Ver el derby barsa-madrid desde China con seis horas de diferencia y poniendo el despertador en la madrugada es lo que tiene. Ni duermes tú ni el/la de al lado. Me levanto a las seis y media de la mañana, escribo lo acontecido el día anterior me tomo un ibuprofeno y me acuesto de nuevo casi a las ocho pensando sólo en relajar la espalda pero me quedo frita.
Amanecemos sorprendidos a las diez y pico de la mañana, ha pasado la hora del desayuno así que ducha y en busca de la bakery de la avenida donde todos días al pasar nos hemos quedado embobados mirando los pasteles y bollos.
Nos lo tomamos con calma, hoy es un día de «free» paseo o improvisación porque, en verdad, hemos visto ya todo lo que aspirábamos ver. Decidimos ir a ver andando el Templo de Confucio mientras vamos haciendo memoria de la película que contaba su vida. Nos sorprende de camino encontrar unas calles y hutongs bastante animados e incluso podríamos decir algo orientados a lo occidental. Se nos pasan las horas de tienda en tienda picando detalles. Busco una funda para el iPhone que vi en el primer mercado pero no hay forma. Y como soy de ideas fijas pues nada, esa o nada. Se ven varios negocios dedicados al budismo pues no muy lejos se encuentra el segundo templo de Lamas más grande de China tras el del Tíbet. Llegamos al templo de Confuncio de similar diseño a los ya conocidos. Su interior nos deleita con detalles de su vida y hazañas. Me sorprende que se trate como un dios a alguien que no dejo de ser un gran filósofo y pensador en su tiempo. Pero así es. Multitud de colgantes se ofrecen ante su estatua. Hacemos bastantes fotos de las figuras que representan al maestro y sus discípulos. «No hagas a los demás aquello que no querrías para ti mismo».
Cuando salimos del templo nos aventuramos, buscando la Torre de la Campaña, en los hutongs. No tenemos hambre porque hemos desayunado tarde así que de tienda en tienda seguimos curioseando. Andamos hoy muy relajados y en cierta manera descubrimos una ciudad distinta a la de días anteriores. Ya no nos llaman la atención los sonidos de claxon, ni el tener que sortear las motos o bicis. Cruzamos las calles con la misma seguridad que ellos, comenzamos a actuar de forma similar.
A las cuatro de la tarde el estómago nos pide un bocado. Entramos a un burguer porque, tras la cena de ayer, necesitamos algo distinto. Antes echamos una foto al último negocio de moda aquí: los churros. Mi hamburguesa exquisita, la del compañero que era de pollo sigue sin saber a pollo aparte de consistir en un troceado extraño. Me pido un vino blanco valenciano y tenemos wifi. Por mi perfecto, me pongo al tanto de todo con las chicas.
A lo que salimos y llegamos a la Torre de la Campana la encontramos cerrada. Bueno, aparentemente no nos perdemos mucho.
Cogemos un taxi para ir al mercado de Yashow. Hemos cogido practica con el regateo. Mi chico arrasa con todos sus objetivos, cazadora, zapatillas deportivas, camisetas… Yo sigo buscando el bolso que vi a la chica del avión. Hay una planta entera dedicada a bolsos pero no lo veo. Cuando ya empiezo a desesperar allí está. Lo miro con disimulo como quien ve algo, de forma casual, me agrada pero que no se desprenda la idea de que es lo que quiero. Lo huelo. Todo piel, esta perfecto. Le quedan dos. La mujer del puesto parece dura. Me indica que es de muy buena calidad. Empieza pidiendo 900 yuanes. Yo le ofrezco 100. Se indigna, se escandaliza. Me ofrece por 100 todos gucci, louis vuitton.. que quiera. Pero yo no quiero marcas, quiero ese que, además es bueno. Baja a 800. Yo subo a 150(veinte euros) porque me gusta. Me dice que imposible. Le doy las gracias y me voy. Me persigue por varios puesto y baja. Hasta 300, dice que menos pierde dinero. Seguramente sea así. Es mi único capricho así que asciendo a 200 y le informo de que España está en crisis y no puedo darle más. Ambas nos lloramos. No hay acuerdo, me voy. Me persigue. Ok 200. Acuerdo final. Le fastidia bastante pero es probable que sea el único bolso que vende en toda tarde. Cuando le pago intenta sacar 20 más. No cedo. Ya es mío. Ahora a descansar al hotel y salir a cenar para estrenarlo. Me muero de ganas.
Encontramos de casualidad(ya que no era nuestra intención pasar por esa calle)un restaurante muy mono con sillas de bambú y camareros serviciales al extremo. Miramos bienes fotos de la carta para no errar. Mientras pido una botella de vino. ¡Oh!. Sorpresa, debo ser la primera cliente que pide vino. Se arma un pequeño revuelo. Me traen la botella y compruebo que se corresponde con la que he elegido. La dejan en la mesa y sigue el revuelo. Mientras ya hemos elegido. Rollitos primavera, arroz con piña y gambas picantes. Levanto la vista y veo a dos camareros jugar con un abre corchos. Entiendo el problema. No han abierto nunca una botella de vino. Son chicos jóvenes, quizá el restaurante lleva poco tiempo. Aparece un señor sin uniforme que coge el abre corchos con cierta confianza pero yo no las tengo todas conmigo. Estoy a punto de pedir que me dejen abrirla a mí, pero parece feo. Intentamos no reírnos de la situación. Llegan tres a la mesa con el abre corcho en la mano cual espada.
Les sujeto la botella(la veo en el suelo). Les indicamos como podemos. No saben quitar el plástico que no sería necesario. Nos sigue pareciendo mal solucionar el problema nosotros. Se van los tres con la botella a la barra del bar. Movimientos y gestos desde lejos y gritos de triunfo. Alzan la botella y nos la traen entusiasmados. Sonreímos con ganas. Y además los platos exquisitos. Hoy sí, un diez para el cocinero. Vuelta de paseo romántico y a preparar equipaje para mañana. Bsss
Descubre más desde El archivo de Sandra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
