La no bailarina de Degas

Me dolía la espalda hacía ya bastante rato pero era incapaz decir nada. No osaba protestar ni alzar la voz con queja alguna. Se suponía que mi esfuerzo era compensado con creces y era, además, un honor perder las horas en aquel cuarto. Yo no sabía sí sería un honor o no, si después iba a sentirme orgullosa de aquella osadía. Sólo sabía que había empezado a arrepentirme. Aparte de la molesta postura, sentía vergüenza, bastante. Si bien mi situación no era óptima me daba la sensación de haberme rebajado como mujer.
Allí estaba, desnuda. Sentada dando la espalda y, porque no decirlo, también el culo a un maduro pintor. Yo no le conocía y había pasado por la palabra de unas vecinas que, años atrás en sus tiempos de bailarinas, habían posado para él. La idea era retratarme tras salir del baño, secándome con la toalla los pies inclinada con el pelo cayendo sobre mi rostro. Lo que suponía que nadie sabría jamás que era yo porque mi cara no iba a verse. Aún así decidí disimular mis pechos como pude pese a la protesta del artista. Parece que mi brazo tapando los senos no daba a la postura un aire muy natural, pero eso a mí me importaba bien poco. Al final había resultado que no se me iba a reconocer, con lo cual de honorable para mí esa situación ya no lo era tanto. Podrían pensar que la imagen era la de cualquier prostituta o cualquier otra mujer. Qué más daba si ya no era yo. Al principio me importaba ser yo y ahora me molestaba que no pareciera que era yo. Maldita sea, esa posición me estaba volviendo loca, ya no sabía ni lo que pasaba por mi cabeza mientras el antipático hombre se dedicaba a jugar con sus pinturas de pastel sin rematar nunca el dichoso cuadro. Según él los detalles estaban inconclusos y estaban transcurriendo con creces los días pactados del posado sin que sugiriera pagarme nada más. Hasta las manos me habían tornado rígidas de sostener la toalla y fingiendo secar mis pies casi había conseguido perder la suavidad de mi piel.
Odiaba ese cuadro y todo lo que suponía. Y lo peor es que después de ese supuesto momento de gloria no me quedaría nada. Nada tenía ya tras haber usado el pago del pintor para saldar deudas que poco a poco volvería a acumular. Mis días perdidos desnuda ante ese hombre no implicaban otra cosa que volver de nuevo al mismo círculo de donde no podía salir. ¿Admiraría alguien esta imagen en el futuro?. ¿Se expondría aquel cuadro como algún otro de ese hombre?. ¿Qué interpretarían al contemplarlo?. No sabía lo que él pretendía mostrar o transmitir con esa escena. Pero no me verían a mí ni por fuera ni por dentro. No verían más allá de lo que yo veía en ese instante, mis pies.

20121214-192533.jpg


Descubre más desde El archivo de Sandra

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario