Me he despertado cien veces, pero esta es la buena. Desayuno en la habitación, nesspreso, muffins y digestives con chocolate, energía. Parece que llueve y hacemos uso del gentil y gigante paraguas que nos ofrecen en el hotel. Bien, es negro y pega con todo. Salimos del hotel con la sensación de que ya controlamos la city. Llueve más de lo que pensamos pero no tanto como el día en que nos casamos. Ahí quedará por siempre en el recuerdo. Directos en metro hasta la abadía de Westminster y toma, por listos, la primera en la frente: lunes horario extraño. Es la segunda vez que dejamos la visita para otro momento.
No queda otra y vuelta al metro, destino Tower Brigde. Pero a la salida el compañero se empeña que es el London Bridge. En definitiva, que vamos a la derecha en vez de a la izquierda y desde el London Bridge el compañero comprueba que se equivocaba de puente. En cualquier caso desde éste hacemos una foto estupenda del objetivo y paseamos por la otra ribera hasta èl. Cada vez llueve más. El error nos permite acceder a un barrio más alternativo de Londres entré viejo(no antiguo)y bohemio y disfrutar de una galería de piedra y cristal que accede al Támesis. El río parece a punto de desbordar con los muelles casi cubiertos y al ras de muchas ventanas de los edificios que lo flanquean. Finalmente llegamos al Tower Bridge, bonito y especial. Desde él hasta la Torre. ¡Veinte libras la entrada!. Qué barbaridad, comenzamos a amortizar la travel Card y nos cuesta la mitad. No resulta muy agradable la visita pues ahora diluvia. Sí, ahora sí como el día que nos casamos. Aún así tratamos de situarnos, olvidarnos del resto de los turistas e imaginar a la pobre Ana Bolena atravesar el puente de los traidores. Merece la pena, pero ya me encuentro cansada. ¡Qué duro es el turismo!. Y cuando me encuentro cansada y me empieza a entrar hambre me pongo muy impertinente. Estoy llegando a ese punto y para remediarlo propongo comer cerca de San Paul. Comenzamos a danzar por la zona, hay muchas alternativas y no nos decidimos. Mi acompañante se pone también impertinente. Para qué no llegue la sangre al río optamos por un pub de la tierra y sorpresa: resulta ser todo un acierto. Nos atiende una camarera encantadora, todo amabilidad e incluso nos ofrece una carta con fotos de los platos para que nos oriente mejor. Guiso de la zona con pure de patata y burguer negra y azul. Todo muy bueno. Sólo nos falta saber pedir el agua del grifo para que dejen de clavarnos con la bebida. Por lo demás, nos vamos encantados a ver san Paul. También no sale por la mitad de precio y nos gusta la catedral. Como ocurría en San Martín el día anterior la cripta está reconvertida a cafetería. No me convence no dejar descansar en paz a Lord Wellington o al pintor Willian Turner. La sensación de invadir su reposo en el más allá me perturba. No está bien la última moda inglesa.
Salgo protestando con ecos de la coral que actúa en el presbiterio y nos dirigimos a la pasarela peatonal que conduce a la Tate Modern con la seguridad de que veré cosas extrañas. Lo presiento. Y no me equivoco. Nada más entrar, gratis (no la exposición de Munch), personas inmovilizadas juegan a contemplarse y moverse simultáneamente. No deduzco el objetivo a conseguir. La gente mira el Miró, mira el Picasso y mira el Dalí, yo miro a Matisse y poco más. El arte es relativo, es subjetivo y lo que yo no veo tú sí lo ves o viceversa. Pero miro una figura de aparatos fluorescentes y no veo, ni entiendo…(ejemplo de despropósito).
Perdemos bastante tiempo, muchos pósters de El grito pero no se expone. Bajando las escaleras mecánicas ya decidimos volver al hotel para descansar algo y volver a cenar por el Soho. A lo tonto las seis de la tarde, dos horas de descanso y danzando de nuevo.
Nos encontramos el barrio muerto y con mínima actividad, de lunes. Buscamos un coreano o vietnamita pero acabamos cenando en un japonés nuddels y tartare de salmón regado con vino blanco de Sudáfrica. Esta vez sí tap water. Al ir al baño antes de marcharnos oímos jaleo, subimos curiosos unas escaleras y nos encontramos con una especie de guateque privado muy fashion donde sirven coctails y canta en directo una chica. Algo del ambiente que buscábamos del soho. Y con los cantos de coral de la catedral y el pop nocturno mi cabeza busca el sueño y descanso hasta el martes.
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Oh mi Londres, los salvajes camposantos con sus llorones vestidos de follaje; caminos interminables hacia la cuna de mi rey, el hijo de Uter; unos versos grabados por el tembloroso pulso de un ínclito dipsomaniaco; un cielo aderezado con procelosas nubes; la patria de George Gordon Byron; las sombras de un intruso en Whitechapel; el Teatro de los Sueños; la casa de mi desgraciada Catalina. Un hogar para corsarios; el sueño incumplido de un rey loco. Mi Londres, dale besos al viento de mi parte.
Ángel
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