Que, desde Aragón, el cierzo surque tus bosques de acero y fuego.

Fíjate que, a veces, no escribo. Simplemente vomito palabras. Y cuando hay tanto que decir ordenarlas es, sin duda, complicado.

¿Qué me pides paisano? ¿Qué me detenga a mirar?

Detenerse y mirar, hoy en día, es casi un acto subversivo.

Estas líneas no son un estudio, no son una crítica. Son un sentir, un pensamiento y un mensaje que surge de la conexión de un alma con la burbuja que la oprime, una salida y un agradecimiento.

Hace unos meses tu nombre vino a mi mente, un sonido fugaz que no se frenó y que me paseó, en una ráfaga, por toda la ciudad, Zaragoza, como si no la conociera, como si hubiera mutado. Te has convertido en un espíritu que nos aborda sutilmente, que nos desafía a interpretar, a sentir y pensar. Porque no basta con observar una obra, hay que leerla y esa lectura es simbólica. No puede ser de otra forma.

Consciente de que esa lectura, esa interpretación, será distinta según cada espectador todo lo que hoy me rodea es Orensanz.

Huesca es Orensanz, sangre y tierra. Zaragoza es Orensanz, tierra y raza. Barcelona es Orensanz, tierra y extensión. París es Orensanz, permiso para volar. Nueva York, Londres, Roma, Florencia, Tokio o Moscú. Sin pausa, Orensanz es mundo que asombra, es una esfera con vida propia, con fuego eterno.

He cambiado, o, tal vez, me he redescubierto. El tiempo, la materia, el gesto que desprende tu obra hoy me conecta con una realidad que había alejado de mi persona. No era yo, era la época que me tocó vivir. Una época marcada por la velocidad y la saturación visual que ha alejado el arte de nuestra vida. No cabe otra cosa que pedirte perdón.

Desde Aragón, con añoranza, vamos a hacer un viaje hacia tu obra. No es nostalgia, es impulso. Volaremos hasta Nueva York, no de forma física, sino emocional. Esa obra que ha sido puente entre nuestra ciudad y todas aquellas que te han acogido. Asistiremos con el eco de nuestras montañas, con los silencios del Pirineo, con la obstinación de nuestros ríos y la fuerza de una tierra, a veces desértica, que no olvida a sus hijos y que, como ves, despiertan de cuando en cuando la memoria.

Y no acaba aquí. La imaginación es poderosa, es mágica. Participaremos en un gran disparate que cruce tiempo y luz, desde nuestra tierra hasta todas las que sembraste. Sé Ángel que serás uno de los guías.

Ahhh…lo prohibido.

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             Los días pasaban tan rápido en aquella escapada rural que la fugacidad de las estrellas en ese extraño cielo transparente se le antojaba anécdota. Él llevaba todos esos días contemplándola con una espía serenidad que, sin embargo, había ido creciendo en anhelo material. A la misma distancia pero cada vez visual y mentalmente más cercano a ella, a su cuerpo. Le fascinaba verla leer, tomar sus notas con esa delicadeza innata con la que unía sus pensamientos al folio en blanco. Él tomaba su café tan despacio como ella su té, casi sorbiendo al mismo intervalo. Había llegado a sincronizar sus movimientos de una forma natural. Ella, en cambio, seguía ajena a su persona. Pero, al menos, quedaba el consuelo evidente de que ella era ajena a todo lo que la rodeaba. Su libro y su libreta como preciosas antigüedades frente al último modelo de portátil. Su té y su perro a los pies, vigilante, como ente que la hacía viva. Todos ellos conformaban una especie de burbuja cerrada cuya llave se custodiaba sólo desde el interior de la misma. Tan sólo imaginar que accedía a esa dependencia privada hacía que un cosquilleo nervioso subiera por todo su cuerpo. De inmediato lo controlaba porque no era bueno que nadie, absolutamente nadie, le hiciera perder el control de sí mismo. Al menos allí, en público.

La ciudad en la laguna.

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     La impresión de una ciudad cambia siempre con el tiempo. Dependerá de la compañía, incluso del clima con que la visites. Pero será, en todo caso, tu percepción personal ya que la ciudad en sí, sobre todo Venecia, lleva siglos igual. Ahora un foco de explotación artística y comercial con el turismo, pero desde antaño, un concepto de vida diferente. Y en el fondo un tesoro que esperemos no se nos escape nunca.

     En mi tercera vez en Venecia busqué el olor desagradable y los mosquitos de los que tanto protesta la gente y yo nunca he conocido. Encontré un mosquito traidor y ningún olor extraño. Nada fuera de lo normal en mí recibir, de cuando en cuando, un buen picotazo. Quizá yo planifico demasiado los viajes y nada suele escaparse. Ubicación perfecta pero tranquila, pintoresca pero fuera de lo típico, sin excesos. Así que, de nuevo, fue magnífico perderse entre sus callejuelas y callejones (ojo que no es lo mismo), laberintear y evitar caer al agua. Me sigue fascinando el barrio judío y la zona vecina del Arsenal (este año Bienale), para mí poseedoras hoy de un encanto superior al resto, con algo de la antigua pureza entre sus puentes y escalones. Tampoco desprecio el resto.

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     Con el reto de no estar acompañada por las amigas con ganas de fiesta o con la pareja en busca de ese momento romántico que hay que evitar por devenir forzado (te deberías enamorar antes de navegar o mal te irá), sino por un padre que no se deja sorprender con facilidad y una madre que se apunta a cualquier proposición. Hay que perder el equilibrio en el traghetto (no hace falta pagar ochenta euros por subir en una góndola, vuélvete veneciana@ e investiga las que ellos usan), sí o sí, beber lo que no debes y buscar a La Vieja de Giorgone allá donde inexplicablemente te la han escondido los responsables de la Gallería. Y pasear sola durante un largo rato, impregnarte tú y sólo tú de la esencia del tiempo que todavía recorre las calles y canales (sorteando a las compradoras compulsivas venidas de Oriente, sí aquella tierra a donde los mercaderes venecianos navegaban jugándose el tipo para traer a Europa las telas, los perfumes y los colores más exóticos, ah…el codiciado púrpura).

      La ciudad en la laguna, hoy por hoy, sigue siendo un milagro. Quizá conviene leer un poco de su historia antes de visitarla y saber de antemano que fue antaño un estado poderoso. Poder que con el tiempo pasó y sin embargo la vida continuó en ella sabiéndose eterna. Sobre el agua o bajo ella, Venecia siempre será única.

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El capricho de unas damas.

Aprovecho para decir que… Sí, los días pasan, pasan y pasan. Yo también me doy cuenta.
Os dejo un relato a colación de la fabulosa exposición del Greco en este año del IV Centenario de la muerte del pintor. Algo es algo. Y siempre quedará Toledo.
El capricho de unas damas

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Sepulcros

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Leyendo y leyendo a veces una se queda con los sesos agua. Esto es así sólo por una razón y es que ya me lo decía mi abuela. Hay otra más poderosa y es que, en definitiva, no se puede llegar a entender todo. Y en esas estaba, ampliando mis conocimientos de escultura barroca fuera de Italia y España. En un manual bastante mediocre, hablando de los sepulcros franceses, se comenta que éstos no caen en exageraciones dramáticas como ocurre en Inglaterra. Sin embargo, posteriormente hablando de los sepulcros ingleses dice que conducen a la exaltación humanista del difunto por lo que no suelen ser demasiado dramáticos. Entonces … ¿Hay unos más dramáticos que otros? ¿En ambos países son poco dramáticos?…
Y por otro lado, con el fondo del asunto entre ceja y ceja, ¿existe un sepulcro que no sea dramático?. Porque lo que es evidente es que, sin muerto, no hay sepulcro, ni tumba, ni jardín de cenizas que valga. Sepulcro igual a muerte. ¿Quién se quiere morir?. El que lo desee sin más no tiene, desde luego, una mente muy equilibrada.
Por otro lado está la fe, esa que desde siempre nos conduce a una muerte serena. Sea la fe del Samurai, la de los antiguos egipcios, la de los mártires cristianos o la de cualquiera que, a día de hoy, confía en que estamos aquí de paso. Bien, sólo la tumba de estos «creyentes» de diversos signos puede no ser dramática por esperada y deseada. El resto miente y su sepulcro es una pura petición de socorro, hasta el del monarca con el panteón mas bello. Oh qué lujo de tumba, qué bella lápida, qué materiales preciosos, qué interesante recuerdo del que se creía estar por encima de los demás. ¡Estás muerto chaval!. Y ahora eres un espectáculo para el resto de la humanidad. Gracias por esa concesión.

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Brussels

Empezar el año fuera de tu casa y más de tu país tiene cierto encanto. Volar, volar, acontecimientos pasados y futuros, volar. Ver la cara de la gente cuando sacas tu puñado de doce uvas en una plaza extraña y cosmopolita no tiene precio, aunque el comportamiento ante la festividad no varía mucho de un lugar a otro del mundo. Deseos y más deseos, volar… Este año he cambiado el hábito, no pedir nada significa recibir siempre algo. Rodeada de tanta gente contemplando esas maravillas arquitectónicas llenas de tanta, tanta historia hace volar la imaginación.
Si fuera rica (cual cuento de la vaca lechera) me gustaría pasar unos cuatro meses (periodo medio) en un ciudad distinta. Alquilar un apartamento bucólico pero viejo y ver qué podía escribir en él, qué me inspiraba cada ciudad. Pasear por sus calles y descubrir los misterios y leyendas de cada rincón. Ser capaz de descubrir quién tiene la tabla robada del políptico del cordero místico. O, de lo contrario, inventar una historia sobre su posible paradero que fascinara a algún editor. Bah, quizá muy visto ya. Así que… Por ahora no.
Sin embargo, a alguien tal vez interese saber a la velocidad a la que circulan los carros de caballos por Brujas, veloces como rayos. Me pregunto si el turista de turno es capaz de ver la ciudad y sacar la foto del monumento al mismo tiempo que bota en el carruaje. Tal vez a alguien interese saber que en diciembre hace aquí mejor tiempo que en España, nos tienen engañados con eso del… norte de Europa. Ante todo lo más importante para cualquier potencial visitante a Bruselas es este consejo: no pierda una hora de su tiempo haciendo fila para probar las patatas de Antoine. Sí, esas que dicen son las mejores de la ciudad y que nadie se debe perder. Por el amor de Dios, patatas fritas normales con bastante resaca a freidora con aceite gastado. En cambio, aunque no le guste la cerveza, no se resista a probarlas, todas y de distintos sabores, cereza, melocotón… Eso sí es algo que no encontrará a la vuelta. Y los gofres sin añadidos, no gaste más de dos euros. Los mejillones como en Francia, acompañados de nuevo con más y absurdas patatas fritas. No es de extrañar que adoren nuestra cocina. Y nuestros mejillones ni punto de comparación. Pero donde fueres haz lo que vieres y… Juzga. Foto al Manneken, a la Janneken, al atomium y a disfrutar la ciudad del parlamento europeo.
Pero, sin duda, en Bélgica hay mucho más. Hay historia, borgoñesa, española, austriaca y muchos periodos más hasta llegar a su ansiada independencia. Y donde hay historia, hay arte y por tanto fantasía. Y lo hay allá donde uno quiera dejarse llevar. Puede ser una calle antigua en la que dibujes aquel Flandes pero también una exquisita farmacia o una pastelería. Y sobre todo la hay en las iglesias, testigos mudos de tanto cambio social y de tanta sabiduría. Y de tanto secreto. Entre sus pilares y sus bóvedas, en las criptas y en las capillas. Las que ves y las que no ves. Y en sus museos donde cada cuadro esconde una verdad no revelada y distinta para cada espectador. Pregúntale a Magritte.

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El tejo y el olivo

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De nuestra última visita a Cantabria debo destacar Lebeña. No esperábamos encontrar a nadie, pero ahí estaba ella soportando el frío y la soledad, la «custodiadora» del tesoro. Y es que en sí misma, la Iglesia mozárabe de Lebeña es un tesoro que arrastra historias muy bonitas. Y más si vienen contadas por su encantadora vigía que, con tanta pasión, las revive para sus visitantes.
Dicen que allá por el año 925 quiso el Conde de Liébana Don Alfonso fundar esta Iglesia para custodiar los restos de Santo Toribio. En aquella época una iglesia no era nada sin, al menos, alguna reliquia significativa. Pero los frailes que los conservaban en el monasterio no estaban dispuestos a prescindir de los restos del santo así que, con cincuenta hombres de apoyo, decidió el conde ir a robarlos para su nueva iglesia. Pero en nada quedó aquella aventura ya que, iluminado por la gracia de Dios, algo le hizo desistir y a día de hoy todavía se conserva la carta que escribió a los frailes implorando su perdón por la atrevida afrenta.
Poco imaginaba el conde que, pese a no contar con reliquia alguna, su iglesia quedaría de igual modo en la memoria de un pueblo y como un tesoro del arte mozárabe y naciente románico. Pues en ella se vieron los primeros arcos mozárabes, con forma de herradura, tras los lógicos avances de la reconquista y su espacio interior con un juego de alturas exquisito quedó bellamente dibujado. Y aunque sin reliquia, a la iglesia quedo unida la historia del conde, su propia vida. Un conde del norte que se había casado con Doña Justa, una dama del sur. Ella añoraba su tierra por lo que él, para su consuelo, decidió plantar un olivo (árbol del sur y atípico de aquella zona) junto a la bella iglesia. Don Alfonso tenía ya su tejo luciendo con orgullo junto a la misma y ahora ambos contemplarían el paso del tiempo y de la historia juntos.
El tejo y el olivo han permanecido durante siglos junto a Santa María de Lebeña, cuidados y mimados por los habitantes del municipio. Estos habitantes no han dejado de gozar y de sufrir con su monumento. El tejo y el olivo vieron llegar, en el siglo XV, una exquisita talla de la virgen que venía para quedarse. Sin embargo esta talla fue objeto de un robo en 1.993 que ocupó algún espacio en los noticiarios, pero sobre todo ocupó las lágrimas de sus lugareños. La virgen se había perdido. Gracias a dios, la guardia civil la recuperó años más tarde en un chalet de Alicante. Sobran los comentarios ante el expolio.
Disfrutando aun estaban todos del reencuentro con la virgen cuando, en 2.007, una terrible y fatídica tormenta fue a dar con uno de sus rayos al tejo del Conde Don Alfonso dejando desvalido al pobre olivo. Tal y como la «custodiadora» nos contó mientras unos lloraban sin remedio esta pérdida, otro lugareño decidió, pese al disgusto, intentar poner remedio y recogiendo uno de los brotes del tejo volvió a replantarlo. De esta forma, el tejo volverá un día junto al olivo, junto a la virgen y junto a su iglesia. Y seguirán en la historia y memoria de mucha gente a la espera de nuevas y si es posible menos accidentadas historias.

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EXTRAÑA VENTANA

No hay nada como detenerse una mañana en una cafetería extraña de una calle extraña a tomar un cortado. Sentarse en una mesa apartada y contemplar el mundo dentro del local y el que se vislumbra tras sus ventanas. Es una forma, también extraña, de recogimiento interior pero hacia fuera. Es decir, con tus pensamientos pero observando a personas extrañas que exhiben, de alguna manera, su vida ante ti. No resulta pues extraño que tantos literatos de tiempos pasados y también recientes encuentren inspiración a sus obras en los cafés de sus barrios.
Pero este no es mi barrio, aunque un tiempo lo fue. Por lo cual podría ser yo la que conversará alegremente con la china que trabaja de camarera. La invasión del oriental, mundo exterior en recinto interior. Pudiera ser un familiar mío el que se estuviera dejando los cuartos y parte de su vida (aunque él no sea consciente) en la máquina tragaperras. También pudiera ser un vecino mío el que, cual chimenea andante (y dejándose también la vida), fuma fuera todavía con el cachirulo al cuello pasado ya un mes desde las fiestas del Pilar.
Desde la soledad y la observancia el mundo gira distinto. El placer de leer el periódico en un bar cualquiera no tiene precio. Bueno sí, el euro del cortado. Las noticias me llegan más y mejor. Y además miro, miro alrededor y compruebo con certeza la realidad… Me pregunto cuántos artistas estarán trabajando en este momento puntual en cada rincón del planeta para abrirnos los ojos. Cuántos estarán pensando que, sin ellos, la vida no tiene sentido; que sólo ellos poseen la razón y la verdad. Uff… En un justo momento en que todo vale, en un momento en que TODO PUEDE SER ARTE. Es justo en ese momento donde me encuentro yo, en una edad ya difícil para abrir mi mente, intentando entender esa lluvia de propuestas.
Ahora el arte centrado en la lucha contra los poderes (que son muchos), en abrirnos los ojos contra la política, la prensa, los medios de masas, los bancos, la tecnología… ¿Acaso los tenemos cerrados?. Igual es porque nos conviene o mejor (o peor para algunos) es que nos gusta vivir así. Quizá ya sabemos que se cometen violaciones, discriminaciones, expropiaciones y abuso de derechos, quizá ya lo sabemos. Quizá no necesite verle el culo a un artista para entenderlo. Quizá sepa también que hay muchos más materiales aparte de los lienzos. Pero quizá, señores, a mí lo que me agrada es ver la sonrisa de aquel retrato, esa armonía y perfección de formas que no me dan sus absurdas ideas.
Y quizá no es que no las entienda sino que, sin más, no me parecen necesarias. Y lo peor es que estas obras actuales no pueden ser entendidas por la mayoría, no por gente que no tenga unos mínimos conocimientos culturales y muchos más artísticos. Entonces no deja de ser irónico que, precisamente, esta gente que no puede llegar a esas obras son los que más absorbidos están por la masa de capitalismo y consumo y por tanto, a ellos no les pueden abrir los ojos. Y a los que pueden entender su significado, a ese grupo de élite con una adecuada formación, curioso me resulta saber a dónde quieren llegar… ¿qué les roban?. ¿Dos minutos de reflexión que no hayan podido tener en la ducha o sentados ante un café solitario?. ¿Creen ver algo que los demás nos vemos?. Esa obra sólo cobraría sentido si provoca una reacción, sea política, económica, social o ideológica… Pero sino provoca una reacción y además es efímera es redundar en lo sabido, en lo consentido. Y sí, duele pero es así. Todavía agrada recorrer los museos y galerías tradicionales porque el concepto de belleza clásica sigue existiendo, sólo cambia con la moda, pero sigue estando ahí y por ello gusta. Objetiva o subjetiva pero existente. Sin belleza no hay obra de arte. Y la suya señor no me gusta, ni me remuerde la conciencia ni me motiva a cambiar el mundo. Quiero ver ese mundo a través de una nueva ventana, de su ventana, dibújela para mí. Pero hágala con gusto porque no me va a contar nada que yo no sepa, sólo quiero verla desde otra perspectiva, desde otro color, desde otra luz, su luz. Pero que esa luz exista, aunque sea extraña, o no me SIRVE.
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Invitación de un artista

Espero que os animéis a visitarla. Buen motivo para ir a la capital!!

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Leda

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Era un tiempo remoto, pasado. Un tiempo en el que los mortales convivían con la presencia de los dioses. Las alegrías y las penas del Olimpo se sentían en la tierra en forma de primavera o de diluvio. Sus habitantes eran juguetes en manos de los dioses y ha quedado en el olvido el momento en que los mortales les hicieron caer en el aburrimiento y la desidia. Hasta entonces los manejaban a su conveniencia. De celos, batallas e intrigas eran protagonistas.
Muchos de los mortales intentaban no verse influenciados por su presencia y procuraban llevar una vida discreta, anónima y que no llamara mucho la atención. Leda creía haberlo conseguido. Tenía todo lo que podía esperarse de su sexo, posición y edad. No se había casado con el hombre al que amaba pero sí con el que le convenía y esto era más importante que lo primero. Él le procuraba una existencia serena y apacible, además de darle todos los caprichos que se le antojaban.Él, Tindareo, sí la amaba. Ella era el objeto de su deseo y se dejaba llevar, sin pasión alguna, pero le dejaba hacer. Ahora él era rey de Esparta y su historia, su vida era conocida por todos, era pública y Leda se sentía el centro del mundo. Tanto que había olvidado la presencia de los dioses.
Pese a ser reina su frustración seguía siendo la misma. Todavía no había dado un heredero a Tindareo. A veces se sentía responsable y pensaba que era esa falta de deseo hacia su esposo la causa de no haber engendrado un descendiente. Con todos estos pesares había escapado de sus sirvientas y caminaba por la ribera del río Eurotas en profunda meditación. Fue entonces cuando algo llamó su atención. A lo lejos un cisne, el más bello de todos los animales que había contemplado jamás, avanzaba hacia ella de forma peculiar. Avanzaba y retrocedía casi la misma distancia al mismo tiempo de forma que, estando ella parada ante semejante escena, el animal no llegaba a Leda. Salía y se escondía del árbol que lloraba al río como en una danza sin ritmo. Fue al alzar su mirada a las altas ramas del árbol que protegía al cisne cuando pudo ver una enorme águila que acechaba al bello animal. Entonces avanzó hacia él. Un enorme deseo de proteger al cisne la invadió. Deseaba abrazarle, cubrirle con su cuerpo, con un ansia que no recordaba haber experimentado nunca. Apenas unos metros la separaban del cisne cuando supo que lo amaba. Al llegar a él lo empujó entre sus piernas para protegerle y alzó de nuevo la mirada para ver desistir al águila de su intento cruel. Se agachó mientras un inmenso calor la invadía desde los pies al rostro, un calor vergonzoso. El cisne comenzó a picotear dulcemente por su cuello hasta que logró tumbarla sobre la tierra húmeda. Poco a poco la despojó de sus finas ropas al tiempo que un cosquilleo de placer la inundaba. Sabía que algo en todo aquello estaba mal pero se sentía incapaz de detener tan pervertida locura y se dejó amar hasta rendirse agotada a un sueño en el que levantaba el vuelo con su amado cisne sobre el mundo terrenal hasta el Olimpo.
Cuando despertó se sorprendió medio desnuda y abandonada junto al río. Pensó que había sido un sueño, no había duda que el calor la había llevado a delirar. Poco imaginaba Leda que la realidad superaba al sueño, que había sido seducida magistralmente por el rey de los Dioses, Zeus, disfrazado de cisne en uno de sus cortejos insaciables a mortales. Aquella noche yació con su esposo todavía aturdida por el paseo de la tarde pero sin desatender sus labores de esposa. Curiosamente sus preocupaciones se desvanecieron tras aquel día. Cuando dio a luz a los gemelos hijos de Tindareo puso dos huevos y de ellos nacieron dos inmortales; Helena (la mujer más bella de la tierra causante del destino fatal de Troya) y Pólux. Pasó el resto de su vida protegiéndolos a ellos y así misma de la ira de Hera, mujer de Zeus. Pero nunca se arrepintió.

(La obra es interpretación del mito por Botero)

Noche blanca en Zaragoza

Madre mía, no tengo vergüenza. Quizá os preguntéis dónde me he metido este tiempo o por qué no tenía nada que contar. Más simple que todo eso, estaba viviendo. Trabajo, exámenes y ante todo personas. Incluso mi perro (el macarra del barrio) necesita de mi atención diaria. El ritmo de los tiempos actuales se apodera de nosotros casi sin darnos cuenta. Intentas llegar a todo y sobre todo a todos. Y mientras, inevitablemente, pasa el tiempo. Basta ver las fechas de las entradas del blog para comprobarlo. En todo caso, mea culpa, mala organización y para compensar hoy os contaré algo:

«No era una noche propicia ya que, tras toda la jornada fuera y una semana intensa, lo que más me apetecía era tumbarme en mi sofá. Sin embargo me dejé convencer y salí a pasear unas horas por mi ciudad con nocturnidad y alevosía. La primera parada fue el Museo Pablo Serrano. No había estado desde la rehabilitación del edificio (larga) y me encantó el resultado. Los antiguos muros como arranque a una escalada hacia el cielo con invitaciones a la contemplación. Si hay algo que me fascina del arte contemporáneo es «mirar al que mira», escudriñar lo que otro ve o pretende ver. Las sonrisas. Esta pasada noche me detuve únicamente en una figura y era la de la artista: Juana Francés. Y lo hice porque lo merecía, porque incluso aquí ha sido relegada a un segundo plano. Una marginación que tuvo toda su vida y de la que no dudo que fue consciente. Una mujer revolucionaria en su tiempo a la que Francia supo valorar otorgándole una beca para sus estudios en 1.951. Pero aquellos tiempos (como tantos otros) no eran buenos para la mujer. Ella supo adaptarse y llegó a formar El Paso con otros artistas como Miralles o Pablo Serrano. Curiosamente es la única artista española que expone obras en el extranjero por aquella época pero su matrimonio con Serrano le hace estar, aún hoy, a su sombra. Ambos abandonan el grupo cuando otros artistas cuestionan la presencia femenina en el mismo. Por ello, Juana Francés es la gran desconocida, incluso tras su muerte en 1.990, la menos expuesta.
Una pena que nos impide a muchos conocerla o hacerlo tarde. Parte de su obra podéis contemplarla en Zaragoza, navega entre la abstracción y la figuración de forma complementaria. Podemos apreciar una búsqueda constante y una gran versatilidad enriquecida con la investigación con distintos materiales. No hay duda que Juana, con su arte, se reafirmaba como mujer y como artista. Así qué aún estáis a tiempo de descubrirla y contarme qué veis a través de ella.
No podréis copiar mi recorrido siguiente por la ciudad ya que no se repetirá. En la azotea se disfrutó de una vista increíble del Pilar iluminado y un espectáculo de luz y sonido. El tapeo necesario por la calle Azoque y desembocar en la gran plaza atravesando otras menores, cada una de ellas, con una invitación a la novedad. Curioso debate frente a La Seo del arte actual en todas sus facetas y finalizar brindando con un mojito por ser quien somos y estar donde estamos, pese a todo.»

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La mirada de Villard


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Corría el año  1215 d.c. cuando el Papa Inocencio III, tras el concilio de Letrán, instituyó la confesión obligatoria de los pecados al sacerdote, al menos una vez al año. Villard con quince años era un joven aplicado, siempre lo había sido. Por eso sabía que la Biblia ordenaba que confesáramos nuestros pecados directamente a Dios por medio de Jesucristo. Sin embargo, si ahora había que hacerlo al sacerdote, así lo haría. La Iglesia proveía más que los señores. Su padre le había enseñado cómo manejarse entre unos y otros. La cesión de su ser tendría sólo el límite que el mismo marcara, siempre adecuado a la diócesis, siempre oportuno.

A los cinco años, Villard con veinte, era ya un hombre y además un maestro. La adoración a la hostia fue decretada por el papa Honorio. Todo era acostumbrarse. Observaba como el abad intentaba llegar hasta el final de la estructura encargada a Villard. No llegaría, la luz no tenía límites y tampoco los encontraría en su catedral. La catedral de Willard. Aunque la Iglesia considerara que era suya, era él quien permitía ese pensamiento. No había noche que durmiera sin un objetivo para la mañana siguiente. Hacía tiempo que anotaba todo con precisión. Sólo un hombre de Dios le había dado un consejo certero; la sabiduría no debe quedar en el aire ni en la vida de un vulgar maestro. Vaucelles, Reims, Chartres… en todas sus jornadas itinerantes dejaba su impronta, pero esta podía ser efímera. Su hermano menor se había manifestado inútil para el oficio familiar y tenía la necesidad de dejar una herencia útil, pues no en vano se dedicaba a la mayor de las artes.

Ahora que el Abad le había procurado buen material y pergamino para sus escritos comenzó a ponerlos en orden. «Villard de Honnecourt os saluda y recomienda a todos aquellos que se sirvan de las instrucciones que se encuentran en este libro de rezar por su alma y de acordarse de él, pues en este libro se puede encontrar una ayuda válida para el gran arte de la construcción y de algunas instrucciones de carpintería y encontraréis el arte del retrato y sus elementos tal como lo requiere y lo enseña el arte de la geometría.» Dibujaba todo lo que veía y también lo que imaginaba acompañándolo de textos que pudieran facilitar la interpretación.  No se publicó hasta 1858 y hoy se conserva como un tesoro en la Biblioteca Nacional de París.

Si alguna vez supo Villard que su nombre pasaría por equivaler al mejor de los canteros, arquitectos, escultores o ingenieros, es difícil saberlo. Si alguna vez imaginó que su simple maestría, su afán de aprender, mejorar o enseñar, inspiraría una novela de éxito siglos después a su muerte hay que dudarlo ya que ni ese género literario existía. Pero quizá su inteligencia le deparó algún probable poema de trovador.

Quién conservó aquel cuaderno de viajes, como lo llamaba Willard, es a día de hoy un misterio. Quién lo escondió de los vándalos e incultos no se sabe. Quién lo protegió del deterioro del tiempo y quién se encargó de transmitir sus saberes es una incógnita. Se sabe que este manual se usó hasta el siglo XV y que sus distintos propietarios hacían añadidos en sus espacios libres. También sabemos que ha llegado mutilado hasta nosotros. ¿Qué más secretos se escondían en aquellas páginas desaparecidas?. ¿Qué habrá sido de ellas?. ¿Y por qué Villard, tan centrado en los detalles, olvidó conscientemente a las protagonistas de ese estilo gótico al que perteneció?. ¿Dónde están las vidrieras de Villard?.  Quizá, sólo quizá, él no necesitó de aquella luz distorsionada.

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La no bailarina de Degas

Me dolía la espalda hacía ya bastante rato pero era incapaz decir nada. No osaba protestar ni alzar la voz con queja alguna. Se suponía que mi esfuerzo era compensado con creces y era, además, un honor perder las horas en aquel cuarto. Yo no sabía sí sería un honor o no, si después iba a sentirme orgullosa de aquella osadía. Sólo sabía que había empezado a arrepentirme. Aparte de la molesta postura, sentía vergüenza, bastante. Si bien mi situación no era óptima me daba la sensación de haberme rebajado como mujer.
Allí estaba, desnuda. Sentada dando la espalda y, porque no decirlo, también el culo a un maduro pintor. Yo no le conocía y había pasado por la palabra de unas vecinas que, años atrás en sus tiempos de bailarinas, habían posado para él. La idea era retratarme tras salir del baño, secándome con la toalla los pies inclinada con el pelo cayendo sobre mi rostro. Lo que suponía que nadie sabría jamás que era yo porque mi cara no iba a verse. Aún así decidí disimular mis pechos como pude pese a la protesta del artista. Parece que mi brazo tapando los senos no daba a la postura un aire muy natural, pero eso a mí me importaba bien poco. Al final había resultado que no se me iba a reconocer, con lo cual de honorable para mí esa situación ya no lo era tanto. Podrían pensar que la imagen era la de cualquier prostituta o cualquier otra mujer. Qué más daba si ya no era yo. Al principio me importaba ser yo y ahora me molestaba que no pareciera que era yo. Maldita sea, esa posición me estaba volviendo loca, ya no sabía ni lo que pasaba por mi cabeza mientras el antipático hombre se dedicaba a jugar con sus pinturas de pastel sin rematar nunca el dichoso cuadro. Según él los detalles estaban inconclusos y estaban transcurriendo con creces los días pactados del posado sin que sugiriera pagarme nada más. Hasta las manos me habían tornado rígidas de sostener la toalla y fingiendo secar mis pies casi había conseguido perder la suavidad de mi piel.
Odiaba ese cuadro y todo lo que suponía. Y lo peor es que después de ese supuesto momento de gloria no me quedaría nada. Nada tenía ya tras haber usado el pago del pintor para saldar deudas que poco a poco volvería a acumular. Mis días perdidos desnuda ante ese hombre no implicaban otra cosa que volver de nuevo al mismo círculo de donde no podía salir. ¿Admiraría alguien esta imagen en el futuro?. ¿Se expondría aquel cuadro como algún otro de ese hombre?. ¿Qué interpretarían al contemplarlo?. No sabía lo que él pretendía mostrar o transmitir con esa escena. Pero no me verían a mí ni por fuera ni por dentro. No verían más allá de lo que yo veía en ese instante, mis pies.

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La gitana

He pasado muchos años cumpliendo con las reglas. Acatando siempre las normas de la sociedad, los mandamientos de Dios, los artículos de la asociación, los consejos de mi familia, las costumbres de los gremios y las leyes de la milicia de San Jorge. Todo ese tiempo sintiendo que no vivía, viendo que no amaba a la mujer que se acostaba a mi lado, comprobando que ella tampoco me deseaba. Disimulando ante los demás porque… Qué dirán. Cubriendo mi indecencia, tapando mis vicios como si no fuera humano.
Y todo eso sin darme cuenta que tenía en mis manos el poder de darle la vuelta a esa existencia. En mis manos, en mi trabajo. Cumpliendo las pretensiones finales en todos mis retratos, perfectos los individuales, sublimes los colectivos. Tardé en percatarme lo fácil que podía resultar disimular también en ellos.
Y fue entonces cuando empecé a retratar la realidad, la vida cotidiana de los que de verdad se enfrentan a ella día tras día. Los que, de verdad, a su manera nos movían a la independencia de los españoles, a la guerra. El pueblo. Un pueblo del que no quería huir, que conocí por ti. Ahora también mi gente. Podía engañar al resto pero no a mi mismo.
Pintarte es lo más dulce y provocador que he hecho en mucho tiempo. Porque tú eres mi realidad, la única en mi vida, por encima incluso de mis propios hijos. Serás la gitanita para los tontos, la prostituta para aquellos con mente lúcida que sepan ver más allá de la luz en tu escote y boca entre abierta. Pero serás mi amor, sólo aquí, ahora en este instante.
Me sobran los detalles y me basta el pincel rápido y certero. Las manchas dibujan tu expresión intensa y tu alegría bohemia. Se capta en segundos. Porque eres natural, eres sensual. Porque tu mirada y tu gesto pícaro desvela esa personalidad que no se avergüenza de ser quien es, de vivir. Porque eres todo lo que yo no soy, mi pena y mi devoción. Sin gremios ni juicios morales que decidan si este retrato, si esta obra de mi amor, cruza o no los cánones de la decencia.
Por ser prostituta, por ser gitana, por ser la luz de mi túnel, por ser el deseo más próximo y más real que un hombre como yo pueda tener… Mi mano es tuya y con ella lo mejor de mí.

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La niña que se peinaba

   Hasta no hace mucho creía que sólo a través de los paisajes podía reflejar un estado de ánimo, un anhelo, una frustración o un destello de esperanza. Pero contemplando a la niña, al mismo tiempo que comenzaba a ejecutar los colores, se percató que ella era todo eso y más. Y ahora, antes incluso de dejar que se marchara, por un momento dudó si durante toda su vida había errado.
No, suspiró pausadamente. No había sido así. Él toda su vida había hecho y obrado como bien le había parecido sin dar cuenta a nadie. Liberado de la primera oposición de su padre, quien nunca lo había valorado, se dedicó a pintar por vocación, pura vocación. Desde una pronta juventud supo que quería pintar. Y lo hizo sin presiones ni sujeción a los acontecimientos políticos, sociales y revolucionarios de su época. Camille Corot fue ajeno a todo aquello. Ni siquiera tenía que trabajar para vivir porque podía hacerlo a costa de su acaudalada familia. Fue, de ese modo, como pudo permitirse un lujo que pocos podían llegar a tener pero que él nunca dejó de valorar.
Vivir del aire, hacer sólo aquello con lo que disfrutaba. Recorrer el mundo, viajar y plasmar en un lienzo los distintos paisajes que la vida le ofrecía. Sin fantasía alguna reflejando todos los volúmenes y detalles tal cual eran en la realidad.
Sólo en los últimos años, y básicamente porque la salud ya no se lo permitía, se había dedicado a estudiar y pintar la figura femenina. Pero nunca le habían atraído los retratos y si los había realizado era para agradar a algún familiar o amigo. Hoy, sin embargo, que concluía el cuadro de la niña peinándose, al mirar a su modelo a los ojos pudo ver a través de ella toda una vida, pasada y futura pendiente. Miles de paisajes que él, jamas ya, podría disfrutar.
Y una vez más se llenó con lo que se le ofrecía galante. Y ejecutó rápido y eficaz dando a la niña el mismo halo dulce, bello y sereno que ofrecía la naturaleza, con las luces y sombras que otorgaba un atardecer. Porque, ya lo vio claro, la humanidad formaba parte de esa naturaleza, cambiante día a día. Y él aún tenía tiempo, algo de tiempo para transmitirlo así.

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Teodora

           

        La diadema, el collar, todas las joyas que la engalanan nos muestran a Teodora en su máximo esplendor. Vestida con una túnica púrpura bordada en su parte inferior con las figuras de los Reyes Magos sostiene un cáliz de oro mientras se hace acompañar por los cortesanos y un cortejo de damas ricamente ataviadas. Ella y su marido Justiniano, en otro mosaico, se retratan con corona y halos de santidad, ataviados con sus atributos de realeza pero representándose también como las cabezas de la iglesia. En ellos se unen los poderes temporales y espirituales, una vez rotos los lazos con la iglesia católica de Roma. Es el cesaropapismo. Ellos son ahora los que evocan los suspiros del antiguo Imperio Romano.

                No sabemos si la emperatriz sale de palacio o se encuentra en un interior eclesiástico ya que las referencias  al interior donde se desarrolla la escena son escasas. Un dosel que se abre y una pequeña fuente de la que mana agua. Los pliegues de las túnicas y las figuras alargadas nos dan una sensación  de grandeza y lejanía. Pese a la reiteración de las posturas y la falta de realismo apreciamos un intento de individualizar los personajes. Pero lo que interesa al artista es la abstracción. Bajo un fondo dorado multitud de teselas de colores nos alegran la vista y esa riqueza cromática que transmite fulgor y brillo evidencian que el mosaico es el símbolo más poderoso a través del cual el emperador manifiesta su poder. Esta práctica artística heredada del Imperio Romano llega a sus cotas más altas de maestría con el arte bizantino.

        Y ¿qué veo yo?. La veo a ella, a Teodora. En el papel de su vida, la mujer más importante del imperio secundando a su esposo en la labor de gobierno. Gloria y esplendor de una época en la que se hundía occidente ante las invasiones godas mientras ellos contruían un imperio, a veces menospreciado por la historia, que sobrevivió siglos hasta su caída en 1.453 por los turcos. Pero ella se sigue alzando solemne y majestuosa ante nosotros.

      Su padre era entrenador de osos y su madre bailarina y actriz de la época. Dicen que ella trabajó en un burdel además de actriz. En su representación de Leda y el Cisne cuentan que se desnudó más de lo que la ley permitía. Cuando abandonó esa vida entró como hilandera en el palacio de Constantinopla hasta que su carácter, alegría, ingenio y belleza llamaron la atención de Justiano que tuvo que esperar que cambiara la ley para poder contraer matrimonio con ella. Fue una valiosa y apta gobernante, tanto en sus discursos como en sus disposiciones. Controló rebeliones. Expandió los derechos de las mujeres en general y para los casos de divorcio. Prohibió el asesinato de las mujeres que cometían adulterio, creo conventos y prohibió la prostutición forzosa. Sin ella, seguramente, la historia de este imperio y la nuestra hubiera sido otra. Y ahora… vuelve a mirarla.

Capítulo tercero de las escenas de Modigliani (EL ARCHIVO)

 

                                                                       París, 6 de diciembre de 1.917

    Jeanne no podía dejar de reir, se estaba poniendo perdida con la paleta de pura emoción. “¡Voy por el tercero!” anunció. El tercer color. Amedeo sonreía divertido. Seguía disimulando leer desde la cama. No quería distraerla ni a ella ni a la niña que posaba y que ya parecía contagiada por tanta hilaridad.

   “Cuando consideres acabado el fondo me meto con la figura, esa despreocupada de su madre viene en dos horas a por ella” le dijo. Le gustaba ponerla nerviosa. Realmente llevaba un rato observando a la niña, sólo iba a necesitar unos minutos y un solo gesto. Pero perturbar la siempre calmada percepción del mundo de Jeanne, y solo él podía hacerlo, era algo indescriptible e inspirador. Si existían las musas él había tardado en encontrar la suya, quizá porque, además, era un ángel que renovaba su energía, tan perdida en los últimos tiempos.

   Desde que Jeanne, en contra de la decisión de sus padres, había decidido mudarse a su caótico apartamento sentía una responsabilidad hasta ahora desconocida. Ella había cambiado una vida cómoda y sin privaciones sólo para estar a su lado enfrentándose a su propia familia. Y aquel hecho variaba la perspectiva con la que hasta ese momento contemplaba el mundo girar. Unido a que, por fin, iba a exponer su primera muestra personal en la Galería de la generosa y afectuosa Berthe, todo le llevaba a pensar que ese reconocimiento tan esperado iba a llegar.

   Con esos pensamientos se incorporó con una decidida y extenuante tensión creativa para darle el relevo a Jeanne. Tenía, como siempre, la imperiosa necesidad de acabar esa obra en una sola sesión así consumiera esas renovadas energías. El cuadro de “La chica con las medias rosas” se concluyó en menos de cuatro horas.   

El Arco

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     Intentando estudiar la puerta monumental de lo que fue la Abadía de Lorsch. Buscando la explicación de la versión cristiana del arco del triunfo romano. Mitad del siglo VIII y volviendo a caer en los defectos y en las virtudes humanas. Sin duda todo vuelve y es curioso como a veces no somos capaces de ver lo repetitivos que somos. Y caemos. Y volvemos a caer. Nacemos y morimos. Y nos seguimos sorprendiendo por morir, como si no fueramos capaces de asimilar el hecho más evidente de nuestra existencia; estamos aquí de paso. Así que deberíamos pasar con orgullo por esta puerta de la vida y buscar lo más bello en lo más simple. Dejar atrás el arco de la amargura y aprovechar cada instante al máximo pisoteando los burdos ataques ajenos de distorsionar el trayecto vital. Buscar las soluciones al problema antes de crear otro. Dar color a los pensamientos como los primeros medievales lo hiceron con sus muros. Pasar por el arco sin respirar y pedir un deseo. Porque todo lo que tú desees se hará realidad sólo si crees que así será. Cada persona tiene un arco que atravesar, un reto que cumplir. Eludirlo te hará vivir la vida de otros y la tuya volará por el torreón lateral, de defensa. ¿De defensa de quién?. Cobarde.

Embriagado de dudas…

  3 de octubre de 1.608

        Aborrecía ese aroma campestre. No debería ser así ya que había nacido y crecido entre esa aura floreal, pero de forma inevitable el olor intenso del polen revoloteando al viento penetraba por sus orificios nasales, suficientemente amplios por herencia paterna, y le llegaba casi de inmediato hasta los pulmones atravesando con terrible quemazón la garganta. Le repelía y el estornudo de después, le repelía todavía más. Cadena de movimientos corporales que escapaban a su control, como tantas otras cosas.

            Michelangelo Merisi da Caravaggio atravesaba la pequeña y escasa campiña de la isla de Malta, huyendo de la capital, entre rabia y humillación, con la ira contenida a fuerza de un aprendizaje forjado y forzado con los años. Una vez más, incomprendido y despreciado salía de La Valetta.

            Si creía Alof de Wignacourt que sería más listo él que sus también perseguidores en Roma, estaba muy equivocado. Algo innato en Michelangelo le hacía estar alerta ante situaciones extrañas. Y extraña había sido la cita que había recibido. Podía sentir el plan, la conspiración, querían atraparle. Pero no lo lograrían. Volvería a huir. Ya se había acostumbrado a no tener hogar, a ocupar las vidas ajenas, a vivir sólo para la pintura y a sobrevivir de su obra. Cierto era, sin embargo, que no había sospechado hasta hacía bien poco, de la ingratitud de Alof. De buen grado se llegaría hasta su palacio y rajaría con el filo de su daga su propia tela. Sí, eso sería en verdad una empresa difícil, pero quizá no lo sería tanto acceder a la Concatedral de San Juan y cumplir su objetivo sobre “San Jerónimo escribiendo”. Y así, borrar la cara del pretencioso Alof de su propia obra, de su creación, ahora mancillada por la imagen del engreído maestre sustituyendo a la del santo.

            De repente se detuvo. No era una buena idea regresar a La Valetta. Pero…¿Y si lo que le habían insinuado del Gran Maestre no era cierto?. ¿Por qué dudaba de él, a priori, tan alegremente?. Hacía poco más de un mes que le había nombrado Caballero de la Orden. Había hecho lo imposible para que Michelangelo recibiera ese honor, ese sueño tan anhelado. Ese gran hombre había rogado al Papa por él. Recuperó por momentos el raciocinio perdido en el altercado de una hora antes, se detuvo y pensó.  Pensó que antes de destrozar su propia obra, debería conceder a Alof, el Gran Maestre, el beneficio de la duda. Y regreso a La Valetta, al palacio. Si bien, en esta ocasión, no entraría por la  puerta habitual, daría un pequeño rodeo. Debía saber quién estaba de su parte en aquella isla que comenzaba a antojársele una prisión a cielo abierto.

            La historia, de nuevo, se repetía.

Paseando por Yorkshire

Imagen                No había oído hablar de él pero salí encantada del Guggenheim de Bilbao. Quizá contribuyó poder visitar la obra a la una de la madrugada entre la oscuridad de la noche y la música de los tangos de fondo. Un ambiente, sin duda, singular. Entrar a las salas donde se exponían sus cuadros fue entrar a la luz y al color, un enorme resplandor.

David Hockney es un artista británico de los más influyentes del siglo XX (de estos que se codean con Andy Warhol y con obras vendidas que pasan el millón de euros), nació en 1937 y como es lógico ha pasado por varias fases durante toda su vida. Antes de todo os remito a su web (http://www.hockneypictures.com/home.php) donde podréis ilustraros mejor que con mi simple anécdota.

La obra de Bilbao es un paseo por los paisajes de Yorkshire y se trata de casi 200 lienzos pintados al oleo, acuarela y lo más sorprendente también algunos realizados con el ipad. El tamaño de las pinturas es considerable y más el de algunas composiciones realizadas con distintos paneles que se unen para formarlas. En estos cuadros expuestos y realizados en los últimos seis años se observa un amor por la naturaleza y un deseo de convertir un paisaje vulgar en algo espectacular. Se nota que ha trabajado mucho con la fotografía y ha dado a su obra un toque muy personal. Cuando un artista te impresiona al punto de consultar inmediatamente su biografía significa que te ha transmitido algo, que te ha llegado. Me transmitió VIDA y me encantó ver un video que grababa esas horas de pintura y trabajo. Vi que disfrutaba y me gustó aún más.

Os animo a que curioseéis sobre él.