EN TRANCE

Subir al autobús y no intentar escudriñar al personal es como echarse a la cama desvelado y mentalizarte que no vas a pensar nada, que tu mente quedará despejada de todo pensamiento y podrás dormir como una marmota. Es decir, imposible.
Te sientes mal por pensarlo pero, en el fondo, lo último que deseas es que el señor entrado en carnes y con temblores extraños que acaba de subir en la parada siguiente se siente a tu lado. Es raro, es sospechoso, no te gusta. Te angustia y te haces a un lado hasta donde la ventana del vehículo, salpicada de suciedad, te lo permite y comienzas a mirar un paisaje que conoces de memoria para apartar tu rostro de esa persona. Porque es muy probable que, además, huela mal. ¿En qué momento te has convertido en semejante espécimen?. Piensas y piensas más mal que bien. Se te sube el orgullo hasta la coronilla creyendo que eres mejor que el resto, que tu vida es más completa y útil que la de los demás. De cuándo en cuándo sube alguien tan hinchado como tú y competís con solo la mirada. Su ropa, adecuada o no. Su maletín, sin duda, importante. De piel, de marca. Su aftershave y su americana de sastre. Maldita sea, ¿será mejor que yo?. No, claro que no, es mucho peor que tú. Se le ve a la legua, menudo snob.
Y diez paradas después llegando a la parte noble de la ciudad, pasada la avalancha de inmigrantes de la calle x, pasados los carros de compra anticuados de las de más de sesenta años que se empeñan en seguir yendo al mercado porque sueñan que es más barato, pasados los golpes de las mochilas de los más pequeños que se abren paso como bisontes, pasado algún que otro pisotón de tacón de aguja desequilibrado… bajo del autobús. Es en ese único momento cuando llego a la certidumbre de que no soy nadie.
Paseo, camino, avanzo, aparto, despejo la calle de la multitud mañanera sintiendo que hoy hubiera necesitado dos cafés para afrontar el día. Repaso mentalmente las citas que me esperan y me propongo que, además, acabaré dos de los artículos antes de comer. Me ánimo, me jaleo a mí mismo como sí de una final de sí Wimbledon se tratara. Llegando al periódico miro con disimulo a la pobre gente que hace fila ante la oficina del paro. Los veo todos los días pues no me queda otra que cruzar por delante. Me pregunto de dónde sacan esa absurda sensación de que madrugando tanto les atenderán antes, mejor, o que tendrán alguna posibilidad de cambiar su destino. Probablemente una hora más tarde les atiendan igual, con la misma desgana y desinterés. La ruina de todos todavía no es la de unos pocos en los que me incluyo por gracia divina o por haber nacido con una estrella en el culo como decía mi abuela. Y los pocos vemos, oímos, incluso describimos la situación de los muchos para que el resto se haga eco de la misma. Y protestan unos y otros, pero cada uno a lo suyo sin unión ni concierto mientras el país nos exprime y nos líquida. Los pocos pensamos que me quede como estoy, que no me toque a mí. A mí no me puede pasar lo mismo. Desvío el pensamiento a la acera de enfrente. Nuestro futuro también hace fila para entrar en la biblioteca a estudiar unos, a pasar el rato otros y a ligar quizá algunos menos. Atravieso los porches finales sorteando otra fila. Tampoco es la primera vez que la veo. Toca presentar las cuentas anuales en el registro mercantil. Fila de asesores mucho mejor vestidos que los de la primera fila, casi todos mirando sus teléfonos de última generación. También sin querer fijar sus miradas en la calle de enfrente.
A los veinte metros atravieso la entrada del periódico. La chica de la recepción me entrega dos sobres abultados. Uno lo espero con ansia (pequeña compra on line) y el otro será con toda probabilidad otro manuscrito original que proyectos de escritores me remiten, de cuando en cuando, creyendo que yo puedo catapultarlos a la fama. La ilusión, ese anhelo que todos tenemos al menos una vez en la vida de que un sueño puede hacerse realidad. Recordar que tengo ese pequeño poder de cambiar, sea por unos instantes, la vida de alguien, influir en su devenir siquiera mínimamente, me da alas. Meto los sobres en mi cartera y entro crecido a la redacción. En trance con mis propios pensamientos, acostumbrado el resto del personal a que no les salude hasta bien pasada la mañana.
Asimilando las noticias en la red, conectando con nuestra agencia. Cerciorándome de las verídicas, de las absurdas, de las increíbles y de las influyentes. Contrastando datos con la historia, mi único punto de partida. ¿Quién decide lo que hoy tú vas a saber de la realidad que acontece en tu vida?. Entre muchos otros, yo lo decidiré.
Y entre tanto procedo a limpiar mi bandeja de entrada de spams colados y otros de consentida publicidad para dejar paso al correo útil. Es en ese instante cuando me percato que no me he quitado ni la americana y el calor me aborda en el rostro como si, en vez de estar ante la pantalla de mi ordenador, estuviera ante una chimenea.
Mientras me aligero la ropa echo un vistazo a mi alrededor.
Cada vez somos menos y nos conocemos demasiado. El interés del saludo diario casi se ha perdido porque, entre otras cosas, nos importa bien poco lo que le pase al compañero. Yo no tengo amigos en el trabajo, sólo compañeros. Y es algo buscado. Lo he evitado siempre, sobre todo con el sexo femenino, y me ha ido bastante bien. Prefiero ser arisco, huraño o simplemente raro. Mi vida está fuera de este recinto. Con curiosidad he observado con los años que esta actitud, en vez de granjearme enemistades, me ha cubierto de un extraño halo de admiración ajena. Soy esa persona que el de al lado tiene tan cerca, día tras día, pero nunca llega a conocer. Exquisito en mi profesión, rígido e imparcial. Lo que digo lo digo a la cara pues tengo que perder bien poco de lo que le parezca a la otra persona mi opinión. Por otro lado, me sé intocable en la redacción. Mi firma en este periódico es tan importante como la del director y si aquí la despreciaran la recibirían pronto en la competencia. El don de gentes, la hipocresía, me sobra. Por ello desprecio a gusto el café que tan gentilmente me sirve el nuevo becario peloteando. Es la tercera vez que le informo que no tomo café en la oficina y que, si lo hiciera, podría yo mismo ir a por él. Miradas y gestos cómplices de «ya te lo dije». Pero siempre hay alguien que lo sigue intentando, que sigue creyendo que puede llegar a mí.
Me siento y ocupo mi espacio tranquilo mientras reviso la pantalla del ordenador. Algo se cuece. Sí, se fragua la noticia. La pericia del buen periodista es estar en poder de esa noticia horas, minutos, antes que los demás si queremos convertirla en primicia. Y la única manera de conseguirla es observar.
Observar y contactar con la persona adecuada. Y en este caso sí que es importante tener amigos hasta en el infierno. Hoy el infierno es la Agencia Tributaria. Cualquier persona puede formular una denuncia y esta administración tiene o debería tener la obligación de abrir un expediente que investigue los hechos denunciados. En tiempo de crisis el deber de recaudar aumenta y si alguno lo pone fácil mejor todavía. La última moda es investigar a nuestros políticos y siempre sale algo. Lo previsible comienza a aburrirme pero el artículo es mío.

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