Desde que la conoció la evitaba. No la soportaba. No era ella sino lo que todo su ser representaba. De dónde venía y de quién había nacido. Sólo imaginar de quién era hija le producía dolor de estómago. Él quedó maldito, precisamente por su gente. Con todas y las mayores virtudes de un caballero, de un príncipe, pero maldito para sentir. Sin saber qué es amar, qué significa compartir la vida, los deseos, los anhelos, con otra persona. A él todo aquello no le estaba permitido.
Y por fin podía culpar a alguien. Durante años se había centrado en ser el mejor guerrero, un líder querido pero también respetado. Había pasado por encima de su maldicion con indiferencia, disfrutando del sexo, de un encanto que sabia atraía y provocaba por igual. ¿Qué más daba?. Era consciente que eran muchos los que morían sin conocer el amor, luego no debía ser algo imprescindible en la vida.
Sin embargo, llegó ella y todo el rencor, toda la rabia contenida, afloró a él con una intensidad de la que el mismo no daba crédito. No podía amar pero podía odiar, o al menos eso así lo sentía. No era de muchas palabras pero había procurado hacerle ver a ella su desdén, su desprecio. La misión había reunido a multitud de representantes de las distintas zonas y pueblos en peligro, juntos contra un mal mayor que sus propias diferencias. Las discusiones y los encontronazos a la semana del viaje eran tales que el sabio mayor les había prohibido a ambos dirigirse la palabra, siquiera mirarse en la medida de lo posible pues perturbaban la paz del grupo y el ánimo de la gente. Debían entender que, les gustara o no, estaban juntos en ese momento.
Y él lo entendía, pero no podía evitar buscarla. Y ella era capaz de provocarle con solo mirarle, con solo levantar una ceja o torcer con ironía sus labios. Todo su equilibrio, todo su raciocinio, parecían perderse ante la presencia de aquella mujer. Llegó un momento que sintió hasta vergüenza de sí mismo por encontrarse pensando en ella en todo momento cuando debía estar organizando la defensa, planeando algún ataque o buscando alguna pista. Ella siempre estaba allí, en su mente. Y entonces levantaba la mirada y la buscaba. El poder de ella era grande, controlaba importantes aptitudes, sobre todo con la naturaleza y los animales, pero no dominaba la brujería así que era imposible que lo hubiera hechizado. Tanto la observaba que no tardó en percatarse de que no era el único. Sin duda era bella, cautivadora. Había que entender, por tanto, que tuviera admiradores. La deseaban, claro. Enfundada en trajes masculinos que dibujaban sus curvas y con colores tan oscuros que contrastaban con su ondulada melena rubia. Esos ojos azules brillaban con intensidad y destacaban en su tez morena. Los hombres se volvían torpes cuando la tenían delante, la adulaban ridículos y la respetaban. Cuando lo miraban a él esos ojos no brillaban, diría que podían abrasarlo con la misma potencia que unos de los tres soles de primavera.
Hacía días que uno de los señores del Sur no desplegaba sus tonterías ante ella y por ese motivo él lo vigilaba aún más. Ni él ni los suyos le inspiraban confianza. Entonces se percató, ¿dónde estaba él?. ¿Y dónde estaba ella?. Tiró de su fiel compañero y fueron hacia las tiendas. Los vieron salir por atrás. La llevaba atada, medio desvanecida quizá por alguna droga y al verles puso la daga en el cuello de ella a modo de amenaza. Sabía que, sin ella, la misión no tendría sentido. Y a él se le heló la sangre, no podía perderla. No así. Todo pasó muy rápido, tanto que las décimas de segundo que él tardó en atravesar con su flecha la cabeza del traidor no fueron desperdiciadas por sus compañeros para reducir al resto de los cómplices. Cuando quiso darse cuenta la tenía en brazos, ella tenía sus miembros paralizados por algún motivo pero le miraba sin quemarle, con dulzura, agradecida suponía. Se fue reponiendo y le susurrró «yo no soy mi madre, yo no soy ellos, yo soy yo y tú no me conoces». Volvió la calma, llegaron las lamentaciones y los ajustes al grupo. Y él seguía pensando en ella. Estúpido, la deseaba. Deseaba volver a tocarla. Y poseerla, hacerla suya. Creyó perder la cordura.
Nunca lo había hecho, jamás se lo había planteado ni preguntado a nadie. Una jornada, al alba mientras vigilaba con su leal amigo lo hizo. «¿Qué dirías tú que es el amor?», le preguntó. Y el otro rió tan sonoro que temió despertara al resto. Lo miro sorprendido. «Tú ya lo sabes», le contestó. «Las maldiciones se vuelven contra aquellos que las lanzan. Ella la ha desecho. Amor, amigo mío, es levantarse pensando en una persona y acostarse también con ella en la cabeza. Vamos, una verdadera tortura que va pasando a medida que sacias el deseo que ella te produce. Hay quien aventura que dura toda la vida. Pero no siempre es así. Esperaré a que tú me lo cuentes».
Entonces era cierto, la amaba.
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