El atardecer

No sabía qué podía hacer para huir de la cárcel que ella misma había fabricado en torno a su persona. Como una ilusa había creído que,siguiendo las pautas que marcaba el resto de la sociedad, llegaría a ser feliz. Y aún teniendo todo a lo que una persona podía aspirar hoy en día se sentía incompleta.
Le bastaba escapar unos días, mirar al mar, respirar profundamente y pensar que jamás podría llegar a controlarlo todo. Que justo ese momento, ese atardecer, era el suyo, el de verdad.
El mundo era demasiado grande y su vida demasiado corta para dejar una huella en cada pradera, en cada corazón que había conocido. Y los amaba a todos, sin excepción. Había visto su pasado navegar sobre las olas a una velocidad pasmosa. Y había empezado a sentirse vieja pero poderosa, sabia. Ya no quería ser igual, tampoco mejor. Anhelaba ser diferente. Envidiaba a los antiguos filósofos que pasaban horas reflexionando sobre el ser, la razón, la existencia de los humanos, casi meros animales hoy. Cuán poco había evolucionado la especie, siempre tropezando en la misma piedra. Por un momento creyó ser capaz de recorrer los continentes con sus sandalias romanas y una vieja mochila, pero hasta eso era ya vulgar. Sólo tenía su mente para navegar y gracias a dios seguía siendo infinita. Lloró de pensar que todavía era capaz de usarla y que no podría serle hurtada jamás.
Miró al horizonte hasta contemplar en la lejanía la isla de Delos, antigua isla de dioses respetada por todas las civilizaciones y cuyas ruinas aún despertaban admiración. Sus míticos leones todavía seguían en pie. Y sus pensamientos volaban y debían seguir haciéndolo mucho tiempo. Debían navegar contra marea aunque pareciera imposible. Supo que no iba a volver, en aquel atardecer de minutos lo supo. Se lo dijo el viento, el agua que salpicaba el mar y el sol que se escondía.

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