Aterrizamos en hora, sin problemas con el visado, sale nuestra maleta, cambiamos dinero y pillamos un taxi.
El taxista se aproxima a la zona de los hutongs pero no sabe exactamente dónde está el hotel. Nos lo imaginábamos así. Llamamos al hotel y se pone el conductor para que le indiquen. Consigue dejarnos en el callejón(no llega a calle)y avanzamos entre los hogares tercer mundistas de tanta gente. En la misma calle/callejón hay una comisaría. De igual modo no tememos por nuestra ciudad, sabíamos qué lugar habíamos elegido al hacer la reserva. A mitad del trayecto vemos el cartel rojo que señala el hotel.
Nos reciben con extrema amabilidad y se apresuran en acabar la habitación. Nos dan la suite nupcial, un detalle porque no era la que habíamos reservado. Tanto el hotel, la habitación y las zonas comunes irradian el espíritu de China. Nos parece encantador, muy original. Además tiene televisión plana, wifi y ordenador. Mezcla de realidades.
Nos duchamos, me retoco un poco y sin pausa(si paramos caemos muertos)nos vamos a dar una vuelta por la ciudad andando. Cerca del parque Beihai hacemos un alto en un restaurante. No hablan inglés ni una palabra. Tampoco el taxista. Hacemos uso de los signos y no va mal. Es extraño, parece que seamos los únicos occidentales de la ciudad. Es cierto que es la fiesta grande para ellos durante esta semana de octubre pero aún así nos sorprende.
Intentamos adaptarnos, fideos chinos y un plato con carne(no me pregunten cuál), ajos tiernos y cebolla con sus salsas. La verdad, todo exquisito y con los palillos. Un reto para mi pulso.
De ahí vamos al parque. Aquí, al contrario que Londres, las distancias son más largas que en el mapa. Lo encontramos a rebosar de gente, todo chinos. Damos una vuelta, voy al baño( bendición para meonas como yo que haya baños públicos por todas esquinas aunque la razón sea que muchas casas no los tienen)y nos acercamos a ver la Dagoba blanca. Todos los templos y jardines son bonitos, no lo niego. Pero acuso sensación de que visto uno, vistos todos. En fin, estoy cansada y no quiero tener feas impresiones de la ciudad.
Hacemos cruces de parques con idea de acabar en la plaza Tian’amen pero de nuevo el mapa y la distancia nos confunden. La zona sigue repleta de gente China comprando gorras militares. De casualidad vemos desfilar al ejército y decidimos no entrar. Mejor mañana tras la Ciudad Prohibida. Estamos muertos.
Aún así damos un rodeo en la vuelta al hotel para pasar por una calle (de las comerciales)que no resulta provechosa ya que todo es de marca. Las compras también para otro día. Sin embargo cogemos raviolis para llevar en unos puestos al aire libre en que puedes encontrar de todo, pinchos de carne, marisco, pulpo, pasta, dulces… Grillos e insectos para comer. Puahhh, yo no pruebo. Con los raviolis de equipaje a descansar del viaje en el Hutong.
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