Capítulo décimo cuarto de las escenas de Modigliani (El Archivo)

                                          París, 15 de enero de 1.920

–          Tu recogido es perfecto.

–          Lo sé.

   Lunia contesta con su habitual seguridad. Con un recogido así sobran los pendientes. Se abre la camisa blanca sin mirar a Amedeo, se conocen tan bien que sobran las indicaciones. Ella sabe lo que le gusta y cómo le gusta. Hubo incluso un tiempo que sabía seducirlo y provocarlo, un día sí y otro también. Pero él se cansó de ella como de las otras. Fue un tremendo error por su parte pensar que con ella sería distinto. Aún así no puede evitar adorarle. Es un niño grande, infravalorado por el resto de esa estúpida comunidad que se consideran a sí mismos artistas. Y hoy ese niño parece un anciano. Los días caen sobre su amigo como quinquenios. Oírle toser le encoge el ánimo, pero jamás volverá a aconsejarle que vaya al médico. Lunia no acostumbra a malgastar las palabras. Malgasta su tiempo, pero no las palabras. Y menos con Modi así vomite todos los litros de sangre que tiene su cuerpo ante ella.

–          ¿No tenías un lienzo más pequeño?. Me he puesto una nueva camisa y ese cuadro podría entrar en mi bolso.

–          Eso será si te lo llevas. – no puede pintar con más rabia el fondo pero no quedará del todo oscuro, ha acabado con el color. – Me encanta el pelo, ni se te ocurra girarte.

–          No pensaba, te tengo muy visto. Pienso llevármelo por supuesto.

–          Lunia no creo, hacía tiempo que no me quedaba tan satisfecho, me lo quedo yo.

   Un ejemplo más de cómo malgastaba su tiempo con Modi. No las palabras, no replicaría. Evidentemente, se iría sin el cuadro. Él era un hombre de caprichos… y si su carne ya no constituía ese capricho al menos le llenaba saber que su reflejo en la tela si lo era.

–          ¿Y por qué si tan satisfecho te sientes con esa minúscula pintura vas a ocultarla?. ¿Vas a dejarla también amontonada con la colección que acumula polvo en ese departamento al que llamáis casa?. No he conocido a nadie con más ganas de éxito que tú, sin embargo te contradices amigo mío, lo haces en muchas ocasiones.

–          Considero que me han de conocer poco a poco. Así me lo han hecho saber durante los años que llevo en París. Cuando el público y la crítica haya asimilado las características de mi obra, sólo entonces, podrán pasar a contemplarlas en su expresión más pura. Pero a veces, como ha pasado hoy, la pureza y la inspiración van unidas de la misma mano, del mismo pincel y brotan solas.

–          Amedeo, déjate de tonterías, has vendido en Londres, se te empieza a tener muy en cuenta manteniéndote como lo has hecho, tan individual. Jeanne y tú no estáis como para escatimar obras que pudierais vender en este momento.

–          Lo considero una inversión, para ella y los niños. La vida es un regalo: de unos pocos a otros muchos, de aquellos que tienen a aquellos que no tienen.

   A Lunia le sonó a confesión y a testamento, si hubiera sido párroco le hubiera dado la extremaunción.

–          ¿Podrías dejar de fumar?. – le preguntó para no entrar a profundizar sobre las razones que llevaban a Amedeo a pensamientos tan definitivos, pues en el fondo sabía que era consciente que el mal le acechaba.

–          La verdad, no.

–          Pues dame uno.

   La petición de Lunia sonaba a súplica.

–          No puedes mientras posas.

–          ¿Y tú sí mientras pintas?. Eres despreciable.

–          No lo dudes.


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