
París, 14 de septiembre de 1.919
Jeanne lleva un rato sentada en la dura butaca que les regaló Renée. Ha pasado toda la mañana mareada. Con este nuevo embarazo se fatiga mucho más y eso que todavía está de cuatro meses, pero siente que dobla ya su peso.
Tenía el propósito de poner orden en las obras que, por absurdo capricho de Amedeo, se amontonan entre ellos. La idea de conservar copias o de no desprenderse de algunas de ellas es un lujo que jamás deberían haberse permitido. Pero él se niega en redondo a cambiar de parecer y Jeanne no piensa perder ni tiempo ni energía en convencerle de lo contrario.
Se incorpora pausada y estudia la mejor forma de abordar esa tarea. Telas, o harapos de telas, separan unos lienzos de otros e impiden que el polvo se acumule entre ellos aunque no se le ocurriría soplar en los bordes de los mismos.
Su idea, aparte de una mínima limpieza, es acumularlos uno a uno, por tamaño al menos, en la pared junto a la puerta de entrada. Así será más fácil subirlos cuando les den la buhardilla. De entre los más grandes se escapa un lienzo bastante más pequeño que llama su atención. Se agacha con torpeza a por él y lo rescata del suelo. Se trata del retrato de una chica joven y pelirroja. De algún modo, le recuerda a ella misma. No sabe con certeza cuándo pudo pintarlo Dedó pero es seguro que tiene unos años pues ese estilo ya no se corresponde con el actual y perfeccionado Modigliani. Su firma se dibuja clara junto al cuello de la chica. ¿Por qué lo ha conservado?. No lleva el punto clave de las copias y de repente una ola de calor le corroe todo el cuerpo desde los pies a la cabeza. Son celos. La chica del cuadro tiene una boca sensual y la cierra provocante lo que hace despertar la imaginación malsana de Jeanne. Sólo agradece a Dios ver que sus ojos son fríos, vacíos, carentes de sentimiento. Él pues no la conoce de verás, ni al retratarla parece tener intención de ello.
Se abre la puerta y Amedeo la encuentra mirando estupefacta el retrato. Él deja su libreta en la mesa y se acerca también curioso, la rodea por la cintura en afectuoso abrazo y contempla con ella su propia pintura.
– ¿Quién es?.- la pregunta de Jeanne no podía hacerse esperar.
– Veamos,… – murmura él girando el lienzo del revés -. Una tal Louise, según pongo aquí.
– ¿Y por qué lo conservas?.
– Pues si sigue aquí será porque no fue un encargo. Seguramente alguna inspiración espontanea.
– Ya veo. – Jeanne intenta que la vea indignada -. Dáselo a Leopold, que intente venderlo con los otros.
– Uhmm, no veo por qué. Tiene al menos cinco años. Fíjate en el estilo sin definir, ni en el volumen, ni en la masa. Lo que yo quiero transmitir no se aprecia ahora en este retrato. No soy yo en la actualidad Jeanne.
– Pero es lo que fuiste y no me gusta verla aquí. – Se está comportando como una niña y lo sabe, puede que sean sus alteradas hormonas.
– Pues guárdalo donde estaba y donde ni yo recordaba que existía. Pero si estaba allí será porque alguna razón del destino lo decidió.
Su tono indica que se acaba la discusión.
– Sí, una razón llamada alcohol u otra peor…
Jeanne lo arroja con rabia sobre la cama mientras se dirige al resto de las pinturas.
Amedeo lo contempla un instante más. Ese rostro, esa soledad, es reflejo de su propia alma inquieta y necesitada de amor. Una necesidad que seguro se cubrió aquella noche de inspiración. Una noche muy lejana que es incapaz de recordar.
Sin embargo, algo familiar y cercano evoca esa imagen pintada por el mismo. Un rostro que se dibuja en su mente y que juraría ha visto no hace mucho. Quizá París no es tan grande, quizá haya vuelto a ver a esa tal Louise hace poco. Pero, ¿dónde?.