LIN

            Cuando despertó le dolía tanto el cuello que llegó a pensar que se lo había roto. Suponía que no debía ser así. Al fin y al cabo era una sensación que se repetía todos los días.

            Acababa su jornada de trabajo en la Cafetería 84 a las siete de las mañana. Podía dar gracias a que la distancia entre la cafetería y su casa la recorría en veinte minutos con la vieja bicicleta de su hermano. Apenas el tiempo justo para refrescarse, saludar a mamá, tomar algo sólido y coger de  nuevo la bicicleta para llegar a su trabajo “legal” a las ocho y media de la mañana.

            Había luchado mucho por aquel puesto en el Templo de Confucio. Durante casi un año, día y noche, había estudiado historia, política y diplomacia para examinarse y lograr el aprobado. Su lugar estaba en una de las salas de exposiciones. Concretamente la que narraba la historia de los primeros discípulos que siguieron al pensador.

            Su labor, como la de las otras dos muchachas, era escasa. Nula. Tenían sus asientos detrás de un gran mostrador y nadie apenas se dirigía a ellas. Cada lámina o figura expuesta tenía su leyenda, primero en chino y después en inglés. En este último idioma sólo algunas, no todas y ya era demasiada concesión al extranjero. Los turistas, escasos, tampoco se molestaban en preguntarles. Probablemente, cuando todos ellos llegaban al Templo de Confucio, ya se habían percatado a través de otras visitas o experiencias que, en Pekín, nadie hablaba inglés. ¿Para qué?.

            Lin aprovechaba esas tranquilas primeras horas en su puesto de la misma manera que sus compañeras. Dormían. Dos, tres horas al menos caían muertas. Para los turistas debían ser unas figuras más de la exposición. Pero dormían en unas toscas butacas y la posición era difícil. Bueno, en realidad sólo existía una posición posible; sentarse, cerrar los ojos y dejar que la cabeza cayera aleatoriamente.

            Al abrir los ojos Lin lo primero que vio fue su ombligo o la altura de su ombligo. Se limpió la baba que casi colgaba de su barbilla e incorporó el cuello poco a poco. Le dolía horrores. Pero no lo pensó, no le importó. Su primer pensamiento fue para él.

            Y era para él día sí y día también desde hacía ya un mes.

            La primera vez que le vio fue a los quince días de haberse incorporado al turno de noche en la cafetería. Estaba muerta. Se paseaba como una peonza entre los mostradores de los bollos y pastelitos. Era su única misión. Llevar una bandeja a aquel cliente que quisiera algo y acompañarle hasta la caja para que lo abonara o, si lo deseaba, sugerirle que pidiera allí algún café. La mayoría de los clientes conocían el sistema así que la ignoraban, igual que le sucedía en el Templo. No le importaba, lo prefería. Siempre se sentía más a gusto si pasaba desapercibida.

            Él también la ignoraba. Esto, en cambio, le hubiera gustado que no fuera así. Sin embargo, se sentía incapaz de poder cambiar esa situación.

            Cuando lo vio entrar la primera vez le llamó la atención su olor. Pasó junto a ella rozándole con su cartera de mano como si ella no existiera. Vestía con traje, fino, elegante. Casi como un occidental de película. Había esperado un perfume embriagador de marca pero hasta ella llegó un aroma fresco, puro. Y le recordó a su padre, a su hermano también. Y se sintió estúpida. Se colocó al inicio del mostrador donde él estudiaba detenidamente los pasteles. No iba repeinado, ni engominado. Simplemente su pelo caía natural y gracioso sobre su rostro, un rostro sereno abierto por unos enormes y rasgados ojos negros.

            Le observó estudiar cada categoría de pastel, de bollo, de bizcocho. Parecía no decidirse y dio varias vueltas. Al final regresó al primer mostrador. Ella seguía en el mismo lugar con la bandeja en la mano. Su turno debía estar a punto de acabar pero, por una vez, no tenía prisa. El hombre cogió un bollo, lo depositó en la bandeja que ella le acercó sin saber cómo y se dirigió a la caja. Pidió un café para llevar y se marchó. A Lin le quedaban quince minutos de jornada.

            Para su sorpresa él volvió al día siguiente. También al otro y al otro. Le veía desde hacía un mes. Él no la veía a ella. Estaba segura que jamás había reparado en su presencia. Podía ser ella o cualquiera otra con el uniforme negro y la cofia blanca. Él repetía todos los días el estudio de los mostradores, pero acababa siempre comprando el mismo bollo. En alguna ocasión ella se había sentido tentada de sugerirle su pastel preferido pero sabía que era incapaz de dar un solo paso hacia él.

            Él no era como los demás. Era un hombre hecho y derecho. Tendría cerca de treinta años y era evidente que no estaban al mismo nivel. Sus trajes, sus maletines. Era un hombre culto, con un trabajo serio. Soltero, eso sí. Se había fijado bien. Pero ¿y ella?. ¿Por qué habría de fijarse en una pobre chica de veintidós años como ella?. Había tenido que dejar sus estudios, aunque le encantaban, para poder mantener su mini casa en un hutong sin nombre, a su madre y a ella misma. Tras la muerte de su padre y hermano, en aquel tren maldito, su madre había entrado en un letargo y pasividad absoluta. A ella también la ignoraba.

            No había recibido las ayudas prometidas por el gobierno pese a que había cumplimentado todas las instancias y solicitudes posibles. Y no podía permitirse perder los únicos metros que ella tenía como hogar. Esa casa no era nada, pero era mucho y tenía que mantenerla. Por ello, se vio obligada a coger dos trabajos continuos.

            Veía pasar a las chicas de su edad por la cafetería, por la calle. Las veía vivir. Poco o mucho, vivían.

            Con todo, sabía y era consciente de que él estaba fuera de su alcance. Porque, aunque fuera otro tipo de chica, de esas que no tienen vergüenza ni miedo a nada o de esas capaces de conquistar a cualquier hombre con un movimiento de pestañas. Aunque fuera de esas, Lin no tenía tiempo para él, ni para intentar aproximarse a él.

            Había tenido como un triunfo aprobar el examen para el Templo. Se había sentido resuelta al ser capaz de combinar dos trabajos. Había conseguido aquellas metas. Pero, ¿Y ahora qué?. ¿Aquello era todo?. ¿Así sería siempre su vida?.

            No había nada que pareciera indicar que algo iba a cambiar. No podía abandonar a su madre. No podía perder la casa. En definitiva, no podía permitirse el lujo de dejar de hacer lo que hacía. Si tenía un momento tenía que ser o para comer o para dormir. Incluso a veces tenía que optar por una u otra alternativa. No podía ver la tele, la vendió. No podía leer, ni viajar. No tenía ni tiempo para ver a sus amigas a las que ya consideraba perdidas.

            Sin embargo, tenía tiempo para pensar en él. Tenía tiempo para dejar volar la imaginación con él. De soñar que paseaban de la mano por una gran avenida franqueada de rosales o por mitad de un desierto. Con él. ¿Por qué parecía tener tiempo para eso?. Soñar era libre y gratuito, sí. Pero se sentía tan ridícula, tan tonta. Deseaba hacer volar y desaparecer todos esos absurdos pensamientos antes de que se convirtieran en sentimientos. Y dolieran.

            Pero dolían ya. No era el cuello, era su pecho que la oprimía. Se incorporó asustada al comprobar que las lágrimas caían por su rostro. Se sentía tan desgraciada. Miró alrededor. No había nadie y sus compañeras seguían durmiendo. Tenía que recuperar la compostura, se jugaba mucho. Se jugaba la única vida que conocía.

 

Jaipur, 19 de octubre de 2012.

Noche loca de tos. No digo más. Si he dormido algo he debido soñar con monos.
A las siete en punto abren para desayunar y allí estamos nosotros. Los únicos. Tortitas con miel hasta arriba. Con fuerza pese a todo porque esta ciudad nos va a gustar.
Nos despiden con música y atravesamos con el coche toda la Ciudad Rosa, old city, haciendo fotos a la famosa fachada del Hawamahal.
Ha sido semana de festivales en la ciudad y nos encontramos con que no podemos dar la vuelta por el fuerte y la muralla con elefantes. Sí, hoy también vemos elefantes por las calles. Aquí vale todo.
A falta de elefantes subimos con el coche hasta el Amber Palace. Del periodo medieval, pero estilo indio, nada que ver con nuestro medievo. Es enorme y con vistas espectaculares al río y a la muralla que cruza las montañas. Nos recuerda a la de China, aunque imaginamos que sin su longitud, no se la ve acabar por ningún lado. Nos deleitamos con el palacio porque podemos acceder a todas sus estancias y dejar volar la imaginación. Subimos a las torres, cruzamos patios, pasamos por las letrinas de antaño, por los baños turcos (en aquella época ya los tenían), por las habitaciones de las damas y descendemos por los pasadizos que conducen a sus habitaciones desde el lado masculino. Cuidado con las cabezas y mejor no mirar hacia arriba si no te molan mucho los murciélagos. Muy entretenido, preciosa y delicada decoración, además de bien conservada. A la salida se avecina ya un tropel de gente. Incluso salir del parking resulta complicado.
De ahí vamos al City Palace de Jaipur. En comparación con el anterior nos gusta mucho menos. Esa es la verdad. Aún así nos lleva su tiempo. Hay un patio interesante con cuatro puertas espectaculares en relieve y color. En todos los muros están repasando el color rosa y el blanco de las falsas ventanas. Eso está bien. Visitamos el coffe Palace donde hay fotos de Lady Di o el presidente Clinton como ilustres visitantes. Éste último también estaba fotografiado en nuestro hotel. Comenzamos a pensar, irónicamente, que también deberían poner nuestra foto. Al menos en honor a los turistas que, con menos días, más les está cundiendo.
Salimos de ahí y nos aventuramos a cruzar una plaza y una calle para llegar al Jantar-Mantar. No nos abordan demasiado y para los que se atreven nos hacemos los distraídos contemplando los monos que trotan sobre el muro del edificio. Un edificio realmente singular ya que se trata de un observatorio de los cinco que mando erigir el Maraha Sawai en el siglo XVIII. Está construido en piedra y mármol. Consta de distintos elementos gigantes (el acceso por escalera está prohibido)que les permitían estudiar la astronomía, controlar la hora, las estaciones y constelaciones de cada signo del horóscopo. Es curioso y particular. Sin embargo el edificio tiene pocos espacios de sombra y el sol aprieta ya demasiado como para perder tiempo.
Decidimos que es hora de marchar para Delhi. El conductor intenta llevarnos a un mercado textil pero tantos días de viaje no nos dejan margen para regatear dinero en telas. Queremos descansar pues nos espera un largo viaje de regreso con escala en Helsinki.
Este viaje se despide aquí pero la autora a la vuelta repasará notas y datos por lo que, seguramente todo se volverá a actualizar. Eso sí, cuando cure el dichoso catarro. Bye bye

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Templo de los monos

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Templo de los monos

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Agra- Jaipur, 18 de octubre de 2012

Me levanto mal porque no descanso a causa de la tos en que me ha derivado el catarro. Poco ha funcionado el té, ni ibuprofenos ni paracetamoles. Sin embargo hay que seguir. Son las seis y media cuando bajamos a desayunar. Dado que aconsejan visitar pronto el Taj Mahal vamos bien. El desayuno no es muy bueno pero ya que no lo teníamos incluido y nos invitan poca queja por nuestra parte.
El hotel está cerca de donde se venden los tickets. Allí unos autobuses te acercan al monumento ya que los vehículos no están permitidos. Vemos unos puestos de venta de recuerdos pero te abordan en que te ven y de tan pesados que se ponen se te van las ganas de mirar y comprar. Así qué vamos directos a la entrada. Control para mujeres y para hombres en distintas filas. Yo no llevo nada y mi acompañante sólo la cámara. Hasta los móviles están en el hotel para evitar filas de custodias. No tardamos en entrar y somos de los primeros. Los hindúes entran por un lado y nosotros por otro pero al final todos nos mezclamos( como debe ser) durante la visita.
El Taj Mahal está rodeado por cuatro puertas y muralla que hace de fortaleza al monumento al amor. Del Maraha a su emperatriz. Cuando accedes por una de ellas (todas de piedra rojiza) y vislumbras su blanca y brillante silueta no puedes más que detenerte a cada paso a contemplarlo. Es bellísimo. Todos pretendemos captar con la cámara su reflejo en el agua del lago que lo antecede y la luz del sol por ahora nos lo permite. El paseo hasta allí no deja desviar la mirada más allá de los cuatro minaretes que lo encuadran. A sus pies nos descalzamos para subir por las escaleras. No es un templo sino un mausoleo en la actualidad donde descansan los amantes pero es la costumbre y hay que respetarlo así. La sensación de pasear descalza por el mármol es más que agradable, no quema sino que refresca. Me encanta.
Fotos por doquier desde todos los ángulos. Vista al río medio seco y al fuerte rojo y paseo por las capillas y habitaciones adyacentes. Entramos al minimuseo cuando lo abren a las nueve. Poco que ver. Algún retrato de la pareja, por separado eso sí. El Maraha me parece un hombre muy atractivo. Intento imaginar su historia de cuento durante unos minutos mientras las ardillas corretean entre mis pies.
Tras disfrutar de la visita decidimos el regreso para salir pronto a Jaipur. Cuando llegamos a la puerta la fila para acceder es de campeonato y nos congratulamos de nuestra madrugada. Para celebrarlo decidimos entrar a un puestecito y comprar dos elefantes minis y una réplica del Taj Mahal.
El conductor de un autobús de otro hotel nos acerca gentilmente al nuestro donde hacemos el check out y nuestro chofer ya nos espera para emprender ruta.
La carretera a Jaipur desde Agra es buena, para lo que es aquí una carretera, y nos deleita con un paisaje más verde y rico en colores.
De camino el conductor nos sugiere visitar Sikri. No tenemos idea de lo que es así que nos dejamos guiar. Debe dejar el coche en el parking y nosotros subir a un autobús que lleva a la montaña. Me aborda un vendedor y cuando ve que soy española llama a otro chico más joven. Este me cuenta que estudia español en el instituto Cervantes y que ayuda a su padre en la tienda. Le prometo pasar por su puesto cuando vuelva. Estoy segura que me estará esperando. Llevo un pañuelo naranja que además le facilita las cosas. Entre la confusión de unos turistas alemanes nos colamos en su autobús sin pagar el billete. Hay mucha afluencia de gente así que debe ser importante este sitio. Me da pena haber llegado tan desinformada pero entre el tiempo que ha pasado desde que reservamos todo, los días del viaje y que no contábamos con poder ver muchas cosas, la India me está sorprendiendo a cada paso.
Cuando llegamos arriba al bajar del bus nadie nos pide billete. Sacamos los tickets del lugar. Palacio, fortaleza y mezquita al menos. Lago incluido. Muy bonito pero el calor causa estragos. Además hay muchos vendedores ambulantes que no aceptan un no por respuesta por muy educado que lo des. Llegan a agobiar bastante. No dejo de pensar que venderían el doble o el triple si cambiaran la táctica y nos dejaran ver lo que ofrecen con tranquilidad. Pero no veo fácil explicárselo. Para el acceso a otra parte del enorme complejo hay que descalzarse. Hay tanta gente que prefiero llevar los zapatos en la mano. Antes de entrar cedo ante un niño encantador y le compro por cuatro duros un montón de bolis muy chulos. Los escondemos con rapidez o seremos presa fácil de los demás. Todo lo que vemos nos gusta pero el calor hace mella en nosotros y decidimos regresar. Cogemos otro bus fuera. Hasta allí me acompaña el niño al que le he comprado los bolis. Me esperaba para ofrecerme más souvenirs y para pedirme mi reloj. Va a ser que no. Qué majo es. Nos despide cariñoso cuando sale el bus. Coincidimos con cuatro personas de Barcelona y todos nos congratulamos de volver a oír castellano. También van por libre pero hacen el camino a la inversa. Ellos van a Agra y nosotros hacia donde ellos han estado. Nos informamos de ambas ciudades unos y otros y nos deseamos buen viaje. Al llegar abajo sí que nos piden el billete y distraídos decimos que ya se lo hemos dado a otro. No se organizan, no se enteran. Me espera el chico de antes y cumplo mi promesa. Visito su tienda. No me gusta nada. Unos posavasos de mármol demasiado caros así que nada. Me disculpo, España está en crisis.
Paramos a comer por el camino. Esta vez sí tenemos hambre. Pido otro tipo de pan, de queso. Uhmmm, me encanta el pan indio. Lo acompaño de un arroz con huevos. Y lo compartimos con un sándwich de pollo. Perfecto.
El resto del camino a Jaipur transcurre cayendo sobre mi el cansancio del catarro mal curado que no me deja dormir ni una noche. Aún así estoy orgullosa de estar disfrutando del tour. La vuelta a España será dura y prefiero no imaginarla.
Ahora en la carretera a las vacas se unen los camellos. Muy grandes y tranquilos. Y las montañas.
Nuestro chofer es de Jaipur y nos dice que antes de dejarnos en el hotel nos va a llevar a ver algo. Nos miramos curiosos.
Sorpresa al tomar lo que parece un atajo. No lo es. Subimos la montaña por un estrecho camino rodeado de vegetación, vacas, camellos y pavos reales.
Al llegar nos encontramos un conjunto de edificios abandonados entre la montaña que se estrecha y los encierra. Una vaca nos recibe en la entrada. Varios hombres juegan dentro a algo. Todos visten togas naranjas como si fueran budistas. Les damos cincuenta rupias a cambio de echar fotos del Templo de los Monos ( pronto descubriremos por qué). Todo está abandonado y nos queda claro que esta gente son okupas. Los restos de esta fortaleza o palacio nos maravillan. ¿Cómo pueden permitir esto?. El conjunto está abandonado a la naturaleza que se le apodera. Unas escaleras sortean la montaña hasta lo alto desde donde se contempla todo Jaipur. Me cuesta decidirme a subir. Hay monos por todos sitios. Paredes, tejados, ladera de montaña, árboles y fuentes.. Es su templo. Es la ciudad de los monos. Agarro con fuerza el móvil por miedo a que me lo arrebaten. Otras cuatro personas descienden de arriba. No del todo solos entonces, decidimos subir entre monos. Las madres monas cogen a los más pequeños. Pienso entonces cuántas veces les habrán sido arrebatados sus hijos y recuerdo al hombre que llevaba atado uno para ofrecerlo a los turistas. Hacen bien entonces de protegerles. Los machos más grandes pasan despacio como haciendo guardia. Uno de ellos reacciona no muy bien al alzar la voz. Intentamos ser cautos, son mayoría. Me siento como en una escena de la peli «Yo soy leyenda». Empieza a anochecer y nosotros a descender.
Llegamos todavía alucinados a Jaipur. Esta es una ciudad también caótica pero con calles más organizadas y un trazado cuadriculado. Nuestro hotel nos sorprende, sobre todo por el precio. Es el palacio más antiguo de Jaipur. Y todo lo que contiene debe ser de aquella época. Nos dan una habitación vieja pero encantadora y nos sentimos marahas. Aunque yo aún veo monos por todas partes. Ducha y a cenar. Como les lleva tiempo salimos a ver un espectáculo de marionetas indias. Lo lleva un padre y su hijo. Somos los únicos espectadores. Nos cantan y cuentan la historia, como un pequeño teatro. Esta será nuestra propina más espléndida. A los cuarenta minutos estamos cenando. Somos también los únicos. Nos preguntamos cómo mantienen el edificio, es una pena. Nos ambienta un hombre tocando, le insinuamos que no, preferimos algo de intimidad. Además me duele la cabeza. Consecuencia, se queda sin propina.
Fin de un día intenso, uno más en India.

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Desde el Fuerte Rojo

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Delhi-Agra, 17 de octubre de 2012

El catarro sigue, no me deja ni a sol ni a sombra. Dejamos atrás nuestra habitación bolliwood y subimos a desayunar a la terraza del restaurante donde cenamos el día anterior. Café con leche, tortilla al gusto, tostadas, me anuncian el ginger té y me hacen un crepe de chocolate porque no me dejan coger salado picante para mi garganta. Dulce atención.
A las ocho y cuarto nos despedimos de la gente del hotel hasta el viernes y nos vamos con Anil camino del Minarete de Qutab. De allí partiremos a Agra. Nos cuesta llegar al minarete una hora de tráfico y caos. Ya no nos sorprende.
El monumento nos gusta, jardines, tumbas y la torre de ladrillo más alta del mundo según dicen. Ardillas corretean por doquier. Más pequeñas que en Londres pero igual de avispadas.
Sesión de fotos y al coche que hasta Agra hay unos doscientos kilómetros que traducidos a mala carretera, circulación desastrosa y compartir carriles con agentes extraños se traduce en unas cinco horas.
La verdad es que vamos cómodos y como todo lo que vemos es nuevo e increíble se nos pasa el tiempo volando. Las mujeres están trabajando el campo, los hombres en los mercados o sentados por las calles. Los carriles se llenan de motos, bicis, vacas y carros. Los peatones se juegan la vida sin mirar al cruzar y los niños, muy pequeños, tocan nuestras ventanillas pidiendo lo que tú desees darles. Si das mal, sino también. Abriría la puerta y me llevaría una pequeña de tantas. Mi acompañante dice que no sería igual de feliz. Yo creo que le están robando su futuro, la vida. Las vacas, en tanto, pasan sin pedir permiso a nadie mejor alimentadas que los perros que vagan esqueléticos. Algunos han formado manada y se juntan diez o más. Eso les da más autoridad a la hora de pedir turno en esta vida de azar que les ha tocado en suerte.
En los túmulos de basura acumulada se reúnen todos; vacas, perros y niños. Cuesta entender la India, cuesta entender la vida.
De camino a Agra nuestro conductor nos dice de parar veinte minutos. Es un hotel/restaurante con tienda. Nos animamos a ver alguna cosilla de recuerdo pero nos parece caro. Tampoco tenemos hambre pues el desayuno ha sido copioso. En la puerta un hombre pretende que nos hagamos una foto con un mono. Me da una pena horrible el animal. Lo ha vestido de mujer y le ha pintado hasta los labios. Mientras sus congéneres se descuelgan de árbol en árbol. Ya en el coche viene otro con una cobra en una cesta. No, gracias.
A propuesta también del conductor y ya que vamos bien de tiempo paramos en el Mausoleo de Akbar en Sikandra que nos pilla de camino. No lo tenemos previsto pero en India nos movemos improvisando que tampoco está mal. El palacio nos sorprende. Nos informan que es más antiguo que el Taj Mahal. Supongo que aquí todo se compara con esa maravilla. Reconocemos que es precioso y ha merecido la pena entrar. Aprovechamos para ir al baño. En todos te pretenden cobrar algo aunque hayas pagado la entrada. Hacemos caso omiso. Además llevamos nuestro papel. Salgo admirando la piedra roja de los muros y puertas, sus relieves y un pasado glorioso perdido.
Agra es igual de caótico que el resto. El paisaje es siempre el mismo que ya he descrito. Ninguna casa sobresale, nada destaca por encima de lo que para nosotros es pobreza o miseria. Sólo los monumentos. Pero si ves algo más allá (y si miras ves) puedes reconocer quién prospera o que niño va al colegio. Incluso he visto a dos aventureras lugareñas en moto.
Quizá todo sea posible. Hay chicas muy guapas. Me encantan sus vestidos. Parecen todos iguales pero no lo son. La textura de las telas cambian, sus bordados y los complementos, cientos de pulseras y tobilleras. No se puede mezclar colores. Si es rojo, todo rojo, verde, todo verde… Y como mucho en gamas de un mismo color. Siempre llamativos.
Entre calle y calle divisamos el Fuerte rojo a nuestra izquierda y a la derecha se ve también el Taj Mahal. Nos dirigimos al fuerte y dejamos lo principal para mañana temprano. Además tenemos el hotel al lado. El fuerte es de una dimensión apabullante. Con razón decían que si veíamos el de Agra no merecía la pena ver el de Delhi. Es una fortaleza impresionante (de piedra y ladrillo rojo como su nombre indica) que se divide en Palacios, estancias y jardines. Desde allí la vista al Taj mahal es también preciosa. A ambos les separa el río de ancho cauce pero con escaso caudal. Apenas lo cruza una barquita y las vacas aprovechan para remojarse. Desde un tejado se descuelgan varios monos. Distintos a los vistos hasta ahora, más grandes y peludos con el culo rojo al aire. Estos no pagan entrada.
Bueno, al final se ha hecho tarde y hemos aprovechado el día. Llegamos al hotel muertos. Comprobamos que está cerca de la taquillas para mañana y subimos a la azotea a darnos un baño en la piscina. El calor de hoy ha sido sofocante. Más que piscina es una bañera pero se agradece. Reservamos en el restaurante de la misma terraza para cenar una mesa con vistas al monumento pero dudamos que lo iluminen.
Tras ducha y descanso subimos a cenar. Apenas se ve. Sólo se ilumina toda la azotea con velas y para leer la carta te proveen de una linterna. Efectivamente el Taj Mahal no se ve pero a cambio tocan música India de ambiente. Pedimos pan de ajo que nos encantó la noche anterior. Yo una sopa de tomate y lasaña no vegetal. El acompañante kabah (rollitos vegetales algo picantes con salsa) y una especie de guiso de cordero. Llevamos intención de compartirlo todo. Los precios no nos hacen idea del tamaño de los platos. La sopa rica. Mi lasaña es la más grande que he visto jamás y casi se sale del plato. Dos capas de espinacas(eso que no era vegetal) y otra de pollo. Tómate y queso. Buena pero sólo puedo con media, el pan y algún kabah (muy ricos). El guiso yo ni lo toco. De postre bolas de leche para él y yo el ginger té de rigor. Todo unos veinte y un euros. Propina a los músicos y a descansar.

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Más India

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Nueva Delhi, 16 de octubre de 2012

Aterrizo malísima de nuevo con la garganta. He pillado un buen resfriado. Son las doce y cuarto de la mañana aquí y hemos llegada con extrema puntualidad. Comprobado que nuestros visados están en orden pasamos a recoger la maleta grande. Hay algo de barullo con unos japoneses a los que parece se les han extraviado equipajes. Cruzamos los dedos ya que no parece haber mucho orden. Tarda pero aparece. Mientras he ido a cambiar dinero. Por doscientos euros me dan doce mil setecientas rupias. No está mal.
Salimos buscando un cartel con nuestro nombre. No tarda en aparecer. Contratamos por internet, tras leer en los foros sus buenas referencias, con Anil. Ya nos anunció que a él no le veríamos hasta llegar a Jaipur. Parece que ha prosperado y tiene varios choferes a su cargo. Por doscientos cincuenta euros nos recoge y lleva al aeropuerto, a los hoteles y a los monumentos que queramos en las tres ciudades. El rostro del conductor es amable y no nos causa mala impresión. Un Toyota con aire acondicionado nos aguarda en el parking. Es cómodo.
La hora que nos cuesta llegar al hotel recorriendo la caótica Delhi nos lleva a la convicción de que hemos acertado. Son muy pocos días para ir por libre o movernos como en Pekín. Ahora nos parece que en Pekín conducen y tienen un tráfico maravilloso. Qué cosas. Empezamos a ver lo que es India. Es lo que queremos. Hay que ir más allá del arte o las ruinas o la religión para conocer la cultura y esencia de un pueblo.
Cuando llegamos al hotel apenas puedo hablar. Nos reciben atentos fuera y bajo a pedir un plano para explicar al conductor los monumentos que queremos visitar cuando pase una hora de reposo y acomodo. Cuando entro en la recepción sin dejarme hablar dos mujeres solicitas me hacen la reverencia namaste, me pintan un punto rojo en la frente y me cuelgan una collar de flores. Hasta qué concluyen no oso pedir el mapa.
Es un hotel de tres estrellas pero encantador. Nos dan una habitación superior a la reservada y dejamos en custodia la maleta grande ya que volveremos a Delhi el viernes.
Ir al Templo Akshardham nos lleva una hora de tráfico. Al llegar las medidas de seguridad son exageradas para todos. No se pueden hacer fotos ni entrar con según que cosas. Debemos dejar los móviles (oh, preciado tesoro)en custodia y separarnos entre hombres y mujeres para entrar. Me coloco entre dos monjas pero soy el foco de todas miradas, pese a que voy discreta la melena rubia y los ojos azules cantan demasiado. Soy el bicho raro. Cuando miro a la fila de los hombres dentro de una cerca vallada me viene una imagen extraña de campo de concentración nazi. Los de seguridad se toman su tiempo en examinar mi minibolso, el boli( que creo es lo que ha pitado)la cartera, el cacao de labios y esa cosa extraña alargada que sacan y examinan. Es un tampax. Al final puedo pasar. No todos lo consiguen y muchos deben volver.
Cuando nos reunimos comentamos lo exagerado de las medidas. Además hay que tener en cuenta que es un templo moderno, precioso eso sí, pero no nada que se deba preservar así. El recinto comprende varias zonas. La entrada es gratuita salvo una exposición que no visitamos. Se puede entrar al templo y pasear por parque y lago. Dejamos los zapatos en otra custodia. Yo voy lista con unos mini calcetines para estos menesteres y no soy la única. El templo está decorado hasta el último detalle sobresaliendo los monos, los elefantes y los budas. De hecho está dedicado a la vida de uno de ellos.
No nos entretenemos mucho porque queremos ver las Tumbas de Humayun’s tomb. El conductor dice que no llegaremos porque cierra a las seis. Nosotros hemos leído que a las siete. Insistimos cabezones, de Aragón. Llegamos a las seis menos diez tras haber perdido la cuenta del tiempo entre pitidos, atascos, cruces de peatones, bicis, motos y vacas. Esto es Delhi.
Efectivamente el conductor tenía razón porque en que se pone el sol se cierra. Aún así nos dejan pasar. La entrada doscientas cincuenta rupias. Aquí sí que podemos hacer fotos. El recinto del mausoleo es precioso, tanto los edificios como los jardines. Dicen que en esta construcción se inspiró el Tal Majal. Nos deleitamos del paseo y la tranquilidad que allí se respira sin excedernos ya que han empezado los rezos.
Ahora sí pedimos ir al hotel pues estamos reventados y yo cada vez peor. Nos cuesta otra hora cruzar la ciudad. Pondré fotos aparte porque es imposible describir esa marabunta de población, tráfico, locura y sensaciones.
Me alegro de volver al hotel. Desde qué he llegado se han preocupado por mi salud. Me entrego a sus consejos y tomo el ginger té con devoción. Subimos a cenar al restaurante de la terraza. Es tan encantador como el hotel y pese a estar mala, esta es la cena más especial del viaje. La atención de todos, el espacio acogedor que parece que sea un oasis en el desierto. ¿Seguimos en Delhi? . Sí, probamos vino indio, bueno, y unos tandori muy ricos. Hasta el pan hecho ante nuestros ojos. Mis trozos de pollo con queso y yogur son lo más bueno que he probado en mucho tiempo. De postre ginger té y a la cama. Mañana queremos ver el minarete y partir hacia Agra.

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Singapur, 15 de octubre de 2012 y parte del día 16(vuelo a Nueva Delhi)

Amanezco algo mejor de la garganta pero muy débil en general. ¡Justo en la semana que se suponía de mayor descanso!. No me importa. De cualquier manera hoy no llevamos intención de movernos de nuestro particular paraíso.
Bajamos al buffet del desayuno. Hoy selecciono zumo y fruta, noodles y pollo al curry, finalizando con un buen tazón de café y repostería variada. Como puede comprobarse el catarro no me ha hecho perder el apetito. Me puede la vista.
Parece que ha llovido por la noche. En teoría iba a ser una semana de tormentas e inestabilidad pero nos iremos de aquí con un bronceado exquisito. Está nublado pero las nubes aquí van y vuelven con una rapidez pasmosa.
Bajamos a elegir unas buenas hamacas lejos de la zona infantil y vecinas a la playa. Me doy mi habitual paseo y me encuentro la playa muy sucia. Restos de madera, muchas algas, botellas y hasta algún zapato. Me pregunto si los del resort vecino tuvieron juerga anoche pero parece que la suciedad se generaliza por todas las calas que paso. Limpian a conciencia. Es más probable que la causa haya sido la tormenta de anoche.
Paseando, como siempre, los pensamientos vuelan. ¿Cuánto hace que nadie nos habla en castellano?. Apenas hemos visto españoles en nuestro viaje. Es una sensación rara eso de acabar entendiéndote con escasas palabras en inglés pero demuestra que, si todos los interlocutores se esfuerzan, no debe existir nunca problema para comunicarse.
La mañana transcurre agradable. Es el único día que hemos sentido algo de viento y hay que reconocer que alivia bastante. De todos modos yo no saco mi cabeza de la sombra salvo para remojarme, ir al baño o a por agua.
Lectura, wifi y buena compañía. No se puede pedir más. Y charruqueando un poco de todo… ¡Susto monumental!. Giro mi cabeza al notar una presencia cerca. Un lagarto de metro y medio se acerca reptando a la orilla de la piscina. Pego un bote. Tiene un tamaño considerable, casi me ha parecido un caimán. Gracias a Dios de su boca no asoman dientes sino una lengua juguetona con el agua.
En esta zona sólo estamos cuatro personas pero al ver la intención del animal de darse un baño corremos a avisar al socorrista que poco puede hacer salvo avisar a los que están dentro. Al meterse en el agua la silueta del reptil se alarga y más que un lagarto ahora parece una anaconda. Su forma de moverse en el agua me resulta majestuosa. Lo contemplo divertida pero al levantar la vista(se está cruzando toda la enorme piscina) ha cundido el pánico. Sin duda es inofensivo pero sólo de imaginarme dentro y verlo aproximarse se me pone el vello de punta. Les entiendo. Una mujer sale despavorida con su hijo en brazos.
En fin, la anécdota del día. Cuando el animal se aproxima a un punto desde el que ve más vegetación, alarga el cuello y sale sigiloso desapareciendo.
Descansamos algo en la habitación y cogemos el autobús del hotel que deja en un centro comercial con intención de dar una vuelta y comprar algo para cenar en la habitación mientras preparamos tranquilamente las maletas. El aire acondicionado del centro es helador. Llevo chaqueta y pañuelo al cuello y aún así me resultan insuficientes. Damos una vuelta tiritando, compramos cuatro cosas y volvemos.
Dejamos pagada la habitación y encargamos un taxi para las seis y media del día siguiente. Nos anuncian que dejaran listo nuestro desayuno.
Efectivamente, al día siguiente todo procede según lo esperado. Desayunos para llevar(abundante que tomaremos con un café en el aeropuerto), taxi y facturación con Air India inmediata. Control escaso en el aeropuerto de Singapur.
El avión es muy pequeño comparado con las anteriores compañías. Huele a especias y a sudor. No está ventilado y morimos de calor hasta que se pone en marcha.
Nos dan de desayunar tortilla, patatas, salchichas y café/te con croissant. Siempre que cogemos un vuelo comemos el doble. Escribo, paracetamol e intento descansar.

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Singapur 14 de octubre tocando el cielo

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Singapur, 14 de octubre de 2012

Me he despertado cada hora pero al menos he dormido mejor. Sigo sin tragar muy bien y con sensación de cansancio. Sin embargo desayuno con gana y hoy retomo mis paseos matutinos por la playa. En la calita vecina hay bastante animación. Caigo en la cuenta de que es fin de semana y por lo visto son muchos los grupos de estudiantes que se acercan en excursiones hasta esta isla. Dados sus entretenimientos no me sorprende demasiado. Ahí los encuentro preparando una competición de voleibol y minutos antes uno de los encargados del hotel echaba de nuestra zona privada a un grupo rebelde que se había apartado a fumar a escondidas. Juventud, divino tesoro.
Nos colocamos por la zona de la piscina. El hotel parece tranquilo(salvo el típico maleducado que, o pasa o no lee las normas, y se mete con sus hijos en el jacuzzi) y las hamacas son mucho más cómodas.
Aguanto bastante bajo la sombra leyendo El ángel perdido mientras el acompañante se va a ver la fórmula 1 por internet y me subo a la habitación a descansar.
Decidimos salir de nuevo por la zona de la bahía. Buscamos la parada del metro que más nos aproxime a la zona que teníamos en frente cuando cenamos en el museo de las Civilizaciones Asiáticas. Se veía bastante animada.
Justo salimos del metro por esa zona. Hay casitas bajas de colores que contrastan con los rascacielos que las rodean. También barquitos que hacen excursiones. Y sobre todo lo habitual. Comercios y restaurantes. En cualquier caso se nota que es domingo y todo se ve muy tranquilo. Tras cruzar por la zona más saturada de restaurantes, ser abordados por todos camareros y alucinar con el tamaño de los cangrejos y bueyes de mar (descomunales), nos dirigimos a las callejuelas del distrito bancario. Quiero levantar mi cabeza entre tanto cemento y acero. Lo hago, el paisaje hacia el cielo es increíble. También el hecho de que no haya nadie por las calles. Parece la escena de una peli de ciencia ficción.
Buscamos ver algunos templos no muy alejados y no resulta difícil dejar atrás los rascacielos. No son miles y pronto contrastan con la vieja ciudad. El otro Singapur alejado de las oficinas, el estrés y los bancos. Tras un paseo desangelado(seguimos solos), vamos a ver si se puede picar en algo en Lau pa satt. Lo hemos visto por los foros como aconsejable. Inmediatamente me recuerda al mercado callejero de Pekín. Aquí hay todavía más variedad, indio, chino, tapas de singapur( como lo oyen o leen), tailandés… Agobiante. De repente me surge la necesidad acuciante de una simple hamburguesa. Curioso querer fuera lo que no tomas nunca en tu ciudad.
Por mi antojo volvemos a la zona de la bahía y encontramos un Mac Donalds donde una doble cheese burguer calma mi ansiedad y reposamos.
Damos otro paseo donde contemplamos como lanzan en un tirachinas gigante a varias personas que, para mi asombro, hacen fila y pagan por jugarse la vida. La cheese burguer se me revuelve de sólo mirarlos.
¡Qué casualidad!. Un centro comercial cerca de la parada del metro donde me veo casi obligada a consumir con algún trapillo… Parece que ver tiendas me sienta bien. Bueno a descansar y conservar esas imágenes de contrastes en la retina y en la cámara. Mañana es probable que no salgamos de nuestro paraíso cercano al hotel y al día siguiente partimos a Delhi.

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Singapur, 13 de octubre de 2012

Me despierto a la una y media de la madrugada horrorizada. No puedo tragar. Literalmente. ¿Cómo es posible que el cuerpo, tan sabio, no me haya advertido siquiera?. Vaya dolor de garganta. De repente también la cabeza. Paso la noche a duras penas despertándome cada dos por tres. Por la mañana a este catarro incipiente se le unen los dolores femeninos por excelencia. Vamos, en resumen, me encuentro hecha una caca.
Con esfuerzo bajo a desayunar y no paso de la hamaca de la piscina. Éstas son más cómodas que las de la playa. Veo imposible realizar mi caminata habitual por la playa. Casi todos días me recorro media isla por la arena pero estoy sin fuerzas. A la una me subo a la habitación a ver sí puedo dormir algo y entre paracetamol e ibuprofeno recuperarme para por la tarde. No puedo dormir porque no puedo tragar ni respirar y me sugestiono.
Pese a todo, zombie, a las cinco me visto para ir a ver Little India.
Bueno, qué decir. Barrio con pequeñas casitas coloniales, viejas y con población India. Como si estuviéramos en una ciudad diferente a la de ayer. Mucha gente. Entramos a Mustafa center. Al cambio cosas más caras que en España. Salimos raudos y paseamos por las calles principales donde abundan tenderetes y restaurantes típicos indios. Además parecen más seguras. Parece que regalen los relojes. Me pregunto si funcionaran cuando bajes del avión. Compro una funda para mi iPhone por algo así como euro y medio y visitamos el templo hindú más famoso de la zona. Más que satisfecha con lo visto hoy y dado que mi cabeza va a estallar imploro sentarnos a comer algo.
Entramos al restaurante Madrass. Muy típico y con algún occidental que otro por lo que es evidente que no somos los únicos que estudian foros y blogs. Tienen una pizza (India)vegetariana. La pido porque hace días que estoy con antojo de una. El acompañante pide un plato típico. Nos sorprenden con minis tarros de arroz, patatas, legumbres, pimientos y salsas varias. Se acompaña de unas tortas. Algo así como para que te prepares tu propio burrito o fajita a la mexicana. A fin de cuentas no están las cocinas de los países tan lejos unas de otras. Diecisiete dólares del país, menos de quince euros la cena. Todo rico, llenos en busca del metro y directos al hotel. Más ración de pastillas que me aseguren dormir y levantarme mejor. Dulces sueños.

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De noche 2

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De noche

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Singapur 11 y 12 de octubre de 2011

No puedo llevar el ritmo de días atrás porque llevaría a engaño. Estos días en Singapur están siendo mucho más relajados y aunque, como os diré más tarde, ya conocemos la esencia de este país, no la cambiamos por nuestro hotel junto a la playa en isla sentosa. Creo que ya puse una foto.
No se piense nadie que hay que coger un barco para llegar a nuestra isla. No, nada más lejos. Como aquí tienen(y sino copian) de todo pues decidieron que no podía ser que no tuvieran playa y plantearon crear un entorno entre natural y ganado al mar en la misma ciudad. Por tanto aquí llegas fácilmente ya sea en bus o en un tren expres o funicular y pronto con el metro. Sino los resorts aquí instalados ponen un bus al servicio de los clientes y gratuito que les lleva al centro en veinte minutos. Es por ello que compensa gratamente verte en una ciudad como Singapur pero alojados en un pequeño paraíso.
Con este lujo hemos tomado la semana de otra manera y estamos disfrutando de playa y piscina hasta las tres más o menos en que nos descansamos y allá a las seis salimos. Salir antes con este calor es un crimen. Aunque tanto calor en la calle y tanto frío en los interiores nos va a costar una pulmonía.
El día 11 simplemente nos dimos una vuelta por la isla, de punta en punta puede recorrerse en un agradable paseo y ver todas las alternativas que ofrece. Para el que tenga niños (y dinero) esto es una maravilla ya que esta planteada toda la isla como un gran parque temático. Que no tienen olas se las inventan y pueden aprender hasta a hacer surf. Ver todo tipo de pájaros y monos. Jugar a piratas con barcos reproducidos a tamaño natural. Lanzarse con tirolinas de isla en isla. Alquilar bicis y similares autos. Hasta han copiado el parque Güell de Barcelona. Con eso lo digo todo.
Ayer día del Pilar y por tanto significativo para nosotros decidimos esforzarnos y salir. Tras una jornada soleada (anunciaban tormentas pero no hemos visto una desde que llegamos)salimos hacia el centro. Había que conocer la bahía. Nada mejor que ir en metro y al salir estirar y estirar la cabeza hasta, si no vas con precaución, romperte el cuello para contemplar los rascacielos. Y esta es la esencia, bloques de cemento altísimos de dispar diseño. Esto y el consumo. Lo miramos todo bien, foto, foto y más foto. De día no me convence mucho el paisaje para ser sinceros. Además el famoso edificio de tres bloques unidos en lo alto por lo que parece un barco me parece un atentado contra la naturaleza. El acompañante observa el trazado del reciente premio de fórmula 1 de Singapur. En fin, vamos paseando entre los puentes y edificios. Cuando llegamos al Hotel Raffles al que se puede acceder en parte tenemos la sensación de cambiar de ciudad por un momento. Estilo victoriano, muy colonial donde parece que se han alojado personalidades relevantes como Charles Chaplin, rompe con la ciudad moderna manteniendo intacto su carácter. Sólo el ayuntamiento o la catedral de San Andrews parecen seguirle. Por lo demás bloques y más bloques.
Decidimos cenar, pronto(llevamos horario anglosajón en todo), en Indochina. Un restaurante situado en el museo de las civilizaciones Asiáticas. Nos cuesta bastante pero nos lo permitimos porque es el Pilar, el día anterior tuvimos fast food y las vistas a la bahía son únicas. Probamos tres platos: unos rollitos vietnamitas (ricos), un carpaccio de ternera( tan extrañamente condimentado que no notas el sabor de la carne) y unos calamares a la brasa (deliciosos). Dado el precio del vino lo acompañamos todo con unos mojitos(decentes). Los camareros encantadores.
Último paseo por la bahía que al anochecer ha adquirido una belleza propia y única. Nos quedamos con ella.

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Chinatown

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Singapur 10 de octubre de 2012

Apuntar que nada más llegar a este país te reciben con bolsa de bienvenida que contiene peluche, agua y mapa. Perfecto. Llegamos casi a las doce de la noche, entre ordenar ropa, ponernos al tanto con internet, estudiar las mil prohibiciones del país y alucinar con el hotel nos dan las tantas. Lo peor es que estamos desvelados, tanto que pese a las comodidades apenas pegamos ojo.
Amanecemos a las siete de la mañana, calor pegajoso y el sol pega como sí fueran las tres de la tarde en Zaragoza.
Bajamos a desayunar, comer o cenar porque allí hay un de todo que ni me esfuerzo en describir. Antes se entrar veo un cartel que prohibe hacer el mono. Me parece muy buena indicación porque hay cada uno… Ah no, me acerco y lo que se prohibe es dar de comer a los monos. Lapsus. Miro a los árboles y no veo ninguno aunque sí un lagarto enorme.
En fin, el hotel es increíble situado en isla sentosa(perfectamente unida al centro de la ciudad). La piscina, la playa y el relax a dos pasos de la ciudad más increíble del mundo. Los extranjeros optan por la piscina y nos dejan playa para nosotros. Esta sí va a ser una semana de vacaciones. Paso a ello, ciaoooo
Hola de nuevo. En este intervalo hemos estado horas en la playa alternando sol, sombra y baños. Sobre las tres descanso en la habitación hasta las cinco y media que pillamos el bus que pone el hotel para acercar a sus clientes al centro cada veinte minutos. No pretendemos mucho. Nos acercamos a Chinatown por dar una vuelta, muchas tiendas y restaurantes. Cenamos pronto en un vietnamita(ya tuvimos bastante chino en Pekín) y no resulta mal. El precio tampoco, al cambio ganamos algo y además no cobran comisión al menos en el hotel. Paseo y de vuelta. Aburrido hoy pero para nosotros estupendo. Hasta mañana.

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Pekín-Singapur, 9 de octubre de 2012

Ocho horas de sueño, descansada. El de al lado no tanto, parece que he respirado muy fuerte. (Por lo del derby del día anterior, tomaaaaa).
Tiempo justo para ducha, un buen desayuno y organizar maleta. Ahora interesa meter la ropa de verano en la pequeña y repartir entre todas el peso de las adquisiciones. Cerrar, cierran. Hacemos el check-Out y nos espera el taxi fuera. El personal del hotel ha resultado encantador ciertamente. Una sonrisa de despedida. El trayecto al aeropuerto se nos antoja un poco más largo y cuando vemos correr el taxímetro deducimos que nos está dando un rodeo interesado. Si a la ida pagamos 68yuanes por cuarenta minutos de viaje a la vuelta serán 100. Pues no, aún pretende cobrar más y cargarnos el peaje de la autopista. Va a ser que no, le damos 100 (13 euros) y va que chuta el muy jeta. Nos da las maletas de mala gana.
Sin problema en el aeropuerto ni con el embarque. Salimos en hora.
Allá vamos Singapur.

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Pekín, 8 de octubre de 2012

Ver el derby barsa-madrid desde China con seis horas de diferencia y poniendo el despertador en la madrugada es lo que tiene. Ni duermes tú ni el/la de al lado. Me levanto a las seis y media de la mañana, escribo lo acontecido el día anterior me tomo un ibuprofeno y me acuesto de nuevo casi a las ocho pensando sólo en relajar la espalda pero me quedo frita.
Amanecemos sorprendidos a las diez y pico de la mañana, ha pasado la hora del desayuno así que ducha y en busca de la bakery de la avenida donde todos días al pasar nos hemos quedado embobados mirando los pasteles y bollos.
Nos lo tomamos con calma, hoy es un día de «free» paseo o improvisación porque, en verdad, hemos visto ya todo lo que aspirábamos ver. Decidimos ir a ver andando el Templo de Confucio mientras vamos haciendo memoria de la película que contaba su vida. Nos sorprende de camino encontrar unas calles y hutongs bastante animados e incluso podríamos decir algo orientados a lo occidental. Se nos pasan las horas de tienda en tienda picando detalles. Busco una funda para el iPhone que vi en el primer mercado pero no hay forma. Y como soy de ideas fijas pues nada, esa o nada. Se ven varios negocios dedicados al budismo pues no muy lejos se encuentra el segundo templo de Lamas más grande de China tras el del Tíbet. Llegamos al templo de Confuncio de similar diseño a los ya conocidos. Su interior nos deleita con detalles de su vida y hazañas. Me sorprende que se trate como un dios a alguien que no dejo de ser un gran filósofo y pensador en su tiempo. Pero así es. Multitud de colgantes se ofrecen ante su estatua. Hacemos bastantes fotos de las figuras que representan al maestro y sus discípulos. «No hagas a los demás aquello que no querrías para ti mismo».
Cuando salimos del templo nos aventuramos, buscando la Torre de la Campaña, en los hutongs. No tenemos hambre porque hemos desayunado tarde así que de tienda en tienda seguimos curioseando. Andamos hoy muy relajados y en cierta manera descubrimos una ciudad distinta a la de días anteriores. Ya no nos llaman la atención los sonidos de claxon, ni el tener que sortear las motos o bicis. Cruzamos las calles con la misma seguridad que ellos, comenzamos a actuar de forma similar.
A las cuatro de la tarde el estómago nos pide un bocado. Entramos a un burguer porque, tras la cena de ayer, necesitamos algo distinto. Antes echamos una foto al último negocio de moda aquí: los churros. Mi hamburguesa exquisita, la del compañero que era de pollo sigue sin saber a pollo aparte de consistir en un troceado extraño. Me pido un vino blanco valenciano y tenemos wifi. Por mi perfecto, me pongo al tanto de todo con las chicas.
A lo que salimos y llegamos a la Torre de la Campana la encontramos cerrada. Bueno, aparentemente no nos perdemos mucho.
Cogemos un taxi para ir al mercado de Yashow. Hemos cogido practica con el regateo. Mi chico arrasa con todos sus objetivos, cazadora, zapatillas deportivas, camisetas… Yo sigo buscando el bolso que vi a la chica del avión. Hay una planta entera dedicada a bolsos pero no lo veo. Cuando ya empiezo a desesperar allí está. Lo miro con disimulo como quien ve algo, de forma casual, me agrada pero que no se desprenda la idea de que es lo que quiero. Lo huelo. Todo piel, esta perfecto. Le quedan dos. La mujer del puesto parece dura. Me indica que es de muy buena calidad. Empieza pidiendo 900 yuanes. Yo le ofrezco 100. Se indigna, se escandaliza. Me ofrece por 100 todos gucci, louis vuitton.. que quiera. Pero yo no quiero marcas, quiero ese que, además es bueno. Baja a 800. Yo subo a 150(veinte euros) porque me gusta. Me dice que imposible. Le doy las gracias y me voy. Me persigue por varios puesto y baja. Hasta 300, dice que menos pierde dinero. Seguramente sea así. Es mi único capricho así que asciendo a 200 y le informo de que España está en crisis y no puedo darle más. Ambas nos lloramos. No hay acuerdo, me voy. Me persigue. Ok 200. Acuerdo final. Le fastidia bastante pero es probable que sea el único bolso que vende en toda tarde. Cuando le pago intenta sacar 20 más. No cedo. Ya es mío. Ahora a descansar al hotel y salir a cenar para estrenarlo. Me muero de ganas.
Encontramos de casualidad(ya que no era nuestra intención pasar por esa calle)un restaurante muy mono con sillas de bambú y camareros serviciales al extremo. Miramos bienes fotos de la carta para no errar. Mientras pido una botella de vino. ¡Oh!. Sorpresa, debo ser la primera cliente que pide vino. Se arma un pequeño revuelo. Me traen la botella y compruebo que se corresponde con la que he elegido. La dejan en la mesa y sigue el revuelo. Mientras ya hemos elegido. Rollitos primavera, arroz con piña y gambas picantes. Levanto la vista y veo a dos camareros jugar con un abre corchos. Entiendo el problema. No han abierto nunca una botella de vino. Son chicos jóvenes, quizá el restaurante lleva poco tiempo. Aparece un señor sin uniforme que coge el abre corchos con cierta confianza pero yo no las tengo todas conmigo. Estoy a punto de pedir que me dejen abrirla a mí, pero parece feo. Intentamos no reírnos de la situación. Llegan tres a la mesa con el abre corcho en la mano cual espada.
Les sujeto la botella(la veo en el suelo). Les indicamos como podemos. No saben quitar el plástico que no sería necesario. Nos sigue pareciendo mal solucionar el problema nosotros. Se van los tres con la botella a la barra del bar. Movimientos y gestos desde lejos y gritos de triunfo. Alzan la botella y nos la traen entusiasmados. Sonreímos con ganas. Y además los platos exquisitos. Hoy sí, un diez para el cocinero. Vuelta de paseo romántico y a preparar equipaje para mañana. Bsss

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Pekín, 7 de octubre de 2012

Amanecemos dando gracias de haber puesto la alarma porque, de lo contrario, no hubiéramos llegado a la recepción a la hora concertada. Desayunamos controlando la hora, abundante, y preparamos unos sándwich para la escapada.
A través del hotel hemos reservado un taxi (al cambio mejor opción que una excursión en bus) para ocho horas. Tiempo suficiente para salir de Pekín y ver la Gran Muralla desde Mutianyu y luego ir al Palacio de Verano.
La recepcionista se esfuerza en indicar correctamente los destinos al conductor que, por supuesto, sólo habla chino. Pero nos da buenas sensaciones y así resulta. A las diez de la mañana, tras hora y media de viaje, nos deja en el tramo concertado de la Gran Muralla, apenas hay visitantes en Mutianyu o somos de los primeros. Está la opción de subir andando hasta la torre 14, zona de acceso. Pero la descartamos porque el tiempo apremia. Tomamos el funicular. Desde allí nos maravillamos con el paisaje y comprobamos nuestro acierto. Lo que vemos ya en el ascenso nos impresiona. Es algo increíble, no artísticamente desde luego, pero sí como construcción. Nuestra vista se pierde intentando seguir la serpentina imagen de la muralla atravesando las montañas pero no tiene fin, ni a uno ni a otro lado. Hay gente pero no mucha. Andamos un tramo dejando el sol a nuestra espalda y aprovechamos para hacer fotos espectaculares. Intentamos lo mismo al otro lado de la torre 14 pero el sol de frente perjudica la idea. Este tramo es de bajada. La gente sube sudando y jadeando. ¡Imaginemos ahora como subirían los constructores o sus bestias de carga!. Disfrutamos un rato más y descendemos, sabemos que en el palacio de verano perderemos tiempo. En el descenso tras el funicular te dirigen por un estrecho pasillo a los parkings. a ambos lasos los puestos ambulantes te acosan para que compres. mi acompañante regatea hasta obtener una camiseta de la Gran Muralla, yo no tengo ánimo de regateo, me agota. En el punto indicado encontramos a nuestro conductor. Cruce de sonrisas (poco más se puede dialogar) y para el coche.
A la vuelta como a la ida, vamos contemplando el panorama de vida. Este día, sin duda, más relajado que los anteriores nos permite caer en ciertas reflexiones. ¿Qué queda de aquella cultura?. ¿En qué ha convertido el comunismo a este país?. No hacemos más que ver Palacios en dónde la naturaleza, el agua, quedan integrados con la vida y la rutina en comunión perfecta. Pero ellos han perdido todo eso. Viven o en la miseria o en moles de cemento que rompen el paisaje, verdaderos hormigueros. Han perdido la sonrisa de los dibujos. No se abren al exterior, ni les dejan, se encierran en ellos y no contestan ni a los saludos. Engrandecen un pasado que parecen han olvidado. ¿Hasta cuándo?.
Llegamos al palacio de Verano en torno a las doce. Patrimonio de la humanidad. Podríamos pasar allí el día entero pero quedamos(garabateando en un papel)que nos recogerá a las tres.
Se trata de uno de los mejores conservados Palacios imperiales(residencia de verano como su nombre indica) de toda China. A tener en cuenta que fue reconstruido tras los saqueos de las tropas francesas e inglesas en mil ochocientos y pico. ¿De ahí que Occidente es la culpa de todos sus males?. Si nos paráramos a repasar los españoles nuestra larga lista de invasiones… En fin, de todo se aprende y queda algo bueno.
El Palacio es un conjunto de edificios, parques y lagos (el agua ocupa las dos terceras partes del recinto) que impresiona por su belleza. La arquitectura, los colores, todo es original y contrasta con lo que hemos conocido hasta ahora. Transmite una idea de paz y relajación pasear por aquí que se pierde por la marabunta de turistas. Casi todos chinos, una vez más. Sólo en la gran muralla hemos encontrado más occidentales. Excursiones que iban de propio hasta allí. Varios son los caminos para elegir pero con acierto vamos por la derecha. Tras ver algunos edificios aparecemos en el corredor paralelo al lago, qué bonito es, kilómetros de corredor. Lo seguimos hasta la altura de la torre del Buda que nos desviamos y por seguir a unos chinos por un camino alternativo a las escaleras normales casi me mato( no soy yo muy hábil en la escalada). Vistas alucinantes desde allí. El Buda es la figura conocida a la que le salen tantos brazos. Decidimos comernos el sándwich en un porche bucólico bajo la torre antes de emprender el descenso. Desechamos la idea de recorrer los parques de la colina y seguimos por el corredor paralelo al lago viendo edificios y galerías y mucha naturaleza. Mientras el lago se llena de barquitos que se alquilan. Otras mayores con forma de dragón lo atraviesan en los puntos claves. Está claro que sí queremos llegar a tiempo tendremos que cogerlo en algún punto. Como digo es un recinto en el que se podría pasar uno el día entero. Llegamos hasta el barco de mármol, precioso. Allí tras el barco el lago se cubre con flores de loto. Lo visitamos y cogemos el barco para llegar a una isla central que se une con un bello puente a la parte que, más o menos, nos llevara a la puerta donde hemos quedado con el taxista. Y allí lo encontramos tras tres horas en el Palacio. Regresa a Pekín pitando( con el claxon, esto es literal, pintan sin parar ni respetar a nadie). Volvemos encantados al hotel con la jornada de hoy. Llegamos sobre las cuatro y nos da tiempo a descansar, cosa que hasta ahora no habíamos hecho.
Tras una ducha reponedora salimos sobre las siete de la tarde a recorrer nuestra vecina calle de Dongsitiao. Resulta ser una zona bastante ambientada de tiendas y restaurantes. En una tienda parece que regalen pares de zapatillas Adidas pero nadie se esfuerza o quiere que estos dos occidentales se lleven algún par. Salimos sin saber sí era un dos por uno o qué. Ahí se quedan montando sus looks imposibles. No he visto a gente con tan poco criterio a la hora de vestir como los chinos. Sacamos dinero y recorremos un poco más hasta que el hambre nos aprieta. Optamos por cenar en un garito de bambú que parece nuevo y muy cool. La especialidad son los pinchos. Los hay de todo tipo. Pedimos unos de pollo, otros de champiñones y unos fideos. Nos traen un pincho de pollo en vez de una bandeja como en la foto. Parece que no nos entendemos con el «uno» ni aún con el dedo. Al final pido nueve, son pequeños. Craso error pedir más sin probar el que había llegado. No sabe a pollo, sabe raro y no nos gusta. Los fideos llegan, son fríos y picantes. Mal vamos. El de los champiñones, uno llega, no está mal pero sabe a producto marino. No tienen vino, pido una cerveza del país sin gustarme demasiado la idea pero no está mal. Volvemos a pedir, arroz de soja y un pinchito de carne que en la foto parecen unas albóndigas. Sólo uno desde luego. Llega, lo contemplo, llamo al camarero y le digo mostrándole la foto de la carta :¿esto es esto?. Me entiende, sí es eso. Sabor indescriptible, a víscera, malo.
Y llega el arroz. Nuestra salvación. Plato abundante y buenísimo, el mejor que hemos probado hasta hoy. Calmamos las tripas. El resto del restaurante come con ansia pinchos y pinchos, también ostras. Ahí ya no hemos arriesgado. Sale todo por unos ocho euros. Como no hay postres en ningún restaurante, de ahí ese tipín que conservan, paramos en una cafetería a pedir un chocolate caliente y bollito. Nos abrasamos las lenguas y volvemos al hotel. Fin del día.

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Pekín, 6 de octubre de 2012

He dormido como una marmota nueve horas. Mi compi algo menos está envidioso. Bajamos al buffet del desayuno con poca expectativa pero nos sorprende gratamente. Hay de todo, fruta, salado y dulce. Comemos sin moderación.
A las ocho ya estamos camino de la Ciudad Prohibida. Vamos a la entrada norte que era donde ayer vimos pasar a la gente. Pero como estos chinos son tan peculiares a días cambian el sentido de la entrada y resulta que se hoy se entra por la sur. Hablamos de una distancia considerable así que para aprovechar el paseo hasta allí entramos en el parque vecino de Jingshan que tiene un palacio muy alto donde tener buenas vistas de la ciudad. En el interior hay gente bailando, haciendo taichi… Todo está lleno de chinos. Sé que me repito pero es que apenas hay occidentales. Me parece curioso.
A la salida del parque se nos ofrece un triciclo de estos turísticos a llevarnos a la plaza Tiananmen por tres yuanes. Nos parece muy bien porque podemos ver dicha plaza y entrar por la puerta sur de la Ciudad Prohibida. En vez de tomar la calle más razonable para ir a la plaza nos introduce muy simpático por las calles de un Hutong vecino e intenta vendernos algún otro tour(de los pocos que tienen nociones de ingles).Le decimos que no y sugiere que el trayecto a la plaza ahora, de repente y misteriosamente, no son tres sino trescientos. Montamos en cólera, él se hace el valiente quizá porque cree que no queremos parar en medio del Hutong. No tenemos miedo, nuestro hotel está también en uno. Nos bajamos y allí de queda. Al menos hemos avanzado mitad de trayecto.
Por fin en la ciudad perdida. Compramos entrada y antes de entrar vamos a ver la plaza. El gentío y el tráfico es desmesurado. Nada bonito que ver como imaginaba y volvemos a la Ciudad. El recinto del mundo donde más Palacios hay. Eso sí y siguiendo la impresión del día anterior, visto un palacio, vistos todos.
En cualquier caso, son bonitos, originales y rodeados de parques y lagos bien cuidados. Así qué llevamos ya unas trescientas fotos. Nos cuesta ver, más o menos todo, una hora y media. Tras la experiencia con los triciclos (moto disfrazada), esta vez cogemos un taxi con taxímetro en marcha y sin problema vamos a parar al Templo del Cielo.
Este de recinto es también enorme y nos gusta mucho más que los otros. La aglomeración de visitantes es menor, los jardines espectaculares y también el templo en sí.
Acabada la vista de templos nuestra idea es pasar a los mercados. Por cercanía vamos primero al de las perlas haciendo un paròn para descansar y comer algo.
El restaurante es muy mono. Probamos el arroz( con los palillos peor que los fideos) y una especie de sartén con pato picante. Nos gusta aunque el pato lleva excesivos huesitos.
Recuperada energía encontramos el mercado de las perlas. Resulta ser un edificio con escaleras mecánicas y todo. Parece ser que, tanto este como el de la Seda, se trasladaron hace unos años de las calles a los centros comerciales. Se vende lo mismo pero, sin duda, ha perdido encanto. Aquí sí vemos más turistas y todo muy tranquilo, nada saturado. Yo busco un bolso en particular, sin marca( pero de piel y con colores muy originales) que vi a una chica en el avión pero no lo encuentro en ningún puesto. Cuando lo hago la chica no me baja el precio tanto como me gustaría así que desisto. No lo vuelvo a ver en todo el día y paso las horas acordándome de no haberlo comprado. Decido que comprare también unas gafas de sol y una funda para el iPhone, pero no aquí, estamos sondeando. En este mercado sòlo caen tres figuritas de los guerreros de Xiam, de recuerdo. Venden de todo menos las últimas plantas dedicadas a las perlas. Pasamos, ni entendemos ni queremos.
Pillamos otro taxi, más barato y seguro, y vamos al Mercado de la Seda. Otro centro comercial quizá más centrado en ropa. No veo el bolso, sniff. Compro unas gafas, de imitación, por unos diez euros, un chaleco para mi sobri y el acompañante ropa interior, calcetines y chandal de imitación. Casi las ocho de la tarde, muertos. Nos hacemos unos masajes de pies a buen precio, lo merecemos y pillamos un taxi para el hotel. Se niega a poner el taxímetro dando una cifra desorbitada y no estamos ya para regateos así que le dejamos y cogemos otro. Este sí, hogar dulce hogar. Reservamos un coche para ocho horas que queremos aprovechar mañana para ver la Gran Muralla y el Palacio de Verano.
Por cierto, estas entradas se publicarán en el blog sobre el día 9 de octubre porque aquí en China hay páginas de internet vetadas, como el Facebook o el wordpress. Así que no os he abandonado, es sólo un sabotaje transitorio.
Besitoss

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Pekín, 5 de octubre de 2012

Aterrizamos en hora, sin problemas con el visado, sale nuestra maleta, cambiamos dinero y pillamos un taxi.
El taxista se aproxima a la zona de los hutongs pero no sabe exactamente dónde está el hotel. Nos lo imaginábamos así. Llamamos al hotel y se pone el conductor para que le indiquen. Consigue dejarnos en el callejón(no llega a calle)y avanzamos entre los hogares tercer mundistas de tanta gente. En la misma calle/callejón hay una comisaría. De igual modo no tememos por nuestra ciudad, sabíamos qué lugar habíamos elegido al hacer la reserva. A mitad del trayecto vemos el cartel rojo que señala el hotel.
Nos reciben con extrema amabilidad y se apresuran en acabar la habitación. Nos dan la suite nupcial, un detalle porque no era la que habíamos reservado. Tanto el hotel, la habitación y las zonas comunes irradian el espíritu de China. Nos parece encantador, muy original. Además tiene televisión plana, wifi y ordenador. Mezcla de realidades.
Nos duchamos, me retoco un poco y sin pausa(si paramos caemos muertos)nos vamos a dar una vuelta por la ciudad andando. Cerca del parque Beihai hacemos un alto en un restaurante. No hablan inglés ni una palabra. Tampoco el taxista. Hacemos uso de los signos y no va mal. Es extraño, parece que seamos los únicos occidentales de la ciudad. Es cierto que es la fiesta grande para ellos durante esta semana de octubre pero aún así nos sorprende.
Intentamos adaptarnos, fideos chinos y un plato con carne(no me pregunten cuál), ajos tiernos y cebolla con sus salsas. La verdad, todo exquisito y con los palillos. Un reto para mi pulso.
De ahí vamos al parque. Aquí, al contrario que Londres, las distancias son más largas que en el mapa. Lo encontramos a rebosar de gente, todo chinos. Damos una vuelta, voy al baño( bendición para meonas como yo que haya baños públicos por todas esquinas aunque la razón sea que muchas casas no los tienen)y nos acercamos a ver la Dagoba blanca. Todos los templos y jardines son bonitos, no lo niego. Pero acuso sensación de que visto uno, vistos todos. En fin, estoy cansada y no quiero tener feas impresiones de la ciudad.
Hacemos cruces de parques con idea de acabar en la plaza Tian’amen pero de nuevo el mapa y la distancia nos confunden. La zona sigue repleta de gente China comprando gorras militares. De casualidad vemos desfilar al ejército y decidimos no entrar. Mejor mañana tras la Ciudad Prohibida. Estamos muertos.
Aún así damos un rodeo en la vuelta al hotel para pasar por una calle (de las comerciales)que no resulta provechosa ya que todo es de marca. Las compras también para otro día. Sin embargo cogemos raviolis para llevar en unos puestos al aire libre en que puedes encontrar de todo, pinchos de carne, marisco, pulpo, pasta, dulces… Grillos e insectos para comer. Puahhh, yo no pruebo. Con los raviolis de equipaje a descansar del viaje en el Hutong.

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Londres-Pekín, 4 de octubre de 2012

Inevitable, sabía que no dormiría absolutamente nada en el viaje. Me maravilla la facilidad de algunas personas para caer en el sueño. En fin, resignada tras la cena he visto Prometheus, he oído música (disco entero de grandes éxitos de la fallecida Whitney entre otros), he leído la guía y he visto pasar las horas. Ahora ya amanece en Oriente, el sol entra por la ventanilla del avión y esperamos el desayuno. Ya queda menos, veremos si llega la maleta, cambiaremos dinero en el aeropuerto y cogeremos un taxi directo al hotel. Esta vez no será como en Londres. Encerrado en un Hutong hemos elegido una casa típica convertida en hotel. Veremos con qué nos encontramos. Aquí está foto del vestíbulo del hotel.

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Londres 3 de octubre y parte del día 4

Desde el avión camino de Moscú( escala de nuestro destino a Pekín), hemos partido sin problema por el momento en la compañía de Aeroflof. Serán muchas horas así que nada mejor que aprovechar para seguir con este pequeño diario.
Ayer miércoles desde nuestra parada habitual de Sloane square decidimos subir andando haciendo ruta de museos previa contemplación de todas tiendas de marcas, así como los famosos Harrods(ni entramos).
El primero fue Albert y Victoria Museum donde pillamos wifi y anduvimos despistados con las obras. Me llamaron la atención las réplicas del Pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, la copia de la columna de Trajano o del David de Miguel Ángel. Además podía contemplarse cómo trabajaban. Había una sección de técnicas artísticas, también otra para el vidrio o la escultura. Para qué engañarnos me dedique más a colgar fotos en el Facebook.
De ahí apenas unos metros de distancia recorridos nos encontramos con el Museo de historia natural. En el edificio previo se sitúa la sección geológica que nos enseña como surgió la tierra, lo que ha evolucionado y en qué la estamos convirtiendo pesé a que su evolución escapa a nuestro control.
Con estas reflexiones pasamos al Museo de Historia Natural propiamente dicho. Sólo por ver el interior del edificio merece la pena entrar. Tiene un encanto especial cuya calma queda rota por la cantidad de grupos escolares que lo visitan. A unos les ponen batas, a otros gorritos, con el fin de que los profesores puedan distinguirles. Los de colegios privados van muy monos con sus uniformes y es más difícil perderlos de vista. Ya en el vestíbulo nos recibe un enorme esqueleto de dinosaurio y pasamos rodeados de niños a ver la sala dedicada a estos animales que nos precedieron en el tiempo sobre la tierra. Ver sus caritas lo dice todo. Las réplicas son buenas pero el tiranosaurius rex es digno de la película Parque jurásico en tamaño, movimiento y fiereza.
De ahí vemos las otras salas, mamíferos y sus réplicas. El edificio nos sigue gustando, también lo que vemos pero los niños nos agobian tango que decidimos marcharnos.
El largo paseo y estas visitas comienzan a despertar nuestro estómago pero queremos atravesar los Kenshinton gardens (pasando del palacio) y llegar a la zona de Nothing hills a comer.
Lo logramos, foto al memorial Albert Hall, y a disfrutar del sol, las ardillas y los perros que campan a sus anchas sin problema alguno. Un parque precioso y gente más civilizada, por lo visto, que nosotros y ninguna caca de can a la vista.
Salimos del parque a una calle llena de tiendas y bares. Nos metemos en Bella Italia porque la experiencia anterior fue buena y yo tengo antojo de risotto. Esta vez el servicio y los platos dejan mucho que desear y acabamos casi discutiendo con la camarera.
Compensamos este hecho haciendo una parada a mitad de paseo por el barrio de Hugh Grant y Julia Roberts en un café Nero. Aquí sí verdadero italiano, buen café y pastel de chocolate. Comenzamos a pensar si ya estamos excediendo de peso pero, por ahora, nos caben los pantalones que traíamos. Largo y relajado paseo y de vuelta al hotel.
Hoy último día queremos de verás aprovechar el spa. Nos duele todo, piernas, espalda… Así qué genial, casi dos horas entre chorros del jacuzzi, baños de vapor y sauna. Aprovechamos esos geles, champús e hidratantes aromatizadas y subimos como nuevos a la habitación. Tiempo más que suficiente para dejar todo listo para el viaje, ver algún partido de la champions y demás…
Hoy día 4 arriba con tranquilidad pues tenemos todo preparado, desayuno en la habitación, ducha y a recoger neceser. Bajamos, todo Ok en recepción y taxi del hotel a la estación donde cogemos metro directo al aeropuerto.
Como he contado por el momento vamos bien de horario, con miedo por la escala pero bien. La gente se queja de la línea rusa pero nosotros por el momento sin intención. Además ahora nos dan de comer!diossss, los sabía. El acompañante me ha hecho comprar primero y comer después dos sandwich y unas minibrevas. Y ahora… Viene la comida. Menú hindú para mí ( tal y como lo pedí)y normal para él. Voy a reventar.
Wifi en Moscú. Os lo mando.

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Londres, 2 de octubre de 2012

Me levanto como una rosa, he dormido de tirón. Disfrutamos del desayuno en la habitación, es un lujazo ir con calma, hacía tiempo. Tenemos reserva para Sloane square a las nueve y media y nos dicen que van tarde así que nos trasladan en un Mercedes mientras vemos aterrizar un helicóptero(tenemos el helipuerto al lado). Conectamos el wifi para comprobar los correos, actualizar el blog y whatssapear un poco para dar señales de vida. Y directos a la abadía de Westminster.
Hoy sí por fin la vemos y nos encanta. Un detalle la audio guía gratuita que nos ayuda a entender la evolución histórica y las tumbas de los distintos reyes, científicos y poetas. Me fascina comprobar que Isabel I (hija de Ana Bolena y Enrique VIII)se hizo enterrar junto a su hermanastra María Tudor (hija de nuestra Catalina de Aragón). Ambas sin descendencia. Qué curioso, tras tantas vicisitudes vividas, era su hermana. Y al otro lado de la nave, a la misma altura y también con mucha pompa su archienemiga María de Escocia a la que tuvo años prisionera y ejecutó. Fue la venganza del hijo de la segunda frente a la primera, ponerla al mismo nivel.
Paseamos un rato por el claustro y los jardines, el día lo merece, cotilleamos la tienda sin comprar nada y nos dirigimos al metro camino del British Museum. Feo por fuera y bonito por dentro. Me decepciona en cierta manera, quizá esperaba más. Por ello nos centramos en Egipto, Grecia y Roma. Pero sobre todo en los asirios y en los restos de sus Palacios. Los lamassus son impresionantes, ahora entiendo porque luego los copiaron los persas. Damos gracias al ejército de Napoleón por encontrar la piedra rosseta y a Champolion por traducirla y poder acceder a la civilización egipcia y echamos un vistazo rápido al resto.
El plan es comer en Candem Town. No me lo esperaba, no lo imaginaba. Fish and chips mientras pasa una nube, descarga y a patearlo. Tiendas y más tiendas. Comida de todos los países a tu disposición en pocos minutos. Asientos en forma de vespa, figuras extravagantes entre las calles y tiendas y más tiendas para todos los gustos; punkies, góticos, bohemios… Las antiguas caballerizas y establos desde 1850 y pico adaptadas a un genial mercado. Es inevitable no sentir ganas de llenar la panza de comida asiática, marroquí.. Y comprar y comprar. Nos contenemos porque queremos aguantar a China pero cogemos un mini bus de recuerdo y vamos de nuevo al metro porque quiero ver el Madame Tussod y hacerme una foto con el muñeco de cera de Michael Jackson.
El acompañante cede a cambio de pasar a hacer una foto al anden de Harry Potter en King Cross. Decepción tremenda, no es un anden sino una simple pared. Ridículo sin más.
Y aparecemos en el museo. Muy colorido y caro pero tenemos dos por uno. Ante nosotros las réplicas de famosos artistas de todos los tiempos, deportistas y demás personajes influyentes. Muchas logradas de verdad, otras menos. El acompañante contento tras foto con Messi y zas: llego a Michael y aparece rodeado de gente con un panel rojo y una luz que no favorece nada la foto. La razón es simple. Hay un fotógrafo profesional al que le queda mucho mejor la foto y luego la puedes comprar por diez libras. Me niego rabiosa. Compensan mi enfado con un espectáculo de figuras históricas que ves a través de un trenecito, un recorrido del terror, sustos incluidos y un cortometraje en 4D de superhéroes. Bueno, un sitio distinto que me ha entretenido bastante.
Derrotados un día más compramos unas fajitas para cenar en el hotel y una vez allí bajamos al spa una hora tras descubrir que lo tenemos incluido. Volvemos como nuevos a la habitación a concluir la jornada.

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Londres. Lunes 1 de octubre 2012

Me he despertado cien veces, pero esta es la buena. Desayuno en la habitación, nesspreso, muffins y digestives con chocolate, energía. Parece que llueve y hacemos uso del gentil y gigante paraguas que nos ofrecen en el hotel. Bien, es negro y pega con todo. Salimos del hotel con la sensación de que ya controlamos la city. Llueve más de lo que pensamos pero no tanto como el día en que nos casamos. Ahí quedará por siempre en el recuerdo. Directos en metro hasta la abadía de Westminster y toma, por listos, la primera en la frente: lunes horario extraño. Es la segunda vez que dejamos la visita para otro momento.
No queda otra y vuelta al metro, destino Tower Brigde. Pero a la salida el compañero se empeña que es el London Bridge. En definitiva, que vamos a la derecha en vez de a la izquierda y desde el London Bridge el compañero comprueba que se equivocaba de puente. En cualquier caso desde éste hacemos una foto estupenda del objetivo y paseamos por la otra ribera hasta èl. Cada vez llueve más. El error nos permite acceder a un barrio más alternativo de Londres entré viejo(no antiguo)y bohemio y disfrutar de una galería de piedra y cristal que accede al Támesis. El río parece a punto de desbordar con los muelles casi cubiertos y al ras de muchas ventanas de los edificios que lo flanquean. Finalmente llegamos al Tower Bridge, bonito y especial. Desde él hasta la Torre. ¡Veinte libras la entrada!. Qué barbaridad, comenzamos a amortizar la travel Card y nos cuesta la mitad. No resulta muy agradable la visita pues ahora diluvia. Sí, ahora sí como el día que nos casamos. Aún así tratamos de situarnos, olvidarnos del resto de los turistas e imaginar a la pobre Ana Bolena atravesar el puente de los traidores. Merece la pena, pero ya me encuentro cansada. ¡Qué duro es el turismo!. Y cuando me encuentro cansada y me empieza a entrar hambre me pongo muy impertinente. Estoy llegando a ese punto y para remediarlo propongo comer cerca de San Paul. Comenzamos a danzar por la zona, hay muchas alternativas y no nos decidimos. Mi acompañante se pone también impertinente. Para qué no llegue la sangre al río optamos por un pub de la tierra y sorpresa: resulta ser todo un acierto. Nos atiende una camarera encantadora, todo amabilidad e incluso nos ofrece una carta con fotos de los platos para que nos oriente mejor. Guiso de la zona con pure de patata y burguer negra y azul. Todo muy bueno. Sólo nos falta saber pedir el agua del grifo para que dejen de clavarnos con la bebida. Por lo demás, nos vamos encantados a ver san Paul. También no sale por la mitad de precio y nos gusta la catedral. Como ocurría en San Martín el día anterior la cripta está reconvertida a cafetería. No me convence no dejar descansar en paz a Lord Wellington o al pintor Willian Turner. La sensación de invadir su reposo en el más allá me perturba. No está bien la última moda inglesa.
Salgo protestando con ecos de la coral que actúa en el presbiterio y nos dirigimos a la pasarela peatonal que conduce a la Tate Modern con la seguridad de que veré cosas extrañas. Lo presiento. Y no me equivoco. Nada más entrar, gratis (no la exposición de Munch), personas inmovilizadas juegan a contemplarse y moverse simultáneamente. No deduzco el objetivo a conseguir. La gente mira el Miró, mira el Picasso y mira el Dalí, yo miro a Matisse y poco más. El arte es relativo, es subjetivo y lo que yo no veo tú sí lo ves o viceversa. Pero miro una figura de aparatos fluorescentes y no veo, ni entiendo…(ejemplo de despropósito).
Perdemos bastante tiempo, muchos pósters de El grito pero no se expone. Bajando las escaleras mecánicas ya decidimos volver al hotel para descansar algo y volver a cenar por el Soho. A lo tonto las seis de la tarde, dos horas de descanso y danzando de nuevo.
Nos encontramos el barrio muerto y con mínima actividad, de lunes. Buscamos un coreano o vietnamita pero acabamos cenando en un japonés nuddels y tartare de salmón regado con vino blanco de Sudáfrica. Esta vez sí tap water. Al ir al baño antes de marcharnos oímos jaleo, subimos curiosos unas escaleras y nos encontramos con una especie de guateque privado muy fashion donde sirven coctails y canta en directo una chica. Algo del ambiente que buscábamos del soho. Y con los cantos de coral de la catedral y el pop nocturno mi cabeza busca el sueño y descanso hasta el martes.

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Londres 30 septiembre 2012

Amanecemos tras dormir cinco horas que sumamos a las dos que hemos dormido el día anterior. Un total de 7horas en dos días. Aún así nos levantamos con energía y bajamos decididos a desayunar. El camarero se encarga de recordarnos que no tenemos contratado el servicio de desayuno. El estrés de los últimos días ha hecho que olvidemos los pequeños detalles de un viaje que reservamos en marzo. Pese a ello el hotel merece la pena, cinco estrellas junto al Támesis, algo alejado pero con bus gratuito que te acerca a Plaza Sloane en 15 minutos. Paradójicamente desayunamos en una brasserie francesa un delicioso croissant y un reconstituyente café. Camino de la estación de Victoria decidimos comprar la travel Card para economizar y pronto comprobamos que es una idea acertada. Aún así y dado que el clima acompaña vamos paseando hasta Buckingham Palace con tan buena fortuna que coincidimos con el cambio de guardia y comprobamos que todos los turistas de la ciudad se han concentrado en el mismo lugar. El gentío resta encanto al desfile y vamos bajando al st. James Park… Las osadas ardillas, los cisnes, patos, flamencos, los colores adelantados del otoño y los curiosos bancos nos acompañan en un paseo inolvidable. Pero pronto volvemos a la locura de las calles principales y aparece el Big Ben y el parlamento ante nosotros. Según Víctor la torre es pequeña, le decepciona pero le gusta el conjunto. Dejamos la abadía de Westminster para otro momento y hacemos las fotos de rigor cruzando el puente hacia la noria para tener mejor perspectiva. Casi la una y ya muertos. El cansancio del último mes, nervios, trabajo, mudanza…nos esta pasando factura pero los planes son los planes y visto el obelisco robado a los egipcios en forma de monumento a Cleopatra vamos a comer. Antojo de plato gigante de pasta. Hemos entrado en los trajes y ya no queremos privarnos de nada. Exquisito todo en la Bella Italia. Sin posibilidad de siesta vemos la Iglesia de san Martín, su cripta transformada en restaurante (sí, comes sobre las lápidas rogando no lleguen los zombies)y la Galería Nacional.
Un placer disfrutar de tanta obra de arte. Sorprendida de ver que tienen nuestra «Venus del espejo» de Velázquez y otros tantos de Zurbaran, Murillo… Los impresionantes Van Gohg, Holbein, Vermeer, los flamencos y mi delicioso Canaletto…entre tantas maravillas. Perdemos tiempo porque lo requiere y viajamos en el tiempo para poder aprender. En la salida soy atropellada en mi pie izquierdo por una silla de ruedas a toda velocidad y de ahí a la vulgar Picadilly circus. Sí, me refiero a esa plaza tan fea llena de paneles publicitarios, donde conviene agarrar el bolso y recordar al cruzar que en este país conducen al revés. Pero la verdad que a todos nos gusta. Intercambio de fotos con otra pareja ante la estatua de Eros mientras escuchamos la conversación de un joven español discutiendo con su abuela. Parece que la mujer es la que le provee de money y algo le disgusta. El chaval la pone a caldo. Mi compañero de viaje me anuncia que mi cara ha pasado del cansancio extremo a una actividad inusual de ojos y análisis. Tiendas, tiendas, consumo… Top shop! Tengo que entrar, ver las novedades, cuánta pijada. Al final contenida en el gasto, queda mucho viaje. Venga, vuelta por el soho (decidimos cenar otro día por allí) y planeando noche en hotel. De cabeza al metro para regresar. Antes compra en supermercado… Muffins para desayunar con el nesspreso que nos pone el hotel en la habitación(cafetera incluida), un pequeño lujo que contrasta con la no disponibilidad de wifi gratuito. No veo la hora de llegar( serán las ocho) y llenar la bañera de agua caliente hasta los topes. Anécdota: la bañera tiene tele y puedo ver las noticias deTVE internacional mientras aparto la espuma.Toca relax y algo más… De cine, lo necesitábamos. Fútbol y serie mientras cenamos en la cama ensaladita y sushi. Campeonato sobre quien cerrara antes los párpados, escribo con prisas en el iPhone, no es cómodo. Otro día más y mejor.

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