Se arrojó por una pendiente de dieciocho metros con la mochila y el rifle a cuestas. La posición correcta era fundamental a la hora de rodar. No podía fallar delante de sus chicos. Ellos debían rodar tras él y querían hacerse una justa idea de cómo hacerlo. No podía exigirles que realizaran un ejercicio sin demostrar ante sus ojos que él era capaz de ejecutarlo.
Aquellos recuerdos fluían en su memoria todavía frescos mientras el sudor se deslizaba por la sien como en los antiguos tiempos. Pedaleaba sin pausa y también sin destino, pero esto último sólo lo sabía él y no quienes le acompañaban en lo que prometía ser simplemente una agradable jornada primaveral. Sus hijas, su hermano, su cuñada y su “nueva amiga” le seguían ya con desasosiego y la diversión había pasado a rallar un extraño punto de sufrimiento. Entre tanto, el paisaje de la ribera del Ebro se sucedía cada vez a más velocidad sin apenas tener la posibilidad de contemplarlo. Los fresnos habían dado paso a los olmos pero nadie pudo reparar en ellos ni en la crecida del río que avanzaba sigilosa ganando, en cada choque, un poco más de terreno hacia la senda natural por la que avanzaban al paso firme y marcial que marcaba el hombre que marchaba primero. En un momento inesperado una de las niñas se fue al suelo. Sabía que mostrar su dolor sería un error para su padre pero le palpitaba la rodilla del golpe y las lágrimas habían comenzado a brotar sin control.
– A la bici, no pares. Ahora no, será peor. – le dijo. Y no era una sugerencia ni una opinión, era una orden.
Todos la contemplaban mudos mientras su padre emprendía de nuevo la marcha. No merecía la pena desperdiciar siquiera saliva argumentando razones para detenerse, al menos, unos minutos. Nadie osaba llevarle la contraria. Pero, durante unos segundos, vio como la “nueva amiga” se mordía el labio inferior reflexiva y la niña supo al instante que no volvería a verla. Sin embargo, no era la autoridad paterna lo que preocupaba a la “amiga” sino el cambio súbito del tiempo. Las nubes y el viento se habían apoderado, en apenas media hora, de aquel paseo. Observó como el río circulaba de forma violenta por el cauce. Y ya no fue asombro o curiosidad lo que sintió, sino temor. Los patos que, hasta ese momento, veían de cuando en cuando junto a la orilla la habían abandonado levantando el vuelo hacía otra zona lejana. El agua llegaba ya hasta el camino y lo hacía con tal oleaje que el Ebro asemejaba al revuelto mar Cantábrico.
– No deberíamos seguir. – dijo señalando al río.
– No podemos abandonar, hay que hacer los quince kilómetros y llegar hasta La Alfranca. – Él nunca abandonaba, nunca se rendía. Luchaba hasta consigo mismo.
En esta ocasión, sus soldados no le siguieron y el río no dio tregua a sus objetivos.
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