Al final de la meditación había logrado ver el universo dentro de mi propio cerebro. Era negro, lo más oscuro que había visto jamás. De vez en cuando aparecía un punto fugaz e igualmente fugaz brillaba. Suponía las estrellas de aquel universo o quizá mis poco frecuentes ideas. Iban y venían. Intenté con persistencia que desaparecieran del todo. Quería ser engullida en la total masa negra. Fue en ese instante cuando volví a trasladarme a la Nápoles subterránea que había conocido el último fin de año.
Túneles y más túneles bajo la tierra. Acueductos monumentales entre los cimientos de una ciudad milenaria. Habían traído el agua desde las montañas a la colonia griega, también a la romana. Perfeccionados por los aragoneses para poder ganar altura en sus edificios ya que no querían ampliar la muralla y la población no cabía entre sus muros. Piedra que guardaba miles de secretos e historias, entre sus grafiti y mensajes encriptados. Refugio durante la segunda guerra mundial para la ciudad más bombardeada de la contienda. Y entre todos aquellos pasadizos yo había paseado, encogiendo el ombligo, atenta a sus rincones, a sus historias y a sus sensaciones. Podía recordar todavía la impresión causada en el grupo cuando el guía decidió apagar toda la iluminación de las cuevas. Y se hizo el silencio. Y se hizo la oscuridad. Y todos quedamos engullidos en la nada. Tan sutil que podías oír latir tu corazón. Los sentidos se agudizaban hasta detener el tiempo en un espacio atemporal. No hacía frío, tampoco calor. Sin espacio, sin tiempo, sin luz, sin sonido, sin vida…, la nada. Las almas vagaban a nuestro alrededor y te susurraban sus secretos y su sabiduría.
Arriba, en la superficie, soportaba Nápoles un frío gélido, extraño (muchos no recordaban ver nieve sobre el Vesubio desde hacía años). Pero no importaba, la vida te explotaba en el rostro como un globo reventado con ansia por un niño. Se paseaba, se visitaban exposiciones, se compraba, se vendía, se comía, se regateaba al volante o como peatón, se lanzaban petardos, se iba de concierto, se disfrutaba en extremo del momento, en definitiva, se vivía con intensidad. Como no podía ser de otra manera en un lugar como aquel los pensamientos se desbordan, la mente se enriquece y las piernas andan solas hasta la colina con mejor vista de una bahía irrepetible. Y la oscuridad torna en luz, la luz en agua y todo fluye cual sabiduría eterna.
Sin duda tu existencia merece más de una poesía, pero conservo esta y mis recuerdos.
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