Paseaba entre las hojas caídas meditando como mi vida había volado de la misma manera que la belleza de aquellos árboles, como había ido dejando escapar las oportunidades. Unas oportunidades que ya no volverían. Como esas hojas tampoco volverían a ocupar su lugar. Pero vendrían otras con las nuevas estaciones y a esa idea comencé a aferrarme. Como la naturaleza claro lucía ahora mi pensamiento. Todo vuelve de alguna manera. Cuántas veces había yo paseado por la ribera como en ese instante y cuántas veces la había visto igual. Nunca. Siempre distinta, siempre con detalles nuevos. El caudal subía y bajaba al antojo de las inclemencias atmosféricas y los hermosos árboles florecían cada primavera igual que el otoño hacía caer sus hojas. Y yo nunca veía repetir una escena. Así debía ser mi vida. Ahí quedarían los hechos del pasado sin que nadie, salvo mi conciencia, se preocupara de recogerlos. Un deseo irrefrenable de recoger aquellas hojas del suelo y lanzarlas al aire surgió de repente. ¿Por qué no?. Por vergüenza desde luego. Me giré, no había nadie. Estaba yo solo y no lo pensé más. Me agaché despacio y recogí todas las que me cabían entre los brazos y las lancé al aire. Como un cuento, como una foto fugaz, así era también mi vida. Y la tuya.
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