Y así estaba, suspendida en el aire, pensando en si llegaría o no ese momento, esa situación que desvelaría el siguiente paso que dar. No quería mostrar una preocupación aparente pero comenzaba a resultarle muy difícil conforme avanzaban los días. Y lo incierto no hacía acto de presencia, no se mostraba, pues podía llegar o no. De ahí su inquietud por conocer el resultado final. Se veía entonces tontamente atrapada, sentíase estúpida por no haber preparado otra alternativa para su fin. ¡Qué incauta!. Las probabilidades de seguir atrapada en aquel claustro aumentaban, así que sin apenas darse cuenta y cuando las monjas no la veían, al llegar el anochecer mientras el sol se ponía tras las arcadas, comenzó a coser las alas. Imitando las de los ángeles del retablo que elevaban a la purísima concepción con el señor, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. Pero las suyas eran mucho más delicadas, la textura de los hilos era tan suave que el tacto evocaba al ave más delicada del firmamento. Su traje de paloma sería blanco como no podía ser de otra manera. No veía el momento de vestirse con aquellas alas. Apenas dormía pues un reloj interno la desperteba al alba, justo antes de que los primeros pájaros trinaran, antes del inicio de sus juegos, cuando el día despertaba y alzaban su vuelo besando al aire, sencillamente viviendo. Ese era su objetivo, por supuesto. Ceñía en esas horas tempranas sus alas cruzando las sujecciones a su cintura, atando sus extremos a sus muñecas, de modo que al levantar los brazos las alas se desplegaran por sí solas. Era prudente, por supuesto, no quería acabar como Ícaro cuando con su padre intentó escapar de la isla de Creta. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo, como la vida misma, así debía ser su vuelo.
Pasaron los días, lo incierto no llegó y sin embargo sus alas estaban listas. Eran tan bonitas, la llenaban de orgullo, eran su tesoro. Nunca tuvo ninguno, tampoco había tenido secretos. Ahora tenía ambas cosas. La altura desde el campanario era precisa. El viento era cómodo, brisa ligera que la ayudaría en su despegue. Jamás desobedeció una orden, jamás mintió, sí ocultó. Ocultó anhelos, sentimientos que ahora brotarían y que nadie lograría entender. La espera tocaba a su fin. Y una vez más, al alba, los pájaros despertaban y desde allí, en lo alto los vió llegar hasta ella. La saludaban, la invitaban a alzar por fin sus alas y volar juntos. No los hizo esperar ni un solo instante. Así fugaz, como el tiempo, pudo ser feliz.
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