Porque los sentimientos a veces son esquivos, o el esquivo eres tú, depende de la situación. Huyes de ellos veloz, a nada que los ves llegar cambias tu objetivo.
Esa neurona que hace girar tu ansiedad tan rápido como el viento de esta ciudad gira la rama del chopo hasta casi hacerla quebrar. Más fuerte en su romper por la periferia que aquí en el centro donde sólo desfila con garra desmedida en la salida de alguna calle a la avenida principal. O, al menos, es donde a mí más me perjudica, el punto en el que debo detenerme y calar mi gorro hasta las orejas.
Y en ese momento parezco atrapado en mí. En ese gesto evito dejar escapar cualquier pensamiento. Y recopilo. A veces, basta un instante fugaz para recopilar toda una vida que siento escapar, que siento que volará un día con el viento. Y atrapo ese cúmulo de sentimientos, de ideas, de vida, al mismo tiempo que oprimo con la lana mis orejas evitando que el aire frío las afecte. Como si sobrevivir dependiera de ello.
Quizá sea así, quizá un gesto fatal condicione el destino. ¿Pero quién esquiva a quién?. ¿El viento a mí o yo a él?. Probablemente él se divierte ante mi temor.
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Mi relación más intima con el viento la comparto en esas horas de deporte compartido o de encierro individual en el que me hace sentir en fusión o comunión con el entorno que me rodea y me solidariza o iguala con todos los seres que, según el momento, lo disfrutan o lo soportan. Te hace sentir grandioso o minúsculo, te refresca, te agobia, te ilusiona…según el momento. Todos deberíamos descubrir el viento…
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Muy bonito, estoy seguro de que va a triunfar todo lo que escribas
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