Aterrizo malísima de nuevo con la garganta. He pillado un buen resfriado. Son las doce y cuarto de la mañana aquí y hemos llegada con extrema puntualidad. Comprobado que nuestros visados están en orden pasamos a recoger la maleta grande. Hay algo de barullo con unos japoneses a los que parece se les han extraviado equipajes. Cruzamos los dedos ya que no parece haber mucho orden. Tarda pero aparece. Mientras he ido a cambiar dinero. Por doscientos euros me dan doce mil setecientas rupias. No está mal.
Salimos buscando un cartel con nuestro nombre. No tarda en aparecer. Contratamos por internet, tras leer en los foros sus buenas referencias, con Anil. Ya nos anunció que a él no le veríamos hasta llegar a Jaipur. Parece que ha prosperado y tiene varios choferes a su cargo. Por doscientos cincuenta euros nos recoge y lleva al aeropuerto, a los hoteles y a los monumentos que queramos en las tres ciudades. El rostro del conductor es amable y no nos causa mala impresión. Un Toyota con aire acondicionado nos aguarda en el parking. Es cómodo.
La hora que nos cuesta llegar al hotel recorriendo la caótica Delhi nos lleva a la convicción de que hemos acertado. Son muy pocos días para ir por libre o movernos como en Pekín. Ahora nos parece que en Pekín conducen y tienen un tráfico maravilloso. Qué cosas. Empezamos a ver lo que es India. Es lo que queremos. Hay que ir más allá del arte o las ruinas o la religión para conocer la cultura y esencia de un pueblo.
Cuando llegamos al hotel apenas puedo hablar. Nos reciben atentos fuera y bajo a pedir un plano para explicar al conductor los monumentos que queremos visitar cuando pase una hora de reposo y acomodo. Cuando entro en la recepción sin dejarme hablar dos mujeres solicitas me hacen la reverencia namaste, me pintan un punto rojo en la frente y me cuelgan una collar de flores. Hasta qué concluyen no oso pedir el mapa.
Es un hotel de tres estrellas pero encantador. Nos dan una habitación superior a la reservada y dejamos en custodia la maleta grande ya que volveremos a Delhi el viernes.
Ir al Templo Akshardham nos lleva una hora de tráfico. Al llegar las medidas de seguridad son exageradas para todos. No se pueden hacer fotos ni entrar con según que cosas. Debemos dejar los móviles (oh, preciado tesoro)en custodia y separarnos entre hombres y mujeres para entrar. Me coloco entre dos monjas pero soy el foco de todas miradas, pese a que voy discreta la melena rubia y los ojos azules cantan demasiado. Soy el bicho raro. Cuando miro a la fila de los hombres dentro de una cerca vallada me viene una imagen extraña de campo de concentración nazi. Los de seguridad se toman su tiempo en examinar mi minibolso, el boli( que creo es lo que ha pitado)la cartera, el cacao de labios y esa cosa extraña alargada que sacan y examinan. Es un tampax. Al final puedo pasar. No todos lo consiguen y muchos deben volver.
Cuando nos reunimos comentamos lo exagerado de las medidas. Además hay que tener en cuenta que es un templo moderno, precioso eso sí, pero no nada que se deba preservar así. El recinto comprende varias zonas. La entrada es gratuita salvo una exposición que no visitamos. Se puede entrar al templo y pasear por parque y lago. Dejamos los zapatos en otra custodia. Yo voy lista con unos mini calcetines para estos menesteres y no soy la única. El templo está decorado hasta el último detalle sobresaliendo los monos, los elefantes y los budas. De hecho está dedicado a la vida de uno de ellos.
No nos entretenemos mucho porque queremos ver las Tumbas de Humayun’s tomb. El conductor dice que no llegaremos porque cierra a las seis. Nosotros hemos leído que a las siete. Insistimos cabezones, de Aragón. Llegamos a las seis menos diez tras haber perdido la cuenta del tiempo entre pitidos, atascos, cruces de peatones, bicis, motos y vacas. Esto es Delhi.
Efectivamente el conductor tenía razón porque en que se pone el sol se cierra. Aún así nos dejan pasar. La entrada doscientas cincuenta rupias. Aquí sí que podemos hacer fotos. El recinto del mausoleo es precioso, tanto los edificios como los jardines. Dicen que en esta construcción se inspiró el Tal Majal. Nos deleitamos del paseo y la tranquilidad que allí se respira sin excedernos ya que han empezado los rezos.
Ahora sí pedimos ir al hotel pues estamos reventados y yo cada vez peor. Nos cuesta otra hora cruzar la ciudad. Pondré fotos aparte porque es imposible describir esa marabunta de población, tráfico, locura y sensaciones.
Me alegro de volver al hotel. Desde qué he llegado se han preocupado por mi salud. Me entrego a sus consejos y tomo el ginger té con devoción. Subimos a cenar al restaurante de la terraza. Es tan encantador como el hotel y pese a estar mala, esta es la cena más especial del viaje. La atención de todos, el espacio acogedor que parece que sea un oasis en el desierto. ¿Seguimos en Delhi? . Sí, probamos vino indio, bueno, y unos tandori muy ricos. Hasta el pan hecho ante nuestros ojos. Mis trozos de pollo con queso y yogur son lo más bueno que he probado en mucho tiempo. De postre ginger té y a la cama. Mañana queremos ver el minarete y partir hacia Agra.
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Las fronteras no las ponen los dioses, las construyen los humanos. Bienvenidos a la piel de Shivá. Que Kámadeva os sea propicio…
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