Intensidad, sin duda, es lo que más llamó su atención al ver las fotos.
Intensidad de lo vivido, de lo sentido, de lo amado en todo este año. Fue un año duro, desilusiones, frustraciones y despedidas. Difíciles despedidas. En aquellas fotos estaba su lucha, inconsciente pero evidente. La vida seguía y ellos así lo habían ido reflejando. Aquellos libros eran un resumen de todo lo acontecido, el diario de sus vidas desde el minuto uno. Y había alegría, había emociones, un ejemplo de saber vivir sin desaprovechar ni un sólo instante de esta efímera existencia. Al verlas, una a una, asumió aquella curiosa evidencia que era suya aunque hasta ese momento no lo había visto así. Y dio gracias a Dios, se paseó por un instante por todas la iglesias católicas, anglicanas, protestantes, templos hindúes y mezquitas que había visitado, a lo largo de su vida, en sus viajes. En todas estaba la presencia de ese ser superior al que debía, como humana, agradecer el haberle otorgado la suficiente lucidez como para apreciar el paso de los días, el transcurso de los minutos, las horas, el deterioro de su propia piel, los efectos del cansancio de su cuerpo. Sentirse anciana, sin serlo. Y por todo ello, vivir, vivir y vivir. Agradeció tener montones de aquellos libros de fotos que no eran otra cosa que el reflejo de su vida. Lamentó entonces que su abuela tirara todas fotografías de la suya. ¿Por qué lo había hecho?. ¿Por qué borrar su recuerdo para ella y para los que la sucedían?. Le angustiaba pensar que era arrepentimiento o vergüenza, no tenía otro sentido. Salvo que el sentido fuera otro,… no ver lo que ella veía ahora en los suyos, ese paso del tiempo. Y por tanto negar ese hecho con la destrucción material, que no real. Negar lo que venía, el paso a otro estado no deseado en el que, desde luego su abuela, no creía. Estaba segura que no era por olvidar u ocultar, sino por frenar esa evidencia temporal. Ambas entonces se agarraban a la vida, pero lo hacían de forma distinta sin duda. A veces, ella incluso tenía la impresión de acelerarla, de ir por delante. Quizá unos veinte minutos antes de la hora que señalara cualquier reloj. Antes, ella ya había llegado. Se sintió orgullosa de su ventaja y decidió seguir aprovechándola.
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La historia, todo lo que vivimos, está sin duda en nuestra cabeza.Sin embargo, a veces y más con el tiempo, la cabeza también falla y hay que refrescarla.
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Precioso el relato. A mí también me gustaría disfrutar de más fotos suyas, de cuando era niño, de su adolescencia… sólo tengo recuerdos suyos como padre…
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