El trébol

     Jamás vio un cielo como aquel, unas estrellas tan brillantes en un universo tan oscuro. El estómago le quemaba, la garganta estaba obstaculizada de sensaciones ajenas. Hacía semanas que no dormía y lo que ello conllevaba, no soñaba. Y no soñaba con él, no lo veía, no lo imaginaba siquiera. Empezaba a sentir que su cuerpo ya no le pertenecía, apenas la sangre circulaba ya con fluidez y las extremidades se le dormían. Había perdido la poca fuerza que tenía. Y sin embargo, con todo aquel peso, arropada con una manta de un extraño, en medio de ese valle inmenso donde sólo oía pastar a las vacas y a los caballos, alzo la mirada y veo ese cielo, inmenso, puro y poderoso que le hizo percatarse que no era nadie. Y en esa negación halló la esperanza. Pues todo surgía ante la noche y en horas llegaría otro día y todo empezaría de nuevo. Porque todo era una gran maquinaria que reiniciaba cada amanecer. Qué terquedad absurda empeñarse en repetir lo vivido.

     A la mañana siguiente el paseo fue distinto, ya no buscaba ningún trébol. Era evidente que la flor había tomado forma de estrella nocturna. Y esa había sido su suerte. Se dedicó a la contemplación y disfrutó de semejante simpleza como nunca, quizá porque nunca lo hacía. La vida transcurría ajena a su ser, su persona no era nadie, era prescindible para la existencia general del mundo. Y fue en ese instante en el que, valorando lo externo, comenzó a valorarse a sí mismo construyendo una nueva esencia.

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