Capítulo tercero de las escenas de Modigliani (EL ARCHIVO)

 

                                                                       París, 6 de diciembre de 1.917

    Jeanne no podía dejar de reir, se estaba poniendo perdida con la paleta de pura emoción. “¡Voy por el tercero!” anunció. El tercer color. Amedeo sonreía divertido. Seguía disimulando leer desde la cama. No quería distraerla ni a ella ni a la niña que posaba y que ya parecía contagiada por tanta hilaridad.

   “Cuando consideres acabado el fondo me meto con la figura, esa despreocupada de su madre viene en dos horas a por ella” le dijo. Le gustaba ponerla nerviosa. Realmente llevaba un rato observando a la niña, sólo iba a necesitar unos minutos y un solo gesto. Pero perturbar la siempre calmada percepción del mundo de Jeanne, y solo él podía hacerlo, era algo indescriptible e inspirador. Si existían las musas él había tardado en encontrar la suya, quizá porque, además, era un ángel que renovaba su energía, tan perdida en los últimos tiempos.

   Desde que Jeanne, en contra de la decisión de sus padres, había decidido mudarse a su caótico apartamento sentía una responsabilidad hasta ahora desconocida. Ella había cambiado una vida cómoda y sin privaciones sólo para estar a su lado enfrentándose a su propia familia. Y aquel hecho variaba la perspectiva con la que hasta ese momento contemplaba el mundo girar. Unido a que, por fin, iba a exponer su primera muestra personal en la Galería de la generosa y afectuosa Berthe, todo le llevaba a pensar que ese reconocimiento tan esperado iba a llegar.

   Con esos pensamientos se incorporó con una decidida y extenuante tensión creativa para darle el relevo a Jeanne. Tenía, como siempre, la imperiosa necesidad de acabar esa obra en una sola sesión así consumiera esas renovadas energías. El cuadro de “La chica con las medias rosas” se concluyó en menos de cuatro horas.   

El Arco

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     Intentando estudiar la puerta monumental de lo que fue la Abadía de Lorsch. Buscando la explicación de la versión cristiana del arco del triunfo romano. Mitad del siglo VIII y volviendo a caer en los defectos y en las virtudes humanas. Sin duda todo vuelve y es curioso como a veces no somos capaces de ver lo repetitivos que somos. Y caemos. Y volvemos a caer. Nacemos y morimos. Y nos seguimos sorprendiendo por morir, como si no fueramos capaces de asimilar el hecho más evidente de nuestra existencia; estamos aquí de paso. Así que deberíamos pasar con orgullo por esta puerta de la vida y buscar lo más bello en lo más simple. Dejar atrás el arco de la amargura y aprovechar cada instante al máximo pisoteando los burdos ataques ajenos de distorsionar el trayecto vital. Buscar las soluciones al problema antes de crear otro. Dar color a los pensamientos como los primeros medievales lo hiceron con sus muros. Pasar por el arco sin respirar y pedir un deseo. Porque todo lo que tú desees se hará realidad sólo si crees que así será. Cada persona tiene un arco que atravesar, un reto que cumplir. Eludirlo te hará vivir la vida de otros y la tuya volará por el torreón lateral, de defensa. ¿De defensa de quién?. Cobarde.

SON

      Liberada del velo de la somnolencia el viento golpea mi rostro despertando las ideas. Me gustaría volar como un pájaro, como el mejor de los pájaros, correr como una gacela, la mejor de ellas…Querría poder ver en la oscuridad, caminar sobre las aguas o nadar entre las celulas de mi propio cuerpo y saltar a las de seres ajenos. Desearía rejuvenecer doce años con la sabiduría de los próximos diez. Pagaría porque mis días contarán con seis horas más en las que poder hacer todo lo que la prisa y la tontería se llevan. Y aunque a veces lo mataría, otorgaría a mi perro la inmortalidad de un huargo de novela. Querría amar más de lo que amo, a todos, a mi pareja, a mis amigas y a mi familia y sobre todo querría que ellos lo notaran, me notaran a su lado, siempre… Seguiría pensando eternamente que la felicidad es posible sin entender a los que se esfuerzan por obstaculizarla y golpearía a tantas personas, inútiles a esta existencia común y compartida, que la prudencia me impide confesar. Zarandearía al planeta en una coctelera gigante con la esperanza de que cayeran los microbios. Debería ser capaz de gritar al mundo que luche por sus sueños intentando no abandonar los míos. Pero sobre todo amiga va por ti y por tus pensamientos metáfisicos y filosóficos de estos días, porque no son malos, simplemente SON. Continuaré con ellos y soñando y ……ustedes lectores perdonen que, casi mes y medio después, todavía ande descubriendo como se «justifican» estos textos.

Embriagado de dudas…

  3 de octubre de 1.608

        Aborrecía ese aroma campestre. No debería ser así ya que había nacido y crecido entre esa aura floreal, pero de forma inevitable el olor intenso del polen revoloteando al viento penetraba por sus orificios nasales, suficientemente amplios por herencia paterna, y le llegaba casi de inmediato hasta los pulmones atravesando con terrible quemazón la garganta. Le repelía y el estornudo de después, le repelía todavía más. Cadena de movimientos corporales que escapaban a su control, como tantas otras cosas.

            Michelangelo Merisi da Caravaggio atravesaba la pequeña y escasa campiña de la isla de Malta, huyendo de la capital, entre rabia y humillación, con la ira contenida a fuerza de un aprendizaje forjado y forzado con los años. Una vez más, incomprendido y despreciado salía de La Valetta.

            Si creía Alof de Wignacourt que sería más listo él que sus también perseguidores en Roma, estaba muy equivocado. Algo innato en Michelangelo le hacía estar alerta ante situaciones extrañas. Y extraña había sido la cita que había recibido. Podía sentir el plan, la conspiración, querían atraparle. Pero no lo lograrían. Volvería a huir. Ya se había acostumbrado a no tener hogar, a ocupar las vidas ajenas, a vivir sólo para la pintura y a sobrevivir de su obra. Cierto era, sin embargo, que no había sospechado hasta hacía bien poco, de la ingratitud de Alof. De buen grado se llegaría hasta su palacio y rajaría con el filo de su daga su propia tela. Sí, eso sería en verdad una empresa difícil, pero quizá no lo sería tanto acceder a la Concatedral de San Juan y cumplir su objetivo sobre “San Jerónimo escribiendo”. Y así, borrar la cara del pretencioso Alof de su propia obra, de su creación, ahora mancillada por la imagen del engreído maestre sustituyendo a la del santo.

            De repente se detuvo. No era una buena idea regresar a La Valetta. Pero…¿Y si lo que le habían insinuado del Gran Maestre no era cierto?. ¿Por qué dudaba de él, a priori, tan alegremente?. Hacía poco más de un mes que le había nombrado Caballero de la Orden. Había hecho lo imposible para que Michelangelo recibiera ese honor, ese sueño tan anhelado. Ese gran hombre había rogado al Papa por él. Recuperó por momentos el raciocinio perdido en el altercado de una hora antes, se detuvo y pensó.  Pensó que antes de destrozar su propia obra, debería conceder a Alof, el Gran Maestre, el beneficio de la duda. Y regreso a La Valetta, al palacio. Si bien, en esta ocasión, no entraría por la  puerta habitual, daría un pequeño rodeo. Debía saber quién estaba de su parte en aquella isla que comenzaba a antojársele una prisión a cielo abierto.

            La historia, de nuevo, se repetía.

Capítulo duodécimo de las escenas de Modigliani (EL ARCHIVO)

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París, 14 de septiembre de 1.919

Jeanne lleva un rato sentada en la dura butaca que les regaló Renée. Ha pasado toda la mañana mareada. Con este nuevo embarazo se fatiga mucho más y eso que todavía está de cuatro meses, pero siente que dobla ya su peso.

Tenía el propósito de poner orden en las obras que, por absurdo capricho de Amedeo, se amontonan entre ellos. La idea de conservar copias o de no desprenderse de algunas de ellas es un lujo que jamás deberían haberse permitido. Pero él se niega en redondo a cambiar de parecer y Jeanne no piensa perder ni tiempo ni energía en convencerle de lo contrario.

Se incorpora pausada y estudia la mejor forma de abordar esa tarea. Telas, o harapos de telas, separan unos lienzos de otros e impiden que el polvo se acumule entre ellos aunque no se le ocurriría soplar en los bordes de los mismos.

Su idea, aparte de una mínima limpieza, es acumularlos uno a uno, por tamaño al menos, en la pared junto a la puerta de entrada. Así será más fácil subirlos cuando les den la buhardilla. De entre los más grandes se escapa un lienzo bastante más pequeño que llama su atención. Se agacha con torpeza a por él y lo rescata del suelo. Se trata del retrato de una chica joven y pelirroja. De algún modo, le recuerda a ella misma. No sabe con certeza cuándo pudo pintarlo Dedó pero es seguro que tiene unos años pues ese estilo ya no se corresponde con el actual y perfeccionado Modigliani. Su firma se dibuja clara junto al cuello de la chica. ¿Por qué lo ha conservado?. No lleva el punto clave de las copias y de repente una ola de calor le corroe todo el cuerpo desde los pies a la cabeza. Son celos. La chica del cuadro tiene una boca sensual y la cierra provocante lo que hace despertar la imaginación malsana de Jeanne. Sólo agradece a Dios ver que sus ojos son fríos, vacíos, carentes de sentimiento. Él pues no la conoce de verás, ni al retratarla parece tener intención de ello.

Se abre la puerta y Amedeo la encuentra mirando estupefacta el retrato. Él deja su libreta en la mesa y se acerca también curioso, la rodea por la cintura en afectuoso abrazo y contempla con ella su propia pintura.

–          ¿Quién es?.- la pregunta de Jeanne no podía hacerse esperar.

–          Veamos,… – murmura él girando el lienzo del revés -. Una tal Louise, según pongo aquí.

–          ¿Y por qué lo conservas?.

–          Pues si sigue aquí será porque no fue un encargo. Seguramente alguna inspiración espontanea.

–          Ya veo. – Jeanne intenta que la vea indignada -. Dáselo a Leopold, que intente venderlo con los otros.

–          Uhmm, no veo por qué. Tiene al menos cinco años. Fíjate en el estilo sin definir, ni en el volumen, ni en la masa. Lo que yo quiero transmitir no se aprecia ahora en este retrato. No soy yo en la actualidad Jeanne.

–          Pero es lo que fuiste y no me gusta verla aquí. – Se está comportando como una niña y lo sabe, puede que sean sus alteradas hormonas.

–          Pues guárdalo donde estaba y donde ni yo recordaba que existía. Pero si estaba allí será porque alguna razón del destino lo decidió.

Su tono indica que se acaba la discusión.

–          Sí, una razón llamada alcohol u otra peor…

Jeanne lo arroja con rabia sobre la cama mientras se dirige al resto de las pinturas.

 

Amedeo lo contempla un instante más. Ese rostro, esa soledad, es reflejo de su propia alma inquieta y necesitada de amor. Una necesidad que seguro se cubrió aquella noche de inspiración. Una noche muy lejana que es incapaz de recordar.

Sin embargo, algo familiar y cercano evoca esa imagen pintada por el mismo. Un rostro que se dibuja en su mente y que juraría ha visto no hace mucho. Quizá París no es tan grande, quizá haya vuelto a ver a esa tal Louise hace poco. Pero, ¿dónde?.

 

El paseo en bicicleta

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    Se  arrojó por una pendiente de dieciocho metros con la mochila y el rifle a cuestas.  La posición correcta era fundamental a la hora de rodar. No podía fallar delante de sus chicos. Ellos debían rodar tras él y querían hacerse una justa idea de cómo hacerlo. No podía exigirles que realizaran un ejercicio sin demostrar ante sus ojos que él era capaz de ejecutarlo.

Aquellos recuerdos fluían en su memoria todavía frescos mientras el sudor se deslizaba por la sien como en los antiguos tiempos. Pedaleaba sin pausa y también sin destino, pero esto último sólo lo sabía él y no quienes le acompañaban en lo que prometía ser simplemente una agradable jornada primaveral. Sus hijas, su hermano, su cuñada y su “nueva amiga” le seguían ya con desasosiego y la diversión había pasado a rallar un extraño punto de sufrimiento. Entre tanto, el paisaje de la ribera del Ebro se sucedía cada vez a más velocidad sin apenas tener la posibilidad de contemplarlo. Los fresnos habían dado paso a los olmos pero nadie pudo reparar en ellos ni en la crecida del río que avanzaba sigilosa ganando, en cada choque, un poco más de terreno hacia la senda natural por la que avanzaban al paso firme y marcial que marcaba el hombre que marchaba primero. En un momento inesperado una de las niñas se fue al suelo. Sabía que mostrar su dolor sería un error para su padre pero le palpitaba la rodilla del golpe y las lágrimas habían comenzado a brotar sin control.

–          A la bici, no pares. Ahora no, será peor. – le dijo. Y no era una sugerencia ni una opinión, era una orden.

Todos la contemplaban mudos mientras su padre emprendía de nuevo la marcha. No merecía la pena desperdiciar siquiera saliva argumentando razones para detenerse, al menos, unos minutos. Nadie osaba llevarle la contraria. Pero, durante unos segundos, vio como la “nueva amiga” se mordía el labio inferior reflexiva y la niña supo al instante que no volvería a verla. Sin embargo, no era la autoridad paterna lo que preocupaba a la “amiga” sino el cambio súbito del tiempo. Las nubes y el viento se habían apoderado, en apenas media hora, de aquel paseo. Observó como el río circulaba de forma violenta por el cauce. Y ya no fue asombro o curiosidad lo que sintió, sino temor. Los patos que, hasta ese momento, veían de cuando en cuando junto a la orilla la habían abandonado levantando el vuelo hacía otra zona lejana. El agua llegaba ya hasta el camino y lo hacía con tal oleaje que el Ebro asemejaba al revuelto mar Cantábrico.

–          No deberíamos seguir. – dijo señalando al río.

–          No podemos abandonar, hay que hacer los quince kilómetros y llegar hasta La Alfranca. – Él nunca abandonaba, nunca se rendía. Luchaba hasta consigo mismo.

En esta ocasión, sus soldados no le siguieron y el río no dio tregua a sus objetivos.

El Monasterio (1.101 d.c)

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Se ha sacudido el polvo del camino, se ha quitado el sombrero del viaje y se ha humedecido los pocos cabellos que le quedan apartándolos del rostro. Pero el tiempo de espera le ha hecho perder las ganas de causar una buena impresión al abad. Cuánta desidia, cuánto orgullo disfrazado de pobreza y humildad. Esos capiteles desnudos de ornamentación, esas rudas paredes, esa aparente sencillez no pueden ocultar la monumentalidad del edificio. No le engañan, a él no. Y se rie para sí de esa estúpida regla benedictina llevada al extremo. Cansado de dar vueltas al claustro no se arrepiente de no haberse dejado arrastrar por los ideales de su hermano. Sin duda, ahora se lo hace pagar demorándose en atenderle mientras su padre agoniza en el lecho. La familia ya no es su prioridad, la iglesia es ahora su casa y Dios su único padre. Así pues, sabe que su viaje ha sido en vano.

Le ve llegar envuelto en un harapo blanco, amago de hábito. Sabe sin mirarlo que sus pensamientos son certeros. El hombre de Dios no le mira a los ojos cuando le habla, no le sonrie, ni tampoco le hace mueca alguna. No le escucha. Ese hombre que le evita pero aconseja sin pudor ya no es su hermano. Le invita a orar en su iglesia donde la luz del señor iluminará sus pensamientos. Pero el señor ilumina más allá de esos muros que al abad ciegan de realidad y de verdad. Él le entrega un paquete al que acompaña un sobre y cumple su misión. Abandona el monasterio con menos peso y mayor honor. Se coloca el sombrero y emprende su regreso.

«EL ARCHIVO» EN LA RED.

PUEDES DESCARGARLO EN:

http://es.scribd.com/doc/100003243/El-Archivo

“HACIA LA HABITACIÓN NÚMERO DIECISÉIS”

PARA LEER EL RELATO PINCHA EN: cuervo gris

Aventuras

RENACER_EN_NAPOLES -_SANDRA_DOMINGUEZ_REY
GANADORA DEL CONCURSO DE RELATOS 8 DE MARZO DE 1.999 ORGANIZADO POR EL AYUNTAMIENTO DE ZARAGOZA (CASA DE LA MUJER)
CONSEJO: AL LEER EL PDF IR A LAS OPCIONES DE «VER» Y ROTAR A LA DERECHA…
2011- SEGUNDO PREMIO IV CONCURSO LITERARIO LA PUEBLA DE ALFINDÉN SOBRE ANTROPOLOGÍA.
2011- FINALISTA MEJOR NOVELA POLICIACA Y NEGRA II EDICIÓN PREMIOS ATLANTIS

Esquivo viento

Porque los sentimientos a veces son esquivos, o el esquivo eres tú, depende de la situación. Huyes de ellos veloz, a nada que los ves llegar cambias tu objetivo.

Esa neurona que hace girar tu ansiedad tan rápido como el viento de esta ciudad gira la rama del chopo hasta casi hacerla quebrar. Más fuerte en su romper por la periferia que aquí en el centro donde sólo desfila con garra desmedida en la salida de alguna calle a la avenida principal. O, al menos, es donde a mí más me perjudica, el punto en el que debo detenerme y calar mi gorro hasta las orejas.

Y en ese momento parezco atrapado en mí. En ese gesto evito dejar escapar cualquier pensamiento. Y recopilo. A veces, basta un instante fugaz para recopilar toda una vida que siento escapar, que siento que volará un día con el viento. Y atrapo ese cúmulo de sentimientos, de ideas, de vida, al mismo tiempo que oprimo con la lana mis orejas evitando que el aire frío las afecte. Como si sobrevivir dependiera de ello.

Quizá sea así, quizá un gesto fatal condicione el destino. ¿Pero quién esquiva a quién?. ¿El viento a mí o yo a él?. Probablemente él se divierte ante mi temor.

Paseando por Yorkshire

Imagen                No había oído hablar de él pero salí encantada del Guggenheim de Bilbao. Quizá contribuyó poder visitar la obra a la una de la madrugada entre la oscuridad de la noche y la música de los tangos de fondo. Un ambiente, sin duda, singular. Entrar a las salas donde se exponían sus cuadros fue entrar a la luz y al color, un enorme resplandor.

David Hockney es un artista británico de los más influyentes del siglo XX (de estos que se codean con Andy Warhol y con obras vendidas que pasan el millón de euros), nació en 1937 y como es lógico ha pasado por varias fases durante toda su vida. Antes de todo os remito a su web (http://www.hockneypictures.com/home.php) donde podréis ilustraros mejor que con mi simple anécdota.

La obra de Bilbao es un paseo por los paisajes de Yorkshire y se trata de casi 200 lienzos pintados al oleo, acuarela y lo más sorprendente también algunos realizados con el ipad. El tamaño de las pinturas es considerable y más el de algunas composiciones realizadas con distintos paneles que se unen para formarlas. En estos cuadros expuestos y realizados en los últimos seis años se observa un amor por la naturaleza y un deseo de convertir un paisaje vulgar en algo espectacular. Se nota que ha trabajado mucho con la fotografía y ha dado a su obra un toque muy personal. Cuando un artista te impresiona al punto de consultar inmediatamente su biografía significa que te ha transmitido algo, que te ha llegado. Me transmitió VIDA y me encantó ver un video que grababa esas horas de pintura y trabajo. Vi que disfrutaba y me gustó aún más.

Os animo a que curioseéis sobre él.

Empezando…una nueva aventura…

Sin prisa pero sin pausa iré dando forma a este blog. Es mi idea ir colgando relatos o pequeñas historias y poco a poco capítulos de mi libro El Archivo. Aunque casi siempre estarán relacionados con el arte no siempre tiene que ser así. También me gustaría que este fuera un espacio donde comentar otros temas de la actualidad y donde puedan, además, participar los lectores. Un lugar donde todos pasemos un buen rato. Empecemos…

Aviso para navegantes: primero tendré que tomar conciencia de esta nueva realidad virtual y nos iremos soltando!!

(Se aceptan sugerencias)

Primera toma de contacto! Paciencia!

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