGUNDO PREMIO IV CONCURSO LITERARIO LA PUEBLA DE ALFINDÉN SOBRE ANTROPOLOGÍA.
2011- FINALISTA MEJOR NOVELA POLICIACA Y NEGRA II EDICIÓN PREMIOS ATLANTIS