Indiscreto vecindario

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      El viento entraba ligero por la ventana ondeando las cortinas cual banderas en edificio oficial. Mucho menos ligeras y más impertinentes llegaban hasta él las voces de los chiquillos del vecindario que parecían ponerse de acuerdo en reunirse siempre bajo sus muros. Pero ¿qué podía decir?, se suponía que era una zona común. A los quince minutos le aturdían tanto los gritos de los juegos infantiles que no le quedaba más remedio que ponerse de fondo algo de música. Encontrar melodías que acompañaran su trabajo sin distraer tampoco era cosa sencilla. Por tanto, a esas alturas  su punto de concentración era bajo o nulo. Se preguntaba cómo era eso de dejar la mente en blanco. A él le resultaba imposible, no sabía si debía ir precedida de una relajación para lo que tenía una incapacidad total o si, simplemente, su cerebro tenía una actividad superior a la media. Esto último denotaría una inteligencia que no poseía por lo que había que deducir que era un completo inútil para controlar sus pensamientos. Esto, sin duda, era preocupante.

     A mitad de tarde continuaba la fiesta continua de niños y padres en la calle peatonal. Le parecía increíble la forma en que los padres llegaban a hacerse insensibles a la ruptura de la barrera del sonido provocada por sus hijos. Y apenas sin inmutarse mantenían las conversaciones entre sí como si el griterío que les acompañaba fuera un eco lejano en un valle imaginario de la tierra media. Lejos, lejos de la realidad. Pero él, ni era padre, ni vivía en la tierra media, ni estaba sordo. Fue en ese instante de mayor indignación, fruto, en el fondo no de los niños, sino de su propia convicción de que no haría ya en el resto del día, que comenzó a dar vueltas por la casa ingiriendo un melocotón y regando las plantas al mismo tiempo.

     Tuvo que pasar tres veces por la cocina para percatarse que la sombra de las cortinas sobre la mesa no era la correcta. Se detuvo y vio brotar los rayos de sol de repente en el original mantel de la Torre Effeil. Se giró hacia la puerta pero antes de salir volvió con rapidez la cabeza hacia el mismo punto y esta vez sí los vio esconderse. Sus cabecitas modificaban las sombras habituales del día. Como felinos en época de caza… ahí estaban los típicos niños que, cansados de los juegos habituales, habían decidido ponerse a explorar el territorio en busca de aventuras e historias inventadas. ¡Qué mejor que espiar al vecino friki!, ósea a él.

      Una sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que se escondía en el pasillo y dejaba con cuidado la regadera en el suelo. Quizá también él pudiera divertirse un rato. Al fin y al cabo hacía meses que no veía una buena peli de miedo. De repente por arte de magia, sus pensamientos se pusieron en orden, maquinando… Dejó caer el hueso del melocotón y dejó de sonreír.


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