Cuando te conocí cabías en la palma de mi mano. Aunque era evidente que, en poco tiempo, no sería tan fácil cogerte en brazos entonces lo supe. Tú serías mío y yo tuya. Se había creado un vínculo de esos que pocas veces en la vida tienen lugar. Un vínculo que no se romperá jamás. A punto de cumplir doce años y llegado el final, constato que todo tu ser, toda tu esencia queda grabada en mi alma y por tanto seguiremos juntos más y más allá. Aquel que no ha tenido animales, aquel que no tiene siquiera el más mínimo conocimiento del valor de la naturaleza que el ser humano se empeña día a día en destrozar, no lo entenderá nunca. Mísero él.
Ya llevo un par de años soñando mundos de fantasía. Algunos mundos tales como que mis sobrin@s más pequeñ@s (y sólo ellos obviamente por su más pura inocencia) trasladan a la familia a un planeta paralelo. Allí necesitan la ayuda de los humanos y sólo una vez cada muchos años son capaces de crear canales de comunicación espacial-temporal, canales que sólo pueden captar los niños.. Pero, como en todos mundos, hay malos y buenos (verdadera tierra media). Tenemos que luchar contra los malos pero antes de desconectar esa comunicación se nos permite llamar a quien creamos que más puede ayudarnos. Y mis sobris llaman a sus padres, que son mis primos, y ellos también a mí y yo te llamo a ti que eres mi familia. Porque, ¿cómo avanzaría sin ti?. Y en ese momento tú llamas a la tuya, Senda y vuestros seis hijos, también tu hermano adoptivo Hachi. Sois una poderosa y fuerte manada. Descubrimos que podemos comunicarnos mentalmente, bueno, prácticamente como solemos hacerlo… Nos ayudáis a matar a ese horrible ser que amenaza nuestra vida y el equilibrio de ese nuevo mundo. Caes herido junto al ser que sangra formando un río a tu alrededor y sin querer bebes de esa sangre. Me angustio y te abrazo, tan atada a ti que no me percato que ya no estamos solos. Un enano impertinente grita que el perro ha bebido la sangre del ser. Y una voz sabia nos inunda, “ahora es inmortal, sólo morirá cuando él decida”. Te noto recobrar las fuerzas, el vigor y sé que estarás conmigo hasta el final.
Pero claro, los sueños, sueños son.
Hoy te has despedido de nosotros. Poco a poco, sin molestar, como tú sabes. Lloro a ratos (lo hago desde enero) pero no hay recuerdo tuyo que no me evoque una sonrisa. Precisamente tú que no nos has dejado derramar ni una lágrima en todos estos años (siquiera visualizando un dramón de película). Porque….zas, ahí estaban tus treinta y cinco kilos acompañados de profundos lametones. Siempre vigilando que nadie estuviera triste o solo. Esas excursiones con las amigas en las que ni una se podía parar a hablar por teléfono. No se podía separar el grupo. Esos paseos por el parque en que ibas, de lado a lado, para que no se extraviaran ni Marcos ni María. Que ningún otro perro se acercara a ellos. Tirarte al cuello de aquel perro que había mordido a una niña en el parque. Esa vigilancia intensiva de pretendientes idóneos como pareja. Tus locuras, perder la cabeza por cualquier alimento que no fuera fruta. Dispersar las ovejas de los rebaños mientras el perro del pastor se esforzaba en reunirlas. Saltar acequias creyendo que poseías alas. Sí, descubrir que las cigüeñas sí volaban y se te escapaban. Descubrir que el agua del mar no es potable, reincidir y vomitar. Hacer pozos en la arena hasta entrar lo suficiente como para rebozarte de cabeza cual croqueta. Preguntarte, una y otra vez, por qué las “pelotas” de nieve desaparecían ante ti, ¡si tú las atrapabas!. Observar a los ciervos de la ciudadela de Jaca desde el borde mismo del precipicio mientras todos los transeúntes te llamaban y tú ignorarlos. Mear en una farola con los cables al aire y recibir una descarga que sí te hizo volar un metro atrás. Creer que tu misión en ríos y pozas era sacar de ellos todas las piedras del fondo. No dejar que nadie se acercara a nosotras mientras hacíamos top-less. Hacer equipo con el abuelo cuando se jubiló y ayudarle con tus paseos a bajar el azúcar. Pasear con la yaya hasta la churrería y presionar visualmente al churrero hasta que entendiera que, aparte de la docena habitual, debía darte un churro a ti de propina. ¡Y salirte con la tuya!. Adornar con tus pelos toda mi vestimenta diaria. Meterte entre las piernas de los que subían en el ascensor con nosotros. Enseñar y transmitir toda tu sabiduría a Hachi siempre dejándole claro que él come, solo y únicamente, cuando tú estés saciado. Sabiduría como nunca perder una pelea. Ligar con todas las perras (quieran ellas o no). Todo terreno en el que mees es tuyo y cualquiera que pase por él nos debe pleitesía. Porque tú eras y serás el dragón y él el lobo-huargo, el heredero. No quejarte jamás. Y sobre todo disfrutar la vida cada instante, cada segundo, al límite. Vivir el momento y querernos, y querernos. Y querernos. Conquistar todos los corazones, hasta los más reacios. Te adoro.
Te unes a más de un ángel que sé me cuidan y esperan al otro lado. Aquí nadie va a olvidarte jamás. Sé que prepararás y marcarás el nuevo territorio sólo como tú sabes. Has sido el mejor perro, pero mucho más, el mejor y más fiel compañero que tendré jamás. Nos veremos, antes o después, porque aquí nadie se queda. Seguiremos comunicándonos sin problema, incluso separados temporalmente hasta el reencuentro, porque nuestro vínculo no se puede romper. No se ha roto.
Alguien te vio hoy como en esta foto. Hoy te hemos vuelto a ver volar.
Descubre más desde El archivo de Sandra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Jo, qué llorera que ha entrado…
Qué bien escribes, Sandri…
Muchos besos
Me gustaMe gusta