El tejo y el olivo

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De nuestra última visita a Cantabria debo destacar Lebeña. No esperábamos encontrar a nadie, pero ahí estaba ella soportando el frío y la soledad, la «custodiadora» del tesoro. Y es que en sí misma, la Iglesia mozárabe de Lebeña es un tesoro que arrastra historias muy bonitas. Y más si vienen contadas por su encantadora vigía que, con tanta pasión, las revive para sus visitantes.
Dicen que allá por el año 925 quiso el Conde de Liébana Don Alfonso fundar esta Iglesia para custodiar los restos de Santo Toribio. En aquella época una iglesia no era nada sin, al menos, alguna reliquia significativa. Pero los frailes que los conservaban en el monasterio no estaban dispuestos a prescindir de los restos del santo así que, con cincuenta hombres de apoyo, decidió el conde ir a robarlos para su nueva iglesia. Pero en nada quedó aquella aventura ya que, iluminado por la gracia de Dios, algo le hizo desistir y a día de hoy todavía se conserva la carta que escribió a los frailes implorando su perdón por la atrevida afrenta.
Poco imaginaba el conde que, pese a no contar con reliquia alguna, su iglesia quedaría de igual modo en la memoria de un pueblo y como un tesoro del arte mozárabe y naciente románico. Pues en ella se vieron los primeros arcos mozárabes, con forma de herradura, tras los lógicos avances de la reconquista y su espacio interior con un juego de alturas exquisito quedó bellamente dibujado. Y aunque sin reliquia, a la iglesia quedo unida la historia del conde, su propia vida. Un conde del norte que se había casado con Doña Justa, una dama del sur. Ella añoraba su tierra por lo que él, para su consuelo, decidió plantar un olivo (árbol del sur y atípico de aquella zona) junto a la bella iglesia. Don Alfonso tenía ya su tejo luciendo con orgullo junto a la misma y ahora ambos contemplarían el paso del tiempo y de la historia juntos.
El tejo y el olivo han permanecido durante siglos junto a Santa María de Lebeña, cuidados y mimados por los habitantes del municipio. Estos habitantes no han dejado de gozar y de sufrir con su monumento. El tejo y el olivo vieron llegar, en el siglo XV, una exquisita talla de la virgen que venía para quedarse. Sin embargo esta talla fue objeto de un robo en 1.993 que ocupó algún espacio en los noticiarios, pero sobre todo ocupó las lágrimas de sus lugareños. La virgen se había perdido. Gracias a dios, la guardia civil la recuperó años más tarde en un chalet de Alicante. Sobran los comentarios ante el expolio.
Disfrutando aun estaban todos del reencuentro con la virgen cuando, en 2.007, una terrible y fatídica tormenta fue a dar con uno de sus rayos al tejo del Conde Don Alfonso dejando desvalido al pobre olivo. Tal y como la «custodiadora» nos contó mientras unos lloraban sin remedio esta pérdida, otro lugareño decidió, pese al disgusto, intentar poner remedio y recogiendo uno de los brotes del tejo volvió a replantarlo. De esta forma, el tejo volverá un día junto al olivo, junto a la virgen y junto a su iglesia. Y seguirán en la historia y memoria de mucha gente a la espera de nuevas y si es posible menos accidentadas historias.

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