La diadema, el collar, todas las joyas que la engalanan nos muestran a Teodora en su máximo esplendor. Vestida con una túnica púrpura bordada en su parte inferior con las figuras de los Reyes Magos sostiene un cáliz de oro mientras se hace acompañar por los cortesanos y un cortejo de damas ricamente ataviadas. Ella y su marido Justiniano, en otro mosaico, se retratan con corona y halos de santidad, ataviados con sus atributos de realeza pero representándose también como las cabezas de la iglesia. En ellos se unen los poderes temporales y espirituales, una vez rotos los lazos con la iglesia católica de Roma. Es el cesaropapismo. Ellos son ahora los que evocan los suspiros del antiguo Imperio Romano.
No sabemos si la emperatriz sale de palacio o se encuentra en un interior eclesiástico ya que las referencias al interior donde se desarrolla la escena son escasas. Un dosel que se abre y una pequeña fuente de la que mana agua. Los pliegues de las túnicas y las figuras alargadas nos dan una sensación de grandeza y lejanía. Pese a la reiteración de las posturas y la falta de realismo apreciamos un intento de individualizar los personajes. Pero lo que interesa al artista es la abstracción. Bajo un fondo dorado multitud de teselas de colores nos alegran la vista y esa riqueza cromática que transmite fulgor y brillo evidencian que el mosaico es el símbolo más poderoso a través del cual el emperador manifiesta su poder. Esta práctica artística heredada del Imperio Romano llega a sus cotas más altas de maestría con el arte bizantino.
Y ¿qué veo yo?. La veo a ella, a Teodora. En el papel de su vida, la mujer más importante del imperio secundando a su esposo en la labor de gobierno. Gloria y esplendor de una época en la que se hundía occidente ante las invasiones godas mientras ellos contruían un imperio, a veces menospreciado por la historia, que sobrevivió siglos hasta su caída en 1.453 por los turcos. Pero ella se sigue alzando solemne y majestuosa ante nosotros.
Su padre era entrenador de osos y su madre bailarina y actriz de la época. Dicen que ella trabajó en un burdel además de actriz. En su representación de Leda y el Cisne cuentan que se desnudó más de lo que la ley permitía. Cuando abandonó esa vida entró como hilandera en el palacio de Constantinopla hasta que su carácter, alegría, ingenio y belleza llamaron la atención de Justiano que tuvo que esperar que cambiara la ley para poder contraer matrimonio con ella. Fue una valiosa y apta gobernante, tanto en sus discursos como en sus disposiciones. Controló rebeliones. Expandió los derechos de las mujeres en general y para los casos de divorcio. Prohibió el asesinato de las mujeres que cometían adulterio, creo conventos y prohibió la prostutición forzosa. Sin ella, seguramente, la historia de este imperio y la nuestra hubiera sido otra. Y ahora… vuelve a mirarla.
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