Contemplaba desde la cubierta de la segunda planta la extraña forma que los motores del ferry daban a las olas. Nuestro barco cortaba el mar Egeo como una sierra corta la madera. Esa marca se impregnaba con enorme fiereza y sin embargo, al poco tiempo, desaparecía y el mar recuperaba su oleaje sereno. Interrumpíamos su calma como mis pensamientos eran perturbados por el recuerdo de aquellas palabras. Las mismas se repetían una y otra vez en mi cerebro como repiqueteo constante. En tanto las olas rotas querían asemejar ese ritmo neuronal.
El ferry iba a rebosar de gente ya que era temporada alta. El sol en aquel mes de agosto abrasaba ya desde primeras horas de la mañana. Por ello, aunque habíamos salido pronto de Atenas, apenas las siete de la mañana, todos los pasajeros nos amontonábamos en un mismo lado del barco para protegernos de los rayos solares. Hablo, por supuesto, de todas aquellas personas que, como era mi caso, habíamos comprado el billete económico y no teníamos la suerte de contar con una butaca acolchada en el interior ni con un potente aire acondicionado que calmase el sofoco matutino con que nos obsequiaba el clima griego.
Pareciera, por otro lado, que esos billetes económicos se vendieran a discreción sin contar con la verdadera capacidad del transporte. Por esa razón no había sillas bastantes para todos y muchos acababan sentados por el suelo o por las escaleras. Yo, ilusamente confiado en los primeros momentos, había abandonado la silla que casualmente poseía, por asomarme por la borda y ahora permanecía como perfecto idiota en el mismo punto mirando el horizonte y pensando donde podría descansar mis pesadas piernas durante aquel viaje de largas cinco horas. Debería haber sido más hábil, pero (y esto es una constante en mi vida), las oportunidades volaban ante mis ojos tan rápido como aquellas gaviotas sacaban los peces del agua.
Mis pensamientos, en cambio, no volaban. Iban y venían, iban y venían. Siempre desde y al mismo punto. Es decir, sin evolución ni progreso alguno. Esta lentitud de reflejos iba pareja siempre al vuelo de las oportunidades y circunstancias de mi vida. Al mismo tiempo, jugaba con la fea figura entre mis dedos. Era horrorosa, aunque esa debía ser mi única y particular opinión, ya que se vendían por miles.
A mí ni siquiera me parecía que tuviera forma humana. No podía explicarme cómo personas de hace miles de años habían llegado a tan rara conclusión estética de las personas. Por más que la miraba no dejaba de ver una inspiración para un capítulo cualquiera de aquella serie de Expediente X.
Es que era fea, muy fea. De hecho, por la mañana al seguir la luz que entraba por la ventana con los primeros rayos de sol, mi vista se había encontrado con la figura que había dejado sobre la cómoda la tarde anterior. Ese juego de luces y sombras sobre ella me dio miedo. Podía haber comprado el típico burro de Santorini o la miniatura del Partenón, pero no; revolví aquella gigante cesta de anea hasta que mis dedos sacaron la figura. Una igual e idéntica a las que vendían por doquier en todas las tiendas para turistas de Grecia. Fue un acto casi impulsivo. No la quería realmente tener, pero su imagen tan extraña y provocadora me perseguía desde que me detuve frente a ella (la original) en el Museo Arqueológico. Me fascinaba tanto como me repelía. Se suponía que daba suerte y fortuna al que la poseía. Si no era así es que no tenías la original. Evidentemente ninguna era original. Ese tipo de figuritas se encontraban por cientos y de cualquier tamaño en toda excavación que se preciara de ser importante, pero de ahí a comercializarlas, sin duda, se trataba de un bulo.
Sin embargo, nada más descender del ferry algo cambió.
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