Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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