Leda

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Era un tiempo remoto, pasado. Un tiempo en el que los mortales convivían con la presencia de los dioses. Las alegrías y las penas del Olimpo se sentían en la tierra en forma de primavera o de diluvio. Sus habitantes eran juguetes en manos de los dioses y ha quedado en el olvido el momento en que los mortales les hicieron caer en el aburrimiento y la desidia. Hasta entonces los manejaban a su conveniencia. De celos, batallas e intrigas eran protagonistas.
Muchos de los mortales intentaban no verse influenciados por su presencia y procuraban llevar una vida discreta, anónima y que no llamara mucho la atención. Leda creía haberlo conseguido. Tenía todo lo que podía esperarse de su sexo, posición y edad. No se había casado con el hombre al que amaba pero sí con el que le convenía y esto era más importante que lo primero. Él le procuraba una existencia serena y apacible, además de darle todos los caprichos que se le antojaban.Él, Tindareo, sí la amaba. Ella era el objeto de su deseo y se dejaba llevar, sin pasión alguna, pero le dejaba hacer. Ahora él era rey de Esparta y su historia, su vida era conocida por todos, era pública y Leda se sentía el centro del mundo. Tanto que había olvidado la presencia de los dioses.
Pese a ser reina su frustración seguía siendo la misma. Todavía no había dado un heredero a Tindareo. A veces se sentía responsable y pensaba que era esa falta de deseo hacia su esposo la causa de no haber engendrado un descendiente. Con todos estos pesares había escapado de sus sirvientas y caminaba por la ribera del río Eurotas en profunda meditación. Fue entonces cuando algo llamó su atención. A lo lejos un cisne, el más bello de todos los animales que había contemplado jamás, avanzaba hacia ella de forma peculiar. Avanzaba y retrocedía casi la misma distancia al mismo tiempo de forma que, estando ella parada ante semejante escena, el animal no llegaba a Leda. Salía y se escondía del árbol que lloraba al río como en una danza sin ritmo. Fue al alzar su mirada a las altas ramas del árbol que protegía al cisne cuando pudo ver una enorme águila que acechaba al bello animal. Entonces avanzó hacia él. Un enorme deseo de proteger al cisne la invadió. Deseaba abrazarle, cubrirle con su cuerpo, con un ansia que no recordaba haber experimentado nunca. Apenas unos metros la separaban del cisne cuando supo que lo amaba. Al llegar a él lo empujó entre sus piernas para protegerle y alzó de nuevo la mirada para ver desistir al águila de su intento cruel. Se agachó mientras un inmenso calor la invadía desde los pies al rostro, un calor vergonzoso. El cisne comenzó a picotear dulcemente por su cuello hasta que logró tumbarla sobre la tierra húmeda. Poco a poco la despojó de sus finas ropas al tiempo que un cosquilleo de placer la inundaba. Sabía que algo en todo aquello estaba mal pero se sentía incapaz de detener tan pervertida locura y se dejó amar hasta rendirse agotada a un sueño en el que levantaba el vuelo con su amado cisne sobre el mundo terrenal hasta el Olimpo.
Cuando despertó se sorprendió medio desnuda y abandonada junto al río. Pensó que había sido un sueño, no había duda que el calor la había llevado a delirar. Poco imaginaba Leda que la realidad superaba al sueño, que había sido seducida magistralmente por el rey de los Dioses, Zeus, disfrazado de cisne en uno de sus cortejos insaciables a mortales. Aquella noche yació con su esposo todavía aturdida por el paseo de la tarde pero sin desatender sus labores de esposa. Curiosamente sus preocupaciones se desvanecieron tras aquel día. Cuando dio a luz a los gemelos hijos de Tindareo puso dos huevos y de ellos nacieron dos inmortales; Helena (la mujer más bella de la tierra causante del destino fatal de Troya) y Pólux. Pasó el resto de su vida protegiéndolos a ellos y así misma de la ira de Hera, mujer de Zeus. Pero nunca se arrepintió.

(La obra es interpretación del mito por Botero)


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