Pekín, 7 de octubre de 2012

Amanecemos dando gracias de haber puesto la alarma porque, de lo contrario, no hubiéramos llegado a la recepción a la hora concertada. Desayunamos controlando la hora, abundante, y preparamos unos sándwich para la escapada.
A través del hotel hemos reservado un taxi (al cambio mejor opción que una excursión en bus) para ocho horas. Tiempo suficiente para salir de Pekín y ver la Gran Muralla desde Mutianyu y luego ir al Palacio de Verano.
La recepcionista se esfuerza en indicar correctamente los destinos al conductor que, por supuesto, sólo habla chino. Pero nos da buenas sensaciones y así resulta. A las diez de la mañana, tras hora y media de viaje, nos deja en el tramo concertado de la Gran Muralla, apenas hay visitantes en Mutianyu o somos de los primeros. Está la opción de subir andando hasta la torre 14, zona de acceso. Pero la descartamos porque el tiempo apremia. Tomamos el funicular. Desde allí nos maravillamos con el paisaje y comprobamos nuestro acierto. Lo que vemos ya en el ascenso nos impresiona. Es algo increíble, no artísticamente desde luego, pero sí como construcción. Nuestra vista se pierde intentando seguir la serpentina imagen de la muralla atravesando las montañas pero no tiene fin, ni a uno ni a otro lado. Hay gente pero no mucha. Andamos un tramo dejando el sol a nuestra espalda y aprovechamos para hacer fotos espectaculares. Intentamos lo mismo al otro lado de la torre 14 pero el sol de frente perjudica la idea. Este tramo es de bajada. La gente sube sudando y jadeando. ¡Imaginemos ahora como subirían los constructores o sus bestias de carga!. Disfrutamos un rato más y descendemos, sabemos que en el palacio de verano perderemos tiempo. En el descenso tras el funicular te dirigen por un estrecho pasillo a los parkings. a ambos lasos los puestos ambulantes te acosan para que compres. mi acompañante regatea hasta obtener una camiseta de la Gran Muralla, yo no tengo ánimo de regateo, me agota. En el punto indicado encontramos a nuestro conductor. Cruce de sonrisas (poco más se puede dialogar) y para el coche.
A la vuelta como a la ida, vamos contemplando el panorama de vida. Este día, sin duda, más relajado que los anteriores nos permite caer en ciertas reflexiones. ¿Qué queda de aquella cultura?. ¿En qué ha convertido el comunismo a este país?. No hacemos más que ver Palacios en dónde la naturaleza, el agua, quedan integrados con la vida y la rutina en comunión perfecta. Pero ellos han perdido todo eso. Viven o en la miseria o en moles de cemento que rompen el paisaje, verdaderos hormigueros. Han perdido la sonrisa de los dibujos. No se abren al exterior, ni les dejan, se encierran en ellos y no contestan ni a los saludos. Engrandecen un pasado que parecen han olvidado. ¿Hasta cuándo?.
Llegamos al palacio de Verano en torno a las doce. Patrimonio de la humanidad. Podríamos pasar allí el día entero pero quedamos(garabateando en un papel)que nos recogerá a las tres.
Se trata de uno de los mejores conservados Palacios imperiales(residencia de verano como su nombre indica) de toda China. A tener en cuenta que fue reconstruido tras los saqueos de las tropas francesas e inglesas en mil ochocientos y pico. ¿De ahí que Occidente es la culpa de todos sus males?. Si nos paráramos a repasar los españoles nuestra larga lista de invasiones… En fin, de todo se aprende y queda algo bueno.
El Palacio es un conjunto de edificios, parques y lagos (el agua ocupa las dos terceras partes del recinto) que impresiona por su belleza. La arquitectura, los colores, todo es original y contrasta con lo que hemos conocido hasta ahora. Transmite una idea de paz y relajación pasear por aquí que se pierde por la marabunta de turistas. Casi todos chinos, una vez más. Sólo en la gran muralla hemos encontrado más occidentales. Excursiones que iban de propio hasta allí. Varios son los caminos para elegir pero con acierto vamos por la derecha. Tras ver algunos edificios aparecemos en el corredor paralelo al lago, qué bonito es, kilómetros de corredor. Lo seguimos hasta la altura de la torre del Buda que nos desviamos y por seguir a unos chinos por un camino alternativo a las escaleras normales casi me mato( no soy yo muy hábil en la escalada). Vistas alucinantes desde allí. El Buda es la figura conocida a la que le salen tantos brazos. Decidimos comernos el sándwich en un porche bucólico bajo la torre antes de emprender el descenso. Desechamos la idea de recorrer los parques de la colina y seguimos por el corredor paralelo al lago viendo edificios y galerías y mucha naturaleza. Mientras el lago se llena de barquitos que se alquilan. Otras mayores con forma de dragón lo atraviesan en los puntos claves. Está claro que sí queremos llegar a tiempo tendremos que cogerlo en algún punto. Como digo es un recinto en el que se podría pasar uno el día entero. Llegamos hasta el barco de mármol, precioso. Allí tras el barco el lago se cubre con flores de loto. Lo visitamos y cogemos el barco para llegar a una isla central que se une con un bello puente a la parte que, más o menos, nos llevara a la puerta donde hemos quedado con el taxista. Y allí lo encontramos tras tres horas en el Palacio. Regresa a Pekín pitando( con el claxon, esto es literal, pintan sin parar ni respetar a nadie). Volvemos encantados al hotel con la jornada de hoy. Llegamos sobre las cuatro y nos da tiempo a descansar, cosa que hasta ahora no habíamos hecho.
Tras una ducha reponedora salimos sobre las siete de la tarde a recorrer nuestra vecina calle de Dongsitiao. Resulta ser una zona bastante ambientada de tiendas y restaurantes. En una tienda parece que regalen pares de zapatillas Adidas pero nadie se esfuerza o quiere que estos dos occidentales se lleven algún par. Salimos sin saber sí era un dos por uno o qué. Ahí se quedan montando sus looks imposibles. No he visto a gente con tan poco criterio a la hora de vestir como los chinos. Sacamos dinero y recorremos un poco más hasta que el hambre nos aprieta. Optamos por cenar en un garito de bambú que parece nuevo y muy cool. La especialidad son los pinchos. Los hay de todo tipo. Pedimos unos de pollo, otros de champiñones y unos fideos. Nos traen un pincho de pollo en vez de una bandeja como en la foto. Parece que no nos entendemos con el «uno» ni aún con el dedo. Al final pido nueve, son pequeños. Craso error pedir más sin probar el que había llegado. No sabe a pollo, sabe raro y no nos gusta. Los fideos llegan, son fríos y picantes. Mal vamos. El de los champiñones, uno llega, no está mal pero sabe a producto marino. No tienen vino, pido una cerveza del país sin gustarme demasiado la idea pero no está mal. Volvemos a pedir, arroz de soja y un pinchito de carne que en la foto parecen unas albóndigas. Sólo uno desde luego. Llega, lo contemplo, llamo al camarero y le digo mostrándole la foto de la carta :¿esto es esto?. Me entiende, sí es eso. Sabor indescriptible, a víscera, malo.
Y llega el arroz. Nuestra salvación. Plato abundante y buenísimo, el mejor que hemos probado hasta hoy. Calmamos las tripas. El resto del restaurante come con ansia pinchos y pinchos, también ostras. Ahí ya no hemos arriesgado. Sale todo por unos ocho euros. Como no hay postres en ningún restaurante, de ahí ese tipín que conservan, paramos en una cafetería a pedir un chocolate caliente y bollito. Nos abrasamos las lenguas y volvemos al hotel. Fin del día.

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