Delhi-Agra, 17 de octubre de 2012

El catarro sigue, no me deja ni a sol ni a sombra. Dejamos atrás nuestra habitación bolliwood y subimos a desayunar a la terraza del restaurante donde cenamos el día anterior. Café con leche, tortilla al gusto, tostadas, me anuncian el ginger té y me hacen un crepe de chocolate porque no me dejan coger salado picante para mi garganta. Dulce atención.
A las ocho y cuarto nos despedimos de la gente del hotel hasta el viernes y nos vamos con Anil camino del Minarete de Qutab. De allí partiremos a Agra. Nos cuesta llegar al minarete una hora de tráfico y caos. Ya no nos sorprende.
El monumento nos gusta, jardines, tumbas y la torre de ladrillo más alta del mundo según dicen. Ardillas corretean por doquier. Más pequeñas que en Londres pero igual de avispadas.
Sesión de fotos y al coche que hasta Agra hay unos doscientos kilómetros que traducidos a mala carretera, circulación desastrosa y compartir carriles con agentes extraños se traduce en unas cinco horas.
La verdad es que vamos cómodos y como todo lo que vemos es nuevo e increíble se nos pasa el tiempo volando. Las mujeres están trabajando el campo, los hombres en los mercados o sentados por las calles. Los carriles se llenan de motos, bicis, vacas y carros. Los peatones se juegan la vida sin mirar al cruzar y los niños, muy pequeños, tocan nuestras ventanillas pidiendo lo que tú desees darles. Si das mal, sino también. Abriría la puerta y me llevaría una pequeña de tantas. Mi acompañante dice que no sería igual de feliz. Yo creo que le están robando su futuro, la vida. Las vacas, en tanto, pasan sin pedir permiso a nadie mejor alimentadas que los perros que vagan esqueléticos. Algunos han formado manada y se juntan diez o más. Eso les da más autoridad a la hora de pedir turno en esta vida de azar que les ha tocado en suerte.
En los túmulos de basura acumulada se reúnen todos; vacas, perros y niños. Cuesta entender la India, cuesta entender la vida.
De camino a Agra nuestro conductor nos dice de parar veinte minutos. Es un hotel/restaurante con tienda. Nos animamos a ver alguna cosilla de recuerdo pero nos parece caro. Tampoco tenemos hambre pues el desayuno ha sido copioso. En la puerta un hombre pretende que nos hagamos una foto con un mono. Me da una pena horrible el animal. Lo ha vestido de mujer y le ha pintado hasta los labios. Mientras sus congéneres se descuelgan de árbol en árbol. Ya en el coche viene otro con una cobra en una cesta. No, gracias.
A propuesta también del conductor y ya que vamos bien de tiempo paramos en el Mausoleo de Akbar en Sikandra que nos pilla de camino. No lo tenemos previsto pero en India nos movemos improvisando que tampoco está mal. El palacio nos sorprende. Nos informan que es más antiguo que el Taj Mahal. Supongo que aquí todo se compara con esa maravilla. Reconocemos que es precioso y ha merecido la pena entrar. Aprovechamos para ir al baño. En todos te pretenden cobrar algo aunque hayas pagado la entrada. Hacemos caso omiso. Además llevamos nuestro papel. Salgo admirando la piedra roja de los muros y puertas, sus relieves y un pasado glorioso perdido.
Agra es igual de caótico que el resto. El paisaje es siempre el mismo que ya he descrito. Ninguna casa sobresale, nada destaca por encima de lo que para nosotros es pobreza o miseria. Sólo los monumentos. Pero si ves algo más allá (y si miras ves) puedes reconocer quién prospera o que niño va al colegio. Incluso he visto a dos aventureras lugareñas en moto.
Quizá todo sea posible. Hay chicas muy guapas. Me encantan sus vestidos. Parecen todos iguales pero no lo son. La textura de las telas cambian, sus bordados y los complementos, cientos de pulseras y tobilleras. No se puede mezclar colores. Si es rojo, todo rojo, verde, todo verde… Y como mucho en gamas de un mismo color. Siempre llamativos.
Entre calle y calle divisamos el Fuerte rojo a nuestra izquierda y a la derecha se ve también el Taj Mahal. Nos dirigimos al fuerte y dejamos lo principal para mañana temprano. Además tenemos el hotel al lado. El fuerte es de una dimensión apabullante. Con razón decían que si veíamos el de Agra no merecía la pena ver el de Delhi. Es una fortaleza impresionante (de piedra y ladrillo rojo como su nombre indica) que se divide en Palacios, estancias y jardines. Desde allí la vista al Taj mahal es también preciosa. A ambos les separa el río de ancho cauce pero con escaso caudal. Apenas lo cruza una barquita y las vacas aprovechan para remojarse. Desde un tejado se descuelgan varios monos. Distintos a los vistos hasta ahora, más grandes y peludos con el culo rojo al aire. Estos no pagan entrada.
Bueno, al final se ha hecho tarde y hemos aprovechado el día. Llegamos al hotel muertos. Comprobamos que está cerca de la taquillas para mañana y subimos a la azotea a darnos un baño en la piscina. El calor de hoy ha sido sofocante. Más que piscina es una bañera pero se agradece. Reservamos en el restaurante de la misma terraza para cenar una mesa con vistas al monumento pero dudamos que lo iluminen.
Tras ducha y descanso subimos a cenar. Apenas se ve. Sólo se ilumina toda la azotea con velas y para leer la carta te proveen de una linterna. Efectivamente el Taj Mahal no se ve pero a cambio tocan música India de ambiente. Pedimos pan de ajo que nos encantó la noche anterior. Yo una sopa de tomate y lasaña no vegetal. El acompañante kabah (rollitos vegetales algo picantes con salsa) y una especie de guiso de cordero. Llevamos intención de compartirlo todo. Los precios no nos hacen idea del tamaño de los platos. La sopa rica. Mi lasaña es la más grande que he visto jamás y casi se sale del plato. Dos capas de espinacas(eso que no era vegetal) y otra de pollo. Tómate y queso. Buena pero sólo puedo con media, el pan y algún kabah (muy ricos). El guiso yo ni lo toco. De postre bolas de leche para él y yo el ginger té de rigor. Todo unos veinte y un euros. Propina a los músicos y a descansar.

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