Si por él hubiera sido seguiría ahogada en la ignorancia. Si de él hubiera dependido sería no más que una sombra alargada y torcida que avanzaría con temor tras los cuerpos orgullosos de sus hermanos. Porque para él, para su padre, ella era prescindible. Necesitaba varones que gobernaran con mano dura sus feudos y aplastaran a los infieles ante el menor indicio de rebeldía. Ella era un error, una complicación. No era tampoco su padre amigo de hacer lazos innecesarios con otras casas señoriales así que su mejor destino sería “gobernar” las tareas del hogar. No pasaría de decidir la comida del día o el orden de las provisiones en el almacén. No estaba en sus planes enamorarse ni salir del castillo. Le estaba prohibido.
Pero desde que el Prior necesitó ayuda en la biblioteca el mundo para ella había cambiado. Contaba entonces con nueve años. Los hombres estaban fuera luchando, dos de sus cinco hermanos ya habían muerto. Ante las noticias su madre se había sumido en un letargo absurdo. Por quedar bien, su padre la autorizó desde niña a ayudar en el priorato dejando claro a la iglesia que ninguno de sus otros hijos se uniría al clero y que la “prescindible” podía ocuparse de esas menudencias.
Ella no tenía acceso a ninguna estancia que no fueran los archivos del prior. No veía a nadie de la congregación y cuando su crecimiento y físico comenzó a ser un problema el prior le aconsejó acudir camuflada en una capa. Ante su sorprendente interés y avidez de conocimiento, aquel hombre le enseñó toda su administración que, en poco tiempo, ella llegó a controlar. Anales, Crónicas… todo lo clasificaba, identificaba y lo peor, si hubiera llegado a oídos de su padre, lo leía. Ambos sabían que no hacían bien pero no vieron mal alguno. Pronto aprendió a leer y escribir latín y a interpretar muchos escritos de los infieles.
En secreto comenzó a admirar tanta sabiduría. Había en aquellas crónicas más poesía que en cualquier canto de estúpidos juglares. A los trece años supo con certeza que había más mundo que el escaso territorio que les rodeaba y por el que su padre se jugaba la vida y la de sus hermanos. Y ella quería verlo y conocerlo. Se negaba a ser un mueble más del castillo como lo era su madre, resignada a esa vida inútil. Pero jamás desveló sus deseos a nadie, ni siquiera al prior porque ese hombre de Dios no podría entender que admirara a ese pueblo hostil e infiel que, sin embargo, les aventajaba en tantos aspectos de la vida.
Una reunión de altos señores se celebró en el castillo. Su padre hizo de anfitrión perfecto, y aun en duelo por su hermano menor, festejó con banquetes y juegos. Todos parecían tener algo importante que decidir cuando borrachos de alcohol y prepotencia, ella los observó danzar en torno a un documento que llamaba su atención. Contuvo la risa en la medida que le fue posible pero uno de sus hermanos, quizá la única persona que la conocía de corazón, advirtió su ironía en el rostro.
– ¿Qué ocurre hermana?. – le inquirió preocupado de que su padre detectará la mirada burlona de su hermana teniendo constancia de que buscaba cualquier excusa para mandarla al convento.
– Lo están leyendo al revés, si es que lo que pretenden es leerlo.
A solas con su hermano y el documento ella le facilitó la información que ansiaban. Eran órdenes detectadas a un grupo invasor. Pero su padre pronto cayó en la cuenta que sólo había una persona que, como una rata, hubiera sido capaz de adquirir conocimientos de clero e infieles. Y antes hubiera perdonado saber que se revolcaba en la cama del viejo prior que le avergonzará así ante los otros señores. Obvió la ayuda que ella les procuraba porque no podía aceptar que supiera más, que resultara más útil que cualquiera de los que allí se alojaban esa semana dentro de sus muros, que esa chiquilla que no debió nacer les dijera cómo debían atacar al adversario. Por ello, decidió mandarla a la frontera con un mensaje de amenaza y reto al enemigo. Sabía muy bien lo poco que duraría una mujer en esas tierras. Pensó que, como haría él, no sería respetada.
La hizo la más feliz del mundo. Saldría de allí con el mensaje de su padre y una vez más cumpliría lo ordenado. Sería la última ocasión que lo obedecía, sabía que no volvería. Así lo tenía decidido. Se despidió de su hermano, el único caballero que ella había conocido prometiéndole que, si era posible, le haría saber de su existencia y marchó sólo con un escudero a ver nuevos mundos. A los pocos meses su padre perdió dos feudos y un hijo más. A otro de sus hijos le perdonaron la vida por un solo motivo y le devolvieron un mensaje. Las nuevas fronteras estaban fijadas y lo estarían por años.
Cuentan en crónicas que una cristiana conversa, rica en sabiduría, conocimientos y ciencia, conquistó tierras musulmanas y decidió no devolverlas a sus semejantes sino gobernarlas en paz, honestidad y armonía entre hombres y mujeres de distintas razas y religiones.
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