Agra- Jaipur, 18 de octubre de 2012

Me levanto mal porque no descanso a causa de la tos en que me ha derivado el catarro. Poco ha funcionado el té, ni ibuprofenos ni paracetamoles. Sin embargo hay que seguir. Son las seis y media cuando bajamos a desayunar. Dado que aconsejan visitar pronto el Taj Mahal vamos bien. El desayuno no es muy bueno pero ya que no lo teníamos incluido y nos invitan poca queja por nuestra parte.
El hotel está cerca de donde se venden los tickets. Allí unos autobuses te acercan al monumento ya que los vehículos no están permitidos. Vemos unos puestos de venta de recuerdos pero te abordan en que te ven y de tan pesados que se ponen se te van las ganas de mirar y comprar. Así qué vamos directos a la entrada. Control para mujeres y para hombres en distintas filas. Yo no llevo nada y mi acompañante sólo la cámara. Hasta los móviles están en el hotel para evitar filas de custodias. No tardamos en entrar y somos de los primeros. Los hindúes entran por un lado y nosotros por otro pero al final todos nos mezclamos( como debe ser) durante la visita.
El Taj Mahal está rodeado por cuatro puertas y muralla que hace de fortaleza al monumento al amor. Del Maraha a su emperatriz. Cuando accedes por una de ellas (todas de piedra rojiza) y vislumbras su blanca y brillante silueta no puedes más que detenerte a cada paso a contemplarlo. Es bellísimo. Todos pretendemos captar con la cámara su reflejo en el agua del lago que lo antecede y la luz del sol por ahora nos lo permite. El paseo hasta allí no deja desviar la mirada más allá de los cuatro minaretes que lo encuadran. A sus pies nos descalzamos para subir por las escaleras. No es un templo sino un mausoleo en la actualidad donde descansan los amantes pero es la costumbre y hay que respetarlo así. La sensación de pasear descalza por el mármol es más que agradable, no quema sino que refresca. Me encanta.
Fotos por doquier desde todos los ángulos. Vista al río medio seco y al fuerte rojo y paseo por las capillas y habitaciones adyacentes. Entramos al minimuseo cuando lo abren a las nueve. Poco que ver. Algún retrato de la pareja, por separado eso sí. El Maraha me parece un hombre muy atractivo. Intento imaginar su historia de cuento durante unos minutos mientras las ardillas corretean entre mis pies.
Tras disfrutar de la visita decidimos el regreso para salir pronto a Jaipur. Cuando llegamos a la puerta la fila para acceder es de campeonato y nos congratulamos de nuestra madrugada. Para celebrarlo decidimos entrar a un puestecito y comprar dos elefantes minis y una réplica del Taj Mahal.
El conductor de un autobús de otro hotel nos acerca gentilmente al nuestro donde hacemos el check out y nuestro chofer ya nos espera para emprender ruta.
La carretera a Jaipur desde Agra es buena, para lo que es aquí una carretera, y nos deleita con un paisaje más verde y rico en colores.
De camino el conductor nos sugiere visitar Sikri. No tenemos idea de lo que es así que nos dejamos guiar. Debe dejar el coche en el parking y nosotros subir a un autobús que lleva a la montaña. Me aborda un vendedor y cuando ve que soy española llama a otro chico más joven. Este me cuenta que estudia español en el instituto Cervantes y que ayuda a su padre en la tienda. Le prometo pasar por su puesto cuando vuelva. Estoy segura que me estará esperando. Llevo un pañuelo naranja que además le facilita las cosas. Entre la confusión de unos turistas alemanes nos colamos en su autobús sin pagar el billete. Hay mucha afluencia de gente así que debe ser importante este sitio. Me da pena haber llegado tan desinformada pero entre el tiempo que ha pasado desde que reservamos todo, los días del viaje y que no contábamos con poder ver muchas cosas, la India me está sorprendiendo a cada paso.
Cuando llegamos arriba al bajar del bus nadie nos pide billete. Sacamos los tickets del lugar. Palacio, fortaleza y mezquita al menos. Lago incluido. Muy bonito pero el calor causa estragos. Además hay muchos vendedores ambulantes que no aceptan un no por respuesta por muy educado que lo des. Llegan a agobiar bastante. No dejo de pensar que venderían el doble o el triple si cambiaran la táctica y nos dejaran ver lo que ofrecen con tranquilidad. Pero no veo fácil explicárselo. Para el acceso a otra parte del enorme complejo hay que descalzarse. Hay tanta gente que prefiero llevar los zapatos en la mano. Antes de entrar cedo ante un niño encantador y le compro por cuatro duros un montón de bolis muy chulos. Los escondemos con rapidez o seremos presa fácil de los demás. Todo lo que vemos nos gusta pero el calor hace mella en nosotros y decidimos regresar. Cogemos otro bus fuera. Hasta allí me acompaña el niño al que le he comprado los bolis. Me esperaba para ofrecerme más souvenirs y para pedirme mi reloj. Va a ser que no. Qué majo es. Nos despide cariñoso cuando sale el bus. Coincidimos con cuatro personas de Barcelona y todos nos congratulamos de volver a oír castellano. También van por libre pero hacen el camino a la inversa. Ellos van a Agra y nosotros hacia donde ellos han estado. Nos informamos de ambas ciudades unos y otros y nos deseamos buen viaje. Al llegar abajo sí que nos piden el billete y distraídos decimos que ya se lo hemos dado a otro. No se organizan, no se enteran. Me espera el chico de antes y cumplo mi promesa. Visito su tienda. No me gusta nada. Unos posavasos de mármol demasiado caros así que nada. Me disculpo, España está en crisis.
Paramos a comer por el camino. Esta vez sí tenemos hambre. Pido otro tipo de pan, de queso. Uhmmm, me encanta el pan indio. Lo acompaño de un arroz con huevos. Y lo compartimos con un sándwich de pollo. Perfecto.
El resto del camino a Jaipur transcurre cayendo sobre mi el cansancio del catarro mal curado que no me deja dormir ni una noche. Aún así estoy orgullosa de estar disfrutando del tour. La vuelta a España será dura y prefiero no imaginarla.
Ahora en la carretera a las vacas se unen los camellos. Muy grandes y tranquilos. Y las montañas.
Nuestro chofer es de Jaipur y nos dice que antes de dejarnos en el hotel nos va a llevar a ver algo. Nos miramos curiosos.
Sorpresa al tomar lo que parece un atajo. No lo es. Subimos la montaña por un estrecho camino rodeado de vegetación, vacas, camellos y pavos reales.
Al llegar nos encontramos un conjunto de edificios abandonados entre la montaña que se estrecha y los encierra. Una vaca nos recibe en la entrada. Varios hombres juegan dentro a algo. Todos visten togas naranjas como si fueran budistas. Les damos cincuenta rupias a cambio de echar fotos del Templo de los Monos ( pronto descubriremos por qué). Todo está abandonado y nos queda claro que esta gente son okupas. Los restos de esta fortaleza o palacio nos maravillan. ¿Cómo pueden permitir esto?. El conjunto está abandonado a la naturaleza que se le apodera. Unas escaleras sortean la montaña hasta lo alto desde donde se contempla todo Jaipur. Me cuesta decidirme a subir. Hay monos por todos sitios. Paredes, tejados, ladera de montaña, árboles y fuentes.. Es su templo. Es la ciudad de los monos. Agarro con fuerza el móvil por miedo a que me lo arrebaten. Otras cuatro personas descienden de arriba. No del todo solos entonces, decidimos subir entre monos. Las madres monas cogen a los más pequeños. Pienso entonces cuántas veces les habrán sido arrebatados sus hijos y recuerdo al hombre que llevaba atado uno para ofrecerlo a los turistas. Hacen bien entonces de protegerles. Los machos más grandes pasan despacio como haciendo guardia. Uno de ellos reacciona no muy bien al alzar la voz. Intentamos ser cautos, son mayoría. Me siento como en una escena de la peli «Yo soy leyenda». Empieza a anochecer y nosotros a descender.
Llegamos todavía alucinados a Jaipur. Esta es una ciudad también caótica pero con calles más organizadas y un trazado cuadriculado. Nuestro hotel nos sorprende, sobre todo por el precio. Es el palacio más antiguo de Jaipur. Y todo lo que contiene debe ser de aquella época. Nos dan una habitación vieja pero encantadora y nos sentimos marahas. Aunque yo aún veo monos por todas partes. Ducha y a cenar. Como les lleva tiempo salimos a ver un espectáculo de marionetas indias. Lo lleva un padre y su hijo. Somos los únicos espectadores. Nos cantan y cuentan la historia, como un pequeño teatro. Esta será nuestra propina más espléndida. A los cuarenta minutos estamos cenando. Somos también los únicos. Nos preguntamos cómo mantienen el edificio, es una pena. Nos ambienta un hombre tocando, le insinuamos que no, preferimos algo de intimidad. Además me duele la cabeza. Consecuencia, se queda sin propina.
Fin de un día intenso, uno más en India.

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