París, 6 de diciembre de 1.917
Jeanne no podía dejar de reir, se estaba poniendo perdida con la paleta de pura emoción. “¡Voy por el tercero!” anunció. El tercer color. Amedeo sonreía divertido. Seguía disimulando leer desde la cama. No quería distraerla ni a ella ni a la niña que posaba y que ya parecía contagiada por tanta hilaridad.
“Cuando consideres acabado el fondo me meto con la figura, esa despreocupada de su madre viene en dos horas a por ella” le dijo. Le gustaba ponerla nerviosa. Realmente llevaba un rato observando a la niña, sólo iba a necesitar unos minutos y un solo gesto. Pero perturbar la siempre calmada percepción del mundo de Jeanne, y solo él podía hacerlo, era algo indescriptible e inspirador. Si existían las musas él había tardado en encontrar la suya, quizá porque, además, era un ángel que renovaba su energía, tan perdida en los últimos tiempos.
Desde que Jeanne, en contra de la decisión de sus padres, había decidido mudarse a su caótico apartamento sentía una responsabilidad hasta ahora desconocida. Ella había cambiado una vida cómoda y sin privaciones sólo para estar a su lado enfrentándose a su propia familia. Y aquel hecho variaba la perspectiva con la que hasta ese momento contemplaba el mundo girar. Unido a que, por fin, iba a exponer su primera muestra personal en la Galería de la generosa y afectuosa Berthe, todo le llevaba a pensar que ese reconocimiento tan esperado iba a llegar.
Con esos pensamientos se incorporó con una decidida y extenuante tensión creativa para darle el relevo a Jeanne. Tenía, como siempre, la imperiosa necesidad de acabar esa obra en una sola sesión así consumiera esas renovadas energías. El cuadro de “La chica con las medias rosas” se concluyó en menos de cuatro horas.
Descubre más desde El archivo de Sandra
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
