PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.


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