Cuando despertó le dolía tanto el cuello que llegó a pensar que se lo había roto. Suponía que no debía ser así. Al fin y al cabo era una sensación que se repetía todos los días.
Acababa su jornada de trabajo en la Cafetería 84 a las siete de las mañana. Podía dar gracias a que la distancia entre la cafetería y su casa la recorría en veinte minutos con la vieja bicicleta de su hermano. Apenas el tiempo justo para refrescarse, saludar a mamá, tomar algo sólido y coger de nuevo la bicicleta para llegar a su trabajo “legal” a las ocho y media de la mañana.
Había luchado mucho por aquel puesto en el Templo de Confucio. Durante casi un año, día y noche, había estudiado historia, política y diplomacia para examinarse y lograr el aprobado. Su lugar estaba en una de las salas de exposiciones. Concretamente la que narraba la historia de los primeros discípulos que siguieron al pensador.
Su labor, como la de las otras dos muchachas, era escasa. Nula. Tenían sus asientos detrás de un gran mostrador y nadie apenas se dirigía a ellas. Cada lámina o figura expuesta tenía su leyenda, primero en chino y después en inglés. En este último idioma sólo algunas, no todas y ya era demasiada concesión al extranjero. Los turistas, escasos, tampoco se molestaban en preguntarles. Probablemente, cuando todos ellos llegaban al Templo de Confucio, ya se habían percatado a través de otras visitas o experiencias que, en Pekín, nadie hablaba inglés. ¿Para qué?.
Lin aprovechaba esas tranquilas primeras horas en su puesto de la misma manera que sus compañeras. Dormían. Dos, tres horas al menos caían muertas. Para los turistas debían ser unas figuras más de la exposición. Pero dormían en unas toscas butacas y la posición era difícil. Bueno, en realidad sólo existía una posición posible; sentarse, cerrar los ojos y dejar que la cabeza cayera aleatoriamente.
Al abrir los ojos Lin lo primero que vio fue su ombligo o la altura de su ombligo. Se limpió la baba que casi colgaba de su barbilla e incorporó el cuello poco a poco. Le dolía horrores. Pero no lo pensó, no le importó. Su primer pensamiento fue para él.
Y era para él día sí y día también desde hacía ya un mes.
La primera vez que le vio fue a los quince días de haberse incorporado al turno de noche en la cafetería. Estaba muerta. Se paseaba como una peonza entre los mostradores de los bollos y pastelitos. Era su única misión. Llevar una bandeja a aquel cliente que quisiera algo y acompañarle hasta la caja para que lo abonara o, si lo deseaba, sugerirle que pidiera allí algún café. La mayoría de los clientes conocían el sistema así que la ignoraban, igual que le sucedía en el Templo. No le importaba, lo prefería. Siempre se sentía más a gusto si pasaba desapercibida.
Él también la ignoraba. Esto, en cambio, le hubiera gustado que no fuera así. Sin embargo, se sentía incapaz de poder cambiar esa situación.
Cuando lo vio entrar la primera vez le llamó la atención su olor. Pasó junto a ella rozándole con su cartera de mano como si ella no existiera. Vestía con traje, fino, elegante. Casi como un occidental de película. Había esperado un perfume embriagador de marca pero hasta ella llegó un aroma fresco, puro. Y le recordó a su padre, a su hermano también. Y se sintió estúpida. Se colocó al inicio del mostrador donde él estudiaba detenidamente los pasteles. No iba repeinado, ni engominado. Simplemente su pelo caía natural y gracioso sobre su rostro, un rostro sereno abierto por unos enormes y rasgados ojos negros.
Le observó estudiar cada categoría de pastel, de bollo, de bizcocho. Parecía no decidirse y dio varias vueltas. Al final regresó al primer mostrador. Ella seguía en el mismo lugar con la bandeja en la mano. Su turno debía estar a punto de acabar pero, por una vez, no tenía prisa. El hombre cogió un bollo, lo depositó en la bandeja que ella le acercó sin saber cómo y se dirigió a la caja. Pidió un café para llevar y se marchó. A Lin le quedaban quince minutos de jornada.
Para su sorpresa él volvió al día siguiente. También al otro y al otro. Le veía desde hacía un mes. Él no la veía a ella. Estaba segura que jamás había reparado en su presencia. Podía ser ella o cualquiera otra con el uniforme negro y la cofia blanca. Él repetía todos los días el estudio de los mostradores, pero acababa siempre comprando el mismo bollo. En alguna ocasión ella se había sentido tentada de sugerirle su pastel preferido pero sabía que era incapaz de dar un solo paso hacia él.
Él no era como los demás. Era un hombre hecho y derecho. Tendría cerca de treinta años y era evidente que no estaban al mismo nivel. Sus trajes, sus maletines. Era un hombre culto, con un trabajo serio. Soltero, eso sí. Se había fijado bien. Pero ¿y ella?. ¿Por qué habría de fijarse en una pobre chica de veintidós años como ella?. Había tenido que dejar sus estudios, aunque le encantaban, para poder mantener su mini casa en un hutong sin nombre, a su madre y a ella misma. Tras la muerte de su padre y hermano, en aquel tren maldito, su madre había entrado en un letargo y pasividad absoluta. A ella también la ignoraba.
No había recibido las ayudas prometidas por el gobierno pese a que había cumplimentado todas las instancias y solicitudes posibles. Y no podía permitirse perder los únicos metros que ella tenía como hogar. Esa casa no era nada, pero era mucho y tenía que mantenerla. Por ello, se vio obligada a coger dos trabajos continuos.
Veía pasar a las chicas de su edad por la cafetería, por la calle. Las veía vivir. Poco o mucho, vivían.
Con todo, sabía y era consciente de que él estaba fuera de su alcance. Porque, aunque fuera otro tipo de chica, de esas que no tienen vergüenza ni miedo a nada o de esas capaces de conquistar a cualquier hombre con un movimiento de pestañas. Aunque fuera de esas, Lin no tenía tiempo para él, ni para intentar aproximarse a él.
Había tenido como un triunfo aprobar el examen para el Templo. Se había sentido resuelta al ser capaz de combinar dos trabajos. Había conseguido aquellas metas. Pero, ¿Y ahora qué?. ¿Aquello era todo?. ¿Así sería siempre su vida?.
No había nada que pareciera indicar que algo iba a cambiar. No podía abandonar a su madre. No podía perder la casa. En definitiva, no podía permitirse el lujo de dejar de hacer lo que hacía. Si tenía un momento tenía que ser o para comer o para dormir. Incluso a veces tenía que optar por una u otra alternativa. No podía ver la tele, la vendió. No podía leer, ni viajar. No tenía ni tiempo para ver a sus amigas a las que ya consideraba perdidas.
Sin embargo, tenía tiempo para pensar en él. Tenía tiempo para dejar volar la imaginación con él. De soñar que paseaban de la mano por una gran avenida franqueada de rosales o por mitad de un desierto. Con él. ¿Por qué parecía tener tiempo para eso?. Soñar era libre y gratuito, sí. Pero se sentía tan ridícula, tan tonta. Deseaba hacer volar y desaparecer todos esos absurdos pensamientos antes de que se convirtieran en sentimientos. Y dolieran.
Pero dolían ya. No era el cuello, era su pecho que la oprimía. Se incorporó asustada al comprobar que las lágrimas caían por su rostro. Se sentía tan desgraciada. Miró alrededor. No había nadie y sus compañeras seguían durmiendo. Tenía que recuperar la compostura, se jugaba mucho. Se jugaba la única vida que conocía.
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Lo encuentro dulce y romántico, es muy bonito soñar y muchas veces los sueños se pueden convertir en realidad, espero que continúe soñando.
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