Esa calle que respira…

          Hacía tanto tiempo que no visitaba el barrio que, al girar la esquina y contemplar el inicio de la calle, se quedó estupefacta. La calle escupía vitalidad.  Apenas podía ver su final. Seguía siendo una arteria principal de la ciudad, antigua, vieja, pero todavía relevante. Inmigrantes y gente de toda la vida le imprimían ese carácter auténtico. Pudo comprobar que las más importantes franquicias tenían sede en la vía, peatonal por fuerza. Entre empujones y escrupuloso análisis de carteles comenzó a sentirse de nuevo en casa. Habían pasado más de treinta años pero todavía podía verse correteando tras sus primos, entrar en el mercado saludando (de niña era más simpática) tras su madre, acompañar al estanco a su padre… Incluso pasó por el lugar donde escuchó la palabra «puta» por primera vez en su vida. Ella desconocía su significado, sólo había defendido a su primo de otro niño que quería arrebatarle su juguete de soltar burbujas, pero por el tono de la palabra en cuestión se consideró altamente ofendida. Y ahí estaba, ahora había una floristería donde antaño era la mejor pastelería que conoció jamás. Recordar aquellas palmeras de chocolates, esas brevas (que sólo le permitían tomar en los paseos del domingo), casi podía volver a saborearlas. Lástima, por un momento creyó que podía volver a probarlas. En el fondo había acudido a hacer un recado tonto y se estaba deseando llevar por absurdos recuerdos. Pero era un hecho que aquel paseo le estaba inyectando una buena dosis de ánimo. La calle palpitaba por sí misma, las ventanas de los edificios respiraban y la gente interactuaba con todo ese entorno de tal forma que cualquiera que pasaba por allí debería integrarse o morir.


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